domingo, 4 de octubre de 2009

Ver la casa de frente arder.

Para ti, por la acuarela que conservaré hasta que exista para ella la combustión instantánea.
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Nadie está de a fuerzas en mi corazón. Quienes me conocen lo saben: lucho por lo que amo, pero soy conciente en todo momento de que no me pertenece. La Wendy y yo tuvimos a inicios de año un problema por eso de ser y tener. Yo la dejé ir, al darme cuenta que no tenía más que capricho, hasta de más, y luego tuve que pedirla de regreso, pero mientras trabajé intensamente en buscarle un lugar en mi vida, en educarme, moderarme, asincerarme,para no volver a herirla ni permitirle que lo hiciera. Y funcionó. Me hice responsable de mis decisiones fuertes y pedí disculpas. Pian pianito, me fui dando cuenta, como lo hago ahora, que fue una buena decisión, y que le debo a La Wendy otras muchas de las ya acumuladas por ser toda una dama. La Arandera, que tiene unos ojos que envidiaría la Venus del Milo -yo tengo unos ojos que no están en mis cuencas y que envidiarían ambas, pero que conste que no estoy retando a nadie- , es otro caso en que en mi vida se ha manifestado eso de "vive y deja vivir": hace nos meses, me avisó terminantemente que yo no era parte de su "inventario" personal. Chin. Se siente feo, regacho. Pero uno aprende con esa clase de frases una lección vital, y que nadie nos pone en los libros de Cívica y Ética: no perteneces a tus amigos, y ellos, a su vez, no son asunto de tu propiedad. La amistad está regida por leyes infrahumanas, y precisamente eso la hace deleitosa.
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Yo, hace unos meses también, le abrí la puerta de mi vida a alguien que me pareció sumamente especial. Le regalé unas horas, le di todas las cosas que el Baile posee y que me identifican, le di mi confianza y mi interés. A cambio recibí mucho, mucho más de lo que yo esperaba. Hasta una acuarela, que hasta la fecha, pienso, no me pertenece. Pero yo no podía dar mucho, en parte por falta de tiempo, en parte también por falta de gusto. Uno no elige a quién amar, y tampoco puede evitar que otros se enamoren.
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Hoy, me ha pedido quemar la acuarela que no me pertenece y tirar también la piedra de la suerte que puso en mis manos. Lo de la acuarela no lo pongo en duda: es una obra de arte que ha sido colocada en mi vida, pero no es mía, porque yo no la hice, porque yo no la regalé, porque yo no la tomé prestada siquiera. Pero no la quemaré. No porque no quiera, sino porque debe quedar muy claro que yo no someto a la rigurosa justicia del fuego asuntos de esa magnitud genialística. Lo de la piedra lo sigo pensando. Es mía, totalmente mía, porque quien me la dio no hizo más que encontrarla y regalarla. ¿Por qué habría de echarla a la basura, si me gusta tanto? ¿Sólo porque esa persona, o yo, quizá yo, no entendimos el punto al que íbamos, y en el error de comunicación reinó finalmente, tras cruenta batalla, el duro silencio? No lo sé. Meditaré sobre ello.
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Lo cierto es que no puedo detenerme mucho. Además ha cerrado el diálogo, de manera terminante, grosera incluso. Si me quedo a ver la chapa girar, me voy a perder el montón de cosas que están pasando a mi alrededor, que reclaman mi atención, toda esa magia y esa luz que morirían sin mis ojos. No puedo. No quiero, además. Nadie está a la fuerza en mi corazón. Entrar es difícil, salir no tanto, pero regresar es complicadísimo, imposible diría yo. Tendría que haber sido yo el de la culpa, el de la falla, y si no me explican en qué falle, ¿cómo sabré si es mi tarea meter la llave y quitar la cerradura? ¿Cómo sacar de mis entrañas una disculpa certera, precisa, confiable?
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Soy bueno, pero perfecto o cercano a la divinidad no. Este Baile, ya lo saben, no tiene temas tabú. Tampoco personas tabú. Todas las opiniones, los puntos de vista, las mentalidades y hasta las diferencias, son bienvenidas y tienen su lugar. Nadie está fuera, nadie merece la exclusión. Tú, también, con acuarela en cenizas o entera, eres bienvenido. Éste es tu espacio, porque hace mucho tiempo dejó de pertenecerme. Regresa cuando quieras. Sin encendedores, ni cerillos, porque aunque es tuyo, no es de tu propiedad -que es lo mismo, pero no es igual-. Mientras tanto, que tengas suertecita.
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¡Salud!

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