miércoles, 16 de septiembre de 2009

Gritar.

Hay muchas clases de gritos, reflexionaba ayer mientras veía a la cuñada de El Vicent, que no hizo el favor de invitarnos a su fiesta familiar del Grito de Independencia, pero a la cual caímos El Gerber y yo como por arte de magia -no me culpen: yo sólo quería no estar en casa-, mientras veía a la cuñada de El Vicent, decía, gritar vivas etílicos a México, Hidalgo, Juárez, Maximiliano y El Santo. Ése fue un grito de diversión: sacar la voz a niveles altísimos para provocar la risa, propia y ajena, para liberar presión.
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Pero hay otros muchos tipos de gritos. Recuerdo aquella frase de doña Mago, que todavía funge como mi madre en la presente administración -cuando vengan los recortes el próximo año, veremos dónde la reubicamos-: "El rostro de esa niña es un grito". La usa indistintamente, pero siempre para referirse a una persona cuyo dolor se evidencia en su faz, cargando sus rasgos, que se fruncen en un ademán como de resguardo. Es un grito silencioso, un grito del que sufre calladamente y que, por alguna razón, no ve la suya ni en la tranquilidad de sus gestos.
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También está el grito de vida, el que lanza la madre al parir y el que inicia nuestros días, porque la vida inicia en un grito, y acaba con otro, el de la muerte, cuando es dolorosa para el que muere, y cuando es un suplicio para los vivos que el muerto deja. Y la vida transcurre en otro grito, un grito en medio de dos profundos silencios, llamaba Novalis al vivir. El grito de la vida es el grito de la charla, la llamada, el vocativo, el regaño y la contemplación, porque el que contempla también grita: grita reflexión, dedicación, atención y concentración.
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También está el grito del pueblo, que se manifiesta en las pancartas, las manifestaciones, los oficios y las consignas, y el grito del gobernante, que a veces es un grito sordo, represivo otras más. Está el grito de la que vende fruta en el mercado -"Gritas como verdulera", le dice la madre a la hija cuando ésta sobrepasa en el tono y forma de su voz las más elementales normas de urbanidad-. El grito de la viuda, del padre que regaña, del profesor que se enfrenta a un grupo revoltoso, a un examen reprobado por la totalidad de la lista. El grito del soldado que suelta órdenes marciales. El grito del niño que es golpeado por su hermana mayor, el de la cocinera que se quema y suelta la cazuela y el de la ovación incontenible hacia el delantero que ha metido el gol.
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El grito de la multitud en los conciertos, o del simple fanático que ha recibido el autógrafo deseado de manos de su ídolo. El grito de júbilo el que triunfa; el de enojo el que pierde. El grito del corredor que cruza la meta y no puede contener su emoción. El grito del que ha terminado su día de trabajo y contempla la casa como el seguro descanso. El grito de dos enamorados que se encuentran en el angar de un aeropuerto tras largos meses de separación. El grito de dos niños pequeños que descubren extasiados las propiedades refrescantes y lúdicas del agua de los charcos.
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Hay gritos dolor, gritos alegría, gritos luz y gritos oscuridad. Hay gritos que cayan, gritos que dicen más de lo que gritan, gritos húmedos, gritos fuertes, gritos débiles, gritos de placer, gritos placenteros, como el que de vez en cuando es bueno soltar cuando la presión acumulada supera nuestras posibilidades de entender la realidad, de hacer algo por acicalarla. Gritos famosos, como el de "¡Eureka!" y el de "¡Mamá, prende la grabadora que está saliendo el Tri!". Gritos prohibidos. Gritos prohibitivos. Gritos de sueño, gritos de vigila. Gritos por gritar.
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Obviamente todo esto no lo concluí mientras, influenciada por Estrellitas y Coronitas, la cuñada de El Vicent -que se vio bien ojete al no invitarnos, hago la observación-, pedía vivas para Tesistán, El Pollo Pepe y para sí misma. Esto lo concluí más bien cuando amanecí con una resaca más causada por la desvelada que por el alcohol. Porque también hay gritos etílicos. Ésos, y los que uno da porque ya no soporta el suelo sobre el que está parado, son los más sabrosos. ¿Quieren un consejo? De todos modos se los doy: griten. Es más sano que golpear a alguien, y además no arruga.
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¡Salud!

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