viernes, 25 de septiembre de 2009

Cuando los perros se encuentran.

Para La Prisciliana, por las que le debo y no alcanzaré a pagarle. .
"¿Qué nos convierte en amigos?", me preguntó en una carta, hace ya muchos años, La Nancy, cuando todavía no cometía el atrevimiento de ser mi terapeuta, y yo no me aventaba a la salvaje y deleitosa aventura de ser su terapiado. "¿Qué hace a dos deconocidos romper la barrera de la mutua indiferencia y considerarse seres con cosas en común? ¿Qué nos vuelve amables, qué nos convierte en seres amados?" Ni La Nancy halló respuesta a sus propias cuestiones hace muchos meses, ni yo la he encontrado a ciencia cierta tiempo después, cuando ya muchas personas han pasado por mi vida, algunas de ellas alcanzando la etiqueta de "amistad".
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Si yo les contara cómo conocí a La Prisciliana, pensarían que hacer amigos así es tan imposible como extraño. Pero sí: quizá fue la edad, en la que a ambos nos parecía muy sencillo empatizar con personas muy distintas, o la cercanía domiciliaria, ubicándose su casa sólo a cuatro cuadras de la mía. Quizá fue el ocio, que a los 12 años, esa edad en la cual uno se halla a medio paso entre el dulce rincón de la niñez y el absoluto vacío que es la adolescencia, cuando resulta extremandamente fácil enamorarse, enojarse y conquistar el mundo. Quizá fueron muchas cosas, sumadas unas a otras, las que hicieron que ella, con su poca estatura, su eterna sonrisa y su dudosa facilidad para verle el lado bueno a las cosas, a todas -sí, en serio, a todas-, se hiciera amiga de alguien como yo.
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La culpa la tuvieron los perros. Honey, una french-poodle de menos de un año, llegó a olfatearle el trasero a Nez, un teckel de la misma edad que todavía, a nueve años de distancia, ostenta todavía el título de mascota de mi familia. El Nez, que es pudoroso y recatado, como todo perro de ascendencia alemana decimonónica, de inmediato se asustó y le pidió amablemente a la perra de La Prisciliana -qué feo se oyó eso- que retirara su miembro olfativo de su trasero.
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Cuando yo volteé, una pequeña niña de metro sesenta -o menos-, con aires de adolescente, peinada con una cola de caballo y mucho gel, corría hacia mí gritando no sé qué extraños vocablos en no sé cuál dialecto salvaje. Intenté protegerme, pero cuando menos lo pensé ya estábamos caminando juntos, los cuatro, y por lo menos dos de ellos nos convertiríamos en hermanos.
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Cuando la anorexia nos quitó el sueño a mí y a mi familia, una de las bocas voces que se oyeron desde el otro lado de la línea telefónica para brindar su total respaldo e incondicional protección, fue precisamente la de La Prisciliana. Me hizo ver que mis decisiones pasadas podrían estar mal, pero nada justificaba en el presente prolongar la oscuridad. Entonces ella fue luz, como lo ha sido en momentos clave de mi vida, una luz fuerte, sistemática, que se prolonga por todo lo que hago y amo.
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Con ella me interné a la adolescencia, y de su mano también salí de ella bien parado -no sin bajas, pero bien parado al fin-. Con ella viví romances, y también fui testigo de sus propias primeras desilusiones amorosas. Con ella libré algunas de las épocas más duras de mi vida, y con ella, a veces en persona, a veces del otro lado de la línea, me he sentido acompañado en las soledades y en los misteriosos altibajos de la vida. Es por ella que soy quien soy, en gran parte, y nunca dejaré de estarle agradecido.
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El día de mañana, ésa amiga mía que no sé cómo llegó a ser mi amiga, mi hermana mayor -nomás un año, nomás un año-, parte de mi familia, acaba su Licenciatura en Diseño Gráfico y, activa ya en la vida laboral, se dispone a continuar llenando al mundo con su talento. Yo, claro está, estaré esta mañana hombro con hombro, aplaudido uno más de sus éxitos, como en el pasado lo he hecho, aminorando las derrotas. Sé que en el futuro seguirán grandes pasos, para ella, y para ambos, y que lo más óptimo ahora será refrendar mi total amistad. No sé cómo llegamos a ser amigos, mi Prisciliana, pero sí sé que agradezco infinitamente a la chispa adecuada que acercó a nuestros perros y nos puso en el mismo lugar.
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¡Salud!

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