miércoles, 31 de marzo de 2010

Amar es combatir.

Noé comenzó a notar, hasta las lágrimas y el sentimiento de insulto personal, que Jonás estaba raro. Jonás negó los cargos, argumentó cansancio, dedicó canciones que sólo causaron en Noé un sentimiento de extrañeza incrementado. Noé no se tragó el cuento, porque ya antes él había sido el "raro" en otras relaciones. Conocía bien el papel, y sabía que siempre que el agua de un estanque se manifiesta turbia, es porque algo está turbulento en su lecho.
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Jonás tuvo que admitir, tras días de estar "raro", que había estado paseándose más de la cuenta. Noé tuvo que abrir sus cerrados canales de escucha y comprensión y poner toda su disposición en entender qué es lo que le pasaba a Jonás. Jonás aceptó que tiene un problema: es rotunda y terminantemente incapaz de dejar de ser infiel, gusta de la atención masculina y no puede hacerse a la idea de tener una pareja formal.
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Noé guardó silencio, prudente silencio, y comenzó a hacer verdadero análisis de las circunstancias por primera vez en vida, sin aventurarse, sin correr, sin tomar decisiones a favor de su tranquilidad y su placer. Jonás aseguró estarlo tratando en terapia. Noé tuvo que aceptar como ganancias para la relación que Jonás aceptara su problema, lo pusiera en común y pidiera una disculpa. Noé tuvo que tomar una decisión: ayudar y estar presente, o salir corriendo. Noé tomó una decisión que le acarreará dolores de cabeza y modificará intrínsecamente su modo de entender las relaciones amorosas. Noé decidió apoyar a Jonás y hacer del proceso de su pareja su proceso. Noé tendrá que aprender a escuchar, a dialogar, a comunicar, pero también a acordar, a justificar, a pedir cuentas, a mesurar, a afrontar y a vigilar. La relación de Jonás se convertirá para Noé en una prueba de confianza casi a ciegas, y el esfuerzo por el equilibrio, por ser él el "sano" de la relación, caerá mayoritariamente en Noé. Noé madurará, o se volverá loco y lo dejará todo. La moneda en el aire no caerá según el azar, sino según el impulso que ambos le den.
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Es increíble que en los tiempos de la comunicación y la transparencia, nos cueste tanto trabajo comunicar y ser transparentes. Los jóvenes del siglo XXI no exigimos cuentas: o las maquilamos en nuestras cabezas o simple y sencillamente cortamos por lo malo cuando algo no nos parece. No perdemos el tiempo. Nuestras relaciones están marcadas por la separación, la distancia, la independencia y el divorcio. Somos las generaciones del "ya vendrán más", "soy muy joven para un compromiso así" y "un beso no es infidelidad" -cuando ni siquiera hemos hablado con nuestra pareja que sí y qué no consideraríamos infelidad-.
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Nos gusta llegar acompañados a las reuniones, y tener a quién dedicar canciones. Pero si el asunto se pone "feo", y la relación nos implica un reto mayor, como confrontar nuestros miedos, afrontar los sentimientos del otro y darles valor y prioridad, desarraigar nuestras creencias o modificar nuestras formas de operación -"es que yo así soy, y si me amas no vas a permitir que cambie, sino me amarás tal cual soy"-, salimos corriendo y decimos "no, gracias". La soledad nos disgusta, por poco "normal", pero nos parece al mismo tiempo un pretexto excelente para dedicar y cantar a pulmón lleno canciones de desamor. No vemos las relaciones como un aliciente al futuro, sino como un "regulador" del presente".
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Por eso nos damos de topes. La decisión de Noé es valiente, fabulosa, aplaudible, fuera de época. Es una decisión que requiere también muchas ganas de domar la vida y domarse él mismo. Jonás y su caso no serán labor fácil: lo enfrentarán contra sí mismo, le dolerá la cabeza, quizá hasta se abandone en pro del otro. Del final de la historia, sin embargo, saldrá triunfante siempre el crecimiento, el aprendizaje, la verdad. Noé será mas capaz de entender que las relaciones no se construyen de miel y hiel, sino de jales y empujes. Si se cuenta con el otro, qué mejor. Si no, es necesario redoblar esfuerzos y salvar lo rescatable. Yo le deseo a él, y a toda mi generación, pronta recuperación y un minuto de silencio. A ver si con éste nos la pensamos mejor antes de dejar las cosas a medias cuando nos significan un impulso, un esfuerzo, una apuesta -y su respectiva posible pérdida-. A ver si ya aprendemos que amar es combatir.
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¡Salud!

Verdad, a medias y mentiras.

