sábado, 3 de octubre de 2009

Tiene la tarde un árbol

"Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol".
Marthin Luther King.
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A que yo me disculpaba por llegar quince minutos tarde. A que me decías "no importa" y luego tus ojos se perdían en los míos. A que ponías esa cara que me dice "podría sobrevivir a diez minutos sin oxígeno, pero ese mismo tiempo apartado de tu lado me costaría la vida". A que tomabas mi mano y caminabas a mi lado. A que hacías alguna referencia chusca a tu altura y la mía. A que luego nos demostraría la tarde que lo que menos importa, en cuestiones del corazón, es la distancia que a dos separa.
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A que buscábamos un árbol. Uno grandioso, cargado de sombra para la luz que, como diría Bacilos, nace cuando nos miramos. A que nos sentábamos bajo sus hojas, mientras ríos de hormigas recorren su tronco y los carros pasaban por la avenida entre silvidos de humo y fulgores de radiador. A que me abrazabas, fuerte, con ese par de brazos que no saben darme otra cosa que apoyo. A que yo veía correr las nubes entre las ramas, recostado sobre tus piernas. A que el sol se nos fugaba entre hojas y brazos, entre piernas y besos. A que me besabas.
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A que la tarde se iba apagando. A que esperábamos nos sorprendiera la noche, sin frío, sin miedo, sin hambre, sin otra necesidad que la de nuestro calor. A que me besabas de nuevo, una y mil veces. A que preguntabas qué especie sería ese árbol, al tiempo que te señalabas como nuevo fanático de las coníferas. A que yo te decía que no tenía idea, pero que me gustaba su acompañamiento. A que lo proponías como "nuestro" árbol, haciendo ver que el árbol es el ser más magestuoso en cuanto a plantas se refiere, tan altanero, tan ególatra, pero también tan humilde, tan útil, tan servicial. Tan masculino. A que decía que sí, una y mil veces, sin dejar de abrazarte. A que me besabas de nuevo, una y mil veces de nuevo.
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A que tocábamos temas difíciles. A que me refugiaba en tu pecho mientras preguntabas qué pasó con papá. A que te contaba la historia. A que tu abrazo y tu cálido "está bien, todo está bien" en mi oído desataba mis lágrimas. A que lloraba a mares, mientras mi cuerpo perdía sentido y tus brazos lo sostenían. A que llegaba un punto en que no había otra fuerza que me mantuviera ajeno a la fuerza de gravedad que tus fuertes brazos rodeándolo. A que un segundo antes de llorar te había dicho que mi modo de reaccionar ante el dolor era la risa. A que las lágrimas corriendo en mis mejillas me traicionaban.
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A que lloraba de nuevo, una y mil veces, al caer en cuenta que mis brazos eran un par de trozos lánguidos de piel, mientras mi cuerpo se abandonaba al tuyo. A que descubría que eras mi árbol, mi refugio, mi sombra y mi consuelo. A que volvía a llorar mientras seguía contando la historia y secabas mis lágrimas para luego besar mis ojos. A que lloraba de nuevo mientras no permitías que pidiera una disculpa, que me apartara para recuperar la fortaleza. A que llegaba un punto en que ya no sabía si lloraba por mi padre y sus ausencias, las de toda la vida y las de últimas fechas, o por sentirme, más que acompañado, socorrido, auxiliado, amparado, resguardado. A que entre tus brazos sentía la brisa de octubre chocar contra mi cuerpo sin descomponerlo. A que volvía a llorar, mientras no dejabas de apretarme contra tu pecho, en un "aquí estoy yo, y nada nos va a faltar" que brincaba de tu corazón a mis oídos, de tus labios a los míos.
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A que reía, una y mil veces, mientras repetías, con el árbol como casa nuestra con techos llenos de vida, que te gusta todo de mí. A que reía especialmente cuando exclamabas, una y mil veces, como mi risa, como mi llanto, "me encantas, y me encanta todo lo que es tuyo. Tu pasado, tu presente, tus dolores, tus heridas y tus triunfos". A que volvía a reír cuando te decías orgulloso de ser mío, orgulloso de que fuera tuyo. A que reía al sentir la tierra entrando a paladas por mis zapatos. A que reía de nuevo al probar entre tus labios un par de granos de arena. A que reías conmigo, sin poder soltarme un segundo.
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A que tus ojos me lo decían todo, minuto a minuto. A que por tus ojos entendía que no necesitabas más que esas horas bajo, ¿un ciprés? ¿un roble? ¿un abedul? A que el abedul nos socorría mientras nos hacíamos abedules en los brazos, el cuello, la cara, la espalda. A que volvía a ver tus ojos mientras jurabas, una y mil veces, que no hay abedules como los míos. A que soñábamos un rato que podríamos estar así una y mil horas. A que nos creíamos el cuento de que la ciudad desaparecería de un segundo a otro, con sus calles, sus cuencas, sus arrabales y sus afueras, y sólo estaríamos tú y yo... y nuestra luz.
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A que todo era perfecto. A que mis miedos a dejar el suelo y volar por un "ratico" salían a flote y ensuciaban la conversación. A que todo lo limpiabas cuando asegurabas que "hasta eso", mis miedos, te encantan, "porque son tuyos... ¿cómo no me van a gustar?" A que confesabas tu propio miedo: la ausencia, mi ausencia. A que yo te prometía no irme nunca, no dejarte ir. A que me decías que no te irás. A que me la creía, a la sombra de un abedul.
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A que proponías que en lugar de Oxxos, tuviera Guadalajara parques. A que te decía que los Oxxos no me gustan, y que hacen falta parques. A que en lugar de parques nos prometíamos árboles. "Hacerlos nuestro refugio, nuestro lugar". A que me preguntabas al oído si sería tu novio, tu pareja, tu hombro con hombro, tu enamorado, tu Agustín. A que te decía sí, sí, sí, mil y una veces, sin pensarlo, a ciegas, a pan y cebolla. A que nos lanzábamos juntos al vacío. A que no nos esperaba un golpe al final de la caída. A que no te la creías, y lo gritaba tan fuerte como podía. A que me callabas con un beso, sin parar de reír. A que reíamos. A que lloraba de regreso a casa por tanto, tanto, tanto amor. A que me caía el veinte de que ya no estoy soltero mientras comíamos hamburguesas que no me dejaste pagar. A que extrañábamos el árbol entre cada papa frita. A que te confesaba que cada vez que te toco la cara, el pelo, los pies con mis pies bajo la mesa, te estoy dando un beso tronado, un beso imposible.
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A que el abedul nos socorría de mirones desde la calle. A que el abedul era nuestro, como nuestros son nuestros propios abedules. A que ya no hay cosas en el mundo que me importen tanto como tú. A que te sorprendías de escuchar algo así, abriendo ese par de ojos que todo lo dicen, que todo lo ven, que todo parecen cuestionarlo y que no se conforman con ninguna respuesta. A que descubríamos que somos imperfectos, que tenemos "nuestras cosas", nuestro "baggage", nuestro "garbage", y a que era lo malo, unido y sin limpiar, parte de lo bueno de estar enamorados. A que elogiaba tu practicidad, tu entrega, tu alegría y tu amor por la vida. A que me elogiabas. A que me chibiaba. A que tenía la tarde un árbol, y el árbol un par de amantes que no saben ya si son dos corazones latiendo al unísono, o un corazón que late en dos pechos distintos bajo un árbol que tiene la tarde.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

... a que el abrazo con amor, no seca, pero hace que las lágrimas pesen menos y salgan con fluidez. Hasta que se te hizo llorar chingao.