sábado, 20 de febrero de 2010

Gracias por llamar...

A los amantes nos gusta sentir que lo compartimos todo. Por alguna extraña razón que todavía no alcanzo a entender del todo, los enamorados no entendemos a ratos cómo es posible que en el mundo existan seres individuales que no tengan a su lado alguien con quien compartan la cuchara, el tenedor, las horas y las ideas. El concepto del amor en los tiempos modernos incluye por lo general una premisa tan difícil de llevar a cabo como posiblemente irritante: si dos enamorados no ven las cosas de la misma manera, el amor no puede existir, no tiene realización posible.
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Nada más falso. Lo saben esos enamorados, que abundan, que existen por montones -cual cucarachas en saco de piloncillo dejado junto a una alcantarilla (el equipo de investigaciones especialmente inútiles de El Baile de la Coma investiga ya una relación entre la evidente debilidad de las plagas urbanas por el azúcar y una posible hipoglucemia congénita)-, y que no han dejado de pelearse desde que se conocen hasta que se enamoran, se juran amor eterno a gritos apasionados -literalmente-, se entregan sin conciencia a su propio y belicoso amor.
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Además está la cuestión de que compartirlo todo es quedar propenso a que la ya de por sí delgada linea que separa a dos enamorados entre sí, que los fundamenta como los seres individuales e independientes que eran antes de conocerse, quede borrada irreversiblemente.
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La cosa se pone todavía más riesgosa cuando ambos trabajan en ramos similares, ya no digamos de la misma empresa, sino del mismo giro de negocios. Sucede lo mismo con Mi Ojosh y yo. Ésta su servilleta, que para mucho tiene al dar lata todavía, tiene algunas semanas integrándose a la extraña, difícil, tensionante y algo monótona labor del call center. Mi Ojosh, sobra decirlo, se integró ya hace tiempo a una empresa similar, en dónde también como en la mía se adquiere un bronceado lámpara de neón y unas ojeras de turno determinado marca perro.
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El siglo XXI es el siglo del call center. Todo estudiante que desee pagar colegiaturas, invitar a su pareja a salir, incluso sentirse un poquito importante apenas superados los 20 años, en un mundo que si algo privilegia es la juventud, al tiempo que la ataca, no tiene mejor opción para hacer valer sus deseos que el call center. Del siglo XX, en que los estudiantes no eran admitidos en ninguna fuente laboral por ser considerados lentos, algo tontos e inestables -no, ¿nosotros? ¿de veras? pero para naaaada-, ahora el negocio de las telecomunicaciones les ha dado lugar a los jóvenes en su seno, posicionándolos en lo que, dicen las leyendas urbanas fabricadas por adultos, mejor sabemos hacer: hablar.
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Y ahí los ve uno, entrando y saliendo, tomando llamadas, dejando notas, dando explicaciones sobre facturas, cobros, sistemas, mejorando programaciones, aprendiéndose de memoria hasta el tono en el que se dice el mismo 'nche saludo: "Gracias por llamar a... le atiende... ¿cómo puedo ayudarlo?"
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Y Mi Ojosh y yo nos sorprendemos con la rapidez como se vuelven monótonos los días en el trabajo del call center. La forma en que uno inicia renegando del modo robótico que tiene el supervisor para responder llamadas, y termina vertiginosamente, semanas después, contestando al cliente en el mismo tono, el mismo vocabulario, el mismo movimiento acompasado de voz, dedos sobre el teclado, búsqueda y dotación de información. Y nos reímos. Nosotros nos reímos, porque sucede que todo lo que nos sorprende y rebasa suele pasar a modo de risa en nuestro intento para comprenderlo. Y miren que funciona. Si sus jefes los sorprenden o asustan, les aconsejo reírse de ellos.
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Y ahí los tiene uno, jóvenes y trabajando, adquiriendo conciencias como tiempo de entrada y salida, nómina, tarjeta de ídem, seguro social, transporte, prestaciones y prima vacacional. Nadie los culpa: a su edad, a nuestra edad, nuestros padres y abuelos labraban ya la tierra, tenían hijos, pagaban niñeras o escuelas particulares, se embarcaban en el muy dudosamente dichoso vehículo del matrimonio -¿a dónde va? Saaabe, pero de que conduce a algún lado, dicen, conduce a algún lado-. Hoy, en pleno siglo XXI, el call center se ha convertido en el único recurso para no sentirse inútil al lado de generaciones que tomaban la vida por los cuernos, no nomás la veían pasar -o la descargaban en sus Ipods-.
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Y mientras nos reímos, Mi Ojosh y yo los invitamos encarecidamente a que se alisten para ser reclutados por un call center. No se gana el gran dinero, no se deja el estres de todo trabajo de lado, pero por lo menos se está "in". Mal hace el que, teniendo menos de 30, no ha trabajado en un call center en la época en que no sólo son más populares, sino más ejemplificadores: a los patrones no les conviene ya la mano de obra experimentada, sino la juvenil. Es más fácil de mangonear, más barata, menos conciente de sus necesidades. Después de todo, mientras dentro del lugar de trabajo tengan cafetería con wifi integrado, tendrán asalariados felices... y dispuestos a cobrar bicocas por hacer el trabajo de nadie. Ya dije. ¿Los sugiero a Hispanic?
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Prescindiré de tu recomendación por esta vez, porque no me apetece para nada, prefiero seguir viviendo pegada a la teta de mi mami.
Pero solamente hasta que consiga una beca, jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja.