viernes, 18 de diciembre de 2009

El recuento de los changos

Qué feo es vivir en un mundo dónde la noticia tiene cara de incertidumbre.
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La verdad es un asunto que tiene que manejarse con pincitas. Como depende tácitamente de la realidad, son ambas cuestiones variables, pero igualmente de dar pavor. No recuerdo la última vez que abrí un periódico y encontré buenas noticias. Las únicas que hay las da el gobierno, y al gobierno nadie le cree. O somos una sociedad acostumbrada a las malas nuevas, o de plano nuestra realidad está cada vez en más lamentable estado.
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Primero fue el cardenal mexicano Javier Lozano Barragán, cabeza -es un decir- de una diócesis romana, quien tomó la iniciativa y se animó a declarar en un blog católico -aquí no, ni me vean, este blog es abierto a toda corriente y no acepta propaganda de ningún culto específico... además, este baile se reserva el derecho de admisión para malagüereros-, que los homosexuales no irán al cielo, porque lo que hacen está "bien mal".
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Para empezar, como bien dijo Germán Dehesa en su columna inmediata después, ¿a quién le importa? El monopolio del más allá se lo han discutido intermitentemente un grupo de "enterados" a lo largo de la historia de las religiones, y es todavía hora que nadie tiene la certeza absoluta de lo que dice, o la tienen todos, que viene a ser lo mismo. Unos aseguran que del "otro lado" hay mujeres desnudas y ríos de cerveza, opio al por mayor y odaliscas de pechos rubicundos. Otros más dicen que hay jardines con fuentes, árboles frutales y flores multicolor. Otros, los más extremos, hasta organizan el sistema en círculos. Total que nadie se pone de acuerdo. Entre nubecitas y aureolitas, se pasan la bolita creyendo tener el total control de lo que hacemos no sólo en la Tierra, sino al morir, a lo que ellos creen viene después.
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Por eso, que Lozano Barragán nos traiga el chisme de que a los homosexuales no nos quieren en el Cielo, nos provoca una mezcla de risa y pavor. Risa porque, a siglos de su formación mítica, el Cielo sigue siendo un terreno más peleado que la Franja de Gaza, y nadie atina a dejar el problema de una vez por todas en que el reino de los Cielos inicia en la Tierra, y todavía nadie sabe si se prolonga a algo más que la desaparición putrefacta de un cuerpo humano. Pelean por lo inaccesible, lo desconocido, lo que además nunca ha sido de nadie más que del imaginario popular. Pavor porque a la Iglesia católica se le sigue dando el micrófono para opinar hasta de lo que a nadie se le ocurre -ya mandó Sandoval Íñiguez decir que no le hagan el Macrobús pasar por "su" catedral porque, como a la célebre doña Naborita, no le gusta, no le gusta, no le gusta-. Y lo que es peor: se les sigue considerando a sus diáconos y clérigos como "líderes de opinión".
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¿En quién confiaría usted más, estimado lecto: En un hombre honesto, trabajador, fiel, consistente, que trabaja todos los días en su actividad profesional y en su civismo, que no se estaciona en lugares para discapacitados ni tira la basura en la calle, no desperdicia el agua ni maltrata mujeres, pero que tiene el breve "inconveniente" de ser homosexual, o un sacerdote pedófilo, en manos del cual la integridad de sus hijos corre peligro? Que no me vengan con el cuento de que los homosexuales no cabemos. Nuestra práctica sexual no está vinculada con nuestro quehacer como seres humanos. Somos hombres preparados para salir adelante, para hacer de este país y de este planeta un lugar mejor, quizá más preparados para ello que los sacerdotes de ideas imposibles que llenan las iglesias del país, satanizándolo todo, intentando reconvertir asuntos de índole meramente dogmática a temas de agenda nacional.
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Se lo voy a dejar clarísimo, señor Javier Lozano Barragán: si no quepo en su Cielo, me doy por bien servido. A mí no me late la idea de andar de nube en nube platicando con charlatanes y retrasadores de la felicidad de mi nación. A mí me gustará más un cielo de personas responsables, concientes, felices, no asexuados sin remedio, temerosos hasta del viento que pasa, porque todo lo que existe contradice una doctrina inmoral y decadente. Ya dije. Ahí luego le damos el derecho de réplica... o mejor no, ¿para qué si nomás va a salir con lo mismo de "es que Jesús dice que..."? Crea en lo que quiera, pero déjenos creer. Yo no creo en el Cielo. No en "ese" cielo. A mí, como a doña Naborita, no me gusta, no me gusta, no me gusta.
