viernes, 25 de septiembre de 2009

Meditación sobre la novela.

A la novela, por ser la puta más leída. .
¿Cómo se empieza una novela? Hay un tropel, diría yo, utilizando una palabra que además forma parte de mi glosario de términos favoritos. Un tropel de ideas, imágenes, pensamientos, frases melódicas y hasta personajes curiosos, que se agolpan -otra palabra favorita- en la puerta de emergencia de la creación humana y amenazan con salir a borbotones -una más-.
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Entonces llega un punto en que uno no puede contenerse, y comienza a perfilar un argumento. Si se tiene un argumento, se está frito, porque todos los personajes, los momentos, las frases y los diálogos que se planteó antes, comenzarán a ocupar lugares en el argumento sin ton ni son, como espectadores ansiosos que llenan un teatro con entradas generales apenas se abren las puertas del foro.
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Entonces uno tiene que hacer gala de muchos esfuerzos para reacomodar, con lujo de publirelacionista u organizador de eventos, hostess, a la niña que carga un globo azul aquí, la mujer de sombrero tornasol allá, y el hombre de saco y corbata un poco más acá, de modo que esta idea fluya, este edificio luzca, este concepto llegue al lector en bandeja de plata. Porque aunque la novela no es un artículo de información, sino de creación, está terminada en lo que el lector encuentre en ella. Una novela sin lector es un rotundo fracaso, con el silencio desolador que un libro cerrado incluye.
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Y para que el argumento cobre vida, las palabras, articuladas como sólo ellas saben hacerlo, con esa capacidad tan suya de fungir como eslabones-sostenes de las ideas, se van posicionando sobre el papel o la pantalla en blanco, creando un texto. El texto no es ni por mucho el principio de la novela. La novela nace de la idea, de la inspiración agolpada en un torrente confuso en que todo parece servir, y al mismo tiempo nada es un órgano, nada crea un sistema. La maestría del novelista no está en generar grandes ideas, sino en saber estructurarlas para dar lugar a la cohesión y coherencia que sólo la novela posee como obra maestra de la literatura.
. ¡Qué alzado me vi! La novela no es la única creación literaria con madera para ser obra maestra. Cuentos, ensayos y dramas hay por millares en el mundo que son obras maestras, tan bien o mejor logradas que las novelas más veces revisadas por la crítica. Pero mantener organizada una novela en el nivel de la escritura es, por la longitud que implica, por la totalidad con que el personaje debe perfilarse, por el acabamiento de ambientes y tratamiento de temas, notablemente más complicado, lo que explica en gran parte que todavía hoy, a siglos de su creación, la novela sea el género literario más editado, más vendido y -lo que es más importante- más leído y comentado.
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Hacer novelas requiere dejarlo todo de lado. Es, en ese sentido, decía Isabel Allende, como enamorarse. No hay quien escriba buenas novelas sin estar enamorado de ellas. La escritura es un proceso que exige concentración, pero también desaparecer. Volverse otro. Un narrador, un personaje, una escena. El buen escritor no contempla: participa. Aunque luego otorgue a su obra un narrador en primera, segunda, tercera persona, o coloque en el centro a un personaje de sexo distinto al suyo, en un lugar que no conoce -de cuyo nombre no quiere acordarse-: decidir por todo eso, sobre las muchas opciones posibles, implica participar de su novela. Miente el buen escritor que dice que escribe por impulsos, como poseso por una energía extraña, un íncubo maníaco. Escribir exige concentración, ya dije, y abandonamiento. Arrobamiento. Exige ser la novela.
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La novela es la más grande de las obras literarias posibles, no por su extensión, sino por sus posibilidades. No cree merecerle ningún respeto a la historia, los cánones ni los comentarios recelosos de la crítica. Es señora y dueña del universo narrativo, y su extensión le da tantas capacidades, que termina convirtiéndose en una mujer orgullosa de cabellos arrebolados. Es una liberal, una libertina, una abandonada al peligroso extravío de ser sí misma. Es una puta de piernas insaciables, una princesa de torre inapelable, una criminal de rostro desconocido.
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Yo hace mucho tiempo que no hago novelas. Las que hice alguna vez fueron muy malas. Quizá sería ya el momento de dejar que mi propio tropel de personajes, escenas y diálogos tomaran forma sobre el papel. Quizá no. Ésa es la magia de la novela: su gestación es un misterio, su nacimiento una pasión y su crecimiento un arte. Su muerte, un imposible.
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¡Salud!

Cuando los perros se encuentran.

Para La Prisciliana, por las que le debo y no alcanzaré a pagarle. .
"¿Qué nos convierte en amigos?", me preguntó en una carta, hace ya muchos años, La Nancy, cuando todavía no cometía el atrevimiento de ser mi terapeuta, y yo no me aventaba a la salvaje y deleitosa aventura de ser su terapiado. "¿Qué hace a dos deconocidos romper la barrera de la mutua indiferencia y considerarse seres con cosas en común? ¿Qué nos vuelve amables, qué nos convierte en seres amados?" Ni La Nancy halló respuesta a sus propias cuestiones hace muchos meses, ni yo la he encontrado a ciencia cierta tiempo después, cuando ya muchas personas han pasado por mi vida, algunas de ellas alcanzando la etiqueta de "amistad".
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Si yo les contara cómo conocí a La Prisciliana, pensarían que hacer amigos así es tan imposible como extraño. Pero sí: quizá fue la edad, en la que a ambos nos parecía muy sencillo empatizar con personas muy distintas, o la cercanía domiciliaria, ubicándose su casa sólo a cuatro cuadras de la mía. Quizá fue el ocio, que a los 12 años, esa edad en la cual uno se halla a medio paso entre el dulce rincón de la niñez y el absoluto vacío que es la adolescencia, cuando resulta extremandamente fácil enamorarse, enojarse y conquistar el mundo. Quizá fueron muchas cosas, sumadas unas a otras, las que hicieron que ella, con su poca estatura, su eterna sonrisa y su dudosa facilidad para verle el lado bueno a las cosas, a todas -sí, en serio, a todas-, se hiciera amiga de alguien como yo.
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La culpa la tuvieron los perros. Honey, una french-poodle de menos de un año, llegó a olfatearle el trasero a Nez, un teckel de la misma edad que todavía, a nueve años de distancia, ostenta todavía el título de mascota de mi familia. El Nez, que es pudoroso y recatado, como todo perro de ascendencia alemana decimonónica, de inmediato se asustó y le pidió amablemente a la perra de La Prisciliana -qué feo se oyó eso- que retirara su miembro olfativo de su trasero.
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Cuando yo volteé, una pequeña niña de metro sesenta -o menos-, con aires de adolescente, peinada con una cola de caballo y mucho gel, corría hacia mí gritando no sé qué extraños vocablos en no sé cuál dialecto salvaje. Intenté protegerme, pero cuando menos lo pensé ya estábamos caminando juntos, los cuatro, y por lo menos dos de ellos nos convertiríamos en hermanos.
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Cuando la anorexia nos quitó el sueño a mí y a mi familia, una de las bocas voces que se oyeron desde el otro lado de la línea telefónica para brindar su total respaldo e incondicional protección, fue precisamente la de La Prisciliana. Me hizo ver que mis decisiones pasadas podrían estar mal, pero nada justificaba en el presente prolongar la oscuridad. Entonces ella fue luz, como lo ha sido en momentos clave de mi vida, una luz fuerte, sistemática, que se prolonga por todo lo que hago y amo.
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Con ella me interné a la adolescencia, y de su mano también salí de ella bien parado -no sin bajas, pero bien parado al fin-. Con ella viví romances, y también fui testigo de sus propias primeras desilusiones amorosas. Con ella libré algunas de las épocas más duras de mi vida, y con ella, a veces en persona, a veces del otro lado de la línea, me he sentido acompañado en las soledades y en los misteriosos altibajos de la vida. Es por ella que soy quien soy, en gran parte, y nunca dejaré de estarle agradecido.
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El día de mañana, ésa amiga mía que no sé cómo llegó a ser mi amiga, mi hermana mayor -nomás un año, nomás un año-, parte de mi familia, acaba su Licenciatura en Diseño Gráfico y, activa ya en la vida laboral, se dispone a continuar llenando al mundo con su talento. Yo, claro está, estaré esta mañana hombro con hombro, aplaudido uno más de sus éxitos, como en el pasado lo he hecho, aminorando las derrotas. Sé que en el futuro seguirán grandes pasos, para ella, y para ambos, y que lo más óptimo ahora será refrendar mi total amistad. No sé cómo llegamos a ser amigos, mi Prisciliana, pero sí sé que agradezco infinitamente a la chispa adecuada que acercó a nuestros perros y nos puso en el mismo lugar.
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¡Salud!

domingo, 20 de septiembre de 2009

Sueño de un domingo por el Centro.

Para El Choito, por el regalo de las calles del centro en domingo, solitas y bonitas.
Por un domingo sin el temor al lunes.
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¡Cómo soy fanático de conocer personas! Yo no me considero la mar de sociable, pero me doy cuenta que no tengo ningún problema para tratar con extraños cuando descubro extraños que me regalan la tarde, me otorgan su tiempo y luego dejan en mí cosas tan profundas, tan enriquecedoras, que dejo de considerarlos extraños y se convierten en amigos.
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En ese nivel, el internet juega un papel fundamental. Yo no hago amigos por internet, pero sí conozco extraños que luego se convierten en amigos. Y de los profundos, de los que se quedan un tiempo muy largo a mi lado, o uno muy corto pero regalando crecimiento, o de los que nunca se van. Es el caso de El Luigi, El Luis, El Gerber, El Vincent, El Puga y más recientemente El Choito, que me dio el primer domingo sin estrés prelunes de mucho tiempo.
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Todo comenzó porque ambos tenemos una vida tremendamente ajetreada. Llegar en la noche a hacer tarea y contar con su compañía a través del messenger, en el cual me platica de sus líos, sus incertidumbres, sus alegrías y sus decisiones, es un punto de aire fresco a la talacha diaria, a la tarea acumulada al final de las horas, a las labores pendientes y el trabajo en proceso. A las mismas personas, las mismas caras, las mismas horas. Nuestros meditados esfuerzos por concertar una cita en medio de nuestro día, habían fracasado irremediablemente, casi todos, he de decirlo, por mi total y absoluta culpa, mi incapacidad de decir "no" y desligarme, o la de mi trabajo, que me llena de cosas por hacer y me quita las horas diurnas en una totalidad sin escrúpulos, crudelísima.
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Así que ayer ambos nos pusimos firmes y abrimos un espacio en la agenda. La cita fue totalmente informal, pero nos permitió abundar sobre lo que ya nos conocíamos y poner sobre la mesa nuevas opiniones, nuevas certezas, también nuevas y profundas indecisiones. Nos dimos consejos, nos platicamos las intimidades -ésas que, de tan profundas, dejan de ser sexuales y convierten a quienes las comparten en poseedores de un don o entendimiento especial-, nos ofrecimos ayuda y también disfrutamos de una bebida, igual de informal.
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El Choito es sencillo como sólo puede serlo alguien que adora vivir. Yo tiendo a encariñarme de fans de la vida, así que El Choito se ha ganado mi cariño en voto unánime y de facto. Además tiene ojos muy grandes, a través de los cuales se puede ver el cielo entero. Esa capacidad física-anímica suya de ser un libro abierto, le da tanta certidumbre como persona que uno se siente seguro hasta de dejar la cartera en sus manos mientras se va de viaje. He mentido. Es más que un libro abierto: es un tratado sobre los libros abiertos del alma -aunque lee poco... ¡caray! algo malo habría de tener-.
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Da confianza, y eso, en tiempos como el presente, es algo que se añora en un amigo. Con él no hay esquinas desconocidas, ni vuelcos inesperados. Es la representación más fresca y evidente que he encontrado de la seguridad y la honra. Bien por él, que es de esa manera; bien por mí, que lo hallé sin meditarlo y tan pronto como le hice el inventario, le descubrí tantas bondades que le hice contratación inmediata.
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Pero no se me quejen. El Apapachoquealivia, que seguro a estas alturas ya se puso celoso y se habrá indignado de ver que yo doy tan rápido la confianza, "cuando yo tardé como diez años en poder entrar a tu casa, méndigo", imagino que me dirá mañana, y con él todos ustedes, MI gente, pueden estar seguros que si son mis amigos es porque han ganado, en mayor o menor medida, la total certidumbre de mis latidos. Eso no es fácil, porque yo soy difícil, pero lo han hecho. Y merecen también, como El Choito, su entrada -se las debo, pero los voy a ventanear tan gacho que van a desear no haberme conocido. No es amenaza... nomás advertencia-.
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¡Salud!

viernes, 18 de septiembre de 2009

Certificada.

A los motivos recientes de orgullo de este Baile, se suma la noticia extemporal que acaba de llegar a nuestra redacción, que nos llena de profundo entusiasmo y que nos obliga a cerrar las puertas y hacer fiesta privada: doña Mago, quien a la fecha tiene la osadía de autoasignarse como autora de mis días, acaba de conseguir su certificado de secundaria... ¡y sin estudiar! Resulta que, fiel a la misma sangre que nos ha legado, hizo un examen y el puro examen le hizo ver al INEA que ella sabe lo mismo -o hasta más- que un chamaco de quince años, por lo que sería inútil tenerla sentada en un pupitre tres años, si hasta clases podría dar.
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Sale muy guapa en la foto, con ese gesto particular que pone cuando anda contenta pero quiere parecer seria, formal. Es un orgullo de mujer: por las decisiones que ha tenido que tomar, por las responsabilidades tardías que ha tenido que encarar, incluso por el modo particular que ha sostenido de no cambiar su perspectiva, aún cuando ésta la pone contra sí misma. Pocas mujeres con ese tezón, ese par de piernas fuertes y esa sonrisa indistinta conozco.
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Una vez, una amiga suya me dijo, en un comentario freudianamente enfermizo, que yo haría bien en buscar una novia como mi mamá. Lejos de los ascos espontáneos que una aseveración de esa naturaleza podría provocarme, que debería provocar en todo joven con ganas de encontrar a "alguien", he de admitir que la provocación es por demás imposible: encontrar a alguien como doña Mago es proeza tan imposible como ineficaz, porque entender a alguien como ella es tarea igual de complicada. Para quien quiera, se las dejo de tarea.
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Por lo pronto, venga un abrazo para la matriarca de esta casa, y una sentida felicitación. A lo mejor, y si se sigue portando bien, un día de estos quitamos el tecno de la pista y le ponemos a Frank Sinatra o a Ray Coniff un ratito, para que mueva el esqueleto y se desempolve. Pero habrá que someterlo a votación, presentar un oficio en original y cuatro copias dirigido a la administración del Baile, acta de nacimiento, IFE, pasaporte, credencial de Caritele y boleto para Chabelo. ¿Mucho trámite? Oh, ¿quiere música o no?
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¡Salud!

El honroso 169.

¡Qué terriblemente hermoso es sentirse orgulloso de uno mismo! Ayer concluí eso cuando, por primera vez en mucho, realmente mucho tiempo, lloré de felicidad al acostarme. No, no fue porque mis sábanas estuvieran suavecitas, o porque en el techo de mi cuarto alguien hubiera colgado una foto de Vicente Fox en calzones vaqueros -eso más bien me causaría tristísimas náuseas y pena ajena-. Lloré de felicidad ante un día que tuvo de todo, pero en el que por primera vez en mucho, realmente mucho tiempo, todo fue un triunfo rotundo, un aplauso apabullante, una demostración constante, serial, sistemática, de que después de todos mis errores no son tan graves, y siempre, después de muchos días de desasociego, se puede encontrar una luz en la distancia.
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El orgullo progresivo se prolonga hoy, cuando me vengo a enterar que El Baile de la Coma es uno de los 200 mejores blogs de actualidad que existen en la red, esto según el portal en lìnea del diario español 20 minutos. Admito que un segundo lugar sería todavía más apabullante, pero ser el 169 en una lista que sobrepasa los tres mil, me tiene dando brincos de papá ganso, y ufanándome que, tras muchas dolencias, trastornos sicológicos y embarazos prematuros, después de todo sí es posible decir que esto que hago, y que hago por mí, en un afán totalmente egoísta que otros muchos comparten pero que no por ello deja de ser egoísta, sí vale la pena para alguien más.
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Yo se lo dije a El Puga cuando fuimos a cenar en la semana: hice este blog para poner las cosas en orden, para expresar, para conocer, para entender, pero también para leer, escuchar, comprender, recibir en la distancia lo que el que pasa por este hotel de grandes ventanas al mundo desea dejar. Es un blog que se ha hecho de lo que pienso, pero también de lo que otros me dicen que debe pensarse.
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De sentirme profundamente orgulloso de mí, paso a sentirme profundamente orgulloso de El Baile de la Coma y sus lectores, porque admito que no siempre es fácil seguirme la jugada, y porque creo que sin lectores, ese lugar 169 sería el tres mil, y no habría muchos motivos para sentirse orgulloso. Pero hoy sí los hay, y con ello me quedo.
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Un gracias también sentido, alegre como nunca, a las dos personas que se manifestaron ayer de diversas formas y causaron esas lágrimas nocturnas. No porque merezca que otros me hagan sentir orgulloso de mí mismo entre días confusos, o porque crea que los demás son quienes deben entrar en nuestros malos ratos a levantar lo que es nuestra total y absoluta responsabilidad poner en su lugar, sino porque confío ciegamente en las sorpresas, y cuando son gratas, vale la pena agradecer a quienes las causaron.
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¡Qué buenos días! ¡Viva el 169 y lo que significa!
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¡Salud!

jueves, 17 de septiembre de 2009

Envejecer con gracia.

Envejecer con gracia implica necesariamente sentirse cada vez más joven.
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Algo tiene la vida que nos enamora. Por eso se ama la juventud: nunca, como en la etapa en que tiene uno la dentadura completa, los huesos firmes, las articulaciones sanas y los músculos en su lugar, dicen, se vive mejor. El cuerpo humano, este organismo perfecto destinado irremediablemente a envejecer, está tan dispuesto a la vida que, aún cuando las fuerzas se le van y los sistemas se le debilitan, busca incesantemente permanecer despierto, alzado, fuerte y vigoroso. Prueba de ello es, quizá, que nuestro cerebro se vuelve viejo con el resto del cuerpo, pero nuestra sabiduría permanece.
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El extraño caso de Benjamin Button es una obra de arte. Hacía un buen número de pasos por el cine que yo no sentía la necesidad de decir eso al terminar de ver un filme. Pero Benjamin Button se ganó eso, y con creces: es una historia perfecta, bien llevada, magistralmente dirigida por David Fincher, el mismo genio de Se7en -ya tratada en este Baile- y Zodiaco, una película mal vendida como de suspenso, profundamente humana. Y no sólo eso: El extraño caso de Benjamin Button es también invariablemente humana a pesar de la ficción que significa su argumento entero: un hombre con un defecto de nacimiento que lo hace un viejo al nacer que rejuvenece conforme pasan los años.
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A Benjamin Button la hace humana su inteligente interpretación del envejecimiento y lo que conlleva, la pérdida de la juventud, el criterio de vida, la noción de la muerte, el sentido de pertenencia, la idea de familia -aquélla que La Wendy me regaló algún día, y que no dejo de agradecer: familia es la que uno decide que lo es, no necesariamente con la que uno nace-, la cuestión de las decisiones que tomamos y lo que dejamos ir. Es una película humana porque muestra lo más profundo de lo que somos, como especie, como entes sociales, pensantes, racionales, y que lleva también, humano por ende, lo más oscuro, lo más bochornoso, lo que nos hace buscar escondites y rehuir la realidad.
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Siendo profundamente humana, es eminentemente artística: sus valores son los que motivan y reflejan las pasiones más recónditas, las más evidentes también. Es un filme sobre el amor, la querencia, la amistad, el rencor, la incertidumbre, el miedo, la nostalgia, la felicidad, la fidelidad -a uno mismo, por ejemplo, que es más difícil de tolerar que la fidelidad a otros-, la soledad, el desamparo, el dolor y la sorpresa. Es una película cercana a la vida real en más de un aspecto, pero lejanísima en otros, tanto que termina por acercarse de nuevo. Es una obra artística que más que una pieza maestra, como el mecanismo de un reloj -intertexto a la película, vayan a verla para que entiendan-, es un abrazo cálido, sentido, útil.
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Yo tuve hoy un día fabuloso. No sólo porque todas y cada una de las cosas que hice salieron a la perfección -tras breves episodios de estrés, claro, como es normal en lo que se llama vida-, sino porque tuve dos extras estupendos que me abrieron los ojos, me alzaron el ánimo, me hicieron sentir terminantemente orgulloso de mí. Eso es un tesoro en un mundo que se afana porque nos desliguemos de lo que nos gusta de nosotros mismos y lo lancemos al mar, etiquetándolo como "egoísmo". No es egoísta estar orgulloso de lo que eres. Eso me lo ha enseñado doña Mago, que a sus sesenta se llena de canas, y no piensa pintarse una sola. Doña Mago quien, mientras se mira al espejo cada mañana, acaricia sus arrugas y la piel caída de sus brazos y sonríe. Y aún hay más: cuando la descubro en el acto, voltea en el espejo y me lo deja muy claro: "Envejecer, hijo, implica aceptar que has vivido. Y no hay un tesoro más grande que el que te recuerda que has tenido vida".
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Pero doña Mago, yo y todos los que ayudan con los gastos, sabemos a la perfección que la humanidad entera no piensa lo mismo. Pero bendita sea la hora en que nuestro cuerpo y nuestra mente han optado por amar la vida y resistirse a envejecer. Nociones de tal calaña han dado resultados tan fantásticos como El retrato de Dorian Grey -cuyo autor, Óscar Wilde, buscaba sólo amantes jóvenes, aterrado por la idea de que él sería algún día un viejo decrépito-, las cremas antiarrugas -que no son una obra de arte, pero sí han consolidado toda una industria- y filmes como El extraño caso de Benjamin Button. Ya está en la lista de las favoritas de El Baile de la Coma. Eso debe significar algo. Vayan. Envejecerán mientras la ven, pero también habrán vivido una grata experiencia.
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¡Salud!
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PD: Ya, en serio, ¡qué buen día fue éste!

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Gritar.

Hay muchas clases de gritos, reflexionaba ayer mientras veía a la cuñada de El Vicent, que no hizo el favor de invitarnos a su fiesta familiar del Grito de Independencia, pero a la cual caímos El Gerber y yo como por arte de magia -no me culpen: yo sólo quería no estar en casa-, mientras veía a la cuñada de El Vicent, decía, gritar vivas etílicos a México, Hidalgo, Juárez, Maximiliano y El Santo. Ése fue un grito de diversión: sacar la voz a niveles altísimos para provocar la risa, propia y ajena, para liberar presión.
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Pero hay otros muchos tipos de gritos. Recuerdo aquella frase de doña Mago, que todavía funge como mi madre en la presente administración -cuando vengan los recortes el próximo año, veremos dónde la reubicamos-: "El rostro de esa niña es un grito". La usa indistintamente, pero siempre para referirse a una persona cuyo dolor se evidencia en su faz, cargando sus rasgos, que se fruncen en un ademán como de resguardo. Es un grito silencioso, un grito del que sufre calladamente y que, por alguna razón, no ve la suya ni en la tranquilidad de sus gestos.
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También está el grito de vida, el que lanza la madre al parir y el que inicia nuestros días, porque la vida inicia en un grito, y acaba con otro, el de la muerte, cuando es dolorosa para el que muere, y cuando es un suplicio para los vivos que el muerto deja. Y la vida transcurre en otro grito, un grito en medio de dos profundos silencios, llamaba Novalis al vivir. El grito de la vida es el grito de la charla, la llamada, el vocativo, el regaño y la contemplación, porque el que contempla también grita: grita reflexión, dedicación, atención y concentración.
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También está el grito del pueblo, que se manifiesta en las pancartas, las manifestaciones, los oficios y las consignas, y el grito del gobernante, que a veces es un grito sordo, represivo otras más. Está el grito de la que vende fruta en el mercado -"Gritas como verdulera", le dice la madre a la hija cuando ésta sobrepasa en el tono y forma de su voz las más elementales normas de urbanidad-. El grito de la viuda, del padre que regaña, del profesor que se enfrenta a un grupo revoltoso, a un examen reprobado por la totalidad de la lista. El grito del soldado que suelta órdenes marciales. El grito del niño que es golpeado por su hermana mayor, el de la cocinera que se quema y suelta la cazuela y el de la ovación incontenible hacia el delantero que ha metido el gol.
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El grito de la multitud en los conciertos, o del simple fanático que ha recibido el autógrafo deseado de manos de su ídolo. El grito de júbilo el que triunfa; el de enojo el que pierde. El grito del corredor que cruza la meta y no puede contener su emoción. El grito del que ha terminado su día de trabajo y contempla la casa como el seguro descanso. El grito de dos enamorados que se encuentran en el angar de un aeropuerto tras largos meses de separación. El grito de dos niños pequeños que descubren extasiados las propiedades refrescantes y lúdicas del agua de los charcos.
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Hay gritos dolor, gritos alegría, gritos luz y gritos oscuridad. Hay gritos que cayan, gritos que dicen más de lo que gritan, gritos húmedos, gritos fuertes, gritos débiles, gritos de placer, gritos placenteros, como el que de vez en cuando es bueno soltar cuando la presión acumulada supera nuestras posibilidades de entender la realidad, de hacer algo por acicalarla. Gritos famosos, como el de "¡Eureka!" y el de "¡Mamá, prende la grabadora que está saliendo el Tri!". Gritos prohibidos. Gritos prohibitivos. Gritos de sueño, gritos de vigila. Gritos por gritar.
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Obviamente todo esto no lo concluí mientras, influenciada por Estrellitas y Coronitas, la cuñada de El Vicent -que se vio bien ojete al no invitarnos, hago la observación-, pedía vivas para Tesistán, El Pollo Pepe y para sí misma. Esto lo concluí más bien cuando amanecí con una resaca más causada por la desvelada que por el alcohol. Porque también hay gritos etílicos. Ésos, y los que uno da porque ya no soporta el suelo sobre el que está parado, son los más sabrosos. ¿Quieren un consejo? De todos modos se los doy: griten. Es más sano que golpear a alguien, y además no arruga.
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¡Salud!

domingo, 13 de septiembre de 2009

Gracias por el fuego.

Yo no soy afecto a las cosas nuevas. Los cambios, lo he repetido hasta el cansancio en este Baile, me vienen peor que diarrea en tiempos de sequía. Como diría la célebre y prototípica madre, doña Naborita: "No me gustan, no me gustan, no me gustan". Por eso, cuando llego a conocer a alguien nuevo, entro en un conflicto tan tremendo como patético, en que se enfrentan a muerte mi resistencia a las novedades y mi afán de conocimiento; mi curiosidad nata y mi contrariedad ante lo desconocido.
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Cuando El Puga me invitó en la semana a echar la platicada en un café, debo admitir que mi primer reacción fue de total resistencia. No lo conocí por internet, pero sí levantamos la relación a través del chat, el Facebook -estrategia demoníaca que consume tiempo, neuronas y contacto verídico- y el Baile. Quizá por el hecho de que se convirtió en un lector asiduo de este rincón de sabiduría concupiscente y malversación lingüística, fue por lo que acepté la invitación y me lancé a un maravilloso lugar en Providencia para degustar una ensaladilla -el diminutivo es un intento por restarle calorías a un platillo que en realidad es gigante y buenísimo- y una pizzita -ídem-.
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Debo admitir una vez más que mis ideas precautoras podrían haber traicionado a una excelente cita. El Puga y yo platicamos no sólo del Baile, que, dice él, está lleno de cosas grandiosas y vivificantes -yo todavía pienso que se equivocó, y que él lo que quería era salir con Pérez Hilton, o Aguinaga, o los otros seres interesantes que sí tienen blogs para recomendar-, sino también del pasado, el futuro, los amores, las soledades y las depresiones. Nos platicamos las alegrías y se nos fueron las horas poniendo puntos sobre las íes -y las w, y las efes, y todas las letras del abecedario-. Hablamos de puntos en común, y cuando discrepamos resultó ampliamente interesante escuchar otro punto de vista, otra visión de la realidad. Otro país, diría "Geografía", la tristemente desconocida canción de La Oreja de Van Gogh -vienen en noviembre: preparen su cuota-.
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Cuando menos pensé, estaba yo llegando a mi casa como a eso de las 12. Doña Mago, que ya me transmitió la gripa, me vio llegar con su rostro abotagado de Tutan-Kamon recién levantado, y ni "buenas noches" dijo. Sobre mi escritorio, casi lo olvidaba, me esperaba una acuarela que El Puga en persona hizo favor de pintarme, inspirado, dice él, por nuestras pláticas cibernéticas y por loq ue la lectura diaria de El Baile de la Coma le ha dejado. Yo, no podría sentirme más orgulloso, no de mí, sino de este Baile, que ahora hasta pinturas inspira. También me aguardaba un cuarzo verde que, dice, encontró por ahí, en el afán netamente humanístico que parece caracterizarle de buscar siempre la otra cara, la otra piedra, lo excelso en lo ignorado.
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Quizá eso sea también lo que lo llevó hasta El Baile de la Coma y lo convirtió en un lector "vicioso", dice él. Quizá fuera su afán por descubrir perlas dónde nada más hay almejas, lo que lo tiene imprimiendo entradas -ya sumamos 381, así que en breve, un mes o dos, estaremos festejando las 400-, a leerlas entre clases, a compartirlas con amigos y hasta regalarlas, a modo de pensamientos de Joyerías Aplijsa -algo malo habría de tener el muchachón-. Por sí o por no, yo escucho y agradezco, con la sensación inestimable de que sí, yo soy el que hago todo el trabajo, el que escribe, el que relee, el que se abre al mundo y plantea su vida, su expectativa, su análisis y su política, para que el mundo entero, caníbal, se aproveche y usurpe mi identidad, pero para que otros más completen el circo leyendo tanta vomitada y encontrando en ella, como desecho de abrevadero, lo poco o mucho que pueda servirles. Ya lo saben: un consejo es un intento desesperado por sacar un mal de la memoria, arreglarlo un poco y hacerlo servir de algo, para alguien más, porque la basura de algunos puede siempre ser el tesoro de otros.
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¡Salud!

El ataque de las feas.

Verse feo está de moda. La Paupau y yo llegamos a esa conclusión cuando ambos desempeñábamos labores en el Auditorio Telmex, en plena función del show de la telenovela infantil del momento -es un decir-, Atrévete a soñar, clon somnífero de la serie argentina Patito feo. La Paupau y yo nos encontramos, ella vendiendo papas y refrescos en lo que a todas luces es un gran empleo -le permite estudiar, le deja mucho tiempo libre, es algo que sabe hacer y además le pagan-, y yo chutándome el show para mandarle la nota a La Darkogaby, que la exigía a las 6 cuando justo a esa hora acababa el business.
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Y es que la protagonista de la susodicha novela, y por ende del espectáculo, es una chica cuyo nombre nadie se sabe, pero a la que todo mundo llama Patito feo. Y vaya que hace honor a su nombre: chaparra, medio cariosa, con pecas, trenzuda, lentes de marco cuadrado y grueso y unas ligas con flores que está de "no me mires porque doy lástima". A eso súmenle el vestuario, que es como un clóset completito sobre la misma niña, y ya terminamos de amolar a la pobre chiquilla.
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Bueno, pues como la novela está de moda, todas las niñas quieren verse como Patito feo. La Paupau y yo, ella detrás de la barra, yo haciendo tiempo para tomar mi lugar en el espectáculo, nos enfrentamos a la verdad: lo que venda Televisa, el gigante corporativo de la televisión latinoamericana, será pan caliente enfrentándose al debido target. Con Atrévete a soñar, el target es perfecto, bien delimitado y además abundante: niñas, sin importar su obesidad o falta de piezas dentales, morenitas, y medio sonsas. ¿Qué otro tipo de niñas corresponde al 90% de la población infantil femenina en nuestro país? Si Patito feo fuera güerita y nalgona, Televisa no tendría qué vender, y Atrévete a soñar sería nada más que un rotundo y millonario fracaso, como ya otras veces los ha tenido la televisora mexicana.
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Ordas de niñas feas, más feas a fuerza del disfraz, invadieron el Telmex y además se dieron el lujo de corear, durante casi dos horas, a Dana Paola y los otros actores de la telenovela que, si algo no hacen muy bien que digamos, es estar sobre un escenario, fingiendo que cantan. Pero a los niños eso no les importa: les hacen creer que la música es para ellos, que los sueños y caramelos se pensaron para que ellos los soñaran y los comieran, y santo remedio. Televisa rica, el sistema estable, y los papás de los niños comprando la taza, la pluma, la playera, la liga de flores y las trenzas oficiales.
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"Mamá, mamá, tíñeme de castaño", pedía a gritos una escuincla ayer, cuando vio pasar a unas diez o doce Patitos feos que, por obviedad, no son güeritas, pero sí trenzudas. A ese grado llegamos: ¿cuándo los estándares de belleza viraron tan sensiblemente, y ser güerita ya no es, como en los tiempos de Pamela Anderson y Britney Spears, un sinónimo de bondad. La beldad se ha transformado: Televisa ha demostrado, por enésima ocasión, que en sus manos, hasta lo más grotesco, lo sublimente grotesco, cobra categoría de excelso, con un poquito de magia, y otro poquito de mercadotecnia.
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¿Y por qué Patito feo sí y Bety la Fea o Leticia Pinzón no? Porque a los niños no les importa verse feos, no tienen amigos en el trabajo que se burlen de sus disfraces, o jefes que los regañen por llegar a la oficina con trenzas y pecas pintadas. Pasarán los diez, los doce años, y ya nadie, ni ellos mismos, recordarán que algún día les dio por verse feos, nomás porque estaba de moda. Se los recordarán sus padres, con los álbumnes familiares -tortura china-, o los videos de handycam -tortura china en movimiento-. Pero llegarán a los veintes, los treinta, tendrán su casa y sus cosas, y fingirán demencia. Yo, si me visto de Bety la Fea, a estas alturas, no sólo quedaré en ridículo, sino que me veré imposibilitado, de la pura pena, de volver a pisar la calle. Bendita la edad en que ser feo no es un traspié, una condición, sino una etapa. Bendita edad.

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¡Salud!

sábado, 12 de septiembre de 2009

Los orígenes del mal.

Muchas cosas han pasado desde el 11 de septiembre de 1973. Para Chile, que ahora tiene como presidente a una mujer víctima de la dictadura de Augusto Pinochet y de la represión ideológica, moral, legal incluso, que el país sudamericano vivió durante casi veinte largos años. Para el mundo, que ya sólo escucha hablar de Guerra Fría en los libros de historia y las historietas de Mafalda -que son más fieles a la historia que los libros mismos, en ocasiones-. Para México, que conquistó la democracia y luego la vio caer en manos de los mismos ladrones tricolores, pero disfrazados de albeoazul. Para América, que espantó al "fantasma" del socialismo reaccionario y le dio cabida a la política avasalladora del consumismo estadounidense, nada fantasmagórica.
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Lo cierto es que conmemorar el 11 de septiembre sólo por lo que pasó 28 años después, en 2001, es restarle fortaleza a los hechos, empalmar sucesos para que la historia cargue la balanza hacia nuevos culpables, nuevos victimarios y nuevos espectadores.
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El asalto al Palacio de la Moneda, en Santiago, no fue un error histórico. Si bien la política estadounidense, como la chilena, y la del mundo entero, han cambiado en los últimos treinta años, nadie puede fiarse, tras el gobierno de Bush y su política hacia Irak, de que ahora las cosas son distintas por completo, y las relaciones internacionales también, no permitiendo la intrusión en las políticas de otros países.
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La historia mundial, por lo actual quizá, ha colocado el ataque a las Torres Gemelas del World Trace Center de Nueva York en un nivel de relevancia histórica mucho mayor al ataque al poder Chileno encabezado por el socialista Salvador Allende. Varias cosas son ciertas en lo que se refiere a dicha preferencia en el momento de dar categoría a los sucesos: la forma en que el 11/09 cambió la visión que el mundo tenía de Estados Unidos e inició, en picada y sin demora, la decadencia de su economía; la manera en que relaciones internacionales, diplomáticas, el turismo incluso, viraron sus goznes hacia la política del miedo y la incertidumbre, el "sospechosismo" y la idea constante de la guerra -parecido al mundo del 1984 de Orwell-. Nada de eso sucedió en 1973, y tras el ascenso de Pinochet, Estados Unidos volvió a la calma, y el mundo, al menos en apariencia, también.
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Lo lamentable es que Estados Unidos no ha dejado de ver al mundo entero como una posibilidad, ni de descalificar todo intento externo de llevar la contra. No nos engañemos: a Chávez lo han dejado correr porque ladra más de lo que muerde, y el resto de los presidentes americanos de tendencia izquierdista son, contrario al líder venezolano, diplomáticos, lo suficiente como para entablar el diálogo abierto y aceptar las propuestas de los organismos económicos de presión -FMI, BM-, mientras, puertas adentro, elaboran un discurso distinto, en una política propia de los americanos.
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Entonces, el 11 de septiembre de 1973 sigue vivo, y es todavía posible. Barack Obama trajo al poder estadounidense frescura, cambios en políticas, pero no ausencia de lo norteamericano. La postura, en el fondo, sigue siendo la misma: caminemos juntos, mientras a nadie se le ocurra mirar hacia otro lado.
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Tampoco se trata de darle terreno a la desconfianza. Si el pueblo chileno perdonó la violenta destitución de Allende, el resto del mundo no tiene muchas cartas qué poner sobre la mesa la respecto. Pero del perdón al olvido hay un paso gigantesco, infranqueable en muchos casos. Yo propongo el perdón, pero no el olvido. Olvidar la intromisión de Estados Unidos en aquella ocasión y el resto de la segunda mitad del siglo XX, sería olvidar no sólo nuestra historia, nuestro miedo y nuestro fracaso, sino también nuestro dolor y nuestra verdad. "Ojalá", cantaba Silvio Rodríguez desde la Cuba bloqueada, muerta de hambre. Ojalá, se canta desde México, quizá en las mismas condiciones.
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¡Salud!

viernes, 11 de septiembre de 2009

Liberar.

Para Karen Anahí,
por ser la primera cosa buena
que arroja el inmortal Círculo del Vicio.
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"Te ves más delgado", me dijo el señor de la tienda, al que todos llaman don Charly, o don Carlos, pero cuyo nombre real a estas alturas ignoro -?- "Pues hace unos meses bajé de peso por ciertas tensiones, pero..." "No", me interrumpió, "te veo más delgado de cuando viniste en la mañana por el pan y los Alka Seltzer".
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Buen observador don Carlos -en serio, me carcome la duda, ¿cómo se llamará?- No es que yo estuviera toda la mañana purgándome, consumiendo Slim Fast o me hubiera bañado con Siluet 40. El aparente bajón va mucho, mucho más allá de la desaparición de cierta sustancia física, química, almacenada. Se trata de un proceso que comencé esta semana, primero haciéndome a la idea de que era necesario, y luego venciendo el miedo al autoenfrentamiento, la autoconsideración, la automedición y la autoevaluación. Un proceso que finalizó el día de ayer cuando, tomando el toro por los cuernos, y con buena -a mi gusto- música de fondo, hice un autoinventario.
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No sé si La Nancy me lo recomendaría. Tengo meses sin pisar su consultorio, no a falta de ganas, sino a falta de tiempo y economía, porque además yo no estaría dispuesto a aceptar un descuento a algo que, por 200 pesos, me sabe demasiado. Lo haré en los próximos meses, antes de que acabe el año, me lo tengo prometido. Y como no sé si ella lo dejaría de tarea, me arriesgo terminantemente a que lo repruebe y hoy mismo me hable para regañarme, junto con El Vic, que ya es su secuaz -es un decir- y su recadero -otro decir-, pero en una conspiración agradable, a mi favor.
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Pero estoy tomando el riesgo. Hice un autoinventario y salí bien librado. Un autoinventario no comienza por sentarse y escribir, sino por hacer un encuentro con uno mismo. Es como arrellanarse -hermoso verbo- en una tarde de café a sostener una charla larga y tendida -otra hermosa palabra- con alguien a quien conocemos a destajo, pero que a veces ignoramos en bien de tretas externas, dolores ajenos y maldecires.
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Y luego de la plática, que arroja lo que somos y cómo estamos, viene un recuento pormenorizado, por escrito para que quede más claro, de qué tenemos, qué nos hace falta y qué, en definitiva, es necesario dejar ir. Yo dividí mi lista en aspectos como el familiar, laboral, profesional, amistoso y sentimental, porque en cierta forma son a los que más cerebro dedico, y los ejes sobre los cuales gira mi escala de valores. Sin amistad y sin familia, que son cosas similares, para mí no habría principios.
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Cuando acabé, no pude evitar levantar una sonrisa. Fue agradable descubrir que las cosas no son tan difíciles cuando las pones claras, paso por paso, punto por punto. Descubrí que en muchos aspectos me había estado haciendo el tonto, y en otros estaba actuando de más, lo que se llevaba mis fuerzas por delante. Entonces, el resultado máximo, irrenunciable: una lista de personas por dejar ir.
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Hacía falta, muchísima falta. Mentalmente se amarran, se hacen ideas, y luego es difícil abandonar porque uno cree que las cosas, como se tiene su recuerdo, le pertenecen. Nada más falso: nada es nuestro, ni el viento que respiramos, ni la comida que comemos, ni el carro que compramos, aunque el capitalismo nos diga lo contrario. Las cosas, en especial las sentimentales, están en constante cambio, imparable, involuntario. Atarlas es hacerse ilusiones, sueños de papel, castillos en el aire. Todo pasa.
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La lista arrojó interesantes nombres que luego quemé. Cerré el ciclo, pensé, y luego fui a la tienda y don Carlos me dijo lo que les dije. "Entonces será porque liberé de cuervos la parcela", contesté, y nomás se rió, porque por alguna razón tiende a pensar que todo lo que digo, hasta "Su jamón está bien malo", es motivo de júbilo y jocosidad.
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El punto final vino cuando una persona reciente, cuyo apodo ni siquiera mencionaré, se negó a decirme lo que sentía, y me dio la oportunidad para decirle yo lo que sentía hacia ella, su situación, su vida, sus decisiones. Para mí fue trascendental, no por la respuesta que obtuve, revisable hasta hoy por la mañana en mi correo, patente en el comentario en la entrada anterior de este Baile, sino porque me permitió tres cosas: ser totalmente egoísta sin sufrirlo, decirle todo lo que me había guardado como un cáncer -incluido el hecho, para mí, juez y parte, irrefutable, de que "soy un paquetazo"- y cerrar el ciclo. Lamento muchas de las cosas que ella asegura en su escrito, pero para ser sincero no me quitan el sueño. Poseo la confianza de que en el futuro habrá para ella mejores opciones, y que decidirá con el cerebro y el corazón en sintonía. Si no sucede así, lo lamentaré, pero tampoco me quitará el sueño. A esto le llamo liberar. Es septiembre, y para gritar el 15 con todas las de la ley, hacía falta liberar.
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¡Salud!

jueves, 10 de septiembre de 2009

La cortina de humo.

Yo no nací ayer. Tampoco los otros 103 millones y cacho de mexicanos que ayer sí, a eso de las trece horas, prendieron al tele y se encontraron con una faramalla entre holliwoodesca, dantesca y lamentable, cual drama de Luis Buñuel editado por Juan Osorio. A eso de que no somos nuevos en este mundo, súmenle el hecho invariable de que los mexicanos tenemos un sexto sentido que nos alerta a la farsa, unas antenitas de vinil que nos hacen saber a kilómetros de distancia qué producto es legal y cuál pirata, qué candidato bebe de más y cuál es abstemio, qué huipil de Beatríz Paredes tiene dos puestas y cuál apenas lleva la primera.
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Yo no empecé a leer ayer. Tampoco los otros 103 millones y cacho de mexicanos que se aventaron ayer, vía televisiva, un drama digno de Dostoievsky, Dickens o Yolanda Vargas Dulché. Ese cuento, pues, ya nos lo sabemos bien, al derecho y al revés. Tiene muchas caras, históricas todas, siempre distintas: la cara del incendio en San Lázaro mientras la legislatura fracasaba, la del Chupacabras mientras Carlos Salinas de Gortari asesinaba a Colosio y desbancaba al país en su inmensa y personal fuga de capitales, la caída del sistema mientras se fraguaba el fraude electoral más evidente, más despótico, más desfachado. Es la cara de la cortina de humo, del intento de olvido, pero, lo que es más alarmante, más indignante, de la creencia anquilosada de quien posee el poder de que el pueblo gobernado no tiene idea, no es más que un cuerpo inherte, sobre el que se puede pasar, al que se puede pisar sin piedad.
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Somos ignorantes, sí, pero nuestra inteligencia no está peleada con ello. Somos inteligentes, ignorantes inteligentes, o quizá ignorantes porque inteligentes. Nos sabemos tan capaces de sacar en el último minuto el noventa en el examen, vemos tan posible la carta bajo la manga, que nos evitamos la fatiga de saber. Lamentable, pero cierto, doblemente cierto: el gobierno mexicano comete un grave error de apreciación al juzgar de tonto, por ignorante, al pueblo mexicano.
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No necesitamos que TV Azteca y Televisa nos vendan la idea, revestida de flash de último minuto y exclusiva nacional, de que un avión secuestrado por un pastor evangélico boliviano es sólo eso, y no un intento porque no leamos bajo el encabezado el fuerte -y por demás está decirlo, infructuoso- golpe a nuestros bolsillos que las propuestas fiscales elaboradas por el gabinete de Calderón pretenden asestarnos.
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No necesitamos que nos doren la píldora, que pongan entre nuestros ojos y la realidad una cortina de humo: nos enteramos de los cambios en materia de impuestos, los aumentos y nuevos gravámenes, horas antes de que José Mar Flores Pereira tomara el avión, y llegaran a un lejano paraje del aeropuerto Miguel Alémán -curiosamente bien iluminado, bien dispuesto y localizable con la vista desde la terminal- cámaras, micrófonos, malabaristas, porristas y hasta Julio Regalado, todo para darle al acto del generador del humo el debido nivel circense, la cobertura mediática que se le debe al desfile, la maroma y el teatro, eso como sólo las productoras del Ajusco y Chapultepec saben hacerlo.
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El punto elemental de la tragedia wagneriana que yo me chuté ayer por la televisión maravillado de hasta qué grado pueden creer que uno es baboso, llegó cuando el secretario de la Defensa, en persona, se aparejó bajo el boeing de Aeroméxico y personalmente, a metros de un avión cargado de explosivos, verificó las labores de rescate de rehenes y aprisionamiento del boliviano Flores Pereira, que no tiene más cara de patiño nomás porque el resto lo tiene de feo. Ver aparecer a Galván Galván con sus borlas y sus medallitas me pareció cómico, mágico y musical, la cereza en el pastel de un espectáculo broadwayano, porque para operístico mucho le faltó.
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¡Qué lástima!, exclama el mexicano, que no se creyó la cosa del avión más que para reírse un rato. Yo, más que por el gobierno mexicano, lo lamento por los pasajeros y tripulación del jet, que seguro pasaron un mal rato, eso si no eran también actores, o personajes comunes y corrientes, con ganas de sus cinco minutos de fama.
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Pero no lo lamento por nosotros, el pueblo que miró desde su tele comprada en abonos la singular faramalla, la puesta en escena que de tan obvia resulta hasta grotesca, pirata. No lo lamento porque esto sólo viene a recordarnos lo terriblemente vendida que está nuestra televisión nacional, y lo mucho que urgen competidores que, en cadena abierta, ventilen y den peso justo a las medidas injustas, miopes, que el gobierno federal pretende ejercer. No lo lamento tampoco porque los comentarios de otros me han hecho ver, con cierta dicha confesable, que mientras nuestro analfabetismo sube, lo que desde Vasconcelos no habíamos contemplado, nuestro colmillo se va haciendo más agudo. Ahora se vuelve cada vez más complicado que nos hagan de chivo los tamales. Hoy, en la comida, la comidilla es el avión secuestrado, y el tema serio, discutible y causante de indignación, la propuesta de reforma fiscal y tributaria. Bien, México, ahí la llevas.
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¡Salud!

martes, 8 de septiembre de 2009

Irse a la China en un cohete.

"Este corazón ya vino y fue de vuelta,
el que se hace el vivo sale por la puerta,
ya no me dediques serenatas de balcón.
Yo no pasaría una noche contigo,
que te quede claro si no has entendido
le cambié la letra a tu canción".
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No conozco hombre cuerdo que pueda decir sin sentir culpa o pena, que gusta de la música de Paulina Rubio. Incluso yo mismo he sometido a juicio excesivo a personas, varones sobre todo, que me han asegurado les gusta alguna de las canciones que la delgada rubia -dizque- entona -otro dizque-. Por eso, admitir ahora lo que estoy a punto de admitir, es someterse no sólo al riguroso juicio de la memoria, que suele cargar la mano con eso de los karmas, sino también ponerse de pechito para próximas declaraciones dolorosas: me gusta una canción de Paulina Rubio.
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En mi defensa, que seguramente caerá en saco roto porque ni yo me la creo, he de decir que la culpa la tiene El Gerber, que últimamente anda feliz, lo que lo hace doblemente peligroso -pero también doblemente amable-. Como me ha buscado estos dos días incesantemente -lo cual agradezco, porque parte para bien mi día de trabajo-, hoy fuimos a comer y mientras charlábamos, se cruzó por mis oídos la música de "Ni rosas ni juguetes", el último intento de la Rubio por hacer algo vendible con su voz -un dizque más-. Concluyo entonces que, si alguien tiene la culpa de que a mí me guste ahora una rola de la "Chica dorada", es El Gerber, por exponerme directamente a ella.
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Lo cierto es que lo que menos hace maravillosa a la canción es la voz de la Rubio. Ahí no hay ni cómo ayudarle: la cocaína y el resto del licuado estimulante que la esquelética se toma, han mermado significativamente su calidad en el escenario y frente al micrófono. Antes, uno creía oír a una mujer repuesta, bien dispuesta; hoy, a duras penas nos está cantando un fantasma.
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Lo que hace "Ni rosas ni juguetes" apetitosa a mis oídos, que, aclaro, han sido seducidos por la "rola" en una cuestión meramente espontánea, sin razón ni raciocinio, sin temor de Dios ni amor a la realidad, lo que hace a "Ni rosas ni juguetes" una canción que yo pediría en el radio, que bailaría en la disco, es únicamente su tono dulzón, pero también su letra, que dice todo lo que yo alguna vez he querido expresar, entre copa y copa, y también más sobrio que Mickey Mouse, con todo y lo arrabalero.
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Por supuesto que no es una canción inteligente, ni que hable de la problemática de las pasiones humanas o experimente en torno a la situación de las clases sociales, la injusticia social, la paz y la guerra. Nada más lejano a eso: es una canción simple sobre un(a) tip@ que le canta a su ex que ya se deje de andar inventándose cosas para reivindicarse, porque en ese huerto se acabaron las papayas, porque en esa playa se murieron las estrellas, porque en ese cielo se precipitaron las nubes. Porque en esa feria se acabó el negocio.
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¡Marvelous!, diría el mayor de mis hermanos, que a esta alturas del día seguramente está poniendo sus pies en remojo en el Pacífico. Y sí: maravillosa una canción que, con todas las de la ley del cabaret y el bajo mundo, del rompe y razga y el más fino estilo de Paquita la del Barrio, dice con todas sus letras "Tú, a mí, ya no me interesas".
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Yo la aplaudo, no por su sapiencia o su finura, mucho menos por su intérprete: la aplaudo porque me cae bien por desenvuelta, fresca y directa, y también, ¿por qué no?, por poética y lanzada. Así sería mejor el mundo si se hicieran las cosas: poéticas y lanzadas. Escúchenla y espero con ansias sus mentadas y consideraciones. Y luego, que venga la siguiente ronda, porque yo la pago en el despecho y la financio en el desdén. ¡Ámonos!
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¡Salud!

