jueves, 29 de octubre de 2009

Los 400 temas.

Pasé semanas pensando qué hacer para celebrar las 400 entradas de El Baile de la Coma. ¿Cena baile show con Omar Alonso, Victor Luján o Carlos Eduardo Rico? No, ni que esto fuera programa de televisión local -que en escala de abominaciones, está todavía más abajo que la televisión nacional-. ¿Subasta de entradas en Christie's? No, desde el guante con diamantes de Michael Jackson, ya nadie se anima a subastar cosas invaluables, como estas entradas. ¿Ipods y cubos rubiks gratis a las primeras llamadas? No, desde que Mercedes Molto se embarazó, los telejuegos no han recuperado la figura. ¿Reality nacional para encontrar La Entrada de Mis Sueños? No si no lo conduce Galilea Montijo.

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Total que no hay forma. Nuestro equipo de redacción le ha buscado el lado por dos semanas, y todavía estamos trabados con la reforma fiscal propuesta -y defendida, que es peor- por el secretario de Hacienda, Agustín Carstens. No nos explicamos tanta metida de pata, tanta boruca, tanta idea compleja aderezada con neologismos (déficit, PIB, participación federal, etc.), que finalmente no logra decirnos más de lo que ya sabemos: México está en crisis... y la economía también.

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También está el otro gran -es un decir- tema: Alejandra Guzmán tuvo problemas con sus nalgas -no me vean feo, ¡así es correcto llamarlas!- la semana pasada, cuando tuvo la osadía de intervenirse quirúrgicamente para aumentar su tamaño y ponerlas en su lugar -todavía no sabemos cuál es su lugar, pero vivimos deseando ponerlas en él-. El resultado fue desastrozo: puesta en manos de una mujer poco profesional (¡Por Dios, Alejandra!, hay que estar menos para colocar tus atributos entre los dedos de una mujer que se hace llamar -o se llama, peor tantito- Valentina de Albornoz), Alejandra casi pierde la vida -es un decir- por las cosas que la Vale le inyectó, no muy sanas, cabe aclarar.

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Y el otro otro gran tema, en lo local, con al definición de la localización de las Villas Panamericanas, que no termina de decidirse, mientras Celia Fausto (ruega por nosotros) sigue esperando que le manden un tema que la coloque de nuevo en los titulares (por lo pronto, ya demandó al fotógrafo de Mural que tuvo la "osadía" de retratarla al darle el beso de despedida a Petersen Farah, que parece de lengüita, aunque ella diga que la negra es pura y santa, y somos los negros cochambrosos los que vemos cosas).
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Entonces hay demasiado stemas qué tocar, poco tiempo para hacerlo, y encima armar una celebración. Me perdonarán. Esta es la entrada 401 de El Baile de la Coma, y festéjenla ustedes como mejor les plazca.
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Además hay crisis. El precio del látex de los globos está por los cielos, y el pégale la cola al burro -juego que le encanta a El Apapachoquealivia y a La Zucaritas... luego que esté ebrio les cuento por qué-, lo perdimos la última fiesta porque alguien se fue montado en él. Ni como ayudarles. Por cierto: se solicita su colaboración para comprarle un diccionario de sinónimos a Agustín Carstens. Digo, si nos va a estar diciendo lo mismo cada vez que sale a cuadro, por lo menos que lo diga diferente.
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¡Salud!
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PD: Otro tema. Ya viene la FIL. Los Ángeles servirá el banquete literario este año, con hot-dogs de Ray Bradbury y chesseburgers de thriller holliwoodense. Hayquir.

viernes, 23 de octubre de 2009

Ir al cielo.

Creo en la felicidad de las ideas, la permanencia del hombre y la muerte del sistema.
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Mi madre vivió con su padre una relación especial en tanto a lo religioso. Mi abuelo nunca fue un hombre de sacramentos. Si pisó un templo tres veces en su vida, y comulgó en una ocasión, mi narración se daría por bien servida y verdadera. Cuando mi madre insistía en que se confesara, comulgara, fuera a misa, mi abuelo contestaba con un simple y amoroso: "Esta Margarita, ¿de dónde habrá salido tan beatita?" Mi madre guardaba como una esperanza irremplazable la imagen de mi abuelo abriendo la boca y recibiendo la hostia. Era como su gran misión, su tarea especial autoasignada. No se le hizo: hasta el momento de su muerte, cuando sólo aceptó una bendición, la Urbi et Orbi, que reparte el papa, mi madre no vio a mi abuelo recibir sacramento alguno.
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Lejos de la simpatía que esta conducta pragmática antisacramental de mi abuelo me provoca sin muchos recelos, no dejo de aceptar que, en el caso de mi madre, la recepción de la hostia y la práctica cotidiana de misa han ayudado un poco. Sólo un poco: en el pendemonium catastrófico que a veces consiste la vida diaria, es por lo que cree que ella no se ha vuelto loca. Yo no soy anticlerical, pero creo reconocer con justicia a aquéllos que, formando el clero, tienen una idea remota de lo que es hacer labor cristiana.
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El padre Patrick, croata, era uno de esos integranes del clero que valdría la pena rescatar si una bomba atómica -selectiva- arrasara los conventos. Daba las misas en mi preparatoria, si es que a eso que él hacía podía llamársele dar misa. Las monjas, que tengo entendido recurrieron a él por vez primera cuando el padre Antuán, opusdeísta, les falló en una ocasión, y se vieron obligadas a buscar un sacerdote con urgencia, no vieron con buenos ojos que permitiera nos sentáramos toda la misa, o que alguno de nosotros diera la homilía platicando qué había desayunado, mientras él se tiraba con desgano en su silla diaconal y hacía gestos para causar hilaridad de toda la feligresía.
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Pero cuando acabó aquella primera intervención de emergencia, y justo cuando la madre superiora iba a agradecerle para pedirle que no volviera, la preparatoria entera aplaudió su labor diocesana y lo invitó a volver. Las madres no tuvieron otra alternativa para hacernos bajar a misa que volver a traer al padre Patrick. Las homilías del croata eran siempre una aventura, un asalto a la razón: cuando no hablaba de cómo es que las madres de familia cargaban en sus bolsas hasta el extintor, disertaba sobre las mascotas que había tenido en vida -recuerdo particularmente el relato de Bobo, un perro que tuvo de niño, decía el insensato, que hacía honor a su nombre, y que acabó suicidándose el muy idiota al saltar sobre una cerca mientras estaba amarrado por el cuello al suelo del jardín-. Cuando no hacía burla del atuendo ridículo de un niño, le pedía a una señora de copete alto que tuviera piedad de Dios -así, tal cual- y consultara un estilista.
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A estas alturas se preguntarán por qué el arzobispado lo dejaba practicar ante semejante modus spiritae operandi, y me imagino que era porque siempre, al final de su homilía, daba una moraleja de menos de veinte segundos que sí hacía referencia al evangelio, sí daba consejos sobre cómo ser buenos cristianos, y sí cumplía con todos los requisitos canónicos de lo "católicamente correcto". Obviamente, nadie recordaba el consejo. Todos nos quedábamos con la homilía.
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Yo me llamo Agustín, no sé si lo sepan, por otro miembro del clero cuya memoria valdría la pena rescatar. Miguel Agustín Pro Juárez, el "Ché Guevara" de mi madre, fue un presbítero jesuita que practicó, al grado de poner su vida en ello, el apostolado en plena prohibición impuesta por Calles a la libertad de cleros. No sólo eso: fue un guerrillero. Ya lo vi: el fan de Miguel Agustín Pro que esté leyendo esto, biógrafo de su figura, por ende, porque por alguna extraña razón todos los fans de Pro son biógrafos expertos del cura, se me va a echar encima. "¡Guerrillero no!", dirá, "luchador pacifista". Total contradicción. Miguel Agustín Pro realizó acciones ilegales, injustamente ilegales, incivilizadamente ilegales, pero ilegales al fin. Profesó, ejerció, bendijo incluso, en un México en que esas tres acciones eran crímenes de estado. Y fue fusilado por ello, acusado además de actos bandálicos y violentos, de atentados al orden y la seguridad de la nación.
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Yo no sé si todas esas flores se le pueden colgar a un hombre de escasos 1.70 metros de estatura y complexión mediana. Sé, sin embargo, que Pro fue un hombre de gigantesco valor: sin importarle que el mundo entero a su alrededor hiciera complot contra sus ideales, los mantuvo fijos y creyó en ellos hasta el final. Terco, sí, obstinado, sí, pero inteligente y despierto, vivaz y servicial. Creyó en la posibilidad de que el cristianismo salvara a su país, como el Ché Guevara lo hizo, quizá con más simpatía de los juicios de la Historia, con el socialismo para América Latina. Un idealista, profundamente entregado a su idea misma.
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Cuando mi mamá me puso su nombre, y aquí cierro la idea inicial de forma magistral y digna de las 400 entradas que ya estamos celebrando, tuvo la idea kármica de que heredara yo todas las virtudes cristianas y morales de Miguel Agustín Pro. Le salió el tiro por la culata a doña Mago: heredé del recién nombrado beato (1988) sólo la terquedad, la creencia indisoluble en mis ideales y la fortaleza para llevarle la contraria al sistema, aunque sea sólo en lo mental. Que soy un collón para ejecutar ideas que hagan el mundo arder, que lo cimbren en sus goznes, sí, cierto. Que tengo mil ideas para hacerlo, también. Por eso me cae muy bien el padre Pro: por semejantes cojones.
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Ahora voy a ventanear a doña Mago, y nada más por puro antojo: me llamo Agustín por Pro, sí, pero también porque su conciencia aún no logra desligarse del hecho de que fuera un tío abuelo suyo, tío de su padre, el general Roberto Cruz, quien ejecutara la orden de fusilamiento que acabó con la vida de Miguel Pro. Orden de fusilamiento sin juicio, que además acabó con la vida de uno de los jesuitas mexicanos más carismáticos de la Guerra Cristera. Orden de fusilamiento injusta, como es la vida a veces. Doña Mago no va a limpiar su sangre -que ni siquiera está manchada, pero así lo ve ella, y allá ella- ni nombrando a sus nietos Agustines, Migueles, Proes. Miguel Agustín Pro disfruta ya, seguramente, en algún lugar, de la buena memoria que su causa llevada al extremo provoca entre creyentes y fanáticos. Mi abuelo también. A ver en dónde acaba doña Mago.
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¡Salud!

Al son que les toquen.

Para El Vic, que hubiera amado ese espectáculo. Le regalo mis ojos.
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Primero el silencio. El sol entrando a raudales por la arquería del patio central del Palacio Municipal de Guadalajara. Las palomas recorriendo el perímetro de la azotea, paseándose entre gárgolas, barandales y farolas. Los regidores en sus oficinas. El presidente municipal interino también, entre documentos, oficios, llamadas telefónicas y arreglos de último minuto para la sesión de cabildo, programada a las 10 horas de este jueves 22 de octubre. Nada particular, nada fuera de regla, a excepción de una docena de músicos de mariachi que invaden un pasillo de la segunda planta del edificio. Pantalones ajustados, negros, con hilos plateados y dorados circundando la figura humana. Moños al cuello. Instrumentos en mano. No tocan, sin embargo. Sus cuerdas se suman al silencio, a la normalidad del día cualquiera.
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Pero basta un segundo, sólo un instante, para que la quietud se rompa, para que el silencio, la “normalidad” atmosférica de ese día cualquiera, para una sesión del ayuntamiento cualquiera, estalle en el compás articulado, sistemático, dador de música, de seiscientos instrumentos de mariachi ejecutándose al unísono, sin tregua, sin piedad, sin límites ni condiciones.
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El ayuntamiento se inunda entonces del sonido más típico de la música mexicana. Por las escaleras suben violines, guitarras, bandolones y hasta trompetas. A raudales, como el sol que los alumbra, se van posicionando de los espacios, los van llenando con su son. Inician con el Huapango de Moncayo, y los aplausos de trabajadores del ayuntamiento y asistentes curiosos al sonido de los seiscientos instrumentos, obligan a los artistas del ritmo mexicano por excelencia a repetir la pieza. Luego siguen el Son de la Negra, Guadalajara, y luego de nuevo el Son de la Negra. El resto de las canciones suenan cuando se desarrolla la rueda de prensa convocada por el presidente municipal interino Juan Pablo de la Torre Salcedo, y es imposible escucharlas. Llega el ritmo, la cadencia de la nota, la sensación de la melodía, pero nada más.
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Los mariachis tocan por espacio de una hora. Antes, de la Torre Salcedo se queda “atrapado” en las escaleras del palacio junto a la regidora Myriam Vachéz Plagnol. Es imposible subir o bajar. El flujo constante de músicos hacia la parte alta del edificio imposibilita incluso a los guaruras del cabildo abrir paso al alcalde. Él ríe, asiente con un gesto que denota amabilidad, cierta simpatía incluso, cada vez que alguno de los músicos, mientras suben poco a poco sin dejar de tocar, lo saluda con una sonrisa, con un movimiento especial del violín. La regidora se adivina más bien molesta, casi nerviosa. Cuando el flujo de músicos disminuye, quedando lleno todo espacio libre del ayuntamiento, los custodios abren campo y a cuenta gotas consiguen que los regidores ingresen a la sala de cabildos y luego al salón posterior, dónde se reúnen en privado con representantes de los músicos convocados.
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En los pasillos, más representantes hablan. Gustavo Ruiz Velázquez es el nombre que inunda la mañana, al que los mariachis dirigen no la tradicionalmente triunfal “Diana”, sino el sonido de la también tradicional, pero oprobiosa, “mentada”. Es, dice Patricia Camarena Núñez, el hombre que recibió por parte del ayuntamiento tapatío la concesión para la remodelación de la Plaza de los Mariachis, hace once meses. Al entregar la obra, poseería para su uso comercial particular poco más de trescientos metros del área total de la Plaza. Era el acuerdo, por treinta años. Pero Ruiz Velázquez ha incumplido, y rodeándola de barandal se ha adueñado de ella, impidiendo a los mariachis tocar, a los restauranteros tener terraza, y a los turistas y visitantes escuchar.
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“No sabemos qué pasa. No tenemos idea por qué el ayuntamiento lo está permitiendo. Es lo que queremos que averigüen”, declara a unos y otros Camarena Núñez.
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A unos pasos de ella, un policía municipal toma nota de los hechos a un grupo de mariachis. “Los policías (municipales) nos dan la orden de retirarnos cuando nos acercamos a tocar a la plaza, y cuando pedimos explicaciones nos dicen nada más que son órdenes de superiores”, declara, sin dejar de mirar de reojo a uno de los uniformados, Guadalupe Aguilar, mariachi afiliado a la CTM, quien ha visto minar su patrimonio especialmente de tres meses a la fecha, al negársele su tradicional lugar de trabajo.
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En la rueda de prensa convocada para explicar los hechos, el alcalde interino asegura haber recibido el pliego e iniciar su revisión para tener respuesta antes del próximo miércoles. Se revisará también el contrato de concesión del espacio, y el cumplimiento, indebido o no, que ha hecho de éste el musicalmente “mentado” Gustavo Ruiz.
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“Por supuesto que no se puede cobrar por utilizar un espacio público. Vamos a ser puntuales en eso, pero tampoco vamos a permitir que si los afectados poseen la razón, se consuman bebidas alcohólicas en el espacio de la plaza después”, señala. Detrás de él, Patricia Camarena escucha y sonríe. “El lugar es para que todos los tapatíos puedan disfrutar de esta música, y eso es lo que debemos procurar”, finaliza el presidente municipal interino.
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La música no para. La sesión de cabildo inicia tarde, y los temas que se tratan no convocan tantos aplausos o voces como las que han traído los seiscientos mariachis. “Veinte años trabajando aquí y nunca había visto algo por el estilo”, declara un servidor público a otro. Así puede ser la acción aparentemente irregular de algunos: provocar molestias, pero también el agradable son de un mariachi bien entonado.
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¡Salud!

martes, 20 de octubre de 2009

Mar-ti-ni-llo.

Yo no paso de ahí, sentado frente a un piano. Incluso la última vez que tomé un teclado Casio, ya no me acordaba qué tecla era el "mar" y luego cuáles había que tocar para que el "¿dón-de-es-tás?, ¿dón-de-es-tás?" no derivara en sonata de Beethoven, o en allegro de Vivaldi. Pero admito al mismo tiempo mi total reconocimiento y completa idolatría a los hombres y mujeres que son capaces de sentarse frente al instrumento de teclas y cuerdas y extraer de él algo más que sonidos desarticulados y las notas indiferentes, casi indecentes, de una canción infantil.
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Por eso es que cuando inició mi lectura de La pianista, de Elfriede Jelinek, me identifiqué con el personaje y hasta me cayó re-bien -nótese que no nada más me cayó "bien", lo cual es tan relativo que cuando le digo que estoy "bien", La Nancy, me zarandea, golpea e insulta, sino que además me cayó "re" bien-. Consideré que Érika Kouth, la protagonista, maestra de piano que toca y enseña re-bonito las re-canciones, era una mujer atractiva y a la cual habría qué proteger de la férrea e intolerante vigilancia de su madre -porque treintona y todo, pero Érika no encuentra aún la forma de romper el cordón umbilical y mandar a su aberrante progenitoria a la reverenda y soberana goma-.
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Pero el problema llega cuando uno se encuentra sentado frente a una novela, y lo más natural, hasta por definición intrínseca del subgénero, es que los personajes cambien, y la novela misma sea la apología sumaria de ese conjunto de cambios que inician en un punto y convierten al personaje paulatinamente hasta dejarlo en un punto totalmente distinto del que inició su relato. Entonces es de esperase que Érika, en su pleno de responsabilidades papel de protagonista, cambie. Y lo hace de una forma tan polarizada, tan limítrofe, que al final de la novela uno entiende, apenas, por qué tanta referencia al castigo, la sumisión y la relación de poderes del sexo fetichista.
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Érika se enamora -es un decir- de un aplicadísimo joven aprendiz que está bajo su cuidado, de apellido Kemmler -que suena como a marca de electrodomésticos soviéticos-. Y como la represión que ha vivido bajo el yugo materno la tiene bien cansada, decide -es otro decir- explotar a través de su sexualidad y convertir al jovencito en su padrote, su dueño, su poseedor, su papi, su mandamás y, claro está, su explotador sexual.
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Claro está que a Kemmler el asunto le gusta de inicio, pero luego le causa desazón. ¿Por qué no puede enseñarme las cosas "normales" que hacen los hombres con las mujeres, preparándome, al puro estilo de la cinta El graduado, para la vida sexual futura?, se pregunta Kemmler, que con ese apellido, ¿cómo no va a estar idiota el chamaquito? Y conforme una lo disfruta y el otro se la piensa, la novela se va poniendo sórdida, y las manías de los personajes se van entrelanzando de un modo tan abominable que uno termina de leer y no sabe si llorar, reír, pensar o vomitar -yo hice las cuatro cosas, y el resultado fue aliviador-.
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Un compañero en clase hizo la observación de que Sade estaba presente en La pianista como el pan molido en las milanesas. Confieso: yo no he leído a Sade. El comentario del compañero, pues, me vino guango en principio, pero sé lo que Sade significa para el mundo -es otro decir- de la literatura erótica, sus contenidos, sus lectores, sus fanáticos, sus practicantes -?- Después de todo, no se necesita ser un lector culto para saber que el nombre del marqués francés se relaciona invariablemente con las más sórdidas, repugnantes y excitantes -sí, lo dije bien- escenas de la literatura universal jamás contadas.
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Así que ya sabrán que si la presencia de Sade plaga la obra de Jelinek, el asunto se pone duro, cual sesión desarticulada de sadomasoquismo existencialista -?, y doble ?-, o película gore al respecto. Entre fetiches, sexos abiertos, sangre emanada de los ídems y hasta gritos y susurros contenidos, la novela de Jelinek cautiva al mismo tiempo que duele, castra a la par que provoca. Es una novela juguetona: lleva al lector por el mundo de una mujer paciente del trauma hasta hacerlo desenvocar en sus propios traumas, hasta hacerlo dudar de su sanidad mental.
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Ni Érika, ni su madre ni Kemmler aceptan juicios. Sus actos no pueden ser aprobados o reprobados, porque eso haría del lector un experto en la materia sicológica, más que eso, un dios. No hay forma. Érika y sus perversiones se quedan tras las solapas de las doscientas páginas de la novela. Nosotros, con nuestras propias formas de amar, quizá no menos insanas, seguiremos viviendo al otro lado del punto final. A Érika puede amársele, pero no pasará de ahí. Su trauma es el nuestro: es la quedada profesora de piano que sufre las dolencias de una sexualidad reprimida, a navajazos incluso. La presencia totémica, claustrofóbica, de la madre. En México, el que se libera de la madre y hace de su sexo un papalote -imagínense lo que quieran-, es llamado desordenado y vil. Ahí se las dejo. Un favor: sórdidamente, pero léanla.
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¡Salud!

miércoles, 7 de octubre de 2009

El amor en los tiempos del dengue.

¿Ya se fijó, señor secretario Petersen Farah, que la panza llena del mosquito del dengue es como un corazón que late?
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No es fácil amar hoy día. Ya desde tiempos antiguos, amar era un arte. Por eso Ovidio escribió El arte de amar, un primer tratado latino sobre qué sí y qué no procurar al momento de la seducción, al que luego seguirían maravillosos compendios como El libro del buen amor, del hispano Arcipreste de Hita, y Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, del estadounidense John Gray, que vino a significar la entrada formal en la era del best-seller del manual del ingenio amoroso. Por supuesto que comparar a Ovidio con Gray o el Arcipreste es un acto de absoluta irracionalidad, no porque uno sea malo y los otros buenos, sino porque las intenciones de sus escritos y la visión de sus literaturas los separan diametralmente, constituyendo versiones polarizadas sobre qué es el amor y cuáles son sus consecuencias.
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De todas formas, si necesitamos libros que nos digan cómo y por qué nos enamoramos, y qué se debe hacer para fomentar en otros la pasión y la entrega, estamos ante un camino bicéfalo que obliga a pensar: por un lado, es evidente que no nacemos sabiéndolo todo sobre el amor; por el otro, los consejos que pedimos a los libros provienen de alguien que ha descubierto acercamientos al "buen amor" -inserte aquí su propia definición de "amor bonito" o "bueno amor". Para mí, incluye piel china, rehiletes estomacales y muchos deseos manifestados de comerse al otro (es un decir... casi)-, pero que no por ello es menos humanos. Alguien común, como tú y como yo, que lo único bueno que le ha dado la vida es experiencia (o algo cercano a ella, como la capacidad de observación).
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Estos son malos tiempos para el amor. En Amelie (2002), lo deja más que claro la fabulosa frase de la vendedora de la sex shop: "Son tiempos difíciles para los soñadores". El amor, y más la inconsistencia onírica que le da forma en sus primeras apariciones, ha sufrido el recio embate de la mar de la mercadotecnia, que ha fabricado para él toda una serie de artefactos dolorosamente impúdicos que lo convierte en mercancía, que lo condicionan al status de producto prefabricado (corazones de a cuartito en nuevo envase de medio litro. Más por su dinero).
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En tiempos como estos, amar es cosa del marketing, y de saber comprar. Bueno, sí y no: existen quienes todavía se resisten a esta nauseabunda noción neocolonialista del amor, y todavía viven sus días de enamorados como Dios manda (sí, aquí sí manda Dios, me consta). Ovidio se sentiría orgulloso de ellos, pero desilusionado de ver que son los menos. La mayoría cree que San Valentín es una rosa de diez pesos obligatoria, o una caja de Kisses de Hersheys de sesenta (un saludo a la mayor de mis hermanas, líder financiera de la transnacional chocolatera, que a estas alturas seguro estará sufriendo un patatús). Y entonces el rol entero del proceso amoroso se reacomoda: el hombre que no compra detalles es tacaño, codo, mal prospecto; la mujer que no se arregla para aceptar regalos es fodonga, sosa, mal prospecta -?- Ella vive esperando un hombre detallista; él vive deseando una mujer deseosa de amar y coquetona.
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Van a decir que no invente, que siempre ha sido así. Sí, pero lo que una mujer define hoy por "detalle" y lo que un hombre define hoy por "coqueta", son los conceptos y las ideas que marcan el cambio.
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A todo esto se suma el terrible problema del dengue. Van a decir que ya mezclé moros con cristianos, en un batidillo de pacotilla. Pero tengo algo de razón. La ciudad entera está enfermando por el virus transmitido por el Aedes Egyptus, un mosco zumbón de malas mañas que lo pone a uno a sudar. El problema es que se reproduce en el agua estancada, donde la hembra deja los huevecillos de los cuales nacen. Eso incluye ambientes húmedos, como los parques y jardines, donde el mosco pica recontento. Mi pareja y yo amamos noviar al pie de los árboles, como ya se habrán enterado por este blog chismoso. Noviar así en los tiempos del dengue es una mala alternativa, un asalto a la razón, un atentado a la salud.
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En Jalisco, el número de casos de contagiados supera las mil personitas. La mayoría se concentra en la Zona Metropolitana de Guadalajara, curiosamente en la ciudad capital. Zapopan y Tonalá le siguen, cercanos ambos a las tres centenas de casos. Tlajomulco está al final de la lista, con menos de cien contagios presentados. ¿El dengue seguirá poblaciones en que la gente ama más en los parques? Por donde paso veo botes volteados y tinacos tapados. Si descubren que el 60% o más de los casos de contagios fueron parejas que estaban en parques, pues que echen insecticida, porque los que amamos en los parques no vamos a abandonar los árboles como refugio amatorio. Prefiero un contagio de dengue que un beso menos de mi abedul.
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¡Salud!

