viernes, 2 de octubre de 2009

El otro dos de octubre.

Los jóvenes muertos el dos de octubre de 1968 no construyeron la Patria: le dieron a México la posibilidad de hacerlo. No son héroes nacionales: son facilitadores del pedestal.
.
Tuvieron que pasar 41 años para que alguien viviera un dos de octubre distinto. Escribo estas líneas cuando está cercana la hora que oficializaría una conmemoración con toda la ley para los cientos de jóvenes –si no miles- que fueron acribillados en la Plaza de las Tres Culturas en un acto barbárico que significó el inicio del fin de un movimiento en esencia bondadoso y funcional, aunque grupos e ideas externas lo utilizaran como estandarte de sus propios principios y motor de sus propios objetivos, incluso hasta la fecha, cuando, de tan desdibujado, el 2 de octubre de 1968 es Atenco, Cuatrocientos Pueblos, Liga 22 de mayo y Opositora Ciudadana al Macrobús.
.
Yo no sé si en 41 años México ha amanecido un dos de octubre con la absoluta confianza de que será un buen día. Como indagador del 68, un tema que, ya he dicho antes, me ha conmocionado desde que supe lo que pasó en Tlatelolco a las 6 de la tarde de aquel terrible día, me resultaba difícil pensar que es posible escuchar “dos de octubre” en México y no sentir pavor: por la democracia ganada a sudor y sangre y perdida en estupideces oligárquicas; por la utopía planteada, buscada hasta la muerte, y luego perdida de buró en buró, de legislatura en legislatura, de presupuesto en presupuesto; por la juventud dormida, en la cual tristemente me incluyo, y, lo que es todavía más lamentable, sin miras de despertar. El 68 es actual no porque hoy sea posible su repetición, sino porque su imposibilidad, en tiempos en que se necesita el movimiento, el cambio, el dinamismo y la renovación de las conciencias, es una bomba a la Patria, un atentado a la razón y una puerta cerrada a la certidumbre futura.
.
Pero yo sí tuve hoy un 2 de octubre distinto. Entre sus brazos, tendido en un céntrico parque de esta capital jalisciense, descubrí que es posible, todavía hoy, desear morir en el amor. A los jóvenes del 68 los movía, además de su juventud, temeraria juventud raíz de males y progresos igualmente inusitados, la posibilidad soñada de un México distinto, de un bienestar inquebrantable, la equidad, la democracia, la libre expresión –de la que, más que en el 68, sí gozamos hoy día-. El amor a algo mejor. A nosotros nos mueve el amor, y la búsqueda de lo que El Meromerosaborranchero describía hace unos años como “la total gana de no estar en la mierda”. “No sabremos a dónde vamos, mi Agus, pero tenemos por seguro que no queremos andar en la mierda”. Nos mueve la posibilidad del descubrimiento constante, la empatía indistinta, la necesidad y el deseo. Nos mueve el amor.
.
Los del 68 lo entendían bien qué era hacer un movimiento. Tú y yo tampoco, habrá que aceptarlo. Sabemos que estamos moviéndonos, casi vertiginosamente, mientras las cosas en nuestro interior se abren, se esponjan –leudan, dijimos-, experimentan sensaciones insospechadas. Sabemos qué sentimos, y sabemos que lo que queremos es sentirlo, pero a dónde nos llevará todo eso es un signo de interrogación perdido entre la niebla. Pero sabemos que queremos que siga, irrenunciablemente. Sabemos que estamos, y que nos necesitamos, y parece que eso nos basta. A los del 68 les bastaba sentir sus pies sobre el asfalto, sus voces consignando, sus manos rayando paredes, sus mentes ideando, sus ojos leyendo, sus brazos armando, sus intenciones construyendo. No sabían a dónde iban, no sabían hacer un movimiento, y cambiaron la historia nacional como sólo los ciegos pueden hacerlo: lanzándose al vacío, volando por un rato. Como tú, como yo.
.
Yo sé que hoy me bastan tus brazos alrededor de mi torso, tus dedos enlazando mis dedos, tus ojos perdidos entre mis cejas, intentando adivinar qué pienso. Sé que hoy me bastan tus palabras, tus canciones, tus latidos cabalgando desde tu pecho hasta mi oreja. Sé que hoy me satisfacen tus besos, tus consejos, tu manía repetitiva de decir “te quiero” y “me encantas”, y también de preguntar “¿por qué?”. Sé que hoy me es suficiente tu amor por la vida, por la superación y por mí. Sé que hoy deseo estar contigo, muchos dos de octubre más. Sé que no sé nada, y eso no me importa, porque sé que estás conmigo.
.
No sé si los del 68 sabían que el dos de octubre era un día más. Un día en que es posible enamorarse otro poco, morir también un tanto. Sé que dieron su vida sin desearlo, o al menos no en la forma en que esperaban darla. Sé que poseían ideales, y que sus ideales eran socialmente más benéficos que los que yo poseo en este dos de octubre, 41 años después. Sus ideales cambiaban al mundo: los míos cambian mi vida, dos vidas quizá. ¿Pero qué demonios? Uno no puede ir por la vida juzgando ideales. Se juzgan obras, resultados. Y no toleraría que alguien viniera hoy día y me dijera que lo que mis ideales producen, que lo que tus ideales han producido en mí y por mí, no vale lo mismo que los ideales que cambiaron a México en el 68. Yo sólo tolero amarte. Éste es mi dos de octubre. Es distinto, pero ante todo es mejor, es nuestro.
.
¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No estamos dormidos, más bien estamos despiertos en el amanecer de la masificada individualidad, no conocemos de cerca la experiencia de la colectividad encaminada de la mano hacia una misma meta. Ya nos llegará el momento, o quizá no. Lo que sí, es que por lo menos no nos dejemos robar esa indivudualidad que nos hace disfrutar una tarde bajo un árbol.