miércoles, 17 de febrero de 2010

Para escribir mientras se ama.

Amar es una cosa parecida a escribir, dice Isabel Allende en una de las pocas frases buenas que le conozco fuera de las que en La casa de los espíritus fabricó en contextos inigualables: ambas acciones requieren dejarlo todo de lado. Ahora cierren sus ojos, queridos y abandonados lectores, e imaginen escribir mientras se ama, o amar mientras se escribe. Un acto doblemente arriesgado que requiere hacer acopio de fortaleza, tiempo y ganas. A mí la primera de esas tres cosas me falta, a ratos, la segunda no me pertenece, y la tercera me falla de manera intermitente.
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Pero hay que entender que amar y escribir son cosas similares. Ambas requieren, decía la Chabela, dejarlo todo de lado. ¿Ya han amado el día de hoy? ¿Han escrito? Seguramente se han enterado de que el amor en últimas fechas ha andado medio vedado. Es un tema que comienza a convertirse en territorio tabú. No recuerdo la última vez que alguien me confesó sentirse amado sin remedio, con el tropel ardoroso de la pasión que se mezcla con el sentimiento fluido, precoz, insospenchado. Quizá sea la edad: después de los 22, dicen, es más complicado enamorarse. Mis amigos, en su mayoría, sobrepasan esa edad.
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Pero eso sucede con los años. Con los años, mientras más se crece, uno le teme más a la caída sentimental. Se ven las cosas de tan alto, que se afianzan los miedos y se controlan afanosamente las posesiones. Al crecer, le vamos agarrando un miedo insufrible a perderlo todo. No nos imaginamos desposeídos: la ausencia de propiedades, incluidas las inventariadas desde el corazón, nos parece "cosa mala". Entonces acaparamos, y protegemos enfermizamente lo acaparado. Y le vamos agarrando también un miedo insano a los riesgos. Malas noticias, veinteañeros del mundo y conexos: amar y ser amado requiere arriesgarse, apostarlo todo por saber.
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Este 14 de febrero pasado fue el primero que libré de buenas. Por primera vez en mi vida, no me puso nervioso tanto corazoncito, tanto perfumito, tanto peluchito, tanto cupidito -pobre dios grecoromano venido a efebito cabaretero de teatro Blanquita-. Por primera vez desde que tengo memoria, mis regalos fueron besos, y el regalo más exquisito que recibí fue la presencia de otra persona. Tener bien llenito el corazón, como dice mi compadre Juanes -mío y de los que me ayuden con sus gastos- requiere entonces también dejar muchas cosas de lado, comenzando por las que se venden en las esquinas a título de "Día de San Valentín". El amor no va por ahí: uno no deja todo de lado al pagar quince pesos por una rosa, ochenta pesos por una caja de chocolates. Uno deja todo de lado cuando da hasta que duela, y no deja de dar mientras siga doliendo.
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Escribir es, en la otra cara, un acto que el tiempo, y no "estos" tiempos, convierte en tabú. La falta de tiempo causa atraso en los temas, rezago en las ideas, pérdida de los conceptos. Por eso se abandona el Baile, o se le deja para después, "cuando haya tiempo". Y entonces regresan las voces, que le recuerdan a uno que ha estado dejando de lado todo por amar. "¿Eso está mal?", me va a preguntar Mi Ojosh, dueño y propietario ad vitam del corazón que antes latía en mi pecho, y que ahora, para futuros cobros, cuelga de sus manos. "No", responderé yo, "lo mejor está en regresar a escribir mientras se ama".
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Escribir es también otra forma de amar. Se escriben cartas los enamorados -tú y yo nos escribimos mientras nos gritamos, porque seguimos inventándonos medios de comunicación día con día-, los ególatras -¿no han visto esa manía que tienen algunas personas de escribir hasta el cansancio su propio nombre?-, los olvidados -como el conjunto de personas que nos enviamos mails a nosotros mismos... esperando respuesta-. Si se escribe al amar, se ama al escribir. No conozco todavía alguien que desconozca la emoción de recibir una carta, un mensaje, un deseo de amor hecho letras. No se puede escribir enamorado sin emocionar. Discúlpenme entonces si los emociono. He estado enamorado, y planeo seguir así el resto de mi vida. Ya vine. Voy de prisa. Feo el que ame al último. Más feo el que escriba al final.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Para ejemplo, el concepto de noviazgo -dando por hecho que implica amar- a los diez años de acerdo con la respuesta de un primo a la pregunta de, ¿qué haces con tu novia?: "pues lo que hacen los novios, mandarnos cartitas y agarrarnos de la mano"...
Amén.

Wendy Piede Bello dijo...

Para ejemplo, el concepto de noviazgo -dando por hecho que implica amar- a los diez años de acerdo con la respuesta de un primo a la pregunta de, ¿qué haces con tu novia?: "pues lo que hacen los novios, mandarnos cartitas y agarrarnos de la mano"...
Amén.