jueves, 31 de diciembre de 2009

Año 2.

Cumpliría un año menos,
y al soplar daría fuego,
a las velas que pusiste en el pastel,
tras invierno vendrá otoño,
tras septiembre será agosto,
y mañaña será un poco más ayer.
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No sé si ya se fijaron, pero hace dos días este baile acabó de cumplir dos años. ¿Por qué ahora no hice con bombo y platillo una celebración sistemática, una fiesta orgiástica, de ésas que antes nos gustaban tanto, que convocaban a miles y luego dejaban un desastre orgánico que los integrantes de este baile teníamos que esforzarnos en limpiar, con litros de ácido muriático de por medio? ¿Por qué ahora no echamos la casa por la ventana, gastando lo que no tenemos, como buenos mexicanos, y empleando en la celebración los recursos que no atinamos a darle a rubros más sobresalientes como la cultura, la educación o el combate al desempleo?
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No sé. “Chale, se pasó de lanza este caón con la respuesta, que todos esperábamos con tonalidad de excusa, a sus propias interrogantes. ¿Pa’ qué gasta espacio en pantalla en cosas que ni tienen respuesta, ni le sirven a nadie?”, dirán ustedes, con banderín de celebración y pastel en mano. Es cierto, diré yo. Lo más terrible de tener preguntas volando en la cabeza es saber que, a pesar de todo el esfuerzo enciclopédico que pueda ponerse en marcha, no tendrán respuesta. Pero ustedes que me conocen lo saben: amo la verdad. La verdad constituye, por sobre muchas otras cosas, la razón básica de mi búsqueda de un futuro mejor. Por eso, decir “no sé” cuando es verosímil, y no salir con un pretexto de los mil demonios –los mexicanos nos quedaremos sin chamba, pero pretextos nunca nos faltan-, es, más que razonable, razón de ser.
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Por eso, e intentando un poco resarcir el daño causado por este tremendo olvido, enlistaré a modo de regalo para ustedes las tres cosas más importantes que este baile ha requerido en sus dos primeros años de vida. Al final, sobra decirlo, vendrá un agradecimiento sistemático a quienes han hecho posible su existencia: ustedes, los lectores, cuya agresiva e incomprensible propensión a acercarse a estas nobles letras –sencillas ellas-, hace habituable el trabajo, constante la lucha, prudente el esfuerzo. De paso lo digo: las musas de la vida me los mantengan inspirados a todos hacia la felicidad.
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Paciencia. No es fácil poner en orden la vida. Las ideas son, para los que sí procuramos pensar, un indomable mar por descubrir y encausar. No es en absoluto “papa comida” pensar y coordinar lo pensado. Es complicado, es difícil, es cosa de grandes. Crecer implica también aprender a pensar. No he dicho una metida de pata, no he caído en un retruécano lingüístico: como aprendimos a leer, caminar, conducir o hablar, aprendemos a pensar. El problema es que pocos lo hacemos: creemos que hacerlo es un acto espontáneo, inviolable, indistinto, natural. Pensar requiere, sin embargo, acopio de orden que no siempre se posee. Poner en línea las cosas para luego pasarlas al papel, a la pantalla, es cosa seria. Se requiere paciencia. Se desea también.
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Memoria. Hay, por día, unas treinta o cuarenta ideas inspiradoras de entradas –comprobado ante notario público-. Llegar en la noche a casa y encontrarle a la entrada un tema, requiere recordar esos treinta o cuarenta temas posibles. No hay espacio para el olvido. El olvido es garrafal en un blog, casi tan garrafal como la falta de inspiración. Peor aún, incluso: sin la inspiración se escribe mal, pero se escribe; con la presencia del olvido, ni siquiera se corretea a las teclas. La memoria constituye, además, el privilegio fundacional de la civilización: no existe humanidad organizada sin memoria. La memoria nos permite hilvanar la historia, crear conciencia, identidad. Este blog no sería algo sin la memoria, entre la que se incluyen proverbiales recuerdos como los de El Apapachoquealivia, cuya constante recordación de los hechos y dichos de este baile, me ponen mal, me enfrentan a un hecho casi ineludible: me sé contradecir.
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Buen humor. Todavía me pregunto si hay algo en este mundo que no resultaría mejor hacer si se le aplicara humor. El humor es el causal de la risa, la manifestación de la liviandad, el compañero de la paz. Sin el humor no existiría la comedia, la relajación, la reflexión incluso. No es su producto, pero cuando surge de la inteligencia es aún mejor, más consistente. Sin humor, este baile sería apenas un pequeño “meeting” pueblerino, una de esas fiestas sin chiste, en que se bebe a medias, se come mal y se baila poco. Bailar, incluso, poco sería sin el humor. El baile es el resultado del ritmo, y no hay ritmo que no posea humor –hay humores funestos, pero ésos no nos gustan-. El buen humor es, además, un requisito en la lectura de este baile. No hay lectores de El Baile de la Coma que estén amargados. No tenemos en nuestra lista de afiliados personalidades adustas –caras sí, pero las caras y las personalidades no siempre funcionan en el mismo nivel-. Anuncio en placa de bronce en la entrada del baile: en este baile, no se permite el mal humor.
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Claro que a esto habría que agregar múltiples palabras más, requisitos indispensables para la existencia y movimiento de este baile, como heterodoxia, apertura, autobiografía, eclecticismo, diversidad, amistad, fortaleza, sensibilidad, generosidad, fidelidad. Pero ésas serían otras historias, también deseos. Va, antes de que se me olvide, un deseo aunado al gusto de celebrar: que seas tú, lector, lectora, quien en un año más se encuentre en este baile con algo más que un recopilado de mi vida, un diario personal, un intento a veces poco fructífero por comprender la realidad, ésa que se escapa de las manos a la menor provocación. Aquí no hay temas prohibidos, tampoco lectores indeseables. Todo es fuerza, todo es apertura, todo es corazón. Lléguenle, con un sincero “gracias”. Sigan permitiéndolo existir con su lectura. La lectura, ya lo saben, fortalece. La de El Baile de la Coma no entrena, no educa, pero sí hace bien al corazón –comprobado ante notario público-.
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¡Salud!

martes, 22 de diciembre de 2009

El matrimonio que no es.

El "matrimonio homosexual" no existe. Tampoco el "matrimio gay". Existe el matrimonio. Van a decir que qué salvaje, que no se vale tanta ortodoxia y falta de altura de miras en un blog que se tacha de diverso, aguerrido, revolucionario, anticonvencional. Paren sus críticas y lean: lo que estoy diciendo es que el matrimonio está definido en leyes y dictámenes, incluso por la palabra misma en el uso cotidiano de la lengua, como la unión de un hombre y una mujer mediante un rito específico. En el caso del matrimonio civil en México, es decir, aquél que se realiza frente al Estado, mediante un juez o representante del mismo, a esa unión se suman una serie de finalidades, a cuya cabeza se encuentra la procreación.
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Que se apruebe un cambio legislativo desde la Asamblea Legislativa del Distrito Federal que modifica leyes y reglamentos inclusivos del matrimonio, como las relacionadas con pensiones, no es más que un cambio terminológico: a partir de él, en quince días más, la definición legal de "matrimonio" será la "unión de dos ciudadanos", indistintamente del sexo con que la naturaleza los ha señalado y el Estado reconocido. A ese solo cambio de definición, seguirán otra serie de cambios en por lo menos quince leyes, incluida, claro está la de Matrimonio Civil. Parejas homosexuales tendrán entonces derecho a las mismas prestaciones y garantías que las heterosexuales, pero también acceso a las mismas obligaciones y responsabilidades. Serán iguales, pues, ante una ley que anteriormente marginaba según los sexos que de ella participaran.
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Esto atrae otro grave problema: si la función elemental del matrimonio civil mexicano es la procreación, las parejas homosexuales quedan nuevamente fuera de la ley. Son distintas a las heterosexuales, en muchos sentidos más allá del sexo. El término matrimonio no las contiene, no las identifica. Un par de hombres o un par de mujeres que deciden casarse ante el Estado mexicano, no son propiamente un matrimonio, aunque los procesos administrativos se modifiquen para darles cabida. Son la unión legal de hombre y hombre, mujer y mujer, para obtener las mismas garantías que un hombre y mujer obtienen al casarse, como herencia, servicios médicos y prestaciones sociales. Lo que faltaría da dos opciones: o se modifica en cuanto al término "matrimonio" todo el conjunto legal , y con ello el social, lo que casi sería ir en contra de la finalidad de las leyes, que se crean según las necesidades sociales y no para modificarlas; o se crea una institución aparte para la unión entre personas del mismo sexo, lo que sería relegarlas, quitarles garantía de igualdad.
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Otro grave problema: la sociedad podría no reconocerlos. Si bien la ley admite cambios en un Distrito Federal, ellos no son aplicables a todas las conciencias de sus ciudadanos, ni a las del resto de los que pueblan la República Mexicana. La pareja homosexual casada seguirá enfrentando el mismo rechazo, la misma cerrazón y la misma incertidumbre que padece sin un acta que la avale como "legal". Los policías en las calles seguirán deteniéndolos por considerarlos "peligrosos" o "alteradores del orden público" si los "cachan" de la mano, o abrazados en un parque; las familias conservadoras seguirán echando a la calle a los hijos que salen del clóset, y sus miembros homosexuales evitarán incluir a su pareja en "ritos" que sí son abiertos a la unión heterosexual, ritos sociales elementales, nimios si se gusta, pero formuladores de la adaptación familiar: la presentación de los suegros, la pedida de mano, la visita en vacaciones a la casa de los padres. La pareja homosexual, con acta matrimonial o sin ella, con nuevos derechos o sin ellos, seguirá relegada, postergada, evitada, sancionada incluso, porque aún no existen leyes aplicables y concientes en torno a temas como la discriminación sexual, ni siquiera para las instituciones políticas y de seguridad o educación.
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Un problema más, siempre problema: la Iglesia católica. Como comunicador a punto de tomarse un receso de los medios lo digo: debemos dejar de darle el micrófono a los "altos jerarcas". Los medios deben ser un lugar de opinión, pero no de atraso. Las ideas de los "pastores" católicos pertenecen exclusivamente al fuero de su grupo religioso. No son ideas políticas, legales, ni siquiera científicas -Norberto Rivera se sacó una espantosa equis con eso de que los niños adoptados por parejas homosexuales tendrán "daño sicológico." Le faltó precisar, ¿menos o más daño que los violados por clérigos pedófilos?- No son ideas adaptadas a las nuevas conciencias de un México, que, aunque les pese, ya no paga diezmo por pagar impuestos. Fuera el clero de los diarios, los micrófonos, los espacios televisivos. Bienvenida la laicidad, y el respeto a todas las creencias -a mí, ningún cura católico me va a venir a decir que soy una aberración, si amo, respeto y tolero más que él-.
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Un último problema: la adopción. Ser un niño adoptado es un estigma en un país que, volvemos a lo mismo, no protege a sus grupos vulnerables contra la discriminación -tampoco a los no vulnerables, cabe aclarar-. Sobre el estigma del "adoptado", el "sin madre", se sumaría ahora el de ser hijo de una pareja de "jotos". A eso hay que agregar que la figura de la adopción en nuestro país es lenta, dolorosa casi. Las parejas heterosexuales que desean adoptar se ven obligadas a pasar verdaderos procesos administrativos que los asemejan con conejillos de indias: observación, vigilancia, invasión incluso. Imaginemos ahora ese mismo proceso de fines nobles, sí, pero de seguimiento costoso, con una pareja tachada como "mala" o "inmoral" por grupos políticos y religiosos específicos -los 24 votos de negatividad a los cambios legales fueron del PAN; las abstenciones del PRI-. No le muevan. No encaja, no será asequible en un buen tiempo.
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El blogero infeliz tiene dos propuestas: hacer del "matrimonio homosexual" una institución "pareja" de la heterosexual, en el sentido de responsabilidades y obligaciones, pero no "idéntica", pues no la integran individuos de características idénticas, ni que se relacionan de la misma manera, nuevamente más allá de lo sexual. Dos: educación. Ya sobra que en este país los policías nos griten "jotos" y de las chambas nos corran "porque le gusta la grande". Ya sobra de que "se le volteó la caona" sea una garantía para decir que somos malas personas. Pagamos impuestos, participamos, vigilamos también derechos y responsabilidades para todos. Inclúyannos, o nos las vamos a ver negras todos -no, no fue albur, fue amenaza-.
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¡Salud!

viernes, 18 de diciembre de 2009

El recuento de los changos

Qué feo es vivir en un mundo dónde la noticia tiene cara de incertidumbre.
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La verdad es un asunto que tiene que manejarse con pincitas. Como depende tácitamente de la realidad, son ambas cuestiones variables, pero igualmente de dar pavor. No recuerdo la última vez que abrí un periódico y encontré buenas noticias. Las únicas que hay las da el gobierno, y al gobierno nadie le cree. O somos una sociedad acostumbrada a las malas nuevas, o de plano nuestra realidad está cada vez en más lamentable estado.
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Primero fue el cardenal mexicano Javier Lozano Barragán, cabeza -es un decir- de una diócesis romana, quien tomó la iniciativa y se animó a declarar en un blog católico -aquí no, ni me vean, este blog es abierto a toda corriente y no acepta propaganda de ningún culto específico... además, este baile se reserva el derecho de admisión para malagüereros-, que los homosexuales no irán al cielo, porque lo que hacen está "bien mal".
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Para empezar, como bien dijo Germán Dehesa en su columna inmediata después, ¿a quién le importa? El monopolio del más allá se lo han discutido intermitentemente un grupo de "enterados" a lo largo de la historia de las religiones, y es todavía hora que nadie tiene la certeza absoluta de lo que dice, o la tienen todos, que viene a ser lo mismo. Unos aseguran que del "otro lado" hay mujeres desnudas y ríos de cerveza, opio al por mayor y odaliscas de pechos rubicundos. Otros más dicen que hay jardines con fuentes, árboles frutales y flores multicolor. Otros, los más extremos, hasta organizan el sistema en círculos. Total que nadie se pone de acuerdo. Entre nubecitas y aureolitas, se pasan la bolita creyendo tener el total control de lo que hacemos no sólo en la Tierra, sino al morir, a lo que ellos creen viene después.
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Por eso, que Lozano Barragán nos traiga el chisme de que a los homosexuales no nos quieren en el Cielo, nos provoca una mezcla de risa y pavor. Risa porque, a siglos de su formación mítica, el Cielo sigue siendo un terreno más peleado que la Franja de Gaza, y nadie atina a dejar el problema de una vez por todas en que el reino de los Cielos inicia en la Tierra, y todavía nadie sabe si se prolonga a algo más que la desaparición putrefacta de un cuerpo humano. Pelean por lo inaccesible, lo desconocido, lo que además nunca ha sido de nadie más que del imaginario popular. Pavor porque a la Iglesia católica se le sigue dando el micrófono para opinar hasta de lo que a nadie se le ocurre -ya mandó Sandoval Íñiguez decir que no le hagan el Macrobús pasar por "su" catedral porque, como a la célebre doña Naborita, no le gusta, no le gusta, no le gusta-. Y lo que es peor: se les sigue considerando a sus diáconos y clérigos como "líderes de opinión".
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¿En quién confiaría usted más, estimado lecto: En un hombre honesto, trabajador, fiel, consistente, que trabaja todos los días en su actividad profesional y en su civismo, que no se estaciona en lugares para discapacitados ni tira la basura en la calle, no desperdicia el agua ni maltrata mujeres, pero que tiene el breve "inconveniente" de ser homosexual, o un sacerdote pedófilo, en manos del cual la integridad de sus hijos corre peligro? Que no me vengan con el cuento de que los homosexuales no cabemos. Nuestra práctica sexual no está vinculada con nuestro quehacer como seres humanos. Somos hombres preparados para salir adelante, para hacer de este país y de este planeta un lugar mejor, quizá más preparados para ello que los sacerdotes de ideas imposibles que llenan las iglesias del país, satanizándolo todo, intentando reconvertir asuntos de índole meramente dogmática a temas de agenda nacional.
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Se lo voy a dejar clarísimo, señor Javier Lozano Barragán: si no quepo en su Cielo, me doy por bien servido. A mí no me late la idea de andar de nube en nube platicando con charlatanes y retrasadores de la felicidad de mi nación. A mí me gustará más un cielo de personas responsables, concientes, felices, no asexuados sin remedio, temerosos hasta del viento que pasa, porque todo lo que existe contradice una doctrina inmoral y decadente. Ya dije. Ahí luego le damos el derecho de réplica... o mejor no, ¿para qué si nomás va a salir con lo mismo de "es que Jesús dice que..."? Crea en lo que quiera, pero déjenos creer. Yo no creo en el Cielo. No en "ese" cielo. A mí, como a doña Naborita, no me gusta, no me gusta, no me gusta.
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La muerte de Arturo Beltrán Leyva, líder del cártel del mismo nombre, cimbró los espacios más recónditos de la opinión pública mexicana. Controlador de buena parte del centro y occidente de México, el fuerte cártel perdía a su cabeza, en un sistema de organización de las instituciones delictivas que todavía no acaba por cuajar. Contrario a nuestras democracias, en que a la caída de uno está previsto el surgimiento de otro, el sistema de los narcos no tiene sucesión inmediata de líderes. De hecho, pocos conocen sus interiores como para poder explicarnos qué pasará ahora que Arturo murió en un tiroteo con elementos de la Marina. El espectáculo de la "guerra contra el narco" permanece en suspenso. Sabemos que no tendrá un final. Ni nuestros hijos ni los hijos de sus hijos verán un final para el monstruo del narcotráfico, al menos sin la intercesión de medidas legales insurgentes como la legalización o el control en el sistema penitenciario nacional.
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La gran duda en el aire es qué pasa cuando un capo muere. ¿Qué elementos se mueven en el sótano del organismo delictivo para nombrar un sucesor, conservar la línea, facilitar la transición? ¿Quíen toma el mando, quién le da seguimiento a los millones de pesos que se generan día con día en la "empresita"? ¿Quién vendrá ahora a tomar el lugar de Arturo Beltrán y le dará al país un nuevo nombre para llenar titulares de una guerra sin sentido, en una nación que es cada día más, como decía su profeta titular, "un mundo raro"? Aún más importante, ¿quién parará, con una reforma, una o un ciento, tanta crueldad, tanta desolación, tanto miedo? Yo no estoy dispuesto a vivir con la incertidumbre de si llegaré al final del día un sexenio más. Y tú, ¿mexicano?
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Las reformas propuestas por Calderón no atacan, por primera vez en los tres primeros años de su gobierno, al narcotráfico. Atacan a la institución base de la democracia, el voto, y vislumbran la posibilidad del regreso de un antiguo y demostrado mal: la reelección. El problema con la mentada reforma es que el público al que se ha enterado de su virtualidad todavía no puede desligarse del mito creado por los libros de texto gratuito de la SEP, que han educado a generaciones enteras: la reelección, y no la estupidez, fue la causa primera de los grandes males del siglo XIX e inicios del XX. Hasta que Madero propuso su disolución, dando a la naciente burocracia una frase para reducir su informalidad y verse heróica, "sufragio efectivo, no reelección", anduvimos mal. Un siglo XIX caótico no cayó en responsabilidad de los políticos extremistas que nunca pudieron ponerse de acuerdo, sino de locos como Santa Anna o Iturbide, que solitos -ajá- pretendieron o lograron sistemas de gobierno ajenos a lo republicano.
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Prueba de esa falta de aceptación de la idea de la reelección está en que Felipe Calderón tuvo que usar eufemismos como "elección consecutiva" para no causar alarma. La alarma la pusieron después los diputados del PRI y el PRD, que desestimaron la posibilidad de tratar en estos momentos un tema así. El PRD exige que a la reforma se agregue la revocación de mandato, cuestión que Calderón omitió, evidentemente, porque eso le sonaría a pérdida ante AMLO.
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No, señor presidente. No es tiempo de proponer "elecciones consecutivas". Hable de reelecciones, y luego veremos qué tan bien nos cae el tema. Definitivamente hay temas prioritarios, pero la posibilidad de favorecer o castigar al gobernante, y con ello a la patria, a través de la dación del poder o su negación, no es un tema menor en la agenda. Tampoco el matrimonio entre homosexuales o el aborto, para los casos estatales. Es tiempo ya de hacer cambios, y comenzar por hablarlos con su nombre, llamando "reelección" a la "reelección" y "legrado" al "legrado", sería un buen inicio.
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Dos semanas intensas. Pido esquina. Esquina bajan. Se acerca también un aumento en la tarifa del transporte público, y la línea 2 del Macrobús y 3 del Tren Ligero. Esto ya huele a que se nos están cociendo las habas, y ni cuenta nos hemos dado. Viene 2010. Me late que va a correr sangrita.
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¡Salud!