martes, 6 de octubre de 2009

Instrucciones para cumplir 20 años (o una carta sin consejos sobre cómo cumplir 20 años y no morir en el intento).

Para El Gerber, que autorizó esto diciendo "pero dime que me quieres". Aquí te va: "que me quieres".
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Hace unos días, cuando me preguntaste si iniciar la cuenta de los veinte era algo distinto a hacer lo propio con la de los diez, mi respuesta afirmativa fue casi automática. La vida cambia después de los veinte, pensé, y mis casi dos años de experiencia al respecto así me lo demuestran.
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Pero quizá deseabas un poco más. Esperabas te contara qué cambia que hace distintos los días y las horas cuando se acaban los diecinueve y el pastel cuenta de veinte velitas en adelante. Quizá querías un consejo, una anécdota curiosa, un aviso o un aforismo. O quizás no, sólo intentas ver si en algo es diferente vivir hasta los 19 que hacerlo hasta los 21. Como sea, y ante la ausencia de chocolates para regalar, he decidido contarte en esta carta, mitad regalo, mitad recopilatorio personal a modo de expansión del subconsciente, lo que sé sobre cumplir 20 años.
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Vivimos en un mundo dominado por cuarentones. Las tendencias mayoritarias, las definiciones, las grandes obras y hasta los artículos del poder, son producto de mentalidades que superan los treinta y cinco años de edad. Contrario a lo que sucedía cuando mis padres (o tus abuelos) eran pequeños, las decisiones que definen la vida del país ya no las toman, ni en lo público ni en lo privado, seres humanos mayores de cincuenta años.
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Esto da como resultado un cambio en la perspectiva de la edad. “La vida inicia a los cuarenta”, decía un comercial hace diez años. “La adolescencia termina a los veintinueve”, arremetía, todavía más juvenil, Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) en algún episodio de Sex and the city. Ser joven hoy día es una cuestión que se prolonga indefinida, casi inexistentemente, más allá de la edad. Hoy hay ancianos de veintiuno, y adolescentes de treinta y cinco. ¿No es así la historia moderna, un recopilado de indefiniciones absolutas?
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Por eso no sé decirte si a los veinte me convertí en adulto. No sé incluso si a un paso de los veintidós soy ya un adulto. Reconozco en mí un sentido de responsabilidad que no es el de un quinceañero, pero ése lo tengo desde los diecinueve. Sí puedo, en cambio, contarte que a los veinte comencé a vivir.
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Crecí creyendo que las cosas me eran perfectas, y que nada nunca podría salirme mal. Mis decepciones, mis fracasos y mis frustraciones, ésas que todo niño tiene hasta que se da cuenta que eso mismo es vivir, se convertían, de llegar, en máximos tanques de guerra en el mar belicoso de mi egomanía. Pero los veinte te van restando ego. Por eso digo que comienzas a vivir: un día amaneces y descubres que te preocupa más decirle al mundo que su gobernador les roba la plata que pagan que verte bien frente al espejo; prestas más atención a qué curso de actualización en periodismo brindará próximamente la U. de G. que a cuál es el color de la temporada. Conceptos como verdad, sinceridad, confianza, amistad, comunicación y fidelidad, cobran más peso y significados más profundos. Y sí, pasa: un día te ves al espejo y te encuentras tan distinto, ves tan movido tu eje axionómico (tu lista de valores con su respectiva definición), que tienes que iniciar de nuevo contigo mismo.
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A los 20 creé El Baile de la Coma, precisamente a modo de intento por darle un nuevo orden a mi perspectiva. Y funcionó más de lo que yo creía, trayéndome por añadidura amigos “interesantes”
[1] y lectores asiduos. Alguien me preguntó una vez si no sería mejor haber creado un diario, pero sé la respuesta a tal cuestionamiento: en un diario, mi nuevo orden habría sido sólo mío; en un blog, puedo compartirlo, hacerlo público para que, como en buffet, otros se sirvan de lo que creo y lo que soy. Ser útil, a través de mi esencia misma, a los demás. “Dar hasta que duela”, decía Teresa de Calcuta, lo cual no necesariamente significa quedarse pobre.
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A los veinte profundicé mis amistades, y me deshice de muchas otras que consideré dañinas. Eso fue favorable: a los veintidós nada me estorba, nadie está de más en mi corazón, ocupando un arrendamiento que no le corresponde.
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Las novias que he tenido después de los 20, dos y media –sabes a lo que me refiero-, han sido las mejores amantes, las mejores mujeres y las mejores relaciones interpersonales que he tenido. Eso no significa que fueran los mejores éxitos: han sido también las mejores decepciones. Pero soy conciente de que cumplir veinte años no trajo por sí solo semejantes “premios mayores”. Tuve qué decidir, escoger, observar y concientizar, y luego decidir, porque si algo sí llega naturalmente después de los veinte es una sensación como de que corre el tiempo más veloz, y que hay muy poco por perder.
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A los veinte se van algunos miedos, como el de verse mal, o el de llegar a una fiesta y encontrar a otro vestido igual que tú. Pero llegan otros tantos. Da más miedo perder amigos, ser irresponsable y decidir. Se piensan más las cosas –en tu caso, está difícil-, pero en consecuencia se toman mejores opciones. Se va haciendo cada vez más sencillo mandar todo a la goma, pero también se corre más el riesgo de convertirse en el poeta solitario que decide trabajar en un banco.
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Y el aumento en la velocidad en que parece correr el tiempo hace que todo sea más: se extraña más, se ama más y se trabaja más. ¡Ah, sí! Y todo sabe distinto: los besos, las Dulcigomas, el chicharrón prensado y la muerte. Después de los veinte no se teme morir, pero sí se le mira con más respeto a la vida, y se aprende a dar lugar a los demás sin perder terreno propio –mágico aprendizaje que atenta contra las más elementales reglas de la física natural-.
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A los veinte se cree cada vez menos en los ídolos populares, más en el destino, nada en Dios y un poco en el verdadero amor. Se prueban más cosas, y las ya conocidas se reconocen distintas. Aparecen más personas, y conocidas de años se van, aparentemente para no volver. Se sufre igual, pero por motivos diferentes, y llorar no se vuelve más complicado, sino más inútil –concientemente inútil-. ¡Eso es!, después de los veinte, las lágrimas se convierten en artículos de lujo, y regarlas por alguien o algo duele más que llorarlas.
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Algo que también pasa a los veinte es que se van pidiendo cada vez menos abrazos, pero que duren más tiempo. Se escucha más música, pero de más artistas, porque con los veinte entran también unas ganas absurdas y desquiciantes de conocerlo todo. Duelen más las cicatrices del pasado, y se siente más las caricias del presente. El sexo se vuelve más conciente, y a veces también da voces de alarma y se reconsidera. Y todo sabe diferente. ¿Ya te dije antes que después de los veinte todo sabe diferente? Se cobra más conciencia de lo ajeno, y se vuelve uno más celoso de lo personal.
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Todo esto es paulatino, claro, y no es más que lo que mi experiencia me ha dejado. Quizá varíe de persona a persona, de profesión a profesión incluso. No amaneces los veinte o los veintiuno siendo conciente de tantas cosas. Es más: no te das cuenta hasta que no escribes una carta para un amigo que se inicia en los veinte. A dos años de distancia, todo cobra vida, todo es un ardid de diferencias comparativas.
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Ésta sería justo la parte de la carta en que se felicita y se dan consejos. Pero no hay consejos para ti en esta carta. Un consejo es un intento desesperado por hacer que una experiencia personal cobre brillo y sirva de algo más que ocupar espacio en la memoria, más que oxidar el inconciente. Y no, eso no está “in”. Por eso nada más te dejo la felicitación, aunada, eso sí, a un deseo: que las decisiones que tomes de los veinte a los veintiuno, por lo menos, sean, si no acertadas, sí por lo menos completamente tuyas. ¡Felices veinte, viejo!
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¡Salud!
[1] Tu concepto de lo interesante en una persona incluye a esta clase de amigos.

domingo, 4 de octubre de 2009

Historia mexicana y.

