sábado, 5 de septiembre de 2009

A la patria por las letras.

Parados en una remota esquina esperando el camión, le hice notar a un muy querido amigo mío que me hizo notar a su vez que estaban ya proliferando los vendedores de banderitas, chiles jalapeños de peluche y sombreros: "Los mexicanos somos mexicanos una mes al año". "No es cierto", me contestó, herido en lo profundo. "Somos mexicanos un mes al año... más los puentes".
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Ambos datos, tómese por verdadero el que se desee, son igual de oprobiosos, ridículos. No porque haya que sentirse orgulloso de ser mexicano por el mero asunto de serlo: la Patria es un pedazo de tierra y un conjunto de costumbres que estamos en la total, absoluta, rotunda libertad de adoptar, o dejar. Como la nacionalidad. El punto es que las más de las veces no somos nosotros quienes adoptamos la Patria, sino ella la que nos convence.
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Por esa razón, propongo literatura. "Ya empezó este caón (andamos patrios, recuerden) a llevar agua a su molino", pensará el lector asiduo, y tendrá toda la razón posible. Llevo agua a mi molino no porque sea un estudiante de letras, sino porque soy un convencido con la vivencia del poder que posee la literatura para sacar adelante las cosas. Por su profunda identificación con lo humano, por la suavidad de su arte, o de su esencia como arte, por su practicidad, pero ante todo por su universalidad, encontrar Patria en los libros es no sólo recurrible, sino hasta fundamental.
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Empezando el mes patrio, y ante la opinión de mi querido amigo, que también me sugirió esto que haré a continuación porque también, como tú, y tú, y tú, lee El Baile con regularidad, y además porque, como ya dije en la entrada anterior, a mí lo que me gusta es enlistar, haré a continuación una enumeración de los tres libros patrios cuya lectura no pueden dejar pasar en este mes de la Patria, si es que han adoptado a México como mexicanos, o están convenciéndose de hacerlo. No tomen decisiones sin información, repiten los padres, con cierta razón. Encuentren información en la literatura, agregaría yo: nos ha mentido el poeta que dice que lo que escribe es ficción. Nada más absurdo: el hombre más verdadero, se esconde detrás de un personaje.
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La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán. Conocedor por experiencia propia de los hilos tras el poder y su manejo, Martín Luis Guzmán creó, tras la muerte del caudillo, Álvaro Obregón, una de las más veraces novelas sobre el proceso de generación de las instituciones postrevolucionarias, pero también sobre la realidad de los políticos mexicanos, sus modus operandi, sus pensamientos, sus intenciones y sus exageraciones. Ésta es quizá la novela peor juzgada de la historia de la literatura mexicana del siglo XX: tachada de "novela de la revolución", La sombra del caudillo está lejos de ser eso, una novela sobre la revolución. Es una novela sobre la política, y las prácticas anquilosadas, erróneas, dañinas, como se ejerce -aún- el poder en México. Más que carro, Blackberry y asesora nueva, a los diputados de la recién formada LXI Legislatura deberían regalarles ejemplares de esta bien narrada historia de Luis Guzmán. Después de todo, al que le quede el saco podrá pasarle al bolita a su oponente.
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Los relámpagos de agosto (1964), de Jorge Ibargüengoitia. El autor con la vida más dramática que dio origen a los textos mexicanos más cómicos, trajo al mundo una obra que no es crítica, sino burlona, no paródica, sino verosímil. Un recorrido por unos cuantos días en la vida de un grupo de revolucionarios retirados que planean llegar a la presidencia -¿dónde se ha visto eso? me suena... me suena...-, y que harán de todo -pero en serio, de todo- para conseguirlo. Como película de los hermanos Cohen, pero con más botas y más chistes buenos. Un agasajo, como todo lo que trae como firma al guanajuatense, fallecido en un accidente de aviación.
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Casi el paraíso (1956), de Luis Spota. No es un retrato sobre un fraudulento príncipe italiano, sino cómo los mexicanos seguimos siendo comprados con espejitos con una facilidad que envidiarían otros pueblos del mundo. Yo todavía creo que si vinieran de visita Felipe y Leticia, más de alguno tendería su abrigo Chanel para que la princesa no pisara charcos en la calle. Más aún: estoy convencido de que nuestro amor por los Ipods, los Converse y las laptops Dell, tienen en lo profundo una relación con nuestra incapacidad para negociar, decir "no" y confiárselo a quien más confianza tenemos. Spota no creó un retrato de cómo el mexicano ama el lujo, el confort y la imagen, sino de qué tan terrible es que, reconociéndonos como malinchistas, aspiracionales y bobos, nos enorgullecemos de leer Quién y saber dónde demonios se casó la hija de olvidatúquémillonario. Como diría Condorito: "Plop!"
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Les dejo las tres. Consíganlas, porque poseen la ventaja que sólo ofrecen los clásicos, de estar en mil ediciones distintas, de mil precios variados. Tómenlas y léanlas antes del 15 de septiembre. Cuando den el grito, si ni Martín Luis Guzmán, Ibargüengoitia y Spota los convencieron de que ser mexicanos es una amargura deliciosa -?-, griten con ganas. Quizá, en una de ésas, por fin entiendan qué somos. En hora buena si así sucede.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Y la lista no termina con una serie de poemas, escritos desde el siglo XIX y por lo menos, hasta el XX, que yo conozca.Desde Ramón López Velarde, hasta José Emilio Pacheco.

Vizcaino dijo...

Tomando dato.