lunes, 10 de agosto de 2009

Encumbrados.

¿Qué demonios tiene Barack Obama que lo hace tan querido? Resulta increíble el grado de aceptación que despierta, incluso entre quienes no tienen mucho interés por los asuntos de política, relaciones internacionales, agenda bilateral y demás tópicos que la reciente Cumbre de Líderes de América del Norte ha puesto sobre la mesa. Incluso entre quienes dicen odiar a tope a los Estados Unidos, una de las naciones más destrozadas en el discurso, en la imaginación, incluso en el séptimo arte. Un país hacia el cual el derrotero en general es el deseo de la caída, la derrota, tiene como presidente a uno de los hombres más carismáticos y llamativos del planeta.
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Ayer justo me preguntaba todo esto mientras esperaba su llegada en las inmediaciones del Instituto Cultural Cabañas, aquí en Guadalajara, sede de la Cumbre. Como las acreditaciones las agandalló mi editor, yo tuve que resignarme a cubrir el manejo de seguridad en los alrededores, lo cual rompió un tanto con la fantasía: Barack Obama es el hombre más admirado, más en boga, pero no deja de ser el presidente de una de las naciones más odiadas del mundo, y de correr peligro por el simple hecho de serlo.
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Una multitud se agolpaba en la Plaza Tapatía, puerta de entrada al Cabañas, esperando divisar, a casi un kilómetro de distancia, al afroamericano presidente bajar de su limousina. Incluso había quien imaginaba que llegaría en helicóptero, rodeado de la faramalla del héroe propia de las películas holliwoodenses. Bastaría un segundo, sólo un segundo, quizá una mirada distraída, ya no digamos un saludo franco, para que la gente se diera por bien servida y partiera a seguir disfrutando de su domingo tras haber conocido "en persona" al presidente demócrata.
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Era obvio que nadie esperaba ver a Felipe Calderón Hinojosa. Ya no digamos al primer ministro canadiense, también presente en el evento, que tiene nombre de marca de plumas caras, Stephen Harper. Incluso a la entrada de la plaza, y en la manifestación llevada a cabo en las primeras horas de la mañana del mismo domingo, el común de las consignas globalifóbicas de los connacionales iban dirigidas hacia Felipe Calderón. Un presidente rodeado de la tristemente mala fama de ser producto del fraude electoral más costoso -económica y moralmente- de la historia de la democracia mexicana. Un presidente rodeado del empleo que no ha podido generar, y la crisis de escala mundial que, claro está, no ha estado en sus manos superar, pero a quien todo mexicano sabe culpar. Si las cosas buenas las debe hacer el gobierno, piensa el mexicano, las malas también.
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Obama era recibido con aplausos y expectación. ¿Vendría con su esposa? ¿Traería a las niñas, la suegra, alguna de sus "mujeres" que aparecen mencionadas en el más reciente número de la revista Quién, como Hillary Clinton, su secretaria de estado? ¿Se vería tan guapo en persona como en las miles de fotos que de él circulan por la red? ¿Haría alguna recomendación al Estado mexicano sobre el asunto del narcotráfico, la migración, el comercio exterior? ¿Qué opinaría de los murales de Orozco, que observaría sobre su cabeza y a su alrededor durante largas horas?
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De Felipe Calderón, el pueblo no se preguntaba nada. No hay expectativas hacia un presidente que ha puesto al país en un estado de sitio, amenazando al narcotráfico, una hidra incorregible que siempre que pierda una cabeza, ganará dos más. No hay expectativas hacia un presidente que tampoco ha podido asumir los crímenes del pasado, la represión policíaca e ideológica, el fuerte papel del clero en la opinión pública y la dañina presencia de la izquierda reaccionaria. No hay expectativas hacia un presidente que siempre hace la misma declaración, que siempre repite el mismo sonsonete cansado. No hay expectativas hacia un presidente que no detiene los monopolios, que no frena a Televisa ni a Tv Azteca en sus fatuos intentos por dominar el espacio satelital -y mental- de la nación. No hay expecativas hacia un presidente que no promueve iniciativas de ley que generen acuerdos, que integren las partes políticas. No hay expectativas hacia un presidente al que, chin, le tocó la crisis, pero también, chin, no ha podido sortearla con iniciativa.
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La foto que aparece hoy en el periódico Mural, al menos en su versión en línea, es fabulosa: cautivado, Barack Obama observa al desafiante Hombre de fuego ascender al infinito desde la cúpula de la capilla mayor del Cabañas. En sus ojos se contempla ese mismo afán infantil de descubrimiento que todos hemos vivido cuando observamos por primera vez los trazos del muralista jalisciense, José Clemente Orozco.
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Y se contempla también la esperanza, porque Barack Obama, contario a Calderón, ha sabido vender a su pueblo, a las naciones del mundo, la política de la esperanza. Ha entendido que los tiempos de crisis no son tiempos de lucha contra el narcotráfico, sino de construcción de la esperanza. Por eso el tema del narcotráfico se toca poco y mal durante la cumbre. Se prefiere hablar de acuerdos en materia de salud, migración, comercio. No entra la guerra en el vocabulario de Obama, quien incluso ha anunciado el retiro total de las tropas norteamericanas en Irak. El discurso de Calderón es otra cosa, y nos tiene tan cansados que ya nadie lo busca en la cumbre. Ahora, que necