miércoles, 3 de marzo de 2010

Dame esos cinco.

Soy un hombre de metas. Plantearme cambios y realizarlos me significa una menor preocupación que los cambios que se presentan sin que se les llame. Por eso es que me gusta pensar a futuro, organizar mis tiempos y mis acciones en torno a logros por alcanzar, y finalizar el proceso realizando lo pactado sobre el papel de manera previa. Por eso es que las derrotas me gustan tan poco, y me suelen ocasionar tantos problemas.
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Y en el amor ni se diga. Temo tanto las caídas que cuando éstas llegan, si llegan, se convierten en verdaderos calvarios para un alma que no posee aun la resistencia a la pérdida. Me cuesta dejar ir; me cuesta el doble entender que pocas cosas son mías. A eso hay que aunar que cada pérdida amorosa me deja cada vez más imposibilitado para comenzar de nuevo un intento por enamorarme.
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Por eso es que cumplir cuatro meses con Mi Ojosh es un asunto de magna celebración. No recuerdo haber durado cinco meses en algo sin cansarme, sin someterlo a evaluación, sin enjuiciarlo, sin creer que al mes siguiente fracasará. A eso hay que agregarle un hecho singular: no existen, en tantos meses, indicios de que esto vaya para mal. Mejor aún: no me he fabricado yo mismo esos indicios.
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Él me hace ir en contra de mí mismo. Me obliga a asumir la felicidad como un asunto de evidencia, no de formalismo típico. Me obliga a creer en las posibilidades infinitas de una relación construida sobre el diálogo, la comprensión, la empatía, la química, la seguridad, la protección, el entendimiento, la sinceridad, la fidelidad, el honor, valores que yo creía perdidos en los hombres y mujeres de mi generación.
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Pero queda claro que no lo hace solo. El círculo, figura que por diversas ocurrencias podría considerarse el símbolo elemental de nuestra relación, representa muy bien la noción que solidifica lo nuestro, más allá de la química sustancial que, como en toda relación amorosa, guía parte de nuestras reacciones: él da, obligándose a vencer sus propias nociones adquiridas con anterioridad, y esa postura me obliga a dar, con lo cual él se ve entonces impulsado a dar de nuevo. Energía circulante: ni se crea ni se destruye, sólo se transforma de suya a mía, de mía a suya, sin fin.
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Claro que el verbo “obligar” no debe leerse en este caso en sentido estricto: obligación en el sentido de necesidad primaria satisfecha, no de deber ineludible, estricto, pesado, doloroso. Nos obliga el amor, y todo lo que él germina en nosotros, y para nosotros. Nos obliga también la sensación inmediata, indudable, conciente y persistente, de que no puede abandonarse el suelo firme en un medio caótico una vez que se le ha encontrado. Hacerlo sería suicidio, hecatombe, pérdida indiscutible. El mundo gay es dolorosamente peligroso: lo acechan decenas de miedos, centenas de prejuicios, miles de rencores. Posee también sus moldes, y encontrar a un gran hombre, siendo uno del mismo sexo, es más que encontrar una aguja en un pajar: es estar dispuesto a aceptar fallas y aprender de los errores. Mi Ojosh aporta eso y aún más: es capaz de ver en mis faltas sólo peculiaridades de mi personalidad, a la cual estima y admira, quedando muy por encima de mis defectos mismos.
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Hemos tenido diferencias, ocasionadas por nuestros pequeños archienemigos: la distancia, la falta de tiempo, el estrés diario, la reacción meramente sentimental ante los hechos dolorosos.
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El círculo también está presente en la noción del mundo: él y yo formamos una sola patria, una tierra, una cultura, con nuestras tradiciones, nuestro propio lenguaje, nuestros chistes locales, nuestros imaginarios, nuestro folklore, y en constante cambio y desarrollo, como toda cultura. Uno descubre que ha fundado su patria en compañía del amor de otra persona cuando de entre millones de personas, entre hordas de gente diferente, una sola imagen provoca una misma mirada, y detona un mismo gesto, una carcajada unísona, una misma sensación.
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Además no hay nada más similar a sí mismo que el círculo: redondo, es homogéneo, fundado en la noción más básica de la naturaleza, fundamentada no en encuadres ni aristas, sino en curvas y parábolas. Mi Ojosh y yo somos tan similares, que no he podido imaginar días de tanta risa, tanto diálogo, tanta escucha, tanta charla, tanto silencio también, con ningún otro ser vivo. Nos hacen reír las mismas cosas, y desde los dos o tres meses sabemos con facilidad lo que el otro pensará ante determinado plan o hecho. No sólo nuestro sexo es el mismo: nuestra historia personal, los pequeños detalles de la infancia, incluso la existencia previa de una enfermedad dolorosa y agotadora, de la cual nos sacó a ambos el hartazgo mismo de la enfermedad, nos convocan al mismo lugar, a los mismos días, a las horas semejantes.
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Entonces llega la noción del humor: nuestro noviazgo es divertido, alegre, marcado por la dicha y la fiesta. Vivimos en pachanga constante, pero el baile, la comilona, la orgía y el carnaval, participa sólo de dos corazones, dos genialidades, dos tipos de humor. Consideramos “sonso” lo mismo, patético lo mismo, grotesco lo mismo. Nuestros chistes locales han nacido a costa de conocidos en común, y lo que es mejor, de anécdotas de nuestro pasado, de tiempos remotos y desolados en que no nos conocíamos. Eso genera un doble efecto, igual de deleitoso: por un lado nos permite acceder a nuestra historia personal, y con ello al conocimiento más profundo de lo que nos ha convertido en lo que somos; por el otro, nos da la posibilidad de reinscribir nuestros días perdidos con la pluma del otro, generando sentido de pertenencia, de existencia conjunta.
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Además el humor es un recurso de defensa: ante la mirada hiriente del homofóbico, ante la risa sarcástica del intolerante, ante el comentario o el grito de oprobio o deshonor, hemos construido una muralla de risas. En nuestro imaginario, que a veces también nos permite tomarnos con menos seriedad y reírnos hasta de nosotros mismos, nada es lo suficientemente inaccesible como para no reírse de ello, ni lo suficientemente respetable como para no someterlo a la burla. Nadie tiene jerarquías más allá de nuestras propias autoridades. Sobre nuestros territorios, somos gobierno, academia, legisladores y jueces.
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Yo, por ello, celebro con él la posibilidad del amor. En tiempos en que hasta el cariño está sometido a mediciones y estadísticas, privilegiamos la autonomía y la primacía del sentimiento. Además, contra nuestros archienemigos, causantes del caos, hemos creado instituciones ordenadoras: la disculpa, la escucha, el abrazo, el chiqueo, la prioridad del tiempo, la defensa, la protección, la seguridad, la sencillez y la sinceridad. El deseo. Sólo fortaleciendo esas instituciones nos podemos seguir considerando privilegiados: sin ellas, somos una pareja más, tendiente al enojo, la hipersensibilidad, la cerrazón, el cansancio, la herida, el dolor.
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Si a los cinco meses me pidieran un consejo para una relación formal, sería el instituir instancias a favor de la pareja. Construyan. Creen “colchones” que les permitan resistir los golpes, entenderse, escucharse, incluso tolerarse. Si la vida es dura, para una pareja fundada sólo en los sentimientos se vuelve mucho peor. El amor, si se le espera comprometido, debe estar sostenido por instauraciones de la pareja misma: amar implica entender los errores del otro, y tomarlos por instancias de su personalidad, amándolo no a pesar de ello, sino incluso por ello.
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Escuchen. Hablar es un privilegio reservado únicamente para quienes privilegian las labores del oído por sobre las de la lengua. Escuchar nos permite detectar, limitar, generar acuerdos y saber expresar. Escuchar no es lo mismo que oír: escuchar implica colocarse en el cuerpo del otro, entender desde adentro, conocer. Si el conocimiento de las cosas del mundo, la creación de la cultura general, funciona únicamente cuando nos apropiamos del objeto de saber, el conocimiento de la persona funciona únicamente cuando al escuchar adoptamos a la persona y su punto.
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Mi Ojosh y yo tenemos grandes retos rumbo al futuro: la consolidación de una vida en conjunto, la institución de un espacio físico único para los dos, la seguridad financiera también en comunión, el afinamiento de nuestros “detallitos” y el crecimiento de nuestras personalidades. Pero estamos confiados: confiamos el uno en el otro, y en la pareja. La encontramos firme, incluso en la adversidad, y nos gusta pensar que es así porque así la hemos trabajado. Además, hemos encontrado a la mano todo para seguir refundándola así.
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¿Un consejo? Funden. Se ha vivido no cuando se planta un árbol, se cría un hijo y se escribe un libro. Vivir se logra cuando se llega el final del día y la sensación de lo que mejor se ha hecho no es aprender, sino construir. ¡Eso sí es vida, y no refranes baratos de pacotilla!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Seré elocuente: ¡felicidades!