Al cabo que a mí ni me gusta la playa, dijo el zorro.
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Una verdad a medias: en estas vacaciones me va a alcanzar el tiempo para hacer todo lo que tengo pendiente. Una soberana mentira: entre lo que tengo pendiente, pienso viajar a San Francisco. Una genuina verdad: si no termino de leer todo el montón de documentos que tengo pendientes para esta semana santa -¡santa semana, ruega por nosotros!-, me voy a sentir sumamente decepcionado de mí mismo.
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Una verdad a medias: me gustan los días santos. Una soberana mentira: la gente anda como feliz con el calor -nótese la introducción del "como" que le da a la expresión un cierto aire de oralidad-. Una genuina verdad: estas dos semanas no duran nada. Apenas se va uno acostumbrando a las vacaciones y ya tiene otra vez que volver a la escuela.
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Una verdad a medias: la quincena rinde para todo en vacaciones. Una soberana mentira: para salir avante tras los gastos de estos quince días, nada más es necesario saber administrarse. Una genuina verdad: el Cheese Wiz es un alimento caro y poco nutritivo, pero para mí es sumamente nostálgico y me sabe a triunfo -en casa, cuando peque, nada más había Cheese Wiz en la alacena cuando a papá le iba bien en el trabajo-.
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Una verdad a medias: Jesucristo murió en la cruz un viernes en punto de las tres y resucitó el domingo en la madrugada, pero a la fecha nadie puede explicarme cómo jodidos esos son tres y no día y medio. Una soberana mentira: las playas este año van a tener pocos paseantes y ustedes van a disfrutar de balnearios y albercas sin orines. Una genuina verdad: en casa, a partir del miércoles santo, siempre había empanadas. El año que doña Mago intentó ahorrar presupuestos y hacer las suyas propias -?-, todos terminamos saboteando el impulso materno y compramos empanadas en otros lados -yo, malinchista, hasta probé las de Wal Mart-.
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Una verdad a medias: hay tantas formas de preparar atún que ese podría ser con seguridad el alimento más dinámico, sabroso y diverso sobre la faz de la tierra -si El Baile de la Coma fuera comida, sería una latita de atún (y el humilde no vino...)-. Una soberana mentira: caminar por la playa con chanclas, con la arena entrando a raudales por todos los polos del calzado, y luego sentarse en la playa y disfrutar el atardecer, hasta darse cuenta de que el pecho y la cara se han convertido en un par de tomates, son un par de delicias incomparables. Una genuina verdad: las empanadas de crema son mis favoritas.
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Una verdad a medias: la celebración de la Vigilia Pascual es la más dramática, polifacética y aplaudible del rito católico -si El Baile de la Coma fuera celebración católica, sería Vigilia Pascual (nótese cómo tiendo a repetirme)-. Una soberana mentira: para los católicos comunes y corrientes, es más importante la Pascua de Resurrección que la Navidad. Una genuina verdad: a doña Mago le gusta tanto la Pascua que si por ella fuera partía el pavo y abría los regalos en pleno verano -¿y si la mandamos a celebrar las próximas fiestas decembrinas al cono sur, dónde en lugar de ponche le entran al mojito porque el calor está cañón para diciembre?
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Una verdad a medias: el reconocimiento que ha hecho el Opus Dei de su fundador Marcial Maciel como pederasta y padre de varios hijos, significa un avance en el seno de la Iglesia para el reconocimiento de sus constantes y atiborrados males. Una soberana mentira: a nadie le importa que las carreteras estén llenas, los hoteles saturados y el sol matando tapatíos en la calle y a plena luz del día. Una genuina verdad: el agua de horchata rosa de La Michoacana no quita la sed -de hecho, su efecto es similar al de beber agua de mar en la canícula-.
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Una última verdad a medias: todos queremos pasar los días santos en el mar. Una soberana mentira: las playas que instaló "el carnal" Marcelo, a modo de consolador triste y desamparado, en distintos puntos del D. F., son limpias y están libres de partículas fecales y microorganismos nocivos al ser humano. Una genuina verdad: voy a tener que trabajar estas dos semanas como negro, estoy amargado por ello y envío un insulto poco cortés y prolongado por quince días a todos los que sí saldrán de la ciudad: Dios los tenga a fuego lento.
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¡Salud!

martes, 30 de marzo de 2010

Salir.

