jueves, 25 de febrero de 2010

Socialité arroba.

He llegado a los 501 amigos en Facebook. Esto, de entrada, me hizo sentirme muy importante. Luego me enteré que tener 501 amigos en la página de redes sociales más grande y popular de la actualidad, es comparable a tener unos cuantos cuates del corazón, y dos o tres colados. Eso me regresó a la realidad, rotunda realidad: hemos llegado a la época en que ser un reconocido socialité no depende de la cantidad de personas que trates, los seres humanos que contactes, el número de relaciones que guardes día con día con otras personas, el sonido que tenga tu nombre en calles, cafés, ni siquiera en medios audiovisuales: hoy eres popular según tienes "amigos" en Facebook, y párale de contar.
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Incluso el término "amigo" se ha reformulado en cuanto a su significado: hoy puedes tener "amigos" que nunca has visto, o que en realidad son grupos o páginas promocionales de políticos, estrellas del cine, programas de televisión. Hoy son "amigos" el doctor Simi, doña Lucha, Bob Esponja y el Kiss de Hersheys. Hoy uno puede encontes dejar en su "muro" mensajes a íconos de insospeble existencia, como la Pantera Rosa, la Hormiga Atómica o Acuamán. Y no sólo eso: puede responder tests que delatan las caras más sórdidas, lamentables y dolorosas de sus propios conocidos. Está entonces la anécdota surrealista del par de chicos que se encuentran en un antro y se reconocen con la tremebunda frase: "Ay, yo te tengo agregado en mi Face, ¿verdad?"
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También está el caso del robo de identidad. Conozco dos o tres personas que abrieron páginas de Facebook sobre escritores que nadie conoce, sobre artículos de uso más bien relacionado a la broma -y muy mala- como el Tonayan, la michelada, la torta ahogada. En las pasadas campañas electorales, el Facebook se convirtió en el recurso publicitario más recurrido, y más eficiente, para acercarse a las clases jóvenes del electorado: los chavos de hoy no vemos el noticiero, no leemos la prensa, no consumismos ávidamente las revistas políticas, ni asistimos a los mítines, ni lanzamos consignas... ¡pero dejamos cientos de mensajes en el ciberuniverso, lanzamos al entendimiento público -ciberentendimiento- nuestro "estado", chateamos y nos conocemos en línea!
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Eso del estado es otra cosa fascinante. Yo podría dejar de hablar con mis hermanos en dos, tres, cinco semanas, pero se enterarían todos los días de cómo estoy por el estado que aparece bajo mi nombre en mi muro, y el muy indiscreto sistema de noticias de Facebook, que hasta manda avisos por correo electrónico cuando se hacen actualizaciones en las cuentas: "Agustín cree que Dios existe", "Agustín no sabe qué ponerse hoy para ir a Chalma de rodillas", "Agustín hizo su primera lavativa a un cerdo... y sin mancharse -el cerdo-". Hoy no sabrás cómo me siento por cuánto lloro, sino por la cantidad de gestos adustos ¬ ¬ que uso para hacértelo saber. Hoy no te enterarás que estoy feliz si no sabes leer con paréntesis :) =( , o entre ellos :-) . Hoy nos falta el sentimiento, y nos sobra el emoticón. ¡Incluso la gente cria cerdos, cultiva elotes y cuida perros a través de sus "mundos virtuales" disponibles!
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Luego está la cuestión de la aplicación, que más bien apela al humor o al sentimiento: hoy puedo saber, gracias al oráculo de Facebook, la frase del día de personajes de la tragicomedia universal como Paris Hilton, Lencha, Homero Simpson y hasta Amandititita. También está la de Paquita la del Barrio, que se atreve a llamarme "inútil", o la de doña Lucha, que me dice que "los hijos son un eterno viacrucis". Surrealista el asuntito.
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A mí todo esto me sabe mal. No es la primera vez que se lo digo: cada vez convivo menos con mis amigos, y más con mi computadora. Estoy comenzando a extrañar, entre lo frío de las teclas y lo duro del monitor, a mis verdaderos amigos. Sigo pensando que todos ellos viven todavía en algún lugar del mundo, y frente a un procesador se preguntan lo mismo que yo: ¿a dónde demonios se nos fue la vida desde que dejamos de vivirla y na'más la vemos pasar?
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¡Salud!

sábado, 20 de febrero de 2010

Gracias por llamar...

