sábado, 5 de septiembre de 2009

Por sus cejas lo sabrás.

Hay ciertos días en la vida de un tipo común en que difícilmente se reconoce al espejo. Del amanecer a las últimas horas de la tarde, mirarse en una superficie reflejante es enfrentarse a un enigma milenario: ése que se refleja sobre el espejo laminado, de cortas patillas y naríz pronunciada, ¿es uno o la proyección de alguien más?
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Cuando se vuelve difícil adivinarse, cuando a mí se me dificulta encontrarme en lo que veo, recurro al antiquísimo y fraudulento truco de la imagen que no genera en los demás, cosa seria y de cuidado, tendiente al fallo, pues nada es más falso sobre nosotros mismos, nada más ajeno a lo que somos, que lo que otros creen, piensan y, a veces, muy méndigos, dicen.
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Pero superado el miedo y el recelo, y a sabiendas del alto margen de riesgo que la actividad implica, es interesante darse cuenta de dónde estamos ante los ojos de otros, de cómo nuestro rostro, nuestros rasgos, se materializan ante los ojos y los procesos mentales de otros.
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Yo, por ejemplo, que no poseo un rasgo particular, disfruto de enumerar la cantidad de cosas que, dichas sobre mí, tienen como punto de atención lo que muchos consideran el aspecto más destacable de mi rostro: mi mirada. Y como a mí lo que me encanta es enlistar, enlistaré para ustedes a continuación unas cuentas ocurrencias ajenas que han causado en mí reacciones diversas, del rubor hasta el enojo.
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"Cuando me ves, se me figura que te caigo mal". Lo peor no es que me lo hayan dicho, sino que la autora de la frase era una profesora de física en la secundaria, cuya clase me encantaba, así que me vi en la oprobiosa necesidad de no participar en ella y sentarme hasta atrás, en una edad en la que yo creía que caerle bien a la gente, y en especial a los maestros, era cosa clave para el éxito en la vida. Nada más grave que eso: ocultar mi mirada por ser causante de la molestia de otros, ignorando el hecho de que todo aquello que resulta espeluznante, puede ser material de amor exótico.
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"¿Te da mucho el sol o algo así?" No recuerdo de quién salió, pero cada vez que estoy pensando en algo serio y me invade el entrecejo, sobre todo cuando estoy a la sombra, recuerdo la frase y me dan ñáñaras. Imagino lo que debe estar transmitiendo ese gesto severo que se cuelta entre mis ojos cada vez que me sumerjo en mis ideas y arreglo el mundo en mi cabeza -veinticinco horas al día-.
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"¿Tas 'nojao?" La persona, cuyo nombre no revelaré porque es eminentemente dañino para la reputación de alguien -un adulto, por lo menos- que todo mundo se entere que salen de su boca frases de esta naturaleza infantil y desagradable, quería decir "¿estás enojado?" y como le pareció que la pregunta tenía respuesta exageradamente obvia, la planteó como si la hiciera a un niño pequeño. Pero yo ni estaba enojado, ni era un niño pequeño, así que me limité a reír, y como cuando río soy doblemente maligno y evidente, ya no supe si a la preguntona le quedó claro el punto o le tendría hoy, a tantos años de distancia, que repetir la pregunta.
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"Me resulta tan sexy tu alto poder de concentración". Juzgar mi capacidad de estar en un solo asunto y resolverlo, o mi inteligencia, con sólo la posición profunda, destemplada, casi natural de mi mirada, resulta demasiado arriesgado. Quienes me conocen no me dejarán mentir: concentrándome soy todavía peor que jugando fútbol. Las ideas no me pertenecen, y cuando me las apropio terminan por salirme mal. Pero de que soy sexy, hay rotundas pruebas, no necesariamente vinculadas con mi mirada. La sensualidad, después de todo, es un efecto del carácter y la autoimagen, no de la mirada.
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"Me acabas de atravesar". No sé quién fue el genio que inventó aquella idea de que hay miradas que traspasan. La mía es así. Eso es cierto. No mata, pero hiere a profundad, si se lo propone, y las más de las veces, revisa los interiores encontrando interesantes resultados. Porque soy un observador, nato, y en eso ni yo me dejo mentir. Observar requiere, por ende, atravesar con la mirada, penetrar los asuntos y apropiarlos. Hasta este punto, adivinarán, me siento más que orgulloso de lo que cargo con mis ojos.
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"Ya, en serio, ¿eres algo de la Doña?" Me gustaría, pero no. Ni pariente remoto. Yo nací en Culiacán, Sinaloa, y ella en Álamos, Sonora, a tantos kilómetros de distancia que ni con la mirada podría recorrerlos. Tengo la ceja, quizá, y la expresión inquisidora cuando miro preguntándome -veinticinco horas del día-. Pero nada más. Ah, claro, y la propensión tremenda a disgustarme cuando las cosas no salen como las planeé. Pero nada más. Bueno, y el mal gusto para cantar en francés.
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Viéndolo bien, es fácil hoy día reconocerme en el espejo. Tengo unos ojos ardientes. No por el color, que no rebasa a la medianía, sino porque mi mirada dice, con alguna vez me lo dijo La Traviata, que estoy pensando, más no qué estoy pensando. Peligrosa. Mi mirada es peligrosa. Ahora déjate mirar.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Esa última frase sí que es sensual. Para miradas, ninguna como la LiusVi de Aguinaga, de ladito y con la ceja muy, muy alzada.

Victor dijo...

Mírame, pero no me dejes!!!!!, jajajaja, a no, la frasecilla trillada es diferente, pero el punto se entiende, jajaja.
Te falto agregar que tu mirada también es tan poderosa, que a todo eso que te han dicho, tiene la capacidad suficiente para decir “chinga a tu madre” y seguir por el camino sin que eso afecte o sea tan importante como para plasmarlo en este baile.

Saludos.