Ricky Martin aceptó públicamente su homosexualidad. El hecho es un asunto poco relevante para este Baile: que un hombre o una mujer se declaren a favor de cierta preferencia es motivo del diálogo habitual que caracteriza este espacio, siempre cercano a las formas distintas de entender el mundo y contemplar la realidad, pero no de análisis, no materia de una entrada. Tampoco es importante que quien sale del clóset sea el mismo Ricky Martin, sin cuya presencia difícilmente puede definirse el ideario de "sex appeal latino" de los años noventa.
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Sí es destacable, sin embargo, que Martin rinda honor a la verdad mediante un comunicado en el que, si algo logra, es dejar muy claro que ha vivido un proceso personal complicado, tormentoso, arduo y con final feliz -lo del final es lo que más nos importa en este Baile, que ama los finales felices-. El día de ayer, cuando el cantante boricua publicó en su página de internet una carta en la cual se declara abiertamente homosexual, el intérprete de "Living la vida loca" hizo saber que muchas personas se negaron a que él asumiera esa misma decisión de mostrarse tal cual es con anterioridad, recomendándole siempre el mantenimiento de cierta imagen mercadológicamente favoriable para su carrera.
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"MUY MAL", dice Martin en su página web, reconociendo el gravísimo error que significó durante años para su salud emocional y anímica responder a las necesidades específicas de su carrera musical, y no a los impulsos mismos de la verdad, de su naturaleza. "Naturaleza" fue la palabra que Ricky utilizó para referirse justamente a la cuestión de la cual se siente orgulloso, y a la que no pretende negar.
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Los comentarios alrededor del mundo no se hicieron esperar. Yo creo que Ricky Martin también afianza su carrera al declararse homosexual. Después de todo, goza de una amplia aceptación entre el público de dicha preferencia, y fueron sus fans gays de todo el mundo quienes por año lo reconocieron como ícono masculino de su cultura, aunque el cantante no hiciera más declaraciones respecto a sus preferencias que una rotunda negativa a hablar del tema. Además, ser homosexual se ha convertido en últimas fechas, sobre todo en nuestro país tras la victoriosa aprobación del matrimonio homosexual en el Distrito Federal, en un asunto de titulares y polvareda mercadológica, lo que no le viene nada mal a alguien que vive prácticamente de su imagen. Liverpool, por ejemplo, les paso el dato, se ha convertido en el primer almacén de nuestro país en ofertar un servicio de mesa de regalos para bodas gay -ay, ¡yo quiero mi ensaladera imperio!-
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Yo lo que temo es que esto pase de ser un mero anuncio a favor de la verdad, y comience a ser vendido como una estrategia de reposicionamiento mercadológico. Ricky Martin es conocido por su apoyo a las más diversas causas humanitarias, y todos los que creemos todavía en el poder de la humanidad para ayudarse a sí misma confiamos que el intérprete podrá seguir haciendo su lucha a favor de nobles búsquedas como el término del abuso sexual en contra de menores, la trata de personas y la reconstrucción de Haití, independientemente de si ahora también hace labor a favor de la igualdad entre personas y el respeto a las preferencias sexuales.
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Tampoco vería con buenos ojos que las declaraciones de Martin fueran tomadas como pretexto para que cientos de famosos "closeteros" -¡qué feo término! Si encuentran uno mejor que refiera lo mismo, pásenmelo y de volada cambiamos el aparador- se liberaran y, abusando de la decisión del puertoriqueño, acapararan los titulares, trasladando la homosexualidad a un asunto de faramalla y espectáculo, glamour y venta circunstancial. El que se quiera declarar gustoso de su propio sexo, que se declare también a favor del Gansito Marinela, partidario de las Ruffles con queso o amante de la Whooper con tocino, porque para el caso es lo mismo: una simple y llana preferencia. Además, Martin mencionó la palabra "responsabilidad" en su declaración realizada el día de ayer: toda verdad requiere para del que la ejecuta madurez, y no hay otra definición de madurez que la capacidad de asumir con responsabilidad las decisiones personales y sus consecuencias -supe una vez de un hombre que declaró que le gustaban las Big Mac, y perdió el empleo (trabajaba como promotor de productos vegetarianos).
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El Baile de la Coma envía a Ricky Martin -le llegue o no- un profundo, sentido, caluroso y sonoro abrazo. No aplaudimos su decisión de hacer honor a la verdad: la abrazamos. Como hemos pasado por pasos similares, entendemos lo difícil que debe ser para él darle valor a la verdad y amarla a pesar del dolor que su defensa causa en un mundo acostumbrado a la hipocresía y la mentira. Bien, Ricky. Que el mundo entero vea en tu decisión no unas ganas tremendas de venderte, sino un sincero arrebato en favor de la libertad, la certidumbre y la transparencia. Que la verdad te traiga, como a los que después de mucho pensárnosla decidimos aventarnos a sus brazos, pronta recuperación y mucha paz. Bienvenidas la sinceridad y las manos limpias. Bienvenido el amor, del bueno.
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¡Salud!

Cosa seria.

