domingo, 20 de septiembre de 2009

Sueño de un domingo por el Centro.

Para El Choito, por el regalo de las calles del centro en domingo, solitas y bonitas.
Por un domingo sin el temor al lunes.
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¡Cómo soy fanático de conocer personas! Yo no me considero la mar de sociable, pero me doy cuenta que no tengo ningún problema para tratar con extraños cuando descubro extraños que me regalan la tarde, me otorgan su tiempo y luego dejan en mí cosas tan profundas, tan enriquecedoras, que dejo de considerarlos extraños y se convierten en amigos.
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En ese nivel, el internet juega un papel fundamental. Yo no hago amigos por internet, pero sí conozco extraños que luego se convierten en amigos. Y de los profundos, de los que se quedan un tiempo muy largo a mi lado, o uno muy corto pero regalando crecimiento, o de los que nunca se van. Es el caso de El Luigi, El Luis, El Gerber, El Vincent, El Puga y más recientemente El Choito, que me dio el primer domingo sin estrés prelunes de mucho tiempo.
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Todo comenzó porque ambos tenemos una vida tremendamente ajetreada. Llegar en la noche a hacer tarea y contar con su compañía a través del messenger, en el cual me platica de sus líos, sus incertidumbres, sus alegrías y sus decisiones, es un punto de aire fresco a la talacha diaria, a la tarea acumulada al final de las horas, a las labores pendientes y el trabajo en proceso. A las mismas personas, las mismas caras, las mismas horas. Nuestros meditados esfuerzos por concertar una cita en medio de nuestro día, habían fracasado irremediablemente, casi todos, he de decirlo, por mi total y absoluta culpa, mi incapacidad de decir "no" y desligarme, o la de mi trabajo, que me llena de cosas por hacer y me quita las horas diurnas en una totalidad sin escrúpulos, crudelísima.
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Así que ayer ambos nos pusimos firmes y abrimos un espacio en la agenda. La cita fue totalmente informal, pero nos permitió abundar sobre lo que ya nos conocíamos y poner sobre la mesa nuevas opiniones, nuevas certezas, también nuevas y profundas indecisiones. Nos dimos consejos, nos platicamos las intimidades -ésas que, de tan profundas, dejan de ser sexuales y convierten a quienes las comparten en poseedores de un don o entendimiento especial-, nos ofrecimos ayuda y también disfrutamos de una bebida, igual de informal.
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El Choito es sencillo como sólo puede serlo alguien que adora vivir. Yo tiendo a encariñarme de fans de la vida, así que El Choito se ha ganado mi cariño en voto unánime y de facto. Además tiene ojos muy grandes, a través de los cuales se puede ver el cielo entero. Esa capacidad física-anímica suya de ser un libro abierto, le da tanta certidumbre como persona que uno se siente seguro hasta de dejar la cartera en sus manos mientras se va de viaje. He mentido. Es más que un libro abierto: es un tratado sobre los libros abiertos del alma -aunque lee poco... ¡caray! algo malo habría de tener-.
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Da confianza, y eso, en tiempos como el presente, es algo que se añora en un amigo. Con él no hay esquinas desconocidas, ni vuelcos inesperados. Es la representación más fresca y evidente que he encontrado de la seguridad y la honra. Bien por él, que es de esa manera; bien por mí, que lo hallé sin meditarlo y tan pronto como le hice el inventario, le descubrí tantas bondades que le hice contratación inmediata.
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Pero no se me quejen. El Apapachoquealivia, que seguro a estas alturas ya se puso celoso y se habrá indignado de ver que yo doy tan rápido la confianza, "cuando yo tardé como diez años en poder entrar a tu casa, méndigo", imagino que me dirá mañana, y con él todos ustedes, MI gente, pueden estar seguros que si son mis amigos es porque han ganado, en mayor o menor medida, la total certidumbre de mis latidos. Eso no es fácil, porque yo soy difícil, pero lo han hecho. Y merecen también, como El Choito, su entrada -se las debo, pero los voy a ventanear tan gacho que van a desear no haberme conocido. No es amenaza... nomás advertencia-.
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¡Salud!

1 comentario:

escritores negros dijo...

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