sábado, 22 de agosto de 2009

Un cuento tenebroso.

Les voy a contar un cuento. Hace mucho que no les cuento un cuento avisándoles que lo que sigue es pura, total, absoluta, rotunda y franca mentira. Normalmente ni les aviso, y luego vienen a preguntarme que si viví en Berlín, que si tengo un gato que se llama Filemón, que si en las noches chupo -sangre- y muerdo -cuellos-. Por eso aviso: esto que sigue es un cuento, y cualquier parecido con la realidad es total casualidad -ajá-.
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Hubo una vez un reino muy lejano que se llamó Tapatilandia. Era bonito hasta que una logia conocida como los PRIsidentes Municipalis le hicieron tantos arreglos que la dejaron como la Trigresa recién salida del quirófano del doctor Del Villar. Peor que moco tendido al sol. Peor que Beatríz Paredes acabada de levantar. Un día, cansados de que los PRIsidentes no hicieran más que escupir y violar su faz, los habitantes del reino se pusieron de acuerdo y en las urnas -que eran unas cajitas de plástico donde según eso uno votaba, y según eso se respetaba el voto- decidieron que ahora los PRIsidentes ya no tendrían derecho a gobernarlos, y mandaron llamar a otra logia, los PANegíricos, quienes andaban fregando camote desde muchos años atrás con que era necesario un cambio, y que ellos serían los fregones, los todasmías, los ayayay, que sabrían gobernar Tapatilandia y domar al toro por los cuernos.
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Pero los PANegíricos no tenían idea de cómo hacerle, así que se pusieron a leer libros de historia de Tapatilandia y decidieron que, para no errarle, lo mejor sería hacer exactamente lo mismo que los PRIsidentes, pero con menos claridad y desfachatez.
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Un día, un soberano PANegírico, "Poncho" Tercero Petersen Farah, decidió que la ciudad necesitaba ser foco de infecciones, digo, de atención, y se fue de viaje sin que nadie supiera a dónde. Cuando regresó, avisó con bombo y platillo que Tapatilandia sería la sede de unos jueguitos deportivos de los que nadie, ni sus organizadores, habían oído hablar. "¿Los Olímpicos?", preguntó una señora en la plaza. "No, los PANamericanos". Birip, birip...
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Nadie se entusiasmó como para echar la casa por la ventana y comenzar a remozar las calles. Poncho Tercero Petersen Farah, sorprendido por la poca visión de los tapatilándicos, comenzó a trabajar él mismo en conseguir dinero para que los PANamericanos, que eran su única ilusión, como de niño moribundo, pudieran tener lugar en Tapatilandia.
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El problema llegó cuando los directivos de los Juegos, otra logia llamada ODEPAnzaso, le hicieron ver a Poncho Tercero que no darían permiso a Tapatilandia de ser la sede si no se construían unas Villas PANamericanas para al-berga-r a los deportistas que asistirían a las justas. Poncho Tercero dijo: "Ay, pero si eso es re fácil. Buscamos un lugar, contratamos un par de albañiles, y en un mes o dos tenemos Villas nuevas".
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El problema fue que tuvo la brillante idea de matar dos pájaros de un tiro -masacrar dos zopilotes de un ramazo, diría yo-: poniendo las Villas en el centro de Tapatilandia, tendría sus ansiados PANamericanos y además reactivaría la imagen -eso dijo él para sus adentros- de una de las zonas más inseguras, feas, apestosas e intervenidas de aquel lejano reino.
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Obviamente los vecinos del céntrico punto donde Poncho Tercero puso la vista, aledaño a una fuente generadora de prostitución, digo, de oxígeno natural, llamada el Parque MORE-lelos, pusieron el grito en el cielo y dijeron que no venderían sus casas ni por las lágrimas vivas del niño Jesús. Poncho Tercero entró en desesperación y duró desesperado como dos años, en los que el proyecto de las Villas cambió tantas veces de figura que terminó siendo una L, con riesgo a pasar a M o a Z.
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Al final, de afuera vino una crisis económica que puso a Tapatilandia a comer ejotes. Si los tapatilándicos nunca vieron con entusiasmo los Juegos PANamericanos antes del hambre, con el hambre empezaron a odiarlos. "Nos van a quedar rechidos", repetía Poncho Tercero, y el pueblo nomás rumiaba. Entonces se cruzaron unas elecciones, y los tapatilándicos, muertos de hambre y de cansancio por tanto rezar -porque además eran bien crédulos, digo, creyentes-, decidieron que un mal conocido sería mejor que un pésimo en puesto, y regresaron a los PRIsidentes al poder. "Mejor una ciudad parchada que una panza comprometida", se dijeron.
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Poncho Tercero Petersen Farah se puso mal. Casi se desmaya, y eso que era doctor. Comenzó a apretar el paso, pero los regidores PRIsidentes, que eran un grupo medio latoso cuando podía y medio tonto cuando quería, sintiendo el poder correr de nuevo por sus venas, dijeron que no aprobarían que Tapatilandia se endeudara con los 500 millones de tapatipesos -que son como billetes de Monopoly- que Poncho Tercero pedía para poder construir las Villas.
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Votaron tantas veces que al final ya nadie sabía qué decidieron. Incluso un día de votaciones, nomás por nomás, una de las regidoras, Celia Fausta, dijo que retirarían mejor la noción para poder meditarla. Todos se tomaron dos semanas de vacaciones, se fueron a la playa y Poncho Tercero se quedó nomás papando moscas. Cuando regresaron, volvieron a votar y dijeron "nel". Poncho Tercero buscó entonces el apoyo de empresarios e industriales de Tapatilandia, pero al cierre de este cuento todavía no se sabía cómo es que un montón de señores con dinero y ganas de aparecer en los periódicos ayudarían a un proyecto que no emociona ni a sus organizadores.
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Aquí termina la triste y trémula historia del cándido Poncho Tercero Petersen Farah y su regidora desalmada. No, no es cierto. La historia sigue, pero seguir contándola, a estas alturas, sería nomás decir puro cuento. ¿Les gustó el cuentorete? Me importa muy poco. Notarán que soy PANdroso.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Digno de análisis lingüístico-semántico, el tema es muy triste como para seguir hablando de él.
(La palabra para verificar esta vez es gasess, qué pedo con eso?, jajaja)