Leer a Ibargüengoitia es cosa seria. Su triunfo como la lectura ceremonial del próximo 23 de abril, durante las jornadas de revisión de las obras fundamentales de la literatura universal que realiza para festejar semejante acontecimiento la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, me parece a mí tan digno de alegría como preocupante: si mucha gente lee y conoce a Jorge Ibargüengoitia, esa mucha gente va a comenzar a creer que la literatura es toda risa y comicidad, toda broma y chacoteo, y a ninguno de los que intentamos resumirla -inútilmente- a objeto de estudio, nos van a querer pagar por nada más que leer, cuando leer es un asunto de placer mero y soberano.
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¡Qué susto! ¡Y que se nos acaba la chamba porque la gente empiece a creer que la literatura es divertida! ¡Ay, no, santa Minerva, líbranos de semejante atentado a la estupidez! Mejor que Paty Chapoy, Galilea Montijo, Maribel Guardia y todas sus huestes sigan haciendo creer a la gente que es más cómico ver a la Chupitos propasarse en cadena nacional con el trasero de Latin Lover que chutarse, por ejemplo, Los relámpagos de agosto (1965), premio Casa de las Américas 1964, o Las muertas (1977), o Estas ruinas que ves (1975), premio de Novela México 1974, o La ley de Herodes (1967), o algunos de sus artículos periodísticos para Excélsior, o sus ensayos, o sus obras de teatro.
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¡Qué disgusto más grande que los mexicanos comiencen a creer que Jorge Ibargüengoitia merece leerse! ¡Qué cosa más terrible, qué pavor, qué desfiguro, que abarroten las librerías y consuman los ejemplares de Joaquín Mortiz, que no es un señor con un apellido coqueto sino el nombre de una editorial -sí fue un señor con un apellido coqueto, pero ésa es otra historia-! ¿Y los pobres, los ricos, el presidente y el supremo juez de la Tremenda Corte -o tremendo juez de la Suprema Corte, que para el caso viene a ser mismo-, el ama de casa, el barrendero, la señora que compra Quién, el joven del telemarketing, todos leyendo a Ibargüengoitia, como si fuera artículo de consumo, modena de cambio, producto de la canasta básica? ¡Qué terrible!
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Ibargüengoitia era feo. Hoy todos los escritores salen en la tele o no se leen, y si salen en la tele no pueden ser feos. Por eso es que escriben tan mal. El buen escritor, como el buen amante, debe tener algo de fealdad para ser talentoso. Con el perdón de La Wendy, que tiene de pronto apuntes de gerontofilia al gustar de un cada vez más carcomido Vargas Llosa, todos los buenos escritores son feos. Así que si Ibargüengoitia era feo, y con ganas, es de esperarse que fuera buen escritor.
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Mi problema está en adivinar si era buen cómico. Da la triste casualidad de que nunca tuve la oportunidad de ir a una pachanga dónde estuviera Ibargüengoitia. Sus biógrafos coinciden en que era risueño a ratos, serio las más de las veces. Don Mario -que se ganó a pulso marcado el "don"- tenía la teoría -era sicólogo, y de los gashos- de que el cómico es un ser dolido por naturaleza. Eso explicaría por qué el gesto de dolor que siempre cargaba Ibargüengoitia en el rostro -al menos en el de las fotos, que rara vez es como el original-. Pero también explicaría por qué nació en Guanajuato, cuna del sufrimiento de la guerra de Independencia, y por qué murió trágicamente en un accidente de aviación. Puro dolor.
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Pienso ahora que les van a entrar ganas de leer a Ibargüengoitia en la Rambla Cataluña cuando les diga que en sus libros uno no para de reír. Pero no ocasiona su literatura la misma risa que Consuelo Duval haciéndola de naca, u Omar Chaparro de licenciada enamorada de Peña Nieto. IbargÜengoitia va más allá: exige del lector un mínimo, aunque consistente y fructífero, conocimiento de la historia de México, los males sociales, las "cosas de la vida" y hasta las relaciones humanas. Quien haya vivido poco, no va a destornillarse de la conmoción carcajosa -?, pero qué bonito me salió el terminito- cuando lea alguno de sus cuentos, o sepa que Rosa, en Las muertas, no se iba por el escusado. Además su humor es negro a ratos, y el humor negro exige otra cosa además de inteligencia: gusto por el humor negro.
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¿Qué les recomiendo? Que lo lean, y mucho. Acompañen a los que sí queremos que el apocalipsis del inicio de la literatura como motor social nacional se dé, y pronto, el próximo 23 de abril a leer a Ibargüengoitia en la Rambla, junto al Paraninfo de la Universida de Guadalajara. La opción, como el humor, como la literatura, está abierta para todos. Entren al portal de la FIL en cuanto sus múltiples actividades les den chance, e inscríbanse. Los quiero ver leer. Los quiero ver reír, y festejar al libro -y de paso a Jorgito- a carcajadas.
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¡Salud!

Todo sobre Alicia.

