viernes, 11 de septiembre de 2009

Liberar.

Para Karen Anahí,
por ser la primera cosa buena
que arroja el inmortal Círculo del Vicio.
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"Te ves más delgado", me dijo el señor de la tienda, al que todos llaman don Charly, o don Carlos, pero cuyo nombre real a estas alturas ignoro -?- "Pues hace unos meses bajé de peso por ciertas tensiones, pero..." "No", me interrumpió, "te veo más delgado de cuando viniste en la mañana por el pan y los Alka Seltzer".
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Buen observador don Carlos -en serio, me carcome la duda, ¿cómo se llamará?- No es que yo estuviera toda la mañana purgándome, consumiendo Slim Fast o me hubiera bañado con Siluet 40. El aparente bajón va mucho, mucho más allá de la desaparición de cierta sustancia física, química, almacenada. Se trata de un proceso que comencé esta semana, primero haciéndome a la idea de que era necesario, y luego venciendo el miedo al autoenfrentamiento, la autoconsideración, la automedición y la autoevaluación. Un proceso que finalizó el día de ayer cuando, tomando el toro por los cuernos, y con buena -a mi gusto- música de fondo, hice un autoinventario.
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No sé si La Nancy me lo recomendaría. Tengo meses sin pisar su consultorio, no a falta de ganas, sino a falta de tiempo y economía, porque además yo no estaría dispuesto a aceptar un descuento a algo que, por 200 pesos, me sabe demasiado. Lo haré en los próximos meses, antes de que acabe el año, me lo tengo prometido. Y como no sé si ella lo dejaría de tarea, me arriesgo terminantemente a que lo repruebe y hoy mismo me hable para regañarme, junto con El Vic, que ya es su secuaz -es un decir- y su recadero -otro decir-, pero en una conspiración agradable, a mi favor.
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Pero estoy tomando el riesgo. Hice un autoinventario y salí bien librado. Un autoinventario no comienza por sentarse y escribir, sino por hacer un encuentro con uno mismo. Es como arrellanarse -hermoso verbo- en una tarde de café a sostener una charla larga y tendida -otra hermosa palabra- con alguien a quien conocemos a destajo, pero que a veces ignoramos en bien de tretas externas, dolores ajenos y maldecires.
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Y luego de la plática, que arroja lo que somos y cómo estamos, viene un recuento pormenorizado, por escrito para que quede más claro, de qué tenemos, qué nos hace falta y qué, en definitiva, es necesario dejar ir. Yo dividí mi lista en aspectos como el familiar, laboral, profesional, amistoso y sentimental, porque en cierta forma son a los que más cerebro dedico, y los ejes sobre los cuales gira mi escala de valores. Sin amistad y sin familia, que son cosas similares, para mí no habría principios.
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Cuando acabé, no pude evitar levantar una sonrisa. Fue agradable descubrir que las cosas no son tan difíciles cuando las pones claras, paso por paso, punto por punto. Descubrí que en muchos aspectos me había estado haciendo el tonto, y en otros estaba actuando de más, lo que se llevaba mis fuerzas por delante. Entonces, el resultado máximo, irrenunciable: una lista de personas por dejar ir.
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Hacía falta, muchísima falta. Mentalmente se amarran, se hacen ideas, y luego es difícil abandonar porque uno cree que las cosas, como se tiene su recuerdo, le pertenecen. Nada más falso: nada es nuestro, ni el viento que respiramos, ni la comida que comemos, ni el carro que compramos, aunque el capitalismo nos diga lo contrario. Las cosas, en especial las sentimentales, están en constante cambio, imparable, involuntario. Atarlas es hacerse ilusiones, sueños de papel, castillos en el aire. Todo pasa.
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La lista arrojó interesantes nombres que luego quemé. Cerré el ciclo, pensé, y luego fui a la tienda y don Carlos me dijo lo que les dije. "Entonces será porque liberé de cuervos la parcela", contesté, y nomás se rió, porque por alguna razón tiende a pensar que todo lo que digo, hasta "Su jamón está bien malo", es motivo de júbilo y jocosidad.
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El punto final vino cuando una persona reciente, cuyo apodo ni siquiera mencionaré, se negó a decirme lo que sentía, y me dio la oportunidad para decirle yo lo que sentía hacia ella, su situación, su vida, sus decisiones. Para mí fue trascendental, no por la respuesta que obtuve, revisable hasta hoy por la mañana en mi correo, patente en el comentario en la entrada anterior de este Baile, sino porque me permitió tres cosas: ser totalmente egoísta sin sufrirlo, decirle todo lo que me había guardado como un cáncer -incluido el hecho, para mí, juez y parte, irrefutable, de que "soy un paquetazo"- y cerrar el ciclo. Lamento muchas de las cosas que ella asegura en su escrito, pero para ser sincero no me quitan el sueño. Poseo la confianza de que en el futuro habrá para ella mejores opciones, y que decidirá con el cerebro y el corazón en sintonía. Si no sucede así, lo lamentaré, pero tampoco me quitará el sueño. A esto le llamo liberar. Es septiembre, y para gritar el 15 con todas las de la ley, hacía falta liberar.
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¡Salud!

1 comentario:

Vizcaino dijo...

Cuando deberías poner mi súper apodo, decides poner mi apodo de relacionista público, por hoy no diré que “puras fallas” diré, un falla, por k el bajar de peso fue una Asertividad, y mi apodo fue la falla.

Felicidades por la disminución de peso, ya que esa papada al no sonreír o esas patas de gallo al sonreír, pues digamos que no dejan muchas cosas buenas, pero se entiende, a tus años, hay que cuidarse hasta de las riumas, jajajajajaajajajaja.
Besossssssss, aila bimbo dijo wonder y se la pechisqui wonder quien no quiera mis besos, bye.