martes, 22 de diciembre de 2009

El matrimonio que no es.

El "matrimonio homosexual" no existe. Tampoco el "matrimio gay". Existe el matrimonio. Van a decir que qué salvaje, que no se vale tanta ortodoxia y falta de altura de miras en un blog que se tacha de diverso, aguerrido, revolucionario, anticonvencional. Paren sus críticas y lean: lo que estoy diciendo es que el matrimonio está definido en leyes y dictámenes, incluso por la palabra misma en el uso cotidiano de la lengua, como la unión de un hombre y una mujer mediante un rito específico. En el caso del matrimonio civil en México, es decir, aquél que se realiza frente al Estado, mediante un juez o representante del mismo, a esa unión se suman una serie de finalidades, a cuya cabeza se encuentra la procreación.
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Que se apruebe un cambio legislativo desde la Asamblea Legislativa del Distrito Federal que modifica leyes y reglamentos inclusivos del matrimonio, como las relacionadas con pensiones, no es más que un cambio terminológico: a partir de él, en quince días más, la definición legal de "matrimonio" será la "unión de dos ciudadanos", indistintamente del sexo con que la naturaleza los ha señalado y el Estado reconocido. A ese solo cambio de definición, seguirán otra serie de cambios en por lo menos quince leyes, incluida, claro está la de Matrimonio Civil. Parejas homosexuales tendrán entonces derecho a las mismas prestaciones y garantías que las heterosexuales, pero también acceso a las mismas obligaciones y responsabilidades. Serán iguales, pues, ante una ley que anteriormente marginaba según los sexos que de ella participaran.
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Esto atrae otro grave problema: si la función elemental del matrimonio civil mexicano es la procreación, las parejas homosexuales quedan nuevamente fuera de la ley. Son distintas a las heterosexuales, en muchos sentidos más allá del sexo. El término matrimonio no las contiene, no las identifica. Un par de hombres o un par de mujeres que deciden casarse ante el Estado mexicano, no son propiamente un matrimonio, aunque los procesos administrativos se modifiquen para darles cabida. Son la unión legal de hombre y hombre, mujer y mujer, para obtener las mismas garantías que un hombre y mujer obtienen al casarse, como herencia, servicios médicos y prestaciones sociales. Lo que faltaría da dos opciones: o se modifica en cuanto al término "matrimonio" todo el conjunto legal , y con ello el social, lo que casi sería ir en contra de la finalidad de las leyes, que se crean según las necesidades sociales y no para modificarlas; o se crea una institución aparte para la unión entre personas del mismo sexo, lo que sería relegarlas, quitarles garantía de igualdad.
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Otro grave problema: la sociedad podría no reconocerlos. Si bien la ley admite cambios en un Distrito Federal, ellos no son aplicables a todas las conciencias de sus ciudadanos, ni a las del resto de los que pueblan la República Mexicana. La pareja homosexual casada seguirá enfrentando el mismo rechazo, la misma cerrazón y la misma incertidumbre que padece sin un acta que la avale como "legal". Los policías en las calles seguirán deteniéndolos por considerarlos "peligrosos" o "alteradores del orden público" si los "cachan" de la mano, o abrazados en un parque; las familias conservadoras seguirán echando a la calle a los hijos que salen del clóset, y sus miembros homosexuales evitarán incluir a su pareja en "ritos" que sí son abiertos a la unión heterosexual, ritos sociales elementales, nimios si se gusta, pero formuladores de la adaptación familiar: la presentación de los suegros, la pedida de mano, la visita en vacaciones a la casa de los padres. La pareja homosexual, con acta matrimonial o sin ella, con nuevos derechos o sin ellos, seguirá relegada, postergada, evitada, sancionada incluso, porque aún no existen leyes aplicables y concientes en torno a temas como la discriminación sexual, ni siquiera para las instituciones políticas y de seguridad o educación.
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Un problema más, siempre problema: la Iglesia católica. Como comunicador a punto de tomarse un receso de los medios lo digo: debemos dejar de darle el micrófono a los "altos jerarcas". Los medios deben ser un lugar de opinión, pero no de atraso. Las ideas de los "pastores" católicos pertenecen exclusivamente al fuero de su grupo religioso. No son ideas políticas, legales, ni siquiera científicas -Norberto Rivera se sacó una espantosa equis con eso de que los niños adoptados por parejas homosexuales tendrán "daño sicológico." Le faltó precisar, ¿menos o más daño que los violados por clérigos pedófilos?- No son ideas adaptadas a las nuevas conciencias de un México, que, aunque les pese, ya no paga diezmo por pagar impuestos. Fuera el clero de los diarios, los micrófonos, los espacios televisivos. Bienvenida la laicidad, y el respeto a todas las creencias -a mí, ningún cura católico me va a venir a decir que soy una aberración, si amo, respeto y tolero más que él-.
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Un último problema: la adopción. Ser un niño adoptado es un estigma en un país que, volvemos a lo mismo, no protege a sus grupos vulnerables contra la discriminación -tampoco a los no vulnerables, cabe aclarar-. Sobre el estigma del "adoptado", el "sin madre", se sumaría ahora el de ser hijo de una pareja de "jotos". A eso hay que agregar que la figura de la adopción en nuestro país es lenta, dolorosa casi. Las parejas heterosexuales que desean adoptar se ven obligadas a pasar verdaderos procesos administrativos que los asemejan con conejillos de indias: observación, vigilancia, invasión incluso. Imaginemos ahora ese mismo proceso de fines nobles, sí, pero de seguimiento costoso, con una pareja tachada como "mala" o "inmoral" por grupos políticos y religiosos específicos -los 24 votos de negatividad a los cambios legales fueron del PAN; las abstenciones del PRI-. No le muevan. No encaja, no será asequible en un buen tiempo.
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El blogero infeliz tiene dos propuestas: hacer del "matrimonio homosexual" una institución "pareja" de la heterosexual, en el sentido de responsabilidades y obligaciones, pero no "idéntica", pues no la integran individuos de características idénticas, ni que se relacionan de la misma manera, nuevamente más allá de lo sexual. Dos: educación. Ya sobra que en este país los policías nos griten "jotos" y de las chambas nos corran "porque le gusta la grande". Ya sobra de que "se le volteó la caona" sea una garantía para decir que somos malas personas. Pagamos impuestos, participamos, vigilamos también derechos y responsabilidades para todos. Inclúyannos, o nos las vamos a ver negras todos -no, no fue albur, fue amenaza-.
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¡Salud!

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