domingo, 29 de noviembre de 2009

ParaFILia 2.

Vivir la FIL requiere de un par de cosas: dos ojos avizores, por lo menos -hay quien tiene hasta tres o cuatro... como en toda feria-, y una paciencia infinita. El dinero no es un requisito. Yo de eso precisamente vengo a hablarles hoy, en un segundo día de Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que con la presencia angelina está siendo una feria de rechupete. ¿Ya vinieron? Bueno, de cualquier forma, los regañaré en la materia al terminar esta entrada. . Yo acabo de adquirir a cincuenta pesos el ejemplar un trío de seudonovedades literarias del sello Santillana. Quienes vivimos de prestado, pero no por ello abandonamos el truculento y a veces hambruno amor a los libros, sabemos a la perfección que un libro de Santillana en lo que cuesta una entrada al cine en miércoles es como para comprar una docena. Yo no llegué a tanto. Adquirí felizmente La muerte de Artemio Cruz, del laureado Carlos Fuentes -estrellita marinera, le llamaba un amargado profesor de la carrera, y yo moría de risa imaginando a Fuentes vestido de Tatiana-, Delirio, de Laura Restrepo, que era un antojo literario desde que ganó el premio Alfaguara en 2003, y Gracias por el fuego, del reciente y tristemente finado Mario Benedetti, cuyo puro nombre ya me provocaba salivaciones extremas cuando La Paupau, ex editora y sempiterna belleza de luengos ojos, me lo presentó, dos años ha. . Aparte en la FIL están los económicos de siempre, que si bien suelen resultar incompletos, no son una mala inversión para darse una idea de qué trata la obra... o para prender la chimenea en la próxima navidad, que se antoja tan fría que ya doña Mago mandó instalar lanzallamas en las habitaciones de nuestra casa de cal y canto para no pasarla (tan) mal -pieles intolerantes al fuego, favor de abstenerse de visitarnos en Noche Buena-. Son, por ejemplo, los casos de Tomo, Editores Mexicanos Unidos y los Libros Más Pequeños del Mundo, que este año pusieron un stand tan chiquito que dan pena -o uno se pregunta, con la habilidad de hallar cuestionamientos inútiles que poseemos todos los aspirantes a periodistas... ¿será un stand alusivo al producto que oferta? Seguiremos informando-. . También está la terrible situación del stand de libros de bolsillo que, según eso para atraer lectores ante la crisis, editoriales como Random House Mondadori y Ediciones B tuvieron la osadía de montar en el Área Internacional de la FIL. Ni se paren ahí: si bien la selección de títulos es atractiva, con plumas como Orhan Pamuk y Doris Lessing en los aparadores, lo que les cuesta es como para reírse del nervio, o de la pena. ¿Recomendaciones de un recurrente visitador de estos pasillos alfombrados? Vayan a los stands de las librerías. Gonvill, pese a lo que digan mis aspirantes a intelectuales compañeros de aula, es diez veces más barato que los precios oficiales de librerías como Gandhi o el todavía más nais -es un decir- El Sótano. . Otra recomendación económica efectiva: pidan a la salida su sellito en la muñeca para que puedan volver de comer y pasearse otro ratito. Acuérdensen que adentro de la FIL la comida sabe a ñáñaras con pollo y res, y uno no sabe si los ascos que siente al terminar es porque comió algo medio masticado con anterioridad, o porque pagó por esa mielda -así dice Polo Polo, gran amo y señor de la cultura mexicana, que pronuncian "mierda" los cubanos- la mitad de su sueldo quincenal -y eso si es usted un alto ejecutivo, porque si no, ni se pare por las zonas de comida, donde hasta el aire cuesta-. . Una última, antes de salir a dar otro paseo por stands y libros: échense un coyotito en las zonas de descanso que Nubia "Todoterreno" tuvo a bien armar en ciertas zonas. Hay hasta puffes, de esos que antes vendía Britney Spears, pero que ya no vende nadie porque todos los compró la Feria. Eso sale gratis, así que abran el libro y échense a darle vuelo a la lectura del material. Para acompañarlos, estarán las frases de textos de José Emilio Pacheco, homenajeado este año, que llenan las columnas del recinto. ¡Qué bonito es lo bonito, caray (y qué barato)! . ¡Salud!

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