El imperio de los hermanos mayores es un mundo incierto en que bailan tango dos eternos y equidistantes enemigos: el amor a la sangre y las ganas tremendas de joderse al desvalido. Casos abundan en el mundo de hermanos mayores que han hecho sufrir, de generación en generación, y con ciencia y maestría que resultan sorprendentes, a los que nacieron después de ellos. Si alguien viniera y me contara que existe una logia que da tácticas e imparte asesoría técnica a los hermanos mayores sobre cómo sobrevivir a las dolencias propias de su condición. Imagino que, como en todo grupo similar, hay ritos de iniciación y leyes claras para la permanencia vital en el interior del selecto grupo. Imagino también que se sufre, porque todos hemos vivido hermanos mayores agotadores, pero nadie ha dicho jamás lo castrante que puede resultar en ocasiones ser el hermano mayor.
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Yo no lo digo por el mío. La verdad es que quienes me conocen saben que es mi ídolo, mi fortaleza en muchos malos ratos, mi abrazo y mi consuelo. A veces hemos tenido diferencias, y ha reinado el silencio entre ambos. Pero él sabe que lo apoyo hasta donde mi personalidad me lo permite, hasta donde mis propias ideas me permiten llegar.
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Por eso he tenido el gusto de elaborar una disculpa pública para él. Eso significa, quizá él no lo ha pensado bien, que muchos la leerán y se enterarán que estoy pidiendo disculpas porque la semana antepasada que dejó su pueblo con mar para venir de visita al pueblo con río sepultado, yo no me despedí y partí a ocupaciones amistosas sin decir un "que te vaya bonito". Por supuesto que recibí un mail condenatorio en cuanto llegué a mi casa por la noche, y aunque pedí disculpas en otro mail similar, de poco valieron porque hoy que su voz sonó del otro lado de la línea desconsolada, medio en broma medio en serio, propuse una entrada para pedir la disculpa, y él aceptó gustoso.
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¿Me disculpas?
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Imagino que ser un hermano mayor es cuestión de inteligencia y sentido común, casi supervivencia. Los padres se apoyan en ellos para todo, convirtiéndolos en una suerte de "secretarios de Estado" de la función paternalista. Los hermanos menores los vemos en ratos como represores, en ratos como auxilios inestimables. Ellos se ven a sí mismos como piedras angulares, y luego que todos crecen en casa quieren seguir teniendo santo y seña de cada uno de los miembros de la familia. Los padres se hacen a la idea de que no tenemos remedio, pero los hermanos mayores son una fuerza constante, sempiterna, que vela por intereses externos y, a veces y malamente, se olvida de los propios.
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Pero mi hermano es un punto aparte. Él tomó hace tiempo las riendas de su vida, y sin decir "se las arreglan solos", quitó su pie del estribo y descubrimos que así era mejor, que eso lo fortalecía, lo que nos volvía a nosotros más proclives a vivir, y por tanto a ser felices, mientras el héroe se transformaba en leyenda -imagino que debe estar leyendo esto y preguntándose cuándo voy a escribir una segunda disculpa por tanta elevación-. Hoy falla, cae, se revuelve y se levanta, y todos lo miramos igual de asombrados que si sólo volara. No hace falta que haga magia: sólo hace falta que sea él.
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¿Alguna vez les he dicho que admiro a mi hermano el mayor? Ya sé. Iré fraguando mi nueva disculpa.
. ¡Salud!

Pura madre.

Hoy no es 10 de mayo... pero en este país las madres taladran conciencias aunque no sea su día.
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Dice doña Mago, hasta estas fechas ostentosa del término de "madre" mía, que le miento, que no es cierto eso que yo digo de que Doña Lucha se parece a ella. Ustedes lo recordarán, nomás para que lo pongan como prueba para el juicio sumario: yo le digo doña Mago a doña Mago desde mucho tiempo antes de que Mara Escalante llegara a la televisión mexicana con Doña Lucha y sus suetercitos, su dedito inquisidor, su pelo entubado y su bolsita del mercado.
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Lo cierto es que, parecida o no a mi madre, la figura nacida del genial entendimiento de la cómica veracruzada cuya edad todos desconocen, pero que transpira juventud en cada poro, es un agasajo de comicidad.
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Van a decir que cómo soy gacho. De dos entradas plagadas de sentimientos encontrados, paso ahora a poner sobre la mesa el abucheable asunto de la situación actual de la televisión mexicana. Tendrán razón, toda la razón, y un poco más: la televisión mexicana, por lo menos en sus canales abiertos, apesta veintitres y media de las veintricuatro horas del día. Sus noticieros son remedos del periodismo objetivo y veraz, sus espectáculos bulgares, inservibles, sus novelas comerciales prolongados, y ni hablar de sus programas de concursos, que ya hasta la Gordillo los usa de pancarta electoral.
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Por eso da gusto encontrar en la televisión mexicana un personaje como el de Doña Lucha. Conste que no estoy elogiando la media hora semanal que Mara Escalante produce bajo el paródico -y espasmódico- título de "María de todos los Ángeles". Ese programa no es malo, pero sólo seis de cada diez chistoretes pueden ser considerados inteligentes, generar una risa nacida del placer de encontrarse frente a un remedo simple, pero contundente, de la tirana realidad. De esos seis, cinco están en boca de Doña Lucha invariablemente.
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Seguro la han visto alguna vez desfilar en la pantalla. Cómicos mexicanos de todas tonalidades y épocas, respetables los más, la han señalado como un vaso de agua en el desierto ardiente de la procacidad y el mal gusto que ha invadido tristemente a la comicidad mexicana. Es el caso de Sergio Corona, quien aseguró que hacía tiempo no veía en la televisión un personaje tan de buen gusto y trazo como el de Mara.
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En Youtube hay videos. El personaje no es, creo, exportable, ni universal. Cualquiera que conozca una madre mexicana identificará y podrá reír con sus ademanes, sus reacciones, sus ideas raras y hasta sus frases célebres, que incluyen aquella de "Los hijos son un eterno viacrucis, pero, ¿a qué vinimos las madres a este mundo si no es a sufrir por los hijos?" o la todavía más castrante "Una no aguanta catorce horas de parto sin anestesia, y luego cría hijos desde chiquitos para que venga cualqueir lagartona así como así y se los lleve".
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Van a decir que no todas las madres mexicanas son así. Doña Mago se siente agredida porque Doña Lucha es altanera, metiche, sobreprotectora y hasta inconciente. Entra tanto en la vida de sus hijos que termina pensando que le pertenecen. "Ay, no, yo no soy así, tan feo", dice, cuando la remedo y hago ver que algo de madre sobreprotectora mexicana tiene doña Mago también, aunque lo niege, o precisamente porque lo niega.
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Imagino por ejemplo a madres mexicanas que conozco y que rompen diametralmente el paradigma: la de El Sexsymbol, que le dice "cabrón" y le da zapes cuando corta con las novias; la de La Arandera, que acompaña a sus hijas al ginecólogo cuando empiezan su vida sexual; la de La Wendy, que se dice modelo de escultura mexicana; la de La Casicasi, que ya le dijo a mi amiguísima que casi nació sin cara -cosa que no es cierto... del todo-; la de La Traviata, que tortura a su hija con eso de que "Jorge era lampiño"; las de La Anaconda y La Jirafina, que todavía piden hablar con doña Mago cuando vamos a ir al cine; la de El Osvie, de reciente regreso a este Baile, que le grita "¡Osvaldo, ven a contestar ya, chingado!" y luego dice, con voz melódica "Ahorititita, viene, ¿eh?" al que ha buscado a El Osvie; la de La Wera, que no podría ver a su hijo casado con una mujer llamada "María"; la de El Meromerosaborranchero, que le cobra el pozole que come; la de La Paupau, que le delega la insondeable labor de educar a Betito, el hermano menor, con responsabilidad y culpa incluídas; la de... esperen... como que me voy dando cuenta que toda madre mexicana lleva una Doña Lucha por dentro.
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Sí, los hijos seremos un eterno viacrucis, pero las madres mexicanas son un sempiterno calvario. Por lo pronto no dejen de checar al personaje. En una de ésas identifican algo de lo tradicionalmente materno en sus propias progenitoras, y chance hasta se animan a quererlas un poquito más. ¿Apoco no es rechido tener quien nos haga el desayuno, nos planche, nos lave y nos atienda? Por eso los hijos mexicanos migramos de madre a esposa. ¡Dios proteja a las mujeres mexicanas de semejantes baquetones!
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¡Salud!
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PD: La Jime me acaba de avisar que tiene una tía que le armó un panchito porque agarró novio. Si les digo que abundan, con sus mandilitos y todo...

