viernes, 23 de octubre de 2009

Ir al cielo.

Creo en la felicidad de las ideas, la permanencia del hombre y la muerte del sistema.
.
Mi madre vivió con su padre una relación especial en tanto a lo religioso. Mi abuelo nunca fue un hombre de sacramentos. Si pisó un templo tres veces en su vida, y comulgó en una ocasión, mi narración se daría por bien servida y verdadera. Cuando mi madre insistía en que se confesara, comulgara, fuera a misa, mi abuelo contestaba con un simple y amoroso: "Esta Margarita, ¿de dónde habrá salido tan beatita?" Mi madre guardaba como una esperanza irremplazable la imagen de mi abuelo abriendo la boca y recibiendo la hostia. Era como su gran misión, su tarea especial autoasignada. No se le hizo: hasta el momento de su muerte, cuando sólo aceptó una bendición, la Urbi et Orbi, que reparte el papa, mi madre no vio a mi abuelo recibir sacramento alguno.
.
Lejos de la simpatía que esta conducta pragmática antisacramental de mi abuelo me provoca sin muchos recelos, no dejo de aceptar que, en el caso de mi madre, la recepción de la hostia y la práctica cotidiana de misa han ayudado un poco. Sólo un poco: en el pendemonium catastrófico que a veces consiste la vida diaria, es por lo que cree que ella no se ha vuelto loca. Yo no soy anticlerical, pero creo reconocer con justicia a aquéllos que, formando el clero, tienen una idea remota de lo que es hacer labor cristiana.
.
El padre Patrick, croata, era uno de esos integranes del clero que valdría la pena rescatar si una bomba atómica -selectiva- arrasara los conventos. Daba las misas en mi preparatoria, si es que a eso que él hacía podía llamársele dar misa. Las monjas, que tengo entendido recurrieron a él por vez primera cuando el padre Antuán, opusdeísta, les falló en una ocasión, y se vieron obligadas a buscar un sacerdote con urgencia, no vieron con buenos ojos que permitiera nos sentáramos toda la misa, o que alguno de nosotros diera la homilía platicando qué había desayunado, mientras él se tiraba con desgano en su silla diaconal y hacía gestos para causar hilaridad de toda la feligresía.
.
Pero cuando acabó aquella primera intervención de emergencia, y justo cuando la madre superiora iba a agradecerle para pedirle que no volviera, la preparatoria entera aplaudió su labor diocesana y lo invitó a volver. Las madres no tuvieron otra alternativa para hacernos bajar a misa que volver a traer al padre Patrick. Las homilías del croata eran siempre una aventura, un asalto a la razón: cuando no hablaba de cómo es que las madres de familia cargaban en sus bolsas hasta el extintor, disertaba sobre las mascotas que había tenido en vida -recuerdo particularmente el relato de Bobo, un perro que tuvo de niño, decía el insensato, que hacía honor a su nombre, y que acabó suicidándose el muy idiota al saltar sobre una cerca mientras estaba amarrado por el cuello al suelo del jardín-. Cuando no hacía burla del atuendo ridículo de un niño, le pedía a una señora de copete alto que tuviera piedad de Dios -así, tal cual- y consultara un estilista.
.
A estas alturas se preguntarán por qué el arzobispado lo dejaba practicar ante semejante modus spiritae operandi, y me imagino que era porque siempre, al final de su homilía, daba una moraleja de menos de veinte segundos que sí hacía referencia al evangelio, sí daba consejos sobre cómo ser buenos cristianos, y sí cumplía con todos los requisitos canónicos de lo "católicamente correcto". Obviamente, nadie recordaba el consejo. Todos nos quedábamos con la homilía.
.
Yo me llamo Agustín, no sé si lo sepan, por otro miembro del clero cuya memoria valdría la pena rescatar. Miguel Agustín Pro Juárez, el "Ché Guevara" de mi madre, fue un presbítero jesuita que practicó, al grado de poner su vida en ello, el apostolado en plena prohibición impuesta por Calles a la libertad de cleros. No sólo eso: fue un guerrillero. Ya lo vi: el fan de Miguel Agustín Pro que esté leyendo esto, biógrafo de su figura, por ende, porque por alguna extraña razón todos los fans de Pro son biógrafos expertos del cura, se me va a echar encima. "¡Guerrillero no!", dirá, "luchador pacifista". Total contradicción. Miguel Agustín Pro realizó acciones ilegales, injustamente ilegales, incivilizadamente ilegales, pero ilegales al fin. Profesó, ejerció, bendijo incluso, en un México en que esas tres acciones eran crímenes de estado. Y fue fusilado por ello, acusado además de actos bandálicos y violentos, de atentados al orden y la seguridad de la nación.
.
Yo no sé si todas esas flores se le pueden colgar a un hombre de escasos 1.70 metros de estatura y complexión mediana. Sé, sin embargo, que Pro fue un hombre de gigantesco valor: sin importarle que el mundo entero a su alrededor hiciera complot contra sus ideales, los mantuvo fijos y creyó en ellos hasta el final. Terco, sí, obstinado, sí, pero inteligente y despierto, vivaz y servicial. Creyó en la posibilidad de que el cristianismo salvara a su país, como el Ché Guevara lo hizo, quizá con más simpatía de los juicios de la Historia, con el socialismo para América Latina. Un idealista, profundamente entregado a su idea misma.
.
Cuando mi mamá me puso su nombre, y aquí cierro la idea inicial de forma magistral y digna de las 400 entradas que ya estamos celebrando, tuvo la idea kármica de que heredara yo todas las virtudes cristianas y morales de Miguel Agustín Pro. Le salió el tiro por la culata a doña Mago: heredé del recién nombrado beato (1988) sólo la terquedad, la creencia indisoluble en mis ideales y la fortaleza para llevarle la contraria al sistema, aunque sea sólo en lo mental. Que soy un collón para ejecutar ideas que hagan el mundo arder, que lo cimbren en sus goznes, sí, cierto. Que tengo mil ideas para hacerlo, también. Por eso me cae muy bien el padre Pro: por semejantes cojones.
.
Ahora voy a ventanear a doña Mago, y nada más por puro antojo: me llamo Agustín por Pro, sí, pero también porque su conciencia aún no logra desligarse del hecho de que fuera un tío abuelo suyo, tío de su padre, el general Roberto Cruz, quien ejecutara la orden de fusilamiento que acabó con la vida de Miguel Pro. Orden de fusilamiento sin juicio, que además acabó con la vida de uno de los jesuitas mexicanos más carismáticos de la Guerra Cristera. Orden de fusilamiento injusta, como es la vida a veces. Doña Mago no va a limpiar su sangre -que ni siquiera está manchada, pero así lo ve ella, y allá ella- ni nombrando a sus nietos Agustines, Migueles, Proes. Miguel Agustín Pro disfruta ya, seguramente, en algún lugar, de la buena memoria que su causa llevada al extremo provoca entre creyentes y fanáticos. Mi abuelo también. A ver en dónde acaba doña Mago.
.
¡Salud!

No hay comentarios: