martes, 25 de agosto de 2009

Perder el celular.

En la era de la "aldea global", estar comunicado e informado es la base ambivalente sin la cual difícilmente funcionaría el término "ser humano". Quien no tiene hoy la capacidad suficiente para recibir, procesar, interpretar y usar a su favor una cantidad "soberbia" de información, está fuera de todo, es un extraño, un extranjero.
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Entenderán que perder el teléfono celular en dicho panorama es no sólo terrible, sino angustiante. No ser localizable, no tener a la mano la posibilidad de hablar o mensajear, comunicar e informar, es impensable, casi un sacrilegio. Es no ser, y según Parménides, existe sólo el ser, porque el no ser es impensable, y lo que no es pensable, no puede existir.
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Brillante descubrimiento para alguien que pierde su teléfono celular un martes, alrededor de las 11 de la mañana. Brillante para un reportero, que no sólo requiere información, sino posibilidad de informar. Sin línea personal, un profesional de la información -me choca el término, pero no encuentro otro sinónimo que dé sonoridad requerida a la profesión al ser nombrada- es simplemente nada. Incomunicado, desinformado, incapacitado, un cero a la izquierda poseería más valor que mi simple libreta, mi pluma y mi grabadora de voz.
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La buena nota del día la dio la aparición casi milagrosa de El Gerber, un amigo de reciente adquisición que llena de profundo orgullo a la presente administración no sólo porque es doctor -no tengo amigos doctores... sobrios-, sino porque aumenta la lista personal de amigos que poseen nombres raros -su nombre no lo pronunciaré no sólo por respeto a su privacidad, sino porque luego preguntarían qué significa, y ni él sabe-.
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Fue tan proverbial su llegada, que me sentí como niño de Fátima cuando se le aparece la vírgen... pero sin virgen... y sin niñez. Con decirles que le invité Transvales, algo que yo considero más valioso que los abrazos, las invitaciones a comer y los carros del año. Llegó de pronto, cuando no lo esperaba, y se ofreció a acompañarme al lugar de los hechos -que es como la "escena del crimen", pero con menos sangre-, para intentar rastrear el aparato perdido.
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Yo para entonces tenía ganas de llorar como Magdalena. No, no es cierto. No de llorar, pero sí de salir corriendo a un planeta lejano dónde el celular fuera cosa del pasado... o de un futuro muy lejano. Su plática me relajó, y en pocos minutos pensé que perder un celular era nada comparado con tener que ir de lunes a sábado a la escuela, en horarios a partir de las 7 de la mañana, tiempo del día que yo considero inmoral, inhumano e inútil, porque a esa hora sólo los gallos, los voceadores y los estudiantes de medicina están despiertos.
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Llegamos al "lugar de los hechos" y se nos informó oportunamente que el celular no estaba ahí, ni la rueda de prensa a la cual había asistido. ¡Me quiero morirs! Sin celular, y haciéndome a la idea de que perderlo fue un gravísimo error que seguramente me costará horas de filas en Telcel, aunado a un sentimiento de culpa indescifrable por no haber previsto que dejarlo sobre una mesa, en el desamparo, era hacerlo sujeto propenso al "extravío", salí de ahí y El Gerber, que además tiene unos chinos que ya quisieran Jimmy Hendrix o Bárbara Mori, me dijo que lo mejor sería darle placer al estómago y levantar la Coca Cola por el celular perdido.
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Yo quiero a mis amigos, a todos, uno por uno y en lo individual, no sólo gracias a sus maravillosas personalidades, sino también a sus fabulosas historias y lo que por mí saben hacer. Pero una cosa es que uno quiera a sus amigos por su forma de mover el abanico, y otra muy distinta que éstos no se den a querer por proponer soluciones tan maravillosas a los pesares como un buen sentón en Mc Donalds.
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Partimos, pues, rumbo al restaurante del payaso idiota, y mientras degustábamos un par de hamburguesas insufribles -no ventanearé al Gerber diciendo que le agregó sal y pimienta transgénica extra a su platillo... ¡oops, demasiado tarde!-, platicamos otro tanto y llegué a la conclusión de que, además de chinos, tiene en la cabeza tantas ideas que volverían loco a un mortal común, pero con la ventaja de 19 años de experiencia en esto de vivir, lo que lo salva de ser herido hasta por la verdad.
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Saliendo de ahí, me acompañó a un centro de atención a clientes de Telcel, dónde todo iba bien hasta que nos dijeron que no teníamos nada qué hacer ahí, que lo que seguía -si el trámite hubiera sido gubernamental, nos hubieran dicho "lo que procede"- era reportar el celular... a un número telefónico.
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Brillante idea. El que la tuvo, seguro tenía dos celulares: uno para perderlo, y el otro para reportar el perdido. Por fortuna yo no tengo dos celulares, pero tengo un amigo. El Gerber me prestó su línea y marqué, sólo para recibir como información que mi número perdido no estaba a nombre mío. "¿Eso significa que yo no soy yo?", pregunté a un atolondrado chico de atención telefónica. "No coinciden los datos que nos ha proporcionado con los registrados, señor Madrigal".
Dos males, dos pesares: una cosa es perder el celular y quedar en una isla desierta, desinformado, y otra muy distinta es venir a enterarse que uno no es sino un usuario no registrado.
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Por suerte, El Gerber sólo tiene para sus amigos frases de aliento: "Velo por el lado amable. Al menos yo no perdí mi celular". Insisto: ¿cómo demonios se topa uno con esta clase de gente, y cómo 'ingados termina uno encariñándose y dándoles confianza, amistad y Transvales? No idea, pero seguramente quien idea los encuentros entre personas es el mismo sujeto que administra el *264.
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¡Salud!

5 comentarios:

Alejandro Bercini dijo...

Las misteriosas e inexplicables entradas y salidas de personas en nuestras vidas y, sin embargo, todas ellas con un propósito, una acción y un ente necesario para alcanzar nuestro destino.
Que si se quedan toda la vida, o sólo un par de año, quizá días, y extrañamente, los recordamos por siempre, y con enorme sonrisa correremos a su encuentro cuando nos necesiten, con un gran abrazo los recibimos cuando, por azares incomprensibles del destino, nos los volvemos a encontrar.

Que mal por su celular perdido, mi buen amigo, comprendo el dolor y sufrimiento pues acabo de pasar por la misma situación. Pero recuerde que los objetos van y vienen sin pena ni gloria, por que siempre habrá una nueva tecnología que los reemplace, pero a los amigos, a los amigos difícilmente se reemplazan.

Saludos desde wonderland.

Wendy Piede Bello dijo...

Lo veo venir, El Gerber ha llegado para quedarse... en qué status, no lo sé, pero llegó para quedarse.

Gala dijo...

Recuerdo bien, 2005, un diálogo: -primer acto-

Él: que sorpresa encontrarte aquí, justo aquí, ¿qué haces? ¿A quién esperas?
Ella: a la dueña del celular que encontré ayer… no llega pero tengo que esperarla porque no estudia aquí.
Él: ¿por qué siempre ese afán de ser correcta? Si no llega el celular es tuyo, desde ayer te dije que ese celular podría ser tuyo o mío.
Ella: No, ya te dije que si lo quiero regresar es porque quiero saber que si algún día pierdo el mío, alguien hará lo posible por regresármelo.
Él: ingenuidad, no va a pasar, además eres muy cuidadosa, jamás pierdes nada.

-Segundo acto-

Ella, sí la misma ella del acto anterior, llega a su departamento después de un “nefasteante” día de trabajo, llega al ritual de antes de dormir, medio litro de agua, dos vasos de jugo, ventilador, más ventilador en el cuarto, música, de preferencia Björk, un poco de lectura, revistas, dos trazos al dibujo abandonado del fin de semana, incienso, un baño, desmaquillante, jabón, crema para los párpados, crema para prevenir el acné, crema para las piernas cansadas, crema para las estrías, un poco de poesía –cigarro mental antes de dormir- revisa el celular.despertador, para fijar la hora para el día siguiente y descubre: mensaje de texto, desde muy lejos, sí muchas gracias después de lo que no ocurrió el fin de semana, hoy te mando un mensaje para decirte que no quiero que te olvides que existo, que no quiero que te olvides de mí, que no quiero estar contigo, no puedo estar contigo, sólo somos amigos, pero si quieres seguir enamorada de mí, está bien, porque eso le gusta a mi ego y uno nunca sabe, siempre es bueno tener un “backup” ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh la furia de la mujer después de su ritual, lágrimas, que no corrieron el rimel pero si los costosos tratamientos antioxidantes, Un sentimiento: Ganas de arrojar el celular contra la pared. Acción inmediata: tranquila, no lo lances, no tienes dinero para comprar otro, el artefacto no tiene la culpa, lo necesitas, está feo pero no importa, te funciona, es tu despertador, tu directorio, tiene tu numero de toda la vida. Acción final: decide no estrellarlo contra la pared, borra el mensaje y finge demencia.

Tercer acto
Un día de regreso a casa, el regreso a casa a ella, le implica 12horas, para fines prácticos sólo regresa a casa para eventos importantes, bodas, cumpleaños o nostalgia crónica. Por lo pesado del viaje, por descuido olvida el celular.despertador en el camión.

Del primer acto nos queda la estúpida moraleja que decente en México es sinónimo de pendejo. Nadie me regresó nada. El tercer acto ocurrió 15días después del segundo, y sólo pasaba una cosa por la mente de la protagonista: ¿por qué joder, no lo azoté contra la pared, si de todos modos lo iba a perder?

A lo que concluimos, qué por más que la protagonista jura que no necesita un celular, es mentira, si lo necesita aunque sea para despertar, tuvo que comprar otro y lamenta haber perdido los contactos que junto por más de cuatro años. La madre de la protagonista da la moraleja de que tal vez se necesita renovar de vez en cuando, aparato nuevo, número nuevo, la vida sigue.

Pd. No he registrado mí numero, en la ciudad dónde vivo no sirve, en mi hogar nadie lo ubica y yo puedo casi asegurar que aún con celular y nextel, estoy casi como muerta. No existo. El i-phone mola y mola mogollón jajajaj. Un beso desde cálidas y capitalistas tierras regias.

Victor H. Vizcaino dijo...

Uga Uga!!!!kin

Victor H. Vizcaino dijo...

No es un payaso, es un personaje. ok, basta, llamalo como sea.