Ver la casa de frente arder.

Para ti, por la acuarela que conservaré hasta que exista para ella la combustión instantánea.
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Nadie está de a fuerzas en mi corazón. Quienes me conocen lo saben: lucho por lo que amo, pero soy conciente en todo momento de que no me pertenece. La Wendy y yo tuvimos a inicios de año un problema por eso de ser y tener. Yo la dejé ir, al darme cuenta que no tenía más que capricho, hasta de más, y luego tuve que pedirla de regreso, pero mientras trabajé intensamente en buscarle un lugar en mi vida, en educarme, moderarme, asincerarme,para no volver a herirla ni permitirle que lo hiciera. Y funcionó. Me hice responsable de mis decisiones fuertes y pedí disculpas. Pian pianito, me fui dando cuenta, como lo hago ahora, que fue una buena decisión, y que le debo a La Wendy otras muchas de las ya acumuladas por ser toda una dama. La Arandera, que tiene unos ojos que envidiaría la Venus del Milo -yo tengo unos ojos que no están en mis cuencas y que envidiarían ambas, pero que conste que no estoy retando a nadie- , es otro caso en que en mi vida se ha manifestado eso de "vive y deja vivir": hace nos meses, me avisó terminantemente que yo no era parte de su "inventario" personal. Chin. Se siente feo, regacho. Pero uno aprende con esa clase de frases una lección vital, y que nadie nos pone en los libros de Cívica y Ética: no perteneces a tus amigos, y ellos, a su vez, no son asunto de tu propiedad. La amistad está regida por leyes infrahumanas, y precisamente eso la hace deleitosa.
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Yo, hace unos meses también, le abrí la puerta de mi vida a alguien que me pareció sumamente especial. Le regalé unas horas, le di todas las cosas que el Baile posee y que me identifican, le di mi confianza y mi interés. A cambio recibí mucho, mucho más de lo que yo esperaba. Hasta una acuarela, que hasta la fecha, pienso, no me pertenece. Pero yo no podía dar mucho, en parte por falta de tiempo, en parte también por falta de gusto. Uno no elige a quién amar, y tampoco puede evitar que otros se enamoren.
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Hoy, me ha pedido quemar la acuarela que no me pertenece y tirar también la piedra de la suerte que puso en mis manos. Lo de la acuarela no lo pongo en duda: es una obra de arte que ha sido colocada en mi vida, pero no es mía, porque yo no la hice, porque yo no la regalé, porque yo no la tomé prestada siquiera. Pero no la quemaré. No porque no quiera, sino porque debe quedar muy claro que yo no someto a la rigurosa justicia del fuego asuntos de esa magnitud genialística. Lo de la piedra lo sigo pensando. Es mía, totalmente mía, porque quien me la dio no hizo más que encontrarla y regalarla. ¿Por qué habría de echarla a la basura, si me gusta tanto? ¿Sólo porque esa persona, o yo, quizá yo, no entendimos el punto al que íbamos, y en el error de comunicación reinó finalmente, tras cruenta batalla, el duro silencio? No lo sé. Meditaré sobre ello.
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Lo cierto es que no puedo detenerme mucho. Además ha cerrado el diálogo, de manera terminante, grosera incluso. Si me quedo a ver la chapa girar, me voy a perder el montón de cosas que están pasando a mi alrededor, que reclaman mi atención, toda esa magia y esa luz que morirían sin mis ojos. No puedo. No quiero, además. Nadie está a la fuerza en mi corazón. Entrar es difícil, salir no tanto, pero regresar es complicadísimo, imposible diría yo. Tendría que haber sido yo el de la culpa, el de la falla, y si no me explican en qué falle, ¿cómo sabré si es mi tarea meter la llave y quitar la cerradura? ¿Cómo sacar de mis entrañas una disculpa certera, precisa, confiable?
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Soy bueno, pero perfecto o cercano a la divinidad no. Este Baile, ya lo saben, no tiene temas tabú. Tampoco personas tabú. Todas las opiniones, los puntos de vista, las mentalidades y hasta las diferencias, son bienvenidas y tienen su lugar. Nadie está fuera, nadie merece la exclusión. Tú, también, con acuarela en cenizas o entera, eres bienvenido. Éste es tu espacio, porque hace mucho tiempo dejó de pertenecerme. Regresa cuando quieras. Sin encendedores, ni cerillos, porque aunque es tuyo, no es de tu propiedad -que es lo mismo, pero no es igual-. Mientras tanto, que tengas suertecita.
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¡Salud!

