sábado, 14 de noviembre de 2009

Scherezada

Y Scherezada salvó la vida contando cada noche una historia al sultán durante mil y una lunas.
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A mí que no me venga Emilio con el cuento aquél de que estamos más seguros desde que tuvimos el “buen tino” de elegirlo como gobernante –es un decir, como en él, en quien todo es un decir-. Luego del discurso son atisbos de tortura que se aventó en la Cámara de Comercio la semana pasada, en que hasta Sor Juana salió señalada como la primera mujer disfrazada de la historia – así dijo, a mí ni me vean-, y en el que incluso mencionó al Muro de Berlín y se aventó una trivia entre los asistentes respecto a datos referentes a la historia de Jalisco, su goberna(conlacola)dor –sí, suyo, a mí que me esculquen, que no voté por él- me viene resultado poco fiable en eso de los datos.
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Y menos luego de que ayer, ocupando sendos lugares en un parque público, El Choito y yo andábamos mirando la tarde caer y, en teoría, perdiendo el tiempo, cuando un hombre de dudosa posibilidad de mantenerse en pie, se acercó gimiendo una sarta de sandeces –sí, como Emilio, es indiscutible cómo nuestros políticos se vuelven a través de sus discursos cada vez más motorolos y borrachos- para luego decirnos, prácticamente, “cáiganse con la lana”.
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El Choito se paralizó de un modo tan especial que por poco se me desmaya. Yo, que no soy muy dado a levantar muertitos, sufrí con la idea de tener que agarrar a mi amigo –ajá- por las axilas y verterlo –literalmente- en un camión público o un taxi para salvar el pellejo. Además, pensé, falto de ejercicio como ando ahorita, mis músculos no podrán alzar la tenaz estructura anatómica de El Choito y ahorrarle así dos o tres navajazos. Ni hablar, me dije, lo mejor será pedir “en la cara no”.
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Tampoco nadie puede venir a decirme ahorita que la literatura no salva vidas. Que los que nos acercamos a ella con afanes profesionales no le encontremos un fin práctico, no quiere decir que no lo tenga. Recuerdo en este preciso momento las galletas de la suerte, por ejemplo, que harían un bien público si comenzaran a incluir frases de libros más allá de proverbios chinos que, sobra decirlo, conocemos de sobra gracias a heraldos eficientes de la filosofía oriental como la Señorita Cometa y Master Z. Imagínese usted destapar una galleta y encontrar, por ejemplo, “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, o “Barrabás llegó a la casa por vía marítima”. No nos darían luz sobre asuntos relacionados a la vida diaria, pero nos acercarían a los libros y sus autores, lo que ya sería ganancia.
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Total que el tipo ya amenazaba con castigar nuestra pobreza con un par de tijeretazos al hilo de las Norias, cuando mi impostergable capacidad de cargarme las manos con las cosas que poseo hizo a nuestro raptor –es un decir- poner mientes en la bolsa blanca con leyenda “Gonvill” que llevaba entre mis brazos. “¿Qué traes ahí?”, me dijo, y yo, que no sabía a qué se refería con esa mirada indecente y nudista, no atiné a responder hasta que El Choito me dio un codazo y me despertó, con medio hígado amoratado, de mi ensueño pornográfico con las miradas del teporocho.
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“Libros”, dije, y con mi también impostergable necesidad de acercar a los sufrientes a la literatura, extendí la bolsa, que él tomó con más hambre que la que seguro hubiera manifestado de encontrarse ante una Whopper. El Choito, cabe decirlo, me miraba de reojo proponiendo la huida. Yo no podría haber corrido: en parte porque seguía pensando en la mirada gulosa del asaltante, y en parte porque comenzaba ya a enamorarme con la idea, bastante provechosa, de que el tipo estuviera buscando qué leer, y yo, sabio maestro de las ideas, pudiera surtirlo de material revisable.
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De la bolsa, sacó el libro más gordo, Las mil y una noches, en edición de la colorida y sencillamente adorable Sepan Cuántos… de Porrúa. Imagino que le gustó por gordo, naranja, empastado y emplasticado. Los mexicanos tenemos un gusto especial por las cosas a las cuales las rodea el plástico, y en general porque eso nos hace creerlas nuevas. Lleven ustedes su computadora a revisión, y el técnico seguro la regresará rodeada de plastipack, aunque no le haya movido un tornillo, ni la haya encendido siquiera.
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“¿Esto te costó muy caro?” Dije sí, unos cien pesos. La idea del dinero, más que la de la lectura, lo sedujo de inmediato. Esto no es más que una aseveración sin fundamentos. Le dije que debería leerlo, pero el tipo insistió en cuánto me había costado. Entonces entendió que, más que por la razón del dinero por la cuestión de ser un libro, el objeto que poseía entre manos, probablemente el más valioso que jamás había acariciado con sus dedos, era un tesoro de posibilidades financieras incalculables.
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“¿Me lo regalas, carnal?”, preguntó, con el mismo tono en que un niño que teme el “no” pregunta a su padre si puede repetir del postre. El Choito a estas alturas se desvanecía, y pedía a gritos con su par de ojos de visir otomano la intervención de una patrulla. “Sí, seguro”, le dije, pidiendo de regreso el resto del material bibliográfico. Entre lo devuelto, estaba, ¡oh, malsana insolencia de la vida!, Alicia en el país de las maravillas.
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El tipo no salió corriendo. Agradeció una y mil veces lo que, de ser un objeto arrancado, se convirtió por una simple pregunta en un regalo. Hizo tantas reverencias que pensé que se quedaría trabado o se le apagaría la pila. Cuando desapareció de entre nosotros, El Choito sacó su gel antibacterial y limpió sus manos fervorosamente, sintiéndose sucio en un acto en el que bien podría medir aquella frase de una inmortal aunque viajera compañera de clase: “La suciedad que tú sientes, no está en tu cuerpo”.
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Yo me quedé pensando y llegué a una conclusión dolorosa que, sin embargo, pudo arrancar una sonrisa de mis labios: hace siglos, un grupo de hombres desconocidos fue recopilando historias populares que habían formado parte integral de la tradición oral por milenios. El resultado fue un libro sobre una mujer de la corte de un sultán de un lejano país oriental que, para salvar su vida ante la misoginia asesina del gobernante, contóle durante mil y una noches el mismo número de historias para entretenerlo y hacerle dormir. Scherezada salvó su vida, y en forma prolongada la del resto de las mujeres de su pueblo, regalando al asesino literatura pura. Yo hoy, ya en pleno siglo XXI, salvo el pellejo mío y de mi amigo –ajá- regalando a Scherezada. Bendito sea el eterno retorno.
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¡Salud!
Faltan 14 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Los Ángeles, invitado de honor. Viene la FIL, ése, prepare sus tickets, ése.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Qué tal?
Quizá te mueras de hambre, pero no de un navajazo a manos de un "changoleón".
Y eso de "la suciedad que tú sientes...", sí, lo he experimentado, pero ahora solamente me hace reír.