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La muerte de Arturo Beltrán Leyva, líder del cártel del mismo nombre, cimbró los espacios más recónditos de la opinión pública mexicana. Controlador de buena parte del centro y occidente de México, el fuerte cártel perdía a su cabeza, en un sistema de organización de las instituciones delictivas que todavía no acaba por cuajar. Contrario a nuestras democracias, en que a la caída de uno está previsto el surgimiento de otro, el sistema de los narcos no tiene sucesión inmediata de líderes. De hecho, pocos conocen sus interiores como para poder explicarnos qué pasará ahora que Arturo murió en un tiroteo con elementos de la Marina. El espectáculo de la "guerra contra el narco" permanece en suspenso. Sabemos que no tendrá un final. Ni nuestros hijos ni los hijos de sus hijos verán un final para el monstruo del narcotráfico, al menos sin la intercesión de medidas legales insurgentes como la legalización o el control en el sistema penitenciario nacional.
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La gran duda en el aire es qué pasa cuando un capo muere. ¿Qué elementos se mueven en el sótano del organismo delictivo para nombrar un sucesor, conservar la línea, facilitar la transición? ¿Quíen toma el mando, quién le da seguimiento a los millones de pesos que se generan día con día en la "empresita"? ¿Quién vendrá ahora a tomar el lugar de Arturo Beltrán y le dará al país un nuevo nombre para llenar titulares de una guerra sin sentido, en una nación que es cada día más, como decía su profeta titular, "un mundo raro"? Aún más importante, ¿quién parará, con una reforma, una o un ciento, tanta crueldad, tanta desolación, tanto miedo? Yo no estoy dispuesto a vivir con la incertidumbre de si llegaré al final del día un sexenio más. Y tú, ¿mexicano?
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Las reformas propuestas por Calderón no atacan, por primera vez en los tres primeros años de su gobierno, al narcotráfico. Atacan a la institución base de la democracia, el voto, y vislumbran la posibilidad del regreso de un antiguo y demostrado mal: la reelección. El problema con la mentada reforma es que el público al que se ha enterado de su virtualidad todavía no puede desligarse del mito creado por los libros de texto gratuito de la SEP, que han educado a generaciones enteras: la reelección, y no la estupidez, fue la causa primera de los grandes males del siglo XIX e inicios del XX. Hasta que Madero propuso su disolución, dando a la naciente burocracia una frase para reducir su informalidad y verse heróica, "sufragio efectivo, no reelección", anduvimos mal. Un siglo XIX caótico no cayó en responsabilidad de los políticos extremistas que nunca pudieron ponerse de acuerdo, sino de locos como Santa Anna o Iturbide, que solitos -ajá- pretendieron o lograron sistemas de gobierno ajenos a lo republicano.
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Prueba de esa falta de aceptación de la idea de la reelección está en que Felipe Calderón tuvo que usar eufemismos como "elección consecutiva" para no causar alarma. La alarma la pusieron después los diputados del PRI y el PRD, que desestimaron la posibilidad de tratar en estos momentos un tema así. El PRD exige que a la reforma se agregue la revocación de mandato, cuestión que Calderón omitió, evidentemente, porque eso le sonaría a pérdida ante AMLO.
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No, señor presidente. No es tiempo de proponer "elecciones consecutivas". Hable de reelecciones, y luego veremos qué tan bien nos cae el tema. Definitivamente hay temas prioritarios, pero la posibilidad de favorecer o castigar al gobernante, y con ello a la patria, a través de la dación del poder o su negación, no es un tema menor en la agenda. Tampoco el matrimonio entre homosexuales o el aborto, para los casos estatales. Es tiempo ya de hacer cambios, y comenzar por hablarlos con su nombre, llamando "reelección" a la "reelección" y "legrado" al "legrado", sería un buen inicio.
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Dos semanas intensas. Pido esquina. Esquina bajan. Se acerca también un aumento en la tarifa del transporte público, y la línea 2 del Macrobús y 3 del Tren Ligero. Esto ya huele a que se nos están cociendo las habas, y ni cuenta nos hemos dado. Viene 2010. Me late que va a correr sangrita.
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¡Salud!

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