viernes, 25 de septiembre de 2009

Meditación sobre la novela.

A la novela, por ser la puta más leída. .
¿Cómo se empieza una novela? Hay un tropel, diría yo, utilizando una palabra que además forma parte de mi glosario de términos favoritos. Un tropel de ideas, imágenes, pensamientos, frases melódicas y hasta personajes curiosos, que se agolpan -otra palabra favorita- en la puerta de emergencia de la creación humana y amenazan con salir a borbotones -una más-.
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Entonces llega un punto en que uno no puede contenerse, y comienza a perfilar un argumento. Si se tiene un argumento, se está frito, porque todos los personajes, los momentos, las frases y los diálogos que se planteó antes, comenzarán a ocupar lugares en el argumento sin ton ni son, como espectadores ansiosos que llenan un teatro con entradas generales apenas se abren las puertas del foro.
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Entonces uno tiene que hacer gala de muchos esfuerzos para reacomodar, con lujo de publirelacionista u organizador de eventos, hostess, a la niña que carga un globo azul aquí, la mujer de sombrero tornasol allá, y el hombre de saco y corbata un poco más acá, de modo que esta idea fluya, este edificio luzca, este concepto llegue al lector en bandeja de plata. Porque aunque la novela no es un artículo de información, sino de creación, está terminada en lo que el lector encuentre en ella. Una novela sin lector es un rotundo fracaso, con el silencio desolador que un libro cerrado incluye.
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Y para que el argumento cobre vida, las palabras, articuladas como sólo ellas saben hacerlo, con esa capacidad tan suya de fungir como eslabones-sostenes de las ideas, se van posicionando sobre el papel o la pantalla en blanco, creando un texto. El texto no es ni por mucho el principio de la novela. La novela nace de la idea, de la inspiración agolpada en un torrente confuso en que todo parece servir, y al mismo tiempo nada es un órgano, nada crea un sistema. La maestría del novelista no está en generar grandes ideas, sino en saber estructurarlas para dar lugar a la cohesión y coherencia que sólo la novela posee como obra maestra de la literatura.
. ¡Qué alzado me vi! La novela no es la única creación literaria con madera para ser obra maestra. Cuentos, ensayos y dramas hay por millares en el mundo que son obras maestras, tan bien o mejor logradas que las novelas más veces revisadas por la crítica. Pero mantener organizada una novela en el nivel de la escritura es, por la longitud que implica, por la totalidad con que el personaje debe perfilarse, por el acabamiento de ambientes y tratamiento de temas, notablemente más complicado, lo que explica en gran parte que todavía hoy, a siglos de su creación, la novela sea el género literario más editado, más vendido y -lo que es más importante- más leído y comentado.
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Hacer novelas requiere dejarlo todo de lado. Es, en ese sentido, decía Isabel Allende, como enamorarse. No hay quien escriba buenas novelas sin estar enamorado de ellas. La escritura es un proceso que exige concentración, pero también desaparecer. Volverse otro. Un narrador, un personaje, una escena. El buen escritor no contempla: participa. Aunque luego otorgue a su obra un narrador en primera, segunda, tercera persona, o coloque en el centro a un personaje de sexo distinto al suyo, en un lugar que no conoce -de cuyo nombre no quiere acordarse-: decidir por todo eso, sobre las muchas opciones posibles, implica participar de su novela. Miente el buen escritor que dice que escribe por impulsos, como poseso por una energía extraña, un íncubo maníaco. Escribir exige concentración, ya dije, y abandonamiento. Arrobamiento. Exige ser la novela.
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La novela es la más grande de las obras literarias posibles, no por su extensión, sino por sus posibilidades. No cree merecerle ningún respeto a la historia, los cánones ni los comentarios recelosos de la crítica. Es señora y dueña del universo narrativo, y su extensión le da tantas capacidades, que termina convirtiéndose en una mujer orgullosa de cabellos arrebolados. Es una liberal, una libertina, una abandonada al peligroso extravío de ser sí misma. Es una puta de piernas insaciables, una princesa de torre inapelable, una criminal de rostro desconocido.
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Yo hace mucho tiempo que no hago novelas. Las que hice alguna vez fueron muy malas. Quizá sería ya el momento de dejar que mi propio tropel de personajes, escenas y diálogos tomaran forma sobre el papel. Quizá no. Ésa es la magia de la novela: su gestación es un misterio, su nacimiento una pasión y su crecimiento un arte. Su muerte, un imposible.
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¡Salud!

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