Nota previa a una entrada accidentada: eso que se antoja en el título de que esta entrada dirá todo lo que tiene que decirse sobre Alicia es un decir más bien mercadotécnico, engañador por tanto. Si bien es cierto que esta entrada repasará muchos puntos en torno al más reciente trabajo de Tim Burton, Alicia en el País de las Maravillas, no es, ni de cerquita, un trabajo concienzudo, pormenorizado, en torno si quiera del personaje original de Lewis Carroll, o la versión del polémico director estadounidense. Es, más bien, la opinión de El Baile en torno a lo que apetecía ser un manjar cinematográfico digno de ser llamado La Creación del último siglo, y que ha devenido en una cinta con un guión a medias y un logro todavía más pobre de las posibilidades infinitas a que estaba destinado.
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Hecha esta aclaración, sigan leyendo bajo su propio riesgo: no encontrarán, pues, en esta entrada “todo” sobre Alicia. A lo mucho “un poco” sobre sí mismos, sobre este blog que ya está limpiando las ventanas para darle cabida al fortísimo sol primaveral que amenaza con convertir a los tapatíos en charalitos de centro botadero.
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Imaginen el banquete: la historia de una adolescente curiosa poco adaptada aún al mundo adulto de normas y formalidades, que en lo que parece ser un sueño y tras perseguir a un curioso conejo blanco, cae en un agujero que la transporta a un mundo donde nada es lo que parece, y donde las leyes más elementales de la lógica y la razón son llevadas al absurdo y convertidas en ironías plenipotenciarias. Con decirles que el mundo del revés, que promocionaba Chabelo los domingos, se quedaría azorado de ver las cosas extrañas que sucede en el País de las Maravillas. Lewis Carroll no podría estar más enterado del hecho: convertirse en adulto es enfrentarse violentamente a un mundo ilógico, absurdo, injusto, demente, insano, “pachecón”, que en nada se parece al cargado de posibilidades mundo de los niños. Alicia se enfrenta así a un País de las Maravillas que mucho se relaciona con lo estúpido del mundo adulto: hay reinas megalómanas y descorazonadas -¡lo absurdo de lo absurdo: una reina de corazones descorazonada!-, locos artesanos consumidos por su oficio, galantes burgueses acabados por el ocio, sabelotodos insoportables, esclavos y peones, tontos y pobres.
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Por eso la idea de que Burton, eterno experimentador de conceptos como la inocencia, la justicia, la oscuridad y los procesos propios de la vida humana, Burton el hacedor de Edward Manos de Tijeras, Jack, duraznos gigantes y hasta dos cintas de Batman –las más oscuras antes de los últimos dos grandes errores fílmicos del superhéroe- se encargara de Alicia y sus personajes era un hecho que se antojaba, como he adelantado, como “El” suceso cinematográfico de la década.
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Y visualmente Burton no nos falla. Sus técnicas y procesos superan incluso lo que ha hecho antes el realizador en lo real y en la animación. Es evidente que el pelodesordenado director ha dado pasos agigantados en sus conocimientos en la materia del séptimo arte desde Batman Regresa –los estuve buscando toda la hora y media, pero ni rastro de los pingüinos camicaces en Alicia…-. Además, Alicia en el País de las Maravillas contiene el encanto de cierta luminosidad hasta en las escenas más oscuras –en lo narratológico, claro está-, lo que se agradece a un Tim Burton que suele abusar de los negros, grises y terracotas.
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Pero fuera de eso, la cinta se cae estrepitosamente con un guión pobre, en que nadie sabe qué hace, nadie sabe quién es, nadie sabe a dónde va y nadie sabe qué está pasando. De la manga, casi literalmente hablando, salen dragones, caballeros, reinas y animales mágicos. A la mitad del filme todavía no sabe uno si eso agarrará fuerza o seguirá siendo sólo un homenaje de escenas mal relacionadas a los personajes de Carroll y más específicamente del clásico de Disney. Para los últimos minutos, uno ya entendió que lo que Burton quiso –y si no fue así, de plano la regó bien gacho- fue vestir de sombrerero a su musa todopoderosa Johnny Deep –que, como siempre, se luce como loco… hasta el hartazgo- y de reina cabezona a su esposa, Elena Boham-Carter. Fuera de eso, hay poco qué rescatar en una cinta cargada de inconsistencias: el sombrerero es cada vez más cuerdo –o al menos sabe lo que quiere, y tiene historia, faltas que se aplaudían en el personaje original de Disney y en su antecesor en Carroll-, la reina de corazones ya no dice “que le corten la cabeza”, frase por demás melódica y sustancial, sino “córtenle la cabeza”, cambio mínimo, pero elemental, y el pequeño rey, que era una delicia ver aparecer e intentar convencer a su pomposa esposa, ha muerto degollado. ¿Qué nos queda entonces? Jonnhy Deep de sombrerero.
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Y también una exagerada actuación de Anne Hathaway –no, ahora no la voy a defender-, un ardid de efectos y una buena, si no excelente, banda musical. Pero de Alicia nada. ¿Alguien ha visto Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton? Creo que se le extravió al director, o quizá por ser un paquete demasiado grande se le cayó de las manos. El que mucho abarca poco aprieta. No, yo no me animaría a intentar hacer algo mejor. Seguramente los decepcionaría porque lo único bueno que he hecho con una cámara de video fue un proyecto sobre adicciones que grabamos en la preparatoria, y que por fortuna el incendio de Alejandría lanzó al olvido -?- Olvídenlo, deliro, como sombrerero loco.
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¡Salud!

miércoles, 17 de marzo de 2010

El desafortunado Juan.