El recuento de los vagos.

El problema de volver a un blog amado que se tiene abandonado es saber que uno se enfrentará no sólo con lectores iracibles, sino con comentarios atrasados, dudas no planteadas, imágenes no cargadas, entradas no redactadas. Vivir de la palabra es peligroso: su efecto acumulativo es agobiante. Llega un punto en que uno tiene tanto por decir, que termina comentándoselo a los amigos y luego ya no queda material para hacer entradas. El Baile de la Coma constituye aún el único resquicio lingüístico de este mundo en que puedo ordenar un poco mi realidad -que es también, de algún modo u otro, LA realidad-. No volver a él se puede convertir, temo decirlo a título de que todo esto suene a adicción, en un verdadero problema. Mi identidad está constituida más fielmente en este blog. Quien entiende El Baile..., y se anima a bailarlo, y le gusta su son, ha danzado conmigo un vals de interminable noche de juerga.
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Y como estaré de vacaciones precisamente hasta el cumpleaños de este blog -que no es un blog, saaabe, que es un baile, saaaabe-, que es el mismo día que este su servidor tuvo la osadía de venir al mundo y llenarlo de fiesta y danzón -es un decir-, he pretendido en esta entrada que sabe a novedad- no escribía desde la FIL, y en la FIL escribí bien poquito- hacerles un rápido recopilatorio de las cosas que han pasado en mi vida desde que cerré ParaFILia 3 y con ello me dispuse a tirar la flojera de lo lindo y no hacer más que esperar sus comentarios -ajá-. En la siguiente entrada haré otro breve resumen, de mayor relevancia, sobre lo que le ha pasado a México y el mundo desde que me abstuve de hacer comentarios de toda índole en este su Baile. Si a ustedes les importa muy poco mi existencia -¡osea, gracias!-, pasen a la siguiente entrada y dejen leer a los que nomás quieren saber dónde anduve poniendo qué y con quién aduve pasando cuál. Ah, ¿no que no querían saber?
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Tres meses casi. Paraíso en la otra esquina... de la ciudad. Punto.
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La Gabybaby como que no quería, pero otorgó vacaciones. Bueno, ella no, los altos mandos. Me mandó decir que nos veíamos el 28, y cuando le dije que justo en esa fecha caía mi cumple, se puso medio autoritaria y me dijo que le valía madres, que disfrutara mi navidad y que regresara a trabajar el mismo día de mi efeméride. Yo, como nunca le discuto nada -?- callé y apagué el teléfono. De aquí al 28, estaremos en franca convivencia con la nada, la nada y la nada. Hasta entonces, no pienso levantar un solo dedo. Como dice nuestra querida amiga Edith Márquez -lo de querida, y lo de amiga, son dos decires-: que corra el aire.
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El Gerber tiene un terrible problema. El terrible problema que tiene El Gerber es que no sabe qué hacer con su cabeza. Mi amigo, que tiene una cabeza llena de chinos equivalente a las revolturas de ideas en su cabeza, piensa demasiado. Yo ya le he dicho que mida bien los límites entre lo que cree y lo que es, lo que ve y lo que sólo es posible. Pero él, aunque lo hace un poco más que antes, sigue escuchándome como ver llover -?-, desestimando mi autoridad -es otro decir... lo de la autoridad-. Yo le insisto en que se tome una vacaciones de sí mismo y comience a pensar como l oharían otras personas. El problema es que pensar como lo haría alguien más es algo que hace con frecuencia. Ya no sé ni lo que le digo. Yo que él, elegía ropa -cosa que, basta decirlo, sabe hacer-, y me dedicaba a holgazanear -también eso lo sabe hacer... pero no le digan que lo dije-.
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Auspiciado por El Chuy, que tiene buen gusto -y hasta excesivo- para elegir ropajes, me lancé el día de ayer a una reconocida zona de la ciudad, especializada en vestidos y monerías. Como él es un crítico mordaz y verdadero para dar sus vistos buenos -es como el López Gavito del look masculino-, imagino que lo que compré, que me satisface plenamente, es bueno de sobra, y me hace ver a toda máquina. Yo no sé ustedes, pero a mí el fin de año me pone bastante gastalón. Será que uno ve que todos compran, y surge esa necesidad inefable de hacer lo que la masa, de sumarse al montonal.
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La ventaja de El Chuy es que es sorprendentemente paciente para las multitudes -?-, así que rápidamente los hizo a un lado a todos, me dio su punto de vista sobre lo que debería ponerme en esta temporada, y con la misma velocidad pagamos, jaloneamos a dos o tres señoras sobrepesadas que obstaculizaban las banquetas, y hasta nos dio tiempo para que él llegara a su servicio y yo a recibir mis calificaciones.
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De las calificaciones mejor no platicamos. Me molesta sobremanera sacar malas noticias de la manga cuando todo lo que se ha planteado hasta ahora es agradable. Así que no lo haré. Baste saber que lo que queda es levantar los números para el siguiente periodo. Y si no para el otro, que al cabo por eso son tantos semestres, para cajetaearla en uno y hacer el esfuerzo en los dos siguientes.
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Aquí le paro. Creo que mi vida no ha sido tan interesante desde que terminó la FIL. La del país, quizá otro tanto. Mejor pasamos a la escala nacional y dejamos la personal, que tras arrebatos pasionales, amor y locura -de la buena, de la rica, de la que sabe bien-, deja poco qué desear. Suspiro. Sufro...sufro...sufro.
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Tres meses. ¿Ya lo dije? La verdadera casa está en la Tierra.
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¿Hace cuántas entradas no los hago llorar? ¿Se fijaron? El amor de (un) dios es maravilloso.