sábado, 3 de octubre de 2009

Tiene la tarde un árbol

"Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol".
Marthin Luther King.
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A que yo me disculpaba por llegar quince minutos tarde. A que me decías "no importa" y luego tus ojos se perdían en los míos. A que ponías esa cara que me dice "podría sobrevivir a diez minutos sin oxígeno, pero ese mismo tiempo apartado de tu lado me costaría la vida". A que tomabas mi mano y caminabas a mi lado. A que hacías alguna referencia chusca a tu altura y la mía. A que luego nos demostraría la tarde que lo que menos importa, en cuestiones del corazón, es la distancia que a dos separa.
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A que buscábamos un árbol. Uno grandioso, cargado de sombra para la luz que, como diría Bacilos, nace cuando nos miramos. A que nos sentábamos bajo sus hojas, mientras ríos de hormigas recorren su tronco y los carros pasaban por la avenida entre silvidos de humo y fulgores de radiador. A que me abrazabas, fuerte, con ese par de brazos que no saben darme otra cosa que apoyo. A que yo veía correr las nubes entre las ramas, recostado sobre tus piernas. A que el sol se nos fugaba entre hojas y brazos, entre piernas y besos. A que me besabas.
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A que la tarde se iba apagando. A que esperábamos nos sorprendiera la noche, sin frío, sin miedo, sin hambre, sin otra necesidad que la de nuestro calor. A que me besabas de nuevo, una y mil veces. A que preguntabas qué especie sería ese árbol, al tiempo que te señalabas como nuevo fanático de las coníferas. A que yo te decía que no tenía idea, pero que me gustaba su acompañamiento. A que lo proponías como "nuestro" árbol, haciendo ver que el árbol es el ser más magestuoso en cuanto a plantas se refiere, tan altanero, tan ególatra, pero también tan humilde, tan útil, tan servicial. Tan masculino. A que decía que sí, una y mil veces, sin dejar de abrazarte. A que me besabas de nuevo, una y mil veces de nuevo.
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A que tocábamos temas difíciles. A que me refugiaba en tu pecho mientras preguntabas qué pasó con papá. A que te contaba la historia. A que tu abrazo y tu cálido "está bien, todo está bien" en mi oído desataba mis lágrimas. A que lloraba a mares, mientras mi cuerpo perdía sentido y tus brazos lo sostenían. A que llegaba un punto en que no había otra fuerza que me mantuviera ajeno a la fuerza de gravedad que tus fuertes brazos rodeándolo. A que un segundo antes de llorar te había dicho que mi modo de reaccionar ante el dolor era la risa. A que las lágrimas corriendo en mis mejillas me traicionaban.
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A que lloraba de nuevo, una y mil veces, al caer en cuenta que mis brazos eran un par de trozos lánguidos de piel, mientras mi cuerpo se abandonaba al tuyo. A que descubría que eras mi árbol, mi refugio, mi sombra y mi consuelo. A que volvía a llorar mientras seguía contando la historia y secabas mis lágrimas para luego besar mis ojos. A que lloraba de nuevo mientras no permitías que pidiera una disculpa, que me apartara para recuperar la fortaleza. A que llegaba un punto en que ya no sabía si lloraba por mi padre y sus ausencias, las de toda la vida y las de últimas fechas, o por sentirme, más que acompañado, socorrido, auxiliado, amparado, resguardado. A que entre tus brazos sentía la brisa de octubre chocar contra mi cuerpo sin descomponerlo. A que volvía a llorar, mientras no dejabas de apretarme contra tu pecho, en un "aquí estoy yo, y nada nos va a faltar" que brincaba de tu corazón a mis oídos, de tus labios a los míos.
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A que reía, una y mil veces, mientras repetías, con el árbol como casa nuestra con techos llenos de vida, que te gusta todo de mí. A que reía especialmente cuando exclamabas, una y mil veces, como mi risa, como mi llanto, "me encantas, y me encanta todo lo que es tuyo. Tu pasado, tu presente, tus dolores, tus heridas y tus triunfos". A que volvía a reír cuando te decías orgulloso de ser mío, orgulloso de que fuera tuyo. A que reía al sentir la tierra entrando a paladas por mis zapatos. A que reía de nuevo al probar entre tus labios un par de granos de arena. A que reías conmigo, sin poder soltarme un segundo.
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A que tus ojos me lo decían todo, minuto a minuto. A que por tus ojos entendía que no necesitabas más que esas horas bajo, ¿un ciprés? ¿un roble? ¿un abedul? A que el abedul nos socorría mientras nos hacíamos abedules en los brazos, el cuello, la cara, la espalda. A que volvía a ver tus ojos mientras jurabas, una y mil veces, que no hay abedules como los míos. A que soñábamos un rato que podríamos estar así una y mil horas. A que nos creíamos el cuento de que la ciudad desaparecería de un segundo a otro, con sus calles, sus cuencas, sus arrabales y sus afueras, y sólo estaríamos tú y yo... y nuestra luz.
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A que todo era perfecto. A que mis miedos a dejar el suelo y volar por un "ratico" salían a flote y ensuciaban la conversación. A que todo lo limpiabas cuando asegurabas que "hasta eso", mis miedos, te encantan, "porque son tuyos... ¿cómo no me van a gustar?" A que confesabas tu propio miedo: la ausencia, mi ausencia. A que yo te prometía no irme nunca, no dejarte ir. A que me decías que no te irás. A que me la creía, a la sombra de un abedul.
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A que proponías que en lugar de Oxxos, tuviera Guadalajara parques. A que te decía que los Oxxos no me gustan, y que hacen falta parques. A que en lugar de parques nos prometíamos árboles. "Hacerlos nuestro refugio, nuestro lugar". A que me preguntabas al oído si sería tu novio, tu pareja, tu hombro con hombro, tu enamorado, tu Agustín. A que te decía sí, sí, sí, mil y una veces, sin pensarlo, a ciegas, a pan y cebolla. A que nos lanzábamos juntos al vacío. A que no nos esperaba un golpe al final de la caída. A que no te la creías, y lo gritaba tan fuerte como podía. A que me callabas con un beso, sin parar de reír. A que reíamos. A que lloraba de regreso a casa por tanto, tanto, tanto amor. A que me caía el veinte de que ya no estoy soltero mientras comíamos hamburguesas que no me dejaste pagar. A que extrañábamos el árbol entre cada papa frita. A que te confesaba que cada vez que te toco la cara, el pelo, los pies con mis pies bajo la mesa, te estoy dando un beso tronado, un beso imposible.
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A que el abedul nos socorría de mirones desde la calle. A que el abedul era nuestro, como nuestros son nuestros propios abedules. A que ya no hay cosas en el mundo que me importen tanto como tú. A que te sorprendías de escuchar algo así, abriendo ese par de ojos que todo lo dicen, que todo lo ven, que todo parecen cuestionarlo y que no se conforman con ninguna respuesta. A que descubríamos que somos imperfectos, que tenemos "nuestras cosas", nuestro "baggage", nuestro "garbage", y a que era lo malo, unido y sin limpiar, parte de lo bueno de estar enamorados. A que elogiaba tu practicidad, tu entrega, tu alegría y tu amor por la vida. A que me elogiabas. A que me chibiaba. A que tenía la tarde un árbol, y el árbol un par de amantes que no saben ya si son dos corazones latiendo al unísono, o un corazón que late en dos pechos distintos bajo un árbol que tiene la tarde.
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¡Salud!

viernes, 2 de octubre de 2009

Las guerras pírricas.

Pirro de Epiro fue un jefe militar griego que luchó contra romanos y cartagineses. Fue célebre por ganar sus batallas dejando atrás pérdidas cuantiosas y derrotas significativas. Se le da el adjetivo “pírrico” a aquello que se obtiene como triunfo tras perderlo todo.
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Cuando mi editor me dijo del otro lado de la línea que camarógrafos y fotógrafos no podrían estar conmigo en mi miércoles empresarial “por los cambios que hubo en Guadalajara, ¿sí supiste?”, lo primero que pasó por mi mente fue que alguien había matado a Alfonso Petersen Farah. Van a decir que soy un extremista, que temo lo peor, que no mido mis palabras, que para qué quiero matar a un pobre hombre que lo único que ha hecho es sufrir a Celia Fausto -¡arriba, Celia, ya mero acabas!- Y tendrán razón, pero uno no puede mentir sobre qué fue lo primero que pensó cuando le dicen algo.
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Pero no. Petersen Farah no murió. De hecho, lo que sucedió entre el Ayuntamiento de Guadalajara y el gobierno del Estado el miércoles pasado fue un recurso desesperado “entre cuates” para evitarle la muerte, pero política, al ahora alcalde tapatío con licencia. Emilio “La Monja” González Márquez, medio acabado tras cada aparición pública, decidió que ya era hora de pedirle amablemente a su secretario de Salud, Alfonso Gutiérrez Carranza, que escuchara –cosa que él no ha hecho- a la opinión pública, y, “por lo que más quieras”, dejara el cargo con honor y gallardía –imaginé a Gutiérrez Carranza disfrazado de Cid campeador y casi siento pena ajena-.
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Por supuesto que Gutiérrez Carranza aceptó, y entregó su renuncia. Emilio se la aceptó, no sin antes asegurar que aplaudía su labor al frente de la secretaría, su “importante labor” que permitió que los índices de dengue e influenza se dispararan a grados alarmantes en una época en la cual, en teoría, nadie debería estarse enfermando de nada que no fueran unas ganas tremendas de ir comiendo pan de muerto. Lo del aplauso fue precedido por un sonido de grillitos por parte de la opinión pública, que todavía se preguntaba, desde diciembre pasado al menos, cuándo alguien se daría cuenta que Gutiérrez Carranza no daba el ancho –en el sentido profesional, claro, porque en el anatómico lo rebasaba-.
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Entonces Emilio “La Monja” González Márquez miró hacia el palacio de la otra esquina y encontró un presidente municipal encerrado en una torre de marfil, lloroso por haber perdido un proyecto como el de las Villas Panamericanas en el parque Morelos, que le parecía deleitoso y formidable, digno de su realización política –“ya me ví, en el palacio de la otra otra esquina”, decía a su vez Petersen al ir al dormir, por lo menos hasta julio pasado-. Petersen olía a muerto, y González Márquez, que no tolera ver a sus amigos llorar, cruzó la calle y fue a proponerle la misma secretaría que catapultó a Poncho a la alcaldía durante el sexenio de Ramírez Acuña. Por supuesto que Poncho miró a su alrededor y vio que la única salida era la que el gobernador le ofrecía. Dijo “sí, papá, contigo pan y cebolla”, salió y cerró la puerta al salir. “Ahí se las arreglan. Yo tengo que ir a matar mosquitos”.
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Sobre el suceso hay multitud de voces, algunas encontradas. Nadie parece dudar que Petersen Farah hará un trabajo formidable al frente de Salud Jalisco, especialmente porque su paso por la misma dependencia durante el gobierno de (O)paco dejó saldos a favor para su carrera política –incluida, ya dije, la alcaldía misma de la capital del estado-. Pero también olvidan muchos que, aunque sólo faltaban tres meses para que oficialmente concluyera su mandato, la ausencia del “jefe” en la silla ha dejado a Guadalajara huérfana y sin cuidados. Ni siquiera el nombramiento de un interino -¿notan la similitud entre las palabras “interino” y “uterino”?-, ha podido mejorar el panorama: la capital del estado se queda sin Juegos Panamericanos día a día, poco a poco, gota a gota, al tiempo que la asaltan plagas antiguas –los camioneros-moscardones acechan… extreme precauciones- y nuevos conocidos –Vázque (A)Raña, Carlos Salinas, el dengue, la influenza, el PRI-. Guadalajara se queda sin jefe al mando, y tras el que se va a desinfectar superficies y disparar Baygones queda la estela de la derrota y la incertidumbre.
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Petersen Farah deja un centro histórico conmocionado tras muchas obras, una Villa fracasada –EL tema de su administración- y un PRI con regreso triunfante –también pírrico-. Si la mano que Emilio le ha tendido es un triunfo, es un triunfo pírrico: el del jefe militar que, victorioso, sólo ha ganado lo que tiene, un pequeño avance, un mínimo paso avante, dejando a su paso destrucción masiva y fracaso contundente. Petersen en Salud embiste sonriente al Aedes aegyptus, mosquito sangriento causante del dengue, pero su sonrisa no es la de la confianza, sino la del joven estudiante que, sin haber acabado la tarea, se entera con gusto que la clase se ha suspendido.
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¿Qué le queda hoy a Jalisco? Una promesa para el mejoramiento de sus condiciones salubres. ¿Qué le queda a Guadalajara? Una administración en decadencia, con el tiempo contado, y un retorno esperanzado en un partido conocido. Si el PRI no concreta Panamericanos, Petersen tendrá trabajo bien pagado tres años más por lo menos. Guadalajara perderá más de lo que económica y socialmente ya se le ha ido de las manos. El estado, quizá, erradique el dengue y controle la influenza. Quién sabe. Petersen-Pirro ya preparó los raidolitos. Agárrese quien pueda.
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¡Salud!
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PD: Llega a este Baile una sugerencia de la audiencia que descontrola nuestros afanes: ¿y si Celia Fausto tuviera anatomía de mosco? ¡Qué ideas! ¡qué acabose!