Al Cardenal Juan Sandoval Íñiguez le pasa lo que al pez del célebre refrán: su propia boca lo aniquila, y bien gascho. Lo que yo todavía no entiendo es por qué hay quiénes le ceden el micrófono y, peor aun, quienes lo consideran "líder de opinión". Ahí está por ejemplo el periódico Ocho Columnas, ligado a las ligas más conservadoras del conservadorsísimo conservadurismo tapatío, representantes del yunque extremo, el teco extremo, la derecha desposeída de toda clase de gesto humanista, comprensivo, tolerante. El cardenal se da el lujo de escribir una columna para el citado medio, y todavía peor existe un público lector que le da existencia.
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Abrase visto. ¡A qué clase de extremo en la imposibilidad de la comunicación asertiva hemos llegado cuando se le destinan más horas a un hombre homófobo, machista, intolerante y hasta irrespetuoso, interesado y vanal, que a verdaderos líderes de opinión que sí han hecho méritos para aparecer en portadas, editoriales, fotografías y micrófonos!
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Por eso es que su última declaración -la última y nos vamos- sobre los casos de pederastia clerical en Jalisco en los últimos diez años, sorprende no por lo poco conciente e inteligente que resulta, ni tampoco por lo arriesgada que suena en un entorno temático respectivo poco favorecedor para la curia. Su visión de que "cinco o seis casos" de sacerdotes abusadores de menores son "un bajo porcentaje" impresiona por algo más: no es más que la resolución natural de darle la palabra no a los que más la merecen, sino a los que más creen poseerla como bien patrimonial.
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Yo todavía no conozco un poseedor de la palabra. Ha habido paladines, justicieros, representates y hasta esposos, pero poseedores de la palabra no. La palabra, cual amante desmedida, se da a todos y para todo. Se entrega al ilusionista y al trovador, al rico y al pobre, al ciego y hasta al mudo. Que Juan Sandoval Íñiguez crea que es elementalmente suya y puede acceder a ella cuando quiera y para decir lo que le venga en gana, me indigna y sobresalta.
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Por otro lado está el asunto de intentar disminuir, vía discurso, la aparición de "cinco o seis" casos de pederastia en la región. ¡Ah, qué coshash, mi Juanito! ¿De modo que hoy día un solo abuso no es ya de por sí alarmante? ¿De cuándo acá una situación de esa envergadura es "grave" cuando sobrepasa un número mayor a un caso? ¿Permitiría usted, señor Sandoval -lo de señor es un decir inmerecido-, que se reportara un solo caso de robo a las arcas del arzobispado que encabeza, el extravío de un copón, el asesinato de uno de los animales exóticos que cohabitan con usted -the call of the wild-?
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Lo dudo mucho. Hablar de pederastia es cosa seria. Hacerlo en un grupo que tacha al homosexual de pervertido y enfermo y a la mujer que aborta de asesina e inmoral, es como apuntar una pistola en el espejo: tarde que temprano la bala termina por golpear los valores mal fundamentados, las ideas mal encauzadas, la terquedad y testarudez no reconocida. Y el pez muriendo por la boca. A mí me da la impresión de que la boca del cardenal huele feíto. Nunca se la he olido, y ni ganas, pero que semejantes expresiones salgan de ella me da a pensar que algo se está pudriendo ahí dentro.
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Señor Cardenal: en el mundo real, en que transfiguraciones, milagros, conversiones y olores de santidad son poco menos que artilugios literarios, no es suficiente el lenguaje para modificar la realidad. Esos cinco o seis casos de pederastia que usted intenta ver como un reducido porcentaje, ¿ya fueron penalizados? ¿Ya les buscó usted reclusión? Y usted, señor Sandoval -lo de señor, repito, es un decir inmerecido-, ¿soportaría uno o seis abusos sexuales?
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¡Salud!

martes, 9 de marzo de 2010

Una mujer.

Cuando me decidí, meses atrás, a tener un novio -o el novio me decidió a mí, cosa que, a razón de mi felicidad futura, le agradezco infinitamente-, una amiga de toda la vida me preguntó qué había pasado que me había llevado a decidir que las mujeres, dijo, simplemente "ya" no me gustaban. "Ah, no, hija de la fibra óptica, te equivocas rotundamente", alegué. "A mí las mujeres me encantan, y es por eso mismo que he decidido respetarlas y no tenerlas en mi vida en otra función que amigas".
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Que a uno le fascine su novio no lo excenta de gustar de las féminas. Mi Ojosh mismo es un fan de las mujeres. Las entiende más que yo, incluso, o por lo menos es más paciente con ellas que ésta su pluma. Yo todavía no he llegado a considerarles un espacio de escucha y acompañamiento, pero ya perdí por completo la esperanza de llegar a comprenderlas. Yo, que sí creo en Dios, imagino que decidió crearlas así porque a los hombres nos gusta lo indescifrable, nos encantan los retos, nos atrapan las imposibilidades apenas reveladas. Las mujeres son eso: una bella imposibilidad.
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Ayer todas tuvieron a bien celebrar el Día Internacional de la Mujer. A mí, que soy afecto a los Días Internacionales (pregúntemente cómo me pongo en el del libro, o en el de la tapioca irlandesa, o en el del chocolate amargo), el hecho de que tenga que haber un día para ellas, y que además sea internacional, no me cabe en la cabeza.
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Ya las escuché a todas protestar, alegar, estar tentadas a tomarme con sus sempiternas y calcíferas uñeas -vaya uste' a saber qué será eso de "calcíferas", pero ya lo dije, y me choca retractarme- y practicar en mí salvajes procedimientos de amazonas incontrolables. Apacígüenseme ahí: a lo que voy es que no veo por qué celebrar un día especial para la mujer si todos los días son de todos los hombres.
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Eso de que se les ponga en una etiqueta especial y se les de "su" día más bien me suena a discriminación. Al menos yo soy de la idea de que para integrar en la práctica hay que comenzar por integrar en el discurso. La retórica de la práctica surte efecto cuando uno comprueba que cambiar la definición de la palabra "matrimonio" en el Distrito Federal ha ocasionado una retaíla de declaraciones y procedimientos legales por parte de otras entidades federativas, que consideran que matrimonio no puede ser más que la unión de hombre y mujer con fines estimativos, amorosos, y que la unión de personas del mismo sexo con la misma finalidad debe: opción a) tener otro nombre; opción b) no estar amprada por la ley.
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Por eso yo lo que hago es celebrarlas diario: celebro sus manías, sus decepciones, su búsqueda diaria de espacios más abiertos, más receptivos a la posibilidad de incluirlas. Yo, en el camión, no les cedo el lugar. Ni en el tren, ni las dejo pasar primero en la fila del banco. Eso es una disminución. En cambio me alegro cuando alguna me cede el lugar en el transporte colectivo, o me deja pasar primero en el restaurant. Generar equidad es también modificar entornos de pensamiento que nos limitan, que nos segregan. Una mujer no puede hablar de igualdad de sexos, al menos sin dejar de ser fiel con sus propias ideas, si no consiente la idea de que un hombre no la deje pasar primero a tomar un asiento. La caballerosidad es un asunto riesgoso: implica el trato preferencial a uno y contiene también la exaltación de otro, por ningún otro factor mediático o causal que sus sexos. Y yo, con toda honestidad, prefiero contener al sexo, y no ser contenido por el ídem.
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Pero les mando a todas una profunda, sentida, gigantesca felicitación. Las felicito no por ser mujeres, sino por haber alcanzado espacios y ganado terreno en sociedades inminentemente machistas. Mis respetos. Su lucha es mi lucha. La lucha de todos los que consideramos que una sociedad más justa inicia siendo más incluyente, más equitativa, más humana y más femenina.
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¡Salud!
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PD: Y hablando de gustos y delicias: un día antes de que todas conmemoraran su Día Internacional, una mujer, Katrhyn Bigelow, ganó el primer premio Óscar entregado en la categoría de mejor director a un ser humano del sexo femenino. Felicidades también por ese otro triunfo: el de la conquista de la creación a través del arte cinematográfico.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Dame esos cinco.