Dijo mi mamá que siempre no.

Estoy sorprendido. Eso, para quienes me conocen, ya es mucho decir. Es raro que a mí algo me cause sorpresa, al menos en este grado, un nivel en que mi asombro ha tomado ya voces de alarma. No porque el asunto sea imposible de solucionar, o porque no le encuentre el punto periodístico, sino porque son tantas las voces, tantos los comentarios, tanta la chamba, que amenazo con dejar el negocio encargado e irme a comer.
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Este Baile no se caracteriza por hacer pronósticos acertados. La única vez que el Equipo de Investigaciones Especiales del Baile de la Coma (EIEBDC, siglas impronunciables, por demás atractivas y burocráticas) realizó un pronóstico, tuvo a expertos en computación secuestrados en un cuarto con refrigeración y computadoras enlazadas a los principales puntos del orbe, trabajando a sol y sombra durante un mes completo. Al final, entregaron una hoja con dos líneas: "Ganarán las Chivas. 2 a 1". Esa liguilla, las Chivas ni jugaron.
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Por eso, en torno al asunto de las Villas Panamericanas, este Baile no aventuró nunca pronóstico alguno. Nos encontramos frente a una decisión gubernamental altamente costosa, y con políticos es todavía menos posible hacer aseveraciones de lógica indomable. Aunque la lógica diga que las Villas en el parque Morelos eran un fracaso nonato, aunque la lógica indique, implacable, que no hay forma de construir para reactivar así nomás, como el proyecto intentó venderse: una isla de paz y seguridad que atraería a personas desinteresadas y felices a vivir al centro de Guadalajara. Aunque la lógica sea clara en el sentido de que no pueden fijarse metas que competen a una ciudad, si la ciudad no ha sido consultada. Aunque la lógica sea lógica, con los políticos y gobernantes -que es lo mismo, pero no es igual- es imposible saber.
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Ahora, el aviso que hiciera Mario Vázquez Raña, representante de la ODEPA, de que han descubierto -¡oh, fuertes y poderosos sabios!- que el proyecto de las Villas en el parque Morelos es "financieramente inviable", causa risa, asombro, sorpresa -como a mí-, incertidumbre y hasta alegría. Es como cuando a uno le cuentan un chiste cuyo final ya sabía, o cuando adivina desde antes el desenlace de la película y el inefable "me late" termina por cumplirse. Hay satisfacción en el aire, la satisfacción de una opinión pública que reconoce, a través de las sílabas de un anuncio anunciado -?-, que no anda tan errada, que ya ha aprendido, elección tras elección, a calzarle el diente a sus gobernantes y anticiparse a las jugadas.
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Petersen Farah debe andar llorando. Por eso ni ha salido de su oficina. Escribo estas líneas desde la sala de prensa del Ayuntamiento de Guadalajara, y nadie espera del presidente municipal una declaración. Sí habría, sin embargo, preguntas por hacerle, pero todas malintencionadas, crueles, buscándole el lado herido, la declaración para titulares al estilo de la que se acaba de echar Víctor Martínez, titular de la Dirección de Planeación Urbana del municipio: "estamos dolidos".
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Y mientras las declaraciones fluyen, unos y otros, protagonistas y observadores, intentan en un juego político y demagógico asombroso, deslumbrante, mágico y existencial -?-, mantener sus posturas sin caer en el agobio, en la declaración falseada, en el error lingüìstico y en la pérdida de coherencia. Ahora intentan, "dolidos", mantener la postura firme y seguir creyendo en su proyecto.
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Negar que el reciente triunfo del PRI es parte de la misma sopa, me parece arriesgadísimo, un punto ciego. No porque el PRI tenga qué ver en la observación de la ODEPA y la decisión del Ayuntamiento tapatío, sino porque todo habla de la misma cuestión: al PAN, las cosas les están saliendo de mal en peor. Y todavía más gachas se van a poner si de aquí a diciembre, si en los tres años que les restan en lo estatal, siguen tomando decisiones erróneas, espontáneas, viscerales. Fúchila de guácala.
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Ahora el debate, en los rostros de los actores políticos como Leobardo Alcalá, Celia Fausto -hija predilecta de este Baile-, y hasta el propio Petersen Farah, mueve sus visores hacia cuál será el terrenito que algún empresario bien intencionado -?- nos prestará para levantar un proyecto que todavía no nace y ya murió. Pero igual San Ramón nonato nos hace el milagrito, y la ODEPA se apiada de nosotros y certifica las tres opciones terrenas que han quedado sobre la mesa, sin que nadie se atreva a levantar la palabra y solicitar permisos, realizar licitaciones, volver al barullo y reactivar el debate: el terreno que ocupa el ex club Chivas Guadalajara, el área de 52 hectáreas dónde estará Puerta Guadalajara o la porción de ciudad que ocupa la ex fábrica de Calzado Canadá.
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Hagan sus apuestas. A mí lo que me queda claro es que en este año no se tomarán decisiones. Si mi pronóstico -¡chin!- es acertado, Aristóteles Sandoval y los que lleguen con él heredarán no sólo un municipio en crisis -y además obeso-, sino un debate anquilosado, maleado, dañado de tanto llevaytrae. Pobre Aristóteles: tan cerca del poder, tan lejos de Celia Fausto.
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¡Salud!

sábado, 5 de septiembre de 2009

A la patria por las letras.

Parados en una remota esquina esperando el camión, le hice notar a un muy querido amigo mío que me hizo notar a su vez que estaban ya proliferando los vendedores de banderitas, chiles jalapeños de peluche y sombreros: "Los mexicanos somos mexicanos una mes al año". "No es cierto", me contestó, herido en lo profundo. "Somos mexicanos un mes al año... más los puentes".
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Ambos datos, tómese por verdadero el que se desee, son igual de oprobiosos, ridículos. No porque haya que sentirse orgulloso de ser mexicano por el mero asunto de serlo: la Patria es un pedazo de tierra y un conjunto de costumbres que estamos en la total, absoluta, rotunda libertad de adoptar, o dejar. Como la nacionalidad. El punto es que las más de las veces no somos nosotros quienes adoptamos la Patria, sino ella la que nos convence.
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Por esa razón, propongo literatura. "Ya empezó este caón (andamos patrios, recuerden) a llevar agua a su molino", pensará el lector asiduo, y tendrá toda la razón posible. Llevo agua a mi molino no porque sea un estudiante de letras, sino porque soy un convencido con la vivencia del poder que posee la literatura para sacar adelante las cosas. Por su profunda identificación con lo humano, por la suavidad de su arte, o de su esencia como arte, por su practicidad, pero ante todo por su universalidad, encontrar Patria en los libros es no sólo recurrible, sino hasta fundamental.
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Empezando el mes patrio, y ante la opinión de mi querido amigo, que también me sugirió esto que haré a continuación porque también, como tú, y tú, y tú, lee El Baile con regularidad, y además porque, como ya dije en la entrada anterior, a mí lo que me gusta es enlistar, haré a continuación una enumeración de los tres libros patrios cuya lectura no pueden dejar pasar en este mes de la Patria, si es que han adoptado a México como mexicanos, o están convenciéndose de hacerlo. No tomen decisiones sin información, repiten los padres, con cierta razón. Encuentren información en la literatura, agregaría yo: nos ha mentido el poeta que dice que lo que escribe es ficción. Nada más absurdo: el hombre más verdadero, se esconde detrás de un personaje.
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La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán. Conocedor por experiencia propia de los hilos tras el poder y su manejo, Martín Luis Guzmán creó, tras la muerte del caudillo, Álvaro Obregón, una de las más veraces novelas sobre el proceso de generación de las instituciones postrevolucionarias, pero también sobre la realidad de los políticos mexicanos, sus modus operandi, sus pensamientos, sus intenciones y sus exageraciones. Ésta es quizá la novela peor juzgada de la historia de la literatura mexicana del siglo XX: tachada de "novela de la revolución", La sombra del caudillo está lejos de ser eso, una novela sobre la revolución. Es una novela sobre la política, y las prácticas anquilosadas, erróneas, dañinas, como se ejerce -aún- el poder en México. Más que carro, Blackberry y asesora nueva, a los diputados de la recién formada LXI Legislatura deberían regalarles ejemplares de esta bien narrada historia de Luis Guzmán. Después de todo, al que le quede el saco podrá pasarle al bolita a su oponente.
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Los relámpagos de agosto (1964), de Jorge Ibargüengoitia. El autor con la vida más dramática que dio origen a los textos mexicanos más cómicos, trajo al mundo una obra que no es crítica, sino burlona, no paródica, sino verosímil. Un recorrido por unos cuantos días en la vida de un grupo de revolucionarios retirados que planean llegar a la presidencia -¿dónde se ha visto eso? me suena... me suena...-, y que harán de todo -pero en serio, de todo- para conseguirlo. Como película de los hermanos Cohen, pero con más botas y más chistes buenos. Un agasajo, como todo lo que trae como firma al guanajuatense, fallecido en un accidente de aviación.
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Casi el paraíso (1956), de Luis Spota. No es un retrato sobre un fraudulento príncipe italiano, sino cómo los mexicanos seguimos siendo comprados con espejitos con una facilidad que envidiarían otros pueblos del mundo. Yo todavía creo que si vinieran de visita Felipe y Leticia, más de alguno tendería su abrigo Chanel para que la princesa no pisara charcos en la calle. Más aún: estoy convencido de que nuestro amor por los Ipods, los Converse y las laptops Dell, tienen en lo profundo una relación con nuestra incapacidad para negociar, decir "no" y confiárselo a quien más confianza tenemos. Spota no creó un retrato de cómo el mexicano ama el lujo, el confort y la imagen, sino de qué tan terrible es que, reconociéndonos como malinchistas, aspiracionales y bobos, nos enorgullecemos de leer Quién y saber dónde demonios se casó la hija de olvidatúquémillonario. Como diría Condorito: "Plop!"
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Les dejo las tres. Consíganlas, porque poseen la ventaja que sólo ofrecen los clásicos, de estar en mil ediciones distintas, de mil precios variados. Tómenlas y léanlas antes del 15 de septiembre. Cuando den el grito, si ni Martín Luis Guzmán, Ibargüengoitia y Spota los convencieron de que ser mexicanos es una amargura deliciosa -?-, griten con ganas. Quizá, en una de ésas, por fin entiendan qué somos. En hora buena si así sucede.
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¡Salud!

Por sus cejas lo sabrás.

Hay ciertos días en la vida de un tipo común en que difícilmente se reconoce al espejo. Del amanecer a las últimas horas de la tarde, mirarse en una superficie reflejante es enfrentarse a un enigma milenario: ése que se refleja sobre el espejo laminado, de cortas patillas y naríz pronunciada, ¿es uno o la proyección de alguien más?
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Cuando se vuelve difícil adivinarse, cuando a mí se me dificulta encontrarme en lo que veo, recurro al antiquísimo y fraudulento truco de la imagen que no genera en los demás, cosa seria y de cuidado, tendiente al fallo, pues nada es más falso sobre nosotros mismos, nada más ajeno a lo que somos, que lo que otros creen, piensan y, a veces, muy méndigos, dicen.
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Pero superado el miedo y el recelo, y a sabiendas del alto margen de riesgo que la actividad implica, es interesante darse cuenta de dónde estamos ante los ojos de otros, de cómo nuestro rostro, nuestros rasgos, se materializan ante los ojos y los procesos mentales de otros.
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Yo, por ejemplo, que no poseo un rasgo particular, disfruto de enumerar la cantidad de cosas que, dichas sobre mí, tienen como punto de atención lo que muchos consideran el aspecto más destacable de mi rostro: mi mirada. Y como a mí lo que me encanta es enlistar, enlistaré para ustedes a continuación unas cuentas ocurrencias ajenas que han causado en mí reacciones diversas, del rubor hasta el enojo.
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"Cuando me ves, se me figura que te caigo mal". Lo peor no es que me lo hayan dicho, sino que la autora de la frase era una profesora de física en la secundaria, cuya clase me encantaba, así que me vi en la oprobiosa necesidad de no participar en ella y sentarme hasta atrás, en una edad en la que yo creía que caerle bien a la gente, y en especial a los maestros, era cosa clave para el éxito en la vida. Nada más grave que eso: ocultar mi mirada por ser causante de la molestia de otros, ignorando el hecho de que todo aquello que resulta espeluznante, puede ser material de amor exótico.
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"¿Te da mucho el sol o algo así?" No recuerdo de quién salió, pero cada vez que estoy pensando en algo serio y me invade el entrecejo, sobre todo cuando estoy a la sombra, recuerdo la frase y me dan ñáñaras. Imagino lo que debe estar transmitiendo ese gesto severo que se cuelta entre mis ojos cada vez que me sumerjo en mis ideas y arreglo el mundo en mi cabeza -veinticinco horas al día-.
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"¿Tas 'nojao?" La persona, cuyo nombre no revelaré porque es eminentemente dañino para la reputación de alguien -un adulto, por lo menos- que todo mundo se entere que salen de su boca frases de esta naturaleza infantil y desagradable, quería decir "¿estás enojado?" y como le pareció que la pregunta tenía respuesta exageradamente obvia, la planteó como si la hiciera a un niño pequeño. Pero yo ni estaba enojado, ni era un niño pequeño, así que me limité a reír, y como cuando río soy doblemente maligno y evidente, ya no supe si a la preguntona le quedó claro el punto o le tendría hoy, a tantos años de distancia, que repetir la pregunta.
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"Me resulta tan sexy tu alto poder de concentración". Juzgar mi capacidad de estar en un solo asunto y resolverlo, o mi inteligencia, con sólo la posición profunda, destemplada, casi natural de mi mirada, resulta demasiado arriesgado. Quienes me conocen no me dejarán mentir: concentrándome soy todavía peor que jugando fútbol. Las ideas no me pertenecen, y cuando me las apropio terminan por salirme mal. Pero de que soy sexy, hay rotundas pruebas, no necesariamente vinculadas con mi mirada. La sensualidad, después de todo, es un efecto del carácter y la autoimagen, no de la mirada.
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"Me acabas de atravesar". No sé quién fue el genio que inventó aquella idea de que hay miradas que traspasan. La mía es así. Eso es cierto. No mata, pero hiere a profundad, si se lo propone, y las más de las veces, revisa los interiores encontrando interesantes resultados. Porque soy un observador, nato, y en eso ni yo me dejo mentir. Observar requiere, por ende, atravesar con la mirada, penetrar los asuntos y apropiarlos. Hasta este punto, adivinarán, me siento más que orgulloso de lo que cargo con mis ojos.
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"Ya, en serio, ¿eres algo de la Doña?" Me gustaría, pero no. Ni pariente remoto. Yo nací en Culiacán, Sinaloa, y ella en Álamos, Sonora, a tantos kilómetros de distancia que ni con la mirada podría recorrerlos. Tengo la ceja, quizá, y la expresión inquisidora cuando miro preguntándome -veinticinco horas del día-. Pero nada más. Ah, claro, y la propensión tremenda a disgustarme cuando las cosas no salen como las planeé. Pero nada más. Bueno, y el mal gusto para cantar en francés.
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Viéndolo bien, es fácil hoy día reconocerme en el espejo. Tengo unos ojos ardientes. No por el color, que no rebasa a la medianía, sino porque mi mirada dice, con alguna vez me lo dijo La Traviata, que estoy pensando, más no qué estoy pensando. Peligrosa. Mi mirada es peligrosa. Ahora déjate mirar.
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¡Salud!