¡Salud!

domingo, 6 de diciembre de 2009

ParaFilia 3.

Termina una de las semanas más absorventes de laEsta su pluma se aventó entrevistas con algunas de las mujeres a las que más ganas les traía. Una de ellas, Elena Poniatowska, hasta estuvo alguna vez frente a mí pero yo frente a ella en actitud más de fans que de entrevistador. El round que me aventé con la Elenita en el cierre con broche de oro de esta FIL fue tan estresante que estuve durante un par de minutos a punto de salir corriendo y dejar el changarro.
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Pero mi problema es que me gusta la mala vida. Me gusta el estres, el cansancio, el agotamiento mental. Si no duele, no sirve, decían las abuelas. Si no mata neuronas de tanto pensarse, está de pensarse más, agregaría yo. Después de nueve días de FIL, uno tiene nada más dos opciones: o le sigue y se va a un barranco al fondo del cual sólo queda la incapacidad cerebral, o acepta que el show se terminó y que a uno le van a dar 365 días sólo para recuperarse y volver a empezar. Usualmente uno escoge parar. Pero terminar cubriendo el balance final que entrega numeralias (crecimos en números, bajamos en ventas), comparado con terminar cubriendo una exclusiva con Elena Poniatowska, ni cómo pensarse.
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Le pregunté lo que me dio la gana, y dos o tres cuestiones más. Luego me acerqué con ella mientras esperábamos que vinieran los de la editorial a llevarla a su siguiente cita, y le planteé la cuestión de que es material de análisis en Literatura mexicana del siglo XX, una materia que llevamos en este semestre y en cuyo desarrollo a mí me tocó analizarla y exponerla ante el grupo. Se sorprendió. Me dijo, con ese tono que pone ella cuando quiere investigar un tema, "¿qué es eso?" Intenté más o menos ponerle las cosas claras. "¿Osea que soy como una temática en una historia de la literatura? Qué cosa más espantosa, joven. No me venga usted a traer malas noticias" Reí con ella. Tiene razón. Debe ser una piedra castrante ser material de análisis. Como conejillo de indias, pero a la mala.
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También entrevisté a Denise Dresser. Esperen. Eso ya se los había contado. ¿Les conté ya acaso que entrevisté a Denise Dresser? Para no seguir moliendo, ante mi grabadora también estuvieron Lydia Cacho y Margarita Gralia. Disfruté más a La Gralia. Es menos diva y como ha estado en menos peligro de muerte, contesta con más desfachatez. Pero Cacho también pasa la prueba de la amabilidad, y bien.
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Se acabó la FIL. ¿Fueron? Si no, ni le muevan. . ¡Salud!