martes, 8 de septiembre de 2009

Irse a la China en un cohete.

"Este corazón ya vino y fue de vuelta,
el que se hace el vivo sale por la puerta,
ya no me dediques serenatas de balcón.
Yo no pasaría una noche contigo,
que te quede claro si no has entendido
le cambié la letra a tu canción".
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No conozco hombre cuerdo que pueda decir sin sentir culpa o pena, que gusta de la música de Paulina Rubio. Incluso yo mismo he sometido a juicio excesivo a personas, varones sobre todo, que me han asegurado les gusta alguna de las canciones que la delgada rubia -dizque- entona -otro dizque-. Por eso, admitir ahora lo que estoy a punto de admitir, es someterse no sólo al riguroso juicio de la memoria, que suele cargar la mano con eso de los karmas, sino también ponerse de pechito para próximas declaraciones dolorosas: me gusta una canción de Paulina Rubio.
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En mi defensa, que seguramente caerá en saco roto porque ni yo me la creo, he de decir que la culpa la tiene El Gerber, que últimamente anda feliz, lo que lo hace doblemente peligroso -pero también doblemente amable-. Como me ha buscado estos dos días incesantemente -lo cual agradezco, porque parte para bien mi día de trabajo-, hoy fuimos a comer y mientras charlábamos, se cruzó por mis oídos la música de "Ni rosas ni juguetes", el último intento de la Rubio por hacer algo vendible con su voz -un dizque más-. Concluyo entonces que, si alguien tiene la culpa de que a mí me guste ahora una rola de la "Chica dorada", es El Gerber, por exponerme directamente a ella.
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Lo cierto es que lo que menos hace maravillosa a la canción es la voz de la Rubio. Ahí no hay ni cómo ayudarle: la cocaína y el resto del licuado estimulante que la esquelética se toma, han mermado significativamente su calidad en el escenario y frente al micrófono. Antes, uno creía oír a una mujer repuesta, bien dispuesta; hoy, a duras penas nos está cantando un fantasma.
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Lo que hace "Ni rosas ni juguetes" apetitosa a mis oídos, que, aclaro, han sido seducidos por la "rola" en una cuestión meramente espontánea, sin razón ni raciocinio, sin temor de Dios ni amor a la realidad, lo que hace a "Ni rosas ni juguetes" una canción que yo pediría en el radio, que bailaría en la disco, es únicamente su tono dulzón, pero también su letra, que dice todo lo que yo alguna vez he querido expresar, entre copa y copa, y también más sobrio que Mickey Mouse, con todo y lo arrabalero.
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Por supuesto que no es una canción inteligente, ni que hable de la problemática de las pasiones humanas o experimente en torno a la situación de las clases sociales, la injusticia social, la paz y la guerra. Nada más lejano a eso: es una canción simple sobre un(a) tip@ que le canta a su ex que ya se deje de andar inventándose cosas para reivindicarse, porque en ese huerto se acabaron las papayas, porque en esa playa se murieron las estrellas, porque en ese cielo se precipitaron las nubes. Porque en esa feria se acabó el negocio.
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¡Marvelous!, diría el mayor de mis hermanos, que a esta alturas del día seguramente está poniendo sus pies en remojo en el Pacífico. Y sí: maravillosa una canción que, con todas las de la ley del cabaret y el bajo mundo, del rompe y razga y el más fino estilo de Paquita la del Barrio, dice con todas sus letras "Tú, a mí, ya no me interesas".
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Yo la aplaudo, no por su sapiencia o su finura, mucho menos por su intérprete: la aplaudo porque me cae bien por desenvuelta, fresca y directa, y también, ¿por qué no?, por poética y lanzada. Así sería mejor el mundo si se hicieran las cosas: poéticas y lanzadas. Escúchenla y espero con ansias sus mentadas y consideraciones. Y luego, que venga la siguiente ronda, porque yo la pago en el despecho y la financio en el desdén. ¡Ámonos!
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¡Salud!

1 comentario:

Vizcaino dijo...

Órale, que tal!!!!!!!!!!, sabes mi estimado que no me gusta psicoanalizarte, pero detrás de esta entrada hay algo, y no pienso averiguarlo.

Saludos.