martes, 20 de octubre de 2009

Mar-ti-ni-llo.

Yo no paso de ahí, sentado frente a un piano. Incluso la última vez que tomé un teclado Casio, ya no me acordaba qué tecla era el "mar" y luego cuáles había que tocar para que el "¿dón-de-es-tás?, ¿dón-de-es-tás?" no derivara en sonata de Beethoven, o en allegro de Vivaldi. Pero admito al mismo tiempo mi total reconocimiento y completa idolatría a los hombres y mujeres que son capaces de sentarse frente al instrumento de teclas y cuerdas y extraer de él algo más que sonidos desarticulados y las notas indiferentes, casi indecentes, de una canción infantil.
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Por eso es que cuando inició mi lectura de La pianista, de Elfriede Jelinek, me identifiqué con el personaje y hasta me cayó re-bien -nótese que no nada más me cayó "bien", lo cual es tan relativo que cuando le digo que estoy "bien", La Nancy, me zarandea, golpea e insulta, sino que además me cayó "re" bien-. Consideré que Érika Kouth, la protagonista, maestra de piano que toca y enseña re-bonito las re-canciones, era una mujer atractiva y a la cual habría qué proteger de la férrea e intolerante vigilancia de su madre -porque treintona y todo, pero Érika no encuentra aún la forma de romper el cordón umbilical y mandar a su aberrante progenitoria a la reverenda y soberana goma-.
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Pero el problema llega cuando uno se encuentra sentado frente a una novela, y lo más natural, hasta por definición intrínseca del subgénero, es que los personajes cambien, y la novela misma sea la apología sumaria de ese conjunto de cambios que inician en un punto y convierten al personaje paulatinamente hasta dejarlo en un punto totalmente distinto del que inició su relato. Entonces es de esperase que Érika, en su pleno de responsabilidades papel de protagonista, cambie. Y lo hace de una forma tan polarizada, tan limítrofe, que al final de la novela uno entiende, apenas, por qué tanta referencia al castigo, la sumisión y la relación de poderes del sexo fetichista.
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Érika se enamora -es un decir- de un aplicadísimo joven aprendiz que está bajo su cuidado, de apellido Kemmler -que suena como a marca de electrodomésticos soviéticos-. Y como la represión que ha vivido bajo el yugo materno la tiene bien cansada, decide -es otro decir- explotar a través de su sexualidad y convertir al jovencito en su padrote, su dueño, su poseedor, su papi, su mandamás y, claro está, su explotador sexual.
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Claro está que a Kemmler el asunto le gusta de inicio, pero luego le causa desazón. ¿Por qué no puede enseñarme las cosas "normales" que hacen los hombres con las mujeres, preparándome, al puro estilo de la cinta El graduado, para la vida sexual futura?, se pregunta Kemmler, que con ese apellido, ¿cómo no va a estar idiota el chamaquito? Y conforme una lo disfruta y el otro se la piensa, la novela se va poniendo sórdida, y las manías de los personajes se van entrelanzando de un modo tan abominable que uno termina de leer y no sabe si llorar, reír, pensar o vomitar -yo hice las cuatro cosas, y el resultado fue aliviador-.
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Un compañero en clase hizo la observación de que Sade estaba presente en La pianista como el pan molido en las milanesas. Confieso: yo no he leído a Sade. El comentario del compañero, pues, me vino guango en principio, pero sé lo que Sade significa para el mundo -es otro decir- de la literatura erótica, sus contenidos, sus lectores, sus fanáticos, sus practicantes -?- Después de todo, no se necesita ser un lector culto para saber que el nombre del marqués francés se relaciona invariablemente con las más sórdidas, repugnantes y excitantes -sí, lo dije bien- escenas de la literatura universal jamás contadas.
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Así que ya sabrán que si la presencia de Sade plaga la obra de Jelinek, el asunto se pone duro, cual sesión desarticulada de sadomasoquismo existencialista -?, y doble ?-, o película gore al respecto. Entre fetiches, sexos abiertos, sangre emanada de los ídems y hasta gritos y susurros contenidos, la novela de Jelinek cautiva al mismo tiempo que duele, castra a la par que provoca. Es una novela juguetona: lleva al lector por el mundo de una mujer paciente del trauma hasta hacerlo desenvocar en sus propios traumas, hasta hacerlo dudar de su sanidad mental.
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Ni Érika, ni su madre ni Kemmler aceptan juicios. Sus actos no pueden ser aprobados o reprobados, porque eso haría del lector un experto en la materia sicológica, más que eso, un dios. No hay forma. Érika y sus perversiones se quedan tras las solapas de las doscientas páginas de la novela. Nosotros, con nuestras propias formas de amar, quizá no menos insanas, seguiremos viviendo al otro lado del punto final. A Érika puede amársele, pero no pasará de ahí. Su trauma es el nuestro: es la quedada profesora de piano que sufre las dolencias de una sexualidad reprimida, a navajazos incluso. La presencia totémica, claustrofóbica, de la madre. En México, el que se libera de la madre y hace de su sexo un papalote -imagínense lo que quieran-, es llamado desordenado y vil. Ahí se las dejo. Un favor: sórdidamente, pero léanla.
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¡Salud!

1 comentario:

Pr!nces!ta.. dijo...

Hola me quedaría leyendo tu blog horas sobre horas, pero estoy en la oficina y no se me hace tan fácil. Muy interesante, lo que escribes. "Amo a la letra desde que la conocí, quizá el amor no humano más perfecto que he encontrado en este mundo", coincido en esto contigo espero una publicación tuya muy prontito.Slds Jéss! desde PERU.