viernes, 18 de diciembre de 2009

El recuento de los vagos.

El problema de volver a un blog amado que se tiene abandonado es saber que uno se enfrentará no sólo con lectores iracibles, sino con comentarios atrasados, dudas no planteadas, imágenes no cargadas, entradas no redactadas. Vivir de la palabra es peligroso: su efecto acumulativo es agobiante. Llega un punto en que uno tiene tanto por decir, que termina comentándoselo a los amigos y luego ya no queda material para hacer entradas. El Baile de la Coma constituye aún el único resquicio lingüístico de este mundo en que puedo ordenar un poco mi realidad -que es también, de algún modo u otro, LA realidad-. No volver a él se puede convertir, temo decirlo a título de que todo esto suene a adicción, en un verdadero problema. Mi identidad está constituida más fielmente en este blog. Quien entiende El Baile..., y se anima a bailarlo, y le gusta su son, ha danzado conmigo un vals de interminable noche de juerga.
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Y como estaré de vacaciones precisamente hasta el cumpleaños de este blog -que no es un blog, saaabe, que es un baile, saaaabe-, que es el mismo día que este su servidor tuvo la osadía de venir al mundo y llenarlo de fiesta y danzón -es un decir-, he pretendido en esta entrada que sabe a novedad- no escribía desde la FIL, y en la FIL escribí bien poquito- hacerles un rápido recopilatorio de las cosas que han pasado en mi vida desde que cerré ParaFILia 3 y con ello me dispuse a tirar la flojera de lo lindo y no hacer más que esperar sus comentarios -ajá-. En la siguiente entrada haré otro breve resumen, de mayor relevancia, sobre lo que le ha pasado a México y el mundo desde que me abstuve de hacer comentarios de toda índole en este su Baile. Si a ustedes les importa muy poco mi existencia -¡osea, gracias!-, pasen a la siguiente entrada y dejen leer a los que nomás quieren saber dónde anduve poniendo qué y con quién aduve pasando cuál. Ah, ¿no que no querían saber?
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Tres meses casi. Paraíso en la otra esquina... de la ciudad. Punto.
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La Gabybaby como que no quería, pero otorgó vacaciones. Bueno, ella no, los altos mandos. Me mandó decir que nos veíamos el 28, y cuando le dije que justo en esa fecha caía mi cumple, se puso medio autoritaria y me dijo que le valía madres, que disfrutara mi navidad y que regresara a trabajar el mismo día de mi efeméride. Yo, como nunca le discuto nada -?- callé y apagué el teléfono. De aquí al 28, estaremos en franca convivencia con la nada, la nada y la nada. Hasta entonces, no pienso levantar un solo dedo. Como dice nuestra querida amiga Edith Márquez -lo de querida, y lo de amiga, son dos decires-: que corra el aire.
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El Gerber tiene un terrible problema. El terrible problema que tiene El Gerber es que no sabe qué hacer con su cabeza. Mi amigo, que tiene una cabeza llena de chinos equivalente a las revolturas de ideas en su cabeza, piensa demasiado. Yo ya le he dicho que mida bien los límites entre lo que cree y lo que es, lo que ve y lo que sólo es posible. Pero él, aunque lo hace un poco más que antes, sigue escuchándome como ver llover -?-, desestimando mi autoridad -es otro decir... lo de la autoridad-. Yo le insisto en que se tome una vacaciones de sí mismo y comience a pensar como l oharían otras personas. El problema es que pensar como lo haría alguien más es algo que hace con frecuencia. Ya no sé ni lo que le digo. Yo que él, elegía ropa -cosa que, basta decirlo, sabe hacer-, y me dedicaba a holgazanear -también eso lo sabe hacer... pero no le digan que lo dije-.
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Auspiciado por El Chuy, que tiene buen gusto -y hasta excesivo- para elegir ropajes, me lancé el día de ayer a una reconocida zona de la ciudad, especializada en vestidos y monerías. Como él es un crítico mordaz y verdadero para dar sus vistos buenos -es como el López Gavito del look masculino-, imagino que lo que compré, que me satisface plenamente, es bueno de sobra, y me hace ver a toda máquina. Yo no sé ustedes, pero a mí el fin de año me pone bastante gastalón. Será que uno ve que todos compran, y surge esa necesidad inefable de hacer lo que la masa, de sumarse al montonal.
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La ventaja de El Chuy es que es sorprendentemente paciente para las multitudes -?-, así que rápidamente los hizo a un lado a todos, me dio su punto de vista sobre lo que debería ponerme en esta temporada, y con la misma velocidad pagamos, jaloneamos a dos o tres señoras sobrepesadas que obstaculizaban las banquetas, y hasta nos dio tiempo para que él llegara a su servicio y yo a recibir mis calificaciones.
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De las calificaciones mejor no platicamos. Me molesta sobremanera sacar malas noticias de la manga cuando todo lo que se ha planteado hasta ahora es agradable. Así que no lo haré. Baste saber que lo que queda es levantar los números para el siguiente periodo. Y si no para el otro, que al cabo por eso son tantos semestres, para cajetaearla en uno y hacer el esfuerzo en los dos siguientes.
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Aquí le paro. Creo que mi vida no ha sido tan interesante desde que terminó la FIL. La del país, quizá otro tanto. Mejor pasamos a la escala nacional y dejamos la personal, que tras arrebatos pasionales, amor y locura -de la buena, de la rica, de la que sabe bien-, deja poco qué desear. Suspiro. Sufro...sufro...sufro.
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Tres meses. ¿Ya lo dije? La verdadera casa está en la Tierra.
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¿Hace cuántas entradas no los hago llorar? ¿Se fijaron? El amor de (un) dios es maravilloso.

¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No sé si lo que voy a escribir sea bueno o sea malo, espero que sea bueno, pero nunca desde que te conozco -y no solamente yo- te había visto tan feliz, o feliz a secas, ya ni sé, a Dios gracias, porque Dios es amor y lo que tú tienes es enamoramiento.
Felicidades por este año, ya te tocaba y ya nos tocaba verte así a los que te queremos.