domingo, 22 de noviembre de 2009

El asunto de B.

Carlos Jorge Briseño Torres era, dicen, un hombre extraordinario. Nacido en La Barca, estudió en la Preparatoria 2 de la Universidad de Guadalajara, y luego la licenciatura en Economía en la misma institución. De temperamento sereno, agradable trato, franca respuesta, entrevistarlo era, dicen también, tener una buena charla, de ésas que uno lleva con amigos y familiares en la sobremesa, que nos hacen los días de verano todavía más cálidos, las noches de invierno pasar desapercibidas.
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Su gran error fue, dicen también, haberle "entrado" al trato con los Padilla López. En especial con Raúl, de quien se conoce un temperamento arisco, agresivo incluso, poco dado al respeto en ciertos días, un tanto "bipolar". Yo no estoy para contarlo, ni ustedes quizá para escucharlo, pero existen voces que indican que el ex rector de la Universidad de Guadalajara, hoy director de la Feria Internacional del Libro, llevó tratamiento siquiátrico por años, si no es que se prolonga aún en la actualidad, luego de daños en su personalidad causados por conflictos sostenidos con su padre, ex candidato a la gubernatura de Jalisco, de cuya pérdida, por una razón que ningún chismoso atina a ponerme en claro, culpó al hijo durante años.
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Al lado de Raúl y el otro "big brother", Trinidad (Trino, pa' los cuates -a mí ni me vean-), actual diputado federal presidente de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, Briseño fue subiendo escalones en la administración de la U. de G., en un amiguismo rotundo que, si bien el alguna vez rector del Centro Universitario de la Ciénega (Cuciénega) denostaría posteriormente, acusando a los Padilla López, en concreto a Raúl, de haber hecho de la "real y noble" Universidad un feudo a título personal, en un principio, cuando el viento giraba a su favor, no sólo avaló, sino disfrutó.
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Pero hoy, con el fallecimiento de Carlos Briseño, resulta difícil culparlo de algo. Las acusaciones que hizo cuando aún ocupaba el puesto que, a todas luces, Padilla había conseguido para él como rector general de la Casa de Estudios -no sé a ustedes, pero a mí el término "casa de estudios" me pasa sobremanera-, y que luego le costaron la rectoría misma, enfrentándolo a la opinión pública en asuntos de conocida verdad -que los Padilla controlan la U. de G., y con ello el vaivén de los presupuestos-, son hoy la reflexión que más duele -es un decir- a las voces que poseen los micrófonos del estado. Si el Alma Mater de Jalisco, quizá la de más "alma" del occidente de México, está controlada por un grupo reducido de personas, ¿qué puede esperarle a la educación, a los procesos administrativos, a la enseñanza de la democracia? ¿Qué a la actualización, al cambio favorable, en una microdictadura? ¿Qué nos espera si el dinero se invierte en auditorios internacionales y teatros remodelados, a los cuales no ingresan sino quienes pueden pagar boletos de más de 500 pesos?
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El suicidio de Carlos Briseño Torres es lamentable no sólo por la muerte misma, a la cual, tras milenios de historia, los seres humanos nomás no nos acostumbramos, sino porque marca el final de la lucha de un hombre que intentó demostrar que poseía la razón, contra su padrino político, contra su estado, contra el Estado. Nadie metió las manos por él, nadie buscó ayudarlo. Los tribunales le dieron la espalda, amparados por la ley -los tribunales se amparan con la ley, no aparan con la ley-. Su final fue triste, tristísimo, digno del más sórdido filme de Felipe Cazals o Clint Eastwood -con todo y sus buenos, malos y feos-. Pero más triste es la situación de la Universidad, más lamentable, más dolorosa y motivo de miedo. No porque se esté cayendo a pedazos, sino porque ya se ha demostrado que la administran unos pocos, para, por y con sus bolsillos. Descanse en paz... quien sea.
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¡Salud!

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