El otro dos de octubre.

Los jóvenes muertos el dos de octubre de 1968 no construyeron la Patria: le dieron a México la posibilidad de hacerlo. No son héroes nacionales: son facilitadores del pedestal.
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Tuvieron que pasar 41 años para que alguien viviera un dos de octubre distinto. Escribo estas líneas cuando está cercana la hora que oficializaría una conmemoración con toda la ley para los cientos de jóvenes –si no miles- que fueron acribillados en la Plaza de las Tres Culturas en un acto barbárico que significó el inicio del fin de un movimiento en esencia bondadoso y funcional, aunque grupos e ideas externas lo utilizaran como estandarte de sus propios principios y motor de sus propios objetivos, incluso hasta la fecha, cuando, de tan desdibujado, el 2 de octubre de 1968 es Atenco, Cuatrocientos Pueblos, Liga 22 de mayo y Opositora Ciudadana al Macrobús.
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Yo no sé si en 41 años México ha amanecido un dos de octubre con la absoluta confianza de que será un buen día. Como indagador del 68, un tema que, ya he dicho antes, me ha conmocionado desde que supe lo que pasó en Tlatelolco a las 6 de la tarde de aquel terrible día, me resultaba difícil pensar que es posible escuchar “dos de octubre” en México y no sentir pavor: por la democracia ganada a sudor y sangre y perdida en estupideces oligárquicas; por la utopía planteada, buscada hasta la muerte, y luego perdida de buró en buró, de legislatura en legislatura, de presupuesto en presupuesto; por la juventud dormida, en la cual tristemente me incluyo, y, lo que es todavía más lamentable, sin miras de despertar. El 68 es actual no porque hoy sea posible su repetición, sino porque su imposibilidad, en tiempos en que se necesita el movimiento, el cambio, el dinamismo y la renovación de las conciencias, es una bomba a la Patria, un atentado a la razón y una puerta cerrada a la certidumbre futura.
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Pero yo sí tuve hoy un 2 de octubre distinto. Entre sus brazos, tendido en un céntrico parque de esta capital jalisciense, descubrí que es posible, todavía hoy, desear morir en el amor. A los jóvenes del 68 los movía, además de su juventud, temeraria juventud raíz de males y progresos igualmente inusitados, la posibilidad soñada de un México distinto, de un bienestar inquebrantable, la equidad, la democracia, la libre expresión –de la que, más que en el 68, sí gozamos hoy día-. El amor a algo mejor. A nosotros nos mueve el amor, y la búsqueda de lo que El Meromerosaborranchero describía hace unos años como “la total gana de no estar en la mierda”. “No sabremos a dónde vamos, mi Agus, pero tenemos por seguro que no queremos andar en la mierda”. Nos mueve la posibilidad del descubrimiento constante, la empatía indistinta, la necesidad y el deseo. Nos mueve el amor.
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Los del 68 lo entendían bien qué era hacer un movimiento. Tú y yo tampoco, habrá que aceptarlo. Sabemos que estamos moviéndonos, casi vertiginosamente, mientras las cosas en nuestro interior se abren, se esponjan –leudan, dijimos-, experimentan sensaciones insospechadas. Sabemos qué sentimos, y sabemos que lo que queremos es sentirlo, pero a dónde nos llevará todo eso es un signo de interrogación perdido entre la niebla. Pero sabemos que queremos que siga, irrenunciablemente. Sabemos que estamos, y que nos necesitamos, y parece que eso nos basta. A los del 68 les bastaba sentir sus pies sobre el asfalto, sus voces consignando, sus manos rayando paredes, sus mentes ideando, sus ojos leyendo, sus brazos armando, sus intenciones construyendo. No sabían a dónde iban, no sabían hacer un movimiento, y cambiaron la historia nacional como sólo los ciegos pueden hacerlo: lanzándose al vacío, volando por un rato. Como tú, como yo.
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Yo sé que hoy me bastan tus brazos alrededor de mi torso, tus dedos enlazando mis dedos, tus ojos perdidos entre mis cejas, intentando adivinar qué pienso. Sé que hoy me bastan tus palabras, tus canciones, tus latidos cabalgando desde tu pecho hasta mi oreja. Sé que hoy me satisfacen tus besos, tus consejos, tu manía repetitiva de decir “te quiero” y “me encantas”, y también de preguntar “¿por qué?”. Sé que hoy me es suficiente tu amor por la vida, por la superación y por mí. Sé que hoy deseo estar contigo, muchos dos de octubre más. Sé que no sé nada, y eso no me importa, porque sé que estás conmigo.
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No sé si los del 68 sabían que el dos de octubre era un día más. Un día en que es posible enamorarse otro poco, morir también un tanto. Sé que dieron su vida sin desearlo, o al menos no en la forma en que esperaban darla. Sé que poseían ideales, y que sus ideales eran socialmente más benéficos que los que yo poseo en este dos de octubre, 41 años después. Sus ideales cambiaban al mundo: los míos cambian mi vida, dos vidas quizá. ¿Pero qué demonios? Uno no puede ir por la vida juzgando ideales. Se juzgan obras, resultados. Y no toleraría que alguien viniera hoy día y me dijera que lo que mis ideales producen, que lo que tus ideales han producido en mí y por mí, no vale lo mismo que los ideales que cambiaron a México en el 68. Yo sólo tolero amarte. Éste es mi dos de octubre. Es distinto, pero ante todo es mejor, es nuestro.
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¡Salud!