miércoles, 13 de enero de 2010

El asunto de limpiar.

Lo mejor de comenzar algo nuevo, es acabar con lo anterior. .
No es la primera vez que se los digo: soy un acumulador de pacotilla. No porque yo sea de pacotilla, sino porque pacotilla es lo que más suelo acumular. Cómo me gusta llenarme de cosas. En ése sentido rechazo las ideas postuladas más pragmática que teóricamente por el mayor de mis hermanos, y por uno que otro americano: tirar es lo de hoy. Me encanta llenar el cajón de los cuerdos de ídems, la cabeza de memorias, el corazón de sentimientos. El problema de llenarse de cosas es en realidad un doble problema: uno permina por no caber en sí mismo, y también se acaba por no encontrarle acomodo a tanta cosa, a tanto escombro.
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Dejar Semanario Crítica significa para mí algo más que dejar a La Gabybaby, que hasta la fecha ha sido la editora más movida que he conocido en mi vida -he tenido dos, y no es que La Paupau no fuera un "as", pero La Gabybaby se maneja el tejemaneje del círculo periodístico como decir "papita cambray con mantequillita y sal"-. Dejar Semanario Crítica significa para mí incluso más que buscar un nuevo trabajo, quizá con horarios fijos, presumiblemente una menor paga, decididamente algo alejado de mi pasión periodística -aunque dicen los enterados que en todo hay periodismo, y yo así lo creo-. Dejar Semanario Crítica es el inicio de un proceso de cambio que en realidad constituye una serie de controversias hacia un resultado irrenunciable: la independencia personal.
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Eso significa que, de aquí a dos años de mal vivir, mal comer y mal emplearme -si es que consigo por fin desaparecer de las filas del desempleo y sumarme a las del semiempleo, que reina en este país por sobre las "chambas" con prestaciones más elementales-, ésta su pluma abandonará la casa materna -es un decir, es más mía que de mi madre-, y se lanzará con todo -y para todo- a una vida casi solitaria. Digo casi porque no estaré solito. Estará conmigo la mitad de mi corazón, y eso me basta para completar el mío.
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Pero en lo que eso sucede, dejar Semanario Crítica responde a la búsqueda de tiempo más fijo para mí y mis cosas, para mi pareja también. Para todo, caray, que ya han sido ocho meses de olvidar lo elemental para asumir lo lamentable. Todavía no me explico, además de mucha experiencia, La Gabybaby y un año más de FIL gratis, qué me movió a entrarle a un medio desorganizado, tendencioso, impronunciablemente inconsistente. La experiencia, que junté jalando agua para mi molino, me la llevo bajo el brazo con todo el orgullo del mundo. Y ya.
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Entrando en un proceso de limpieza con miras a buscar una nueva ocupación, descombré la habitación que me identifica -o no sé si es al revés, de identifico yo a la habitación-, y tras cuatro bolsas de basura acumulada llegué a la conclusión de que uno necesita tirar para alcanzar a cerrar ciclos. Es, análogamente, como bajar un par de centímetros de abdómen para alcanzar a cerrar el cinturón.
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Uno de los procesos más difíciles de hacer limpieza para recobrar la fuerza y dejar el pasado dónde pertenece, en el pasado mismo, fue tomar el corcho-pizarrón y vaciarlo de todas todas. Hago un rápido inventario de los "recuerdos" acumulados a propósito en el año, y que ustedes encontrarán amontonados en foto sucedánea.
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Un boleto para el show de Camilo Sesto -no me vean así, La Gabybaby no quiso ir y me mandó-; una calcomanía de Fidel, el candidato de la perrada; diecisiete credenciales de prensa de todo tópico, desde festivales de Cine de Guadalajara hasta Juegos Panamericanos, pasando por preelecciones y elecciones oficiales; tres pases de prensa para la sala de medios del Auditorio Telmex; una invitación a la Marcha del Hartazgo; un pase de comida para la jornada electoral del 5 de julio en el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Jalisco; un boleto para La Oreja de Van Gogh y Reik en el Telmex; una manita para el vidrio que dice "está limpio, gracias", promocional del PAN en los últimos comicios; un pase al buffete del China Loa -no me pregunten cómo llegó eso ahí-; un par de boletos al Agua Azul -a que tú sí te acuerdas qué hacen ahí, tan bien como yo-; una docena de recados telefónicos no contestados; un cronograma del Seminario Hemisferio de Periodismo, patrocinado por el H. Ayto. de Guadalajara; una invitación de un exregidor tapatío para ir a su despedida -ahora es diputado-; mi nombre en árabe en una hoja alusiva al islam; un dibujo de La Isadora que tiende a recordar a los Beatles con aquello de "Let it be"; un banderín-condecoración como "El más gandalla en la FIL" que me dieron en Mujer Hoy por ardido(a)s; un par de boletos usados a las últimas dos FIL; una carta con mi deseo de trabajo y la tarjeta de la editora de finanzas de Mural; un pase para ver "Atrévete a soñar, el show", en el Telmex -?-; una tortuga de pasta de migajón colguije para celular; un tapabocas de cuando la influenza; dos boletos para el Metro del D. F., y dos más para las recepciones de las bodas de mis hermanas.
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Exhaustiva lista. No sé todavía qué hacer con tanta cosa. Quizá subaste, pero no creo que a alguien le interese -ni se emocionen, los pases del Telmex caducan la noche del evento, cual ajuar de Cenicienta-. Quizá sólo la archive, con la espera de algún día entender para qué demonios me sirvió tanto año. ¡Ya lo sé!, y no necesito que la espera me lo diga: para encontrarte a ti. Ahora caigo. Bendito año.
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¡Buena búsqueda, muchachos! La cosa está en buscarle.
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¡Salud!