Soy un hombre de metas. Plantearme cambios y realizarlos me significa una menor preocupación que los cambios que se presentan sin que se les llame. Por eso es que me gusta pensar a futuro, organizar mis tiempos y mis acciones en torno a logros por alcanzar, y finalizar el proceso realizando lo pactado sobre el papel de manera previa. Por eso es que las derrotas me gustan tan poco, y me suelen ocasionar tantos problemas.
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Y en el amor ni se diga. Temo tanto las caídas que cuando éstas llegan, si llegan, se convierten en verdaderos calvarios para un alma que no posee aun la resistencia a la pérdida. Me cuesta dejar ir; me cuesta el doble entender que pocas cosas son mías. A eso hay que aunar que cada pérdida amorosa me deja cada vez más imposibilitado para comenzar de nuevo un intento por enamorarme.
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Por eso es que cumplir cuatro meses con Mi Ojosh es un asunto de magna celebración. No recuerdo haber durado cinco meses en algo sin cansarme, sin someterlo a evaluación, sin enjuiciarlo, sin creer que al mes siguiente fracasará. A eso hay que agregarle un hecho singular: no existen, en tantos meses, indicios de que esto vaya para mal. Mejor aún: no me he fabricado yo mismo esos indicios.
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Él me hace ir en contra de mí mismo. Me obliga a asumir la felicidad como un asunto de evidencia, no de formalismo típico. Me obliga a creer en las posibilidades infinitas de una relación construida sobre el diálogo, la comprensión, la empatía, la química, la seguridad, la protección, el entendimiento, la sinceridad, la fidelidad, el honor, valores que yo creía perdidos en los hombres y mujeres de mi generación.
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Pero queda claro que no lo hace solo. El círculo, figura que por diversas ocurrencias podría considerarse el símbolo elemental de nuestra relación, representa muy bien la noción que solidifica lo nuestro, más allá de la química sustancial que, como en toda relación amorosa, guía parte de nuestras reacciones: él da, obligándose a vencer sus propias nociones adquiridas con anterioridad, y esa postura me obliga a dar, con lo cual él se ve entonces impulsado a dar de nuevo. Energía circulante: ni se crea ni se destruye, sólo se transforma de suya a mía, de mía a suya, sin fin.
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Claro que el verbo “obligar” no debe leerse en este caso en sentido estricto: obligación en el sentido de necesidad primaria satisfecha, no de deber ineludible, estricto, pesado, doloroso. Nos obliga el amor, y todo lo que él germina en nosotros, y para nosotros. Nos obliga también la sensación inmediata, indudable, conciente y persistente, de que no puede abandonarse el suelo firme en un medio caótico una vez que se le ha encontrado. Hacerlo sería suicidio, hecatombe, pérdida indiscutible. El mundo gay es dolorosamente peligroso: lo acechan decenas de miedos, centenas de prejuicios, miles de rencores. Posee también sus moldes, y encontrar a un gran hombre, siendo uno del mismo sexo, es más que encontrar una aguja en un pajar: es estar dispuesto a aceptar fallas y aprender de los errores. Mi Ojosh aporta eso y aún más: es capaz de ver en mis faltas sólo peculiaridades de mi personalidad, a la cual estima y admira, quedando muy por encima de mis defectos mismos.
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Hemos tenido diferencias, ocasionadas por nuestros pequeños archienemigos: la distancia, la falta de tiempo, el estrés diario, la reacción meramente sentimental ante los hechos dolorosos.
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El círculo también está presente en la noción del mundo: él y yo formamos una sola patria, una tierra, una cultura, con nuestras tradiciones, nuestro propio lenguaje, nuestros chistes locales, nuestros imaginarios, nuestro folklore, y en constante cambio y desarrollo, como toda cultura. Uno descubre que ha fundado su patria en compañía del amor de otra persona cuando de entre millones de personas, entre hordas de gente diferente, una sola imagen provoca una misma mirada, y detona un mismo gesto, una carcajada unísona, una misma sensación.
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Además no hay nada más similar a sí mismo que el círculo: redondo, es homogéneo, fundado en la noción más básica de la naturaleza, fundamentada no en encuadres ni aristas, sino en curvas y parábolas. Mi Ojosh y yo somos tan similares, que no he podido imaginar días de tanta risa, tanto diálogo, tanta escucha, tanta charla, tanto silencio también, con ningún otro ser vivo. Nos hacen reír las mismas cosas, y desde los dos o tres meses sabemos con facilidad lo que el otro pensará ante determinado plan o hecho. No sólo nuestro sexo es el mismo: nuestra historia personal, los pequeños detalles de la infancia, incluso la existencia previa de una enfermedad dolorosa y agotadora, de la cual nos sacó a ambos el hartazgo mismo de la enfermedad, nos convocan al mismo lugar, a los mismos días, a las horas semejantes.
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Entonces llega la noción del humor: nuestro noviazgo es divertido, alegre, marcado por la dicha y la fiesta. Vivimos en pachanga constante, pero el baile, la comilona, la orgía y el carnaval, participa sólo de dos corazones, dos genialidades, dos tipos de humor. Consideramos “sonso” lo mismo, patético lo mismo, grotesco lo mismo. Nuestros chistes locales han nacido a costa de conocidos en común, y lo que es mejor, de anécdotas de nuestro pasado, de tiempos remotos y desolados en que no nos conocíamos. Eso genera un doble efecto, igual de deleitoso: por un lado nos permite acceder a nuestra historia personal, y con ello al conocimiento más profundo de lo que nos ha convertido en lo que somos; por el otro, nos da la posibilidad de reinscribir nuestros días perdidos con la pluma del otro, generando sentido de pertenencia, de existencia conjunta.
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Además el humor es un recurso de defensa: ante la mirada hiriente del homofóbico, ante la risa sarcástica del intolerante, ante el comentario o el grito de oprobio o deshonor, hemos construido una muralla de risas. En nuestro imaginario, que a veces también nos permite tomarnos con menos seriedad y reírnos hasta de nosotros mismos, nada es lo suficientemente inaccesible como para no reírse de ello, ni lo suficientemente respetable como para no someterlo a la burla. Nadie tiene jerarquías más allá de nuestras propias autoridades. Sobre nuestros territorios, somos gobierno, academia, legisladores y jueces.
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Yo, por ello, celebro con él la posibilidad del amor. En tiempos en que hasta el cariño está sometido a mediciones y estadísticas, privilegiamos la autonomía y la primacía del sentimiento. Además, contra nuestros archienemigos, causantes del caos, hemos creado instituciones ordenadoras: la disculpa, la escucha, el abrazo, el chiqueo, la prioridad del tiempo, la defensa, la protección, la seguridad, la sencillez y la sinceridad. El deseo. Sólo fortaleciendo esas instituciones nos podemos seguir considerando privilegiados: sin ellas, somos una pareja más, tendiente al enojo, la hipersensibilidad, la cerrazón, el cansancio, la herida, el dolor.
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Si a los cinco meses me pidieran un consejo para una relación formal, sería el instituir instancias a favor de la pareja. Construyan. Creen “colchones” que les permitan resistir los golpes, entenderse, escucharse, incluso tolerarse. Si la vida es dura, para una pareja fundada sólo en los sentimientos se vuelve mucho peor. El amor, si se le espera comprometido, debe estar sostenido por instauraciones de la pareja misma: amar implica entender los errores del otro, y tomarlos por instancias de su personalidad, amándolo no a pesar de ello, sino incluso por ello.
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Escuchen. Hablar es un privilegio reservado únicamente para quienes privilegian las labores del oído por sobre las de la lengua. Escuchar nos permite detectar, limitar, generar acuerdos y saber expresar. Escuchar no es lo mismo que oír: escuchar implica colocarse en el cuerpo del otro, entender desde adentro, conocer. Si el conocimiento de las cosas del mundo, la creación de la cultura general, funciona únicamente cuando nos apropiamos del objeto de saber, el conocimiento de la persona funciona únicamente cuando al escuchar adoptamos a la persona y su punto.
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Mi Ojosh y yo tenemos grandes retos rumbo al futuro: la consolidación de una vida en conjunto, la institución de un espacio físico único para los dos, la seguridad financiera también en comunión, el afinamiento de nuestros “detallitos” y el crecimiento de nuestras personalidades. Pero estamos confiados: confiamos el uno en el otro, y en la pareja. La encontramos firme, incluso en la adversidad, y nos gusta pensar que es así porque así la hemos trabajado. Además, hemos encontrado a la mano todo para seguir refundándola así.
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¿Un consejo? Funden. Se ha vivido no cuando se planta un árbol, se cría un hijo y se escribe un libro. Vivir se logra cuando se llega el final del día y la sensación de lo que mejor se ha hecho no es aprender, sino construir. ¡Eso sí es vida, y no refranes baratos de pacotilla!
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¡Salud!