A los amantes nos gusta sentir que lo compartimos todo. Por alguna extraña razón que todavía no alcanzo a entender del todo, los enamorados no entendemos a ratos cómo es posible que en el mundo existan seres individuales que no tengan a su lado alguien con quien compartan la cuchara, el tenedor, las horas y las ideas. El concepto del amor en los tiempos modernos incluye por lo general una premisa tan difícil de llevar a cabo como posiblemente irritante: si dos enamorados no ven las cosas de la misma manera, el amor no puede existir, no tiene realización posible.
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Nada más falso. Lo saben esos enamorados, que abundan, que existen por montones -cual cucarachas en saco de piloncillo dejado junto a una alcantarilla (el equipo de investigaciones especialmente inútiles de El Baile de la Coma investiga ya una relación entre la evidente debilidad de las plagas urbanas por el azúcar y una posible hipoglucemia congénita)-, y que no han dejado de pelearse desde que se conocen hasta que se enamoran, se juran amor eterno a gritos apasionados -literalmente-, se entregan sin conciencia a su propio y belicoso amor.
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Además está la cuestión de que compartirlo todo es quedar propenso a que la ya de por sí delgada linea que separa a dos enamorados entre sí, que los fundamenta como los seres individuales e independientes que eran antes de conocerse, quede borrada irreversiblemente.
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La cosa se pone todavía más riesgosa cuando ambos trabajan en ramos similares, ya no digamos de la misma empresa, sino del mismo giro de negocios. Sucede lo mismo con Mi Ojosh y yo. Ésta su servilleta, que para mucho tiene al dar lata todavía, tiene algunas semanas integrándose a la extraña, difícil, tensionante y algo monótona labor del call center. Mi Ojosh, sobra decirlo, se integró ya hace tiempo a una empresa similar, en dónde también como en la mía se adquiere un bronceado lámpara de neón y unas ojeras de turno determinado marca perro.
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El siglo XXI es el siglo del call center. Todo estudiante que desee pagar colegiaturas, invitar a su pareja a salir, incluso sentirse un poquito importante apenas superados los 20 años, en un mundo que si algo privilegia es la juventud, al tiempo que la ataca, no tiene mejor opción para hacer valer sus deseos que el call center. Del siglo XX, en que los estudiantes no eran admitidos en ninguna fuente laboral por ser considerados lentos, algo tontos e inestables -no, ¿nosotros? ¿de veras? pero para naaaada-, ahora el negocio de las telecomunicaciones les ha dado lugar a los jóvenes en su seno, posicionándolos en lo que, dicen las leyendas urbanas fabricadas por adultos, mejor sabemos hacer: hablar.
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Y ahí los ve uno, entrando y saliendo, tomando llamadas, dejando notas, dando explicaciones sobre facturas, cobros, sistemas, mejorando programaciones, aprendiéndose de memoria hasta el tono en el que se dice el mismo 'nche saludo: "Gracias por llamar a... le atiende... ¿cómo puedo ayudarlo?"
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Y Mi Ojosh y yo nos sorprendemos con la rapidez como se vuelven monótonos los días en el trabajo del call center. La forma en que uno inicia renegando del modo robótico que tiene el supervisor para responder llamadas, y termina vertiginosamente, semanas después, contestando al cliente en el mismo tono, el mismo vocabulario, el mismo movimiento acompasado de voz, dedos sobre el teclado, búsqueda y dotación de información. Y nos reímos. Nosotros nos reímos, porque sucede que todo lo que nos sorprende y rebasa suele pasar a modo de risa en nuestro intento para comprenderlo. Y miren que funciona. Si sus jefes los sorprenden o asustan, les aconsejo reírse de ellos.
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Y ahí los tiene uno, jóvenes y trabajando, adquiriendo conciencias como tiempo de entrada y salida, nómina, tarjeta de ídem, seguro social, transporte, prestaciones y prima vacacional. Nadie los culpa: a su edad, a nuestra edad, nuestros padres y abuelos labraban ya la tierra, tenían hijos, pagaban niñeras o escuelas particulares, se embarcaban en el muy dudosamente dichoso vehículo del matrimonio -¿a dónde va? Saaabe, pero de que conduce a algún lado, dicen, conduce a algún lado-. Hoy, en pleno siglo XXI, el call center se ha convertido en el único recurso para no sentirse inútil al lado de generaciones que tomaban la vida por los cuernos, no nomás la veían pasar -o la descargaban en sus Ipods-.
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Y mientras nos reímos, Mi Ojosh y yo los invitamos encarecidamente a que se alisten para ser reclutados por un call center. No se gana el gran dinero, no se deja el estres de todo trabajo de lado, pero por lo menos se está "in". Mal hace el que, teniendo menos de 30, no ha trabajado en un call center en la época en que no sólo son más populares, sino más ejemplificadores: a los patrones no les conviene ya la mano de obra experimentada, sino la juvenil. Es más fácil de mangonear, más barata, menos conciente de sus necesidades. Después de todo, mientras dentro del lugar de trabajo tengan cafetería con wifi integrado, tendrán asalariados felices... y dispuestos a cobrar bicocas por hacer el trabajo de nadie. Ya dije. ¿Los sugiero a Hispanic?
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¡Salud!

miércoles, 17 de febrero de 2010

Está en chino

Para La Wendy, que festeja sus 22 con todo y chinos.
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La Wendy está cumpliendo años. Sus 22 primaveras llegan hasta ella con esa forma extraña que tienen de llegar los 22: intempestivamente, insospechadamente, pero muy deseablemente. Además ella tiene mucho qué festejar: es profundamente china.
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Hace poco le decía a Mi Ojosh que los chinos son interesantes. Por supuesto que no hablo de los amables vecinos -?- del país asiático. Me refiero a las personas que, como él, como La Wendy misma, ven crecer sus cabellos en abigarradas ondulaciones que en ocasiones termina por parecer territorios selváticos, verdaderas amazonas reducidas al tamaño de cráneos estándar, como los de cualquier ser humano. No conozco un chino tonto: por lo general, sobrepasan los niveles comunes de inteligencia y son buenos hasta para menear la sopa en Viernes Santo -nota cultural alterna a esta entrada: no tiene ésta su pluma la menor idea sobre si menear la sopa en Viernes Santo sea una actividad riesgosa o de difícil realización, pero como yo nunca me quedo con nada, y la frase me nació del alma, preferí no cambiarla. Ignórenme y ya. Total, a estas alturas ya deben estar acostumbrados a hacerlo-.
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Les decía que no hay chinos tontos. Para mí, incluso, todos son una inteligencia andando. Además de Mi Ojosh y La Wendy, conozco, por ejemplo, a El Gerber, La Jime, y a ratos La Prisciliana. Todos ellos, hermanos del alma, son chinos. Alguna vez, filosofando recargado en un árbol, me preguntaba: si una serie de códigos genéticos pueden determinar de qué forma nos hace el cabello, ¿no estará ese mismo gen relacionado con la capacidad mental o la agilidad intelectual?
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Presumo que sí. Además se dice que los chinos besan mejor, tienen menos probabilidades de morir de cáncer de páncreas y poseen niveles de tolerancia al dolor que los lacios no conocen. Ninguno de estos tres datos, entenderán, es científico: dos de ellos los tengo comprobadísimos, pero para ahorrarles molestias no les diré cuáles dos. Lo que sí creo es que los chinos son inteligentes, y que si el mundo estuviera gobernado por gente china, otro gallo ya nos estuviera despertando -Hitler, Mussolini, Berlusconi y hasta Vicente Fox, son lacios. Zedillo, si la memoria no me falla, tendía a lo chino. ¿Ven que mi teoría no es tan descabellada?-
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A La Wendy le dejo el deseo sincero de que, gracias a la inteligencia que pende de sus chinos, estos sean los primeros 22 años de una vida llena de veintidós, cuarenta y dos, ochenta y dos, y que Dios me la conserve china hasta la muerte. Que la sabiduría se arraigue como hasta ahora en tu ondulada cabeza, y te dé tantas capacidades como sólo tú sabes desarrollarlas. Te quiero, un titipuchal. Si te falta fiesta después de Zapo, cerramos el Baile y armamos una carnita asada para acabar de quitarle la espinita al marranito -es un decir... que no entiendo bien qué quiso decir-. Un abrazote.
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A mis demás amigos chinos: ¿funciona también el asunto de la inteligencia con el enchinado permanente? Lo comprobaré en la próxima edición.
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¡Salud!

Para escribir mientras se ama.

Amar es una cosa parecida a escribir, dice Isabel Allende en una de las pocas frases buenas que le conozco fuera de las que en La casa de los espíritus fabricó en contextos inigualables: ambas acciones requieren dejarlo todo de lado. Ahora cierren sus ojos, queridos y abandonados lectores, e imaginen escribir mientras se ama, o amar mientras se escribe. Un acto doblemente arriesgado que requiere hacer acopio de fortaleza, tiempo y ganas. A mí la primera de esas tres cosas me falta, a ratos, la segunda no me pertenece, y la tercera me falla de manera intermitente.
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Pero hay que entender que amar y escribir son cosas similares. Ambas requieren, decía la Chabela, dejarlo todo de lado. ¿Ya han amado el día de hoy? ¿Han escrito? Seguramente se han enterado de que el amor en últimas fechas ha andado medio vedado. Es un tema que comienza a convertirse en territorio tabú. No recuerdo la última vez que alguien me confesó sentirse amado sin remedio, con el tropel ardoroso de la pasión que se mezcla con el sentimiento fluido, precoz, insospenchado. Quizá sea la edad: después de los 22, dicen, es más complicado enamorarse. Mis amigos, en su mayoría, sobrepasan esa edad.
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Pero eso sucede con los años. Con los años, mientras más se crece, uno le teme más a la caída sentimental. Se ven las cosas de tan alto, que se afianzan los miedos y se controlan afanosamente las posesiones. Al crecer, le vamos agarrando un miedo insufrible a perderlo todo. No nos imaginamos desposeídos: la ausencia de propiedades, incluidas las inventariadas desde el corazón, nos parece "cosa mala". Entonces acaparamos, y protegemos enfermizamente lo acaparado. Y le vamos agarrando también un miedo insano a los riesgos. Malas noticias, veinteañeros del mundo y conexos: amar y ser amado requiere arriesgarse, apostarlo todo por saber.
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Este 14 de febrero pasado fue el primero que libré de buenas. Por primera vez en mi vida, no me puso nervioso tanto corazoncito, tanto perfumito, tanto peluchito, tanto cupidito -pobre dios grecoromano venido a efebito cabaretero de teatro Blanquita-. Por primera vez desde que tengo memoria, mis regalos fueron besos, y el regalo más exquisito que recibí fue la presencia de otra persona. Tener bien llenito el corazón, como dice mi compadre Juanes -mío y de los que me ayuden con sus gastos- requiere entonces también dejar muchas cosas de lado, comenzando por las que se venden en las esquinas a título de "Día de San Valentín". El amor no va por ahí: uno no deja todo de lado al pagar quince pesos por una rosa, ochenta pesos por una caja de chocolates. Uno deja todo de lado cuando da hasta que duela, y no deja de dar mientras siga doliendo.
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Escribir es, en la otra cara, un acto que el tiempo, y no "estos" tiempos, convierte en tabú. La falta de tiempo causa atraso en los temas, rezago en las ideas, pérdida de los conceptos. Por eso se abandona el Baile, o se le deja para después, "cuando haya tiempo". Y entonces regresan las voces, que le recuerdan a uno que ha estado dejando de lado todo por amar. "¿Eso está mal?", me va a preguntar Mi Ojosh, dueño y propietario ad vitam del corazón que antes latía en mi pecho, y que ahora, para futuros cobros, cuelga de sus manos. "No", responderé yo, "lo mejor está en regresar a escribir mientras se ama".
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Escribir es también otra forma de amar. Se escriben cartas los enamorados -tú y yo nos escribimos mientras nos gritamos, porque seguimos inventándonos medios de comunicación día con día-, los ególatras -¿no han visto esa manía que tienen algunas personas de escribir hasta el cansancio su propio nombre?-, los olvidados -como el conjunto de personas que nos enviamos mails a nosotros mismos... esperando respuesta-. Si se escribe al amar, se ama al escribir. No conozco todavía alguien que desconozca la emoción de recibir una carta, un mensaje, un deseo de amor hecho letras. No se puede escribir enamorado sin emocionar. Discúlpenme entonces si los emociono. He estado enamorado, y planeo seguir así el resto de mi vida. Ya vine. Voy de prisa. Feo el que ame al último. Más feo el que escriba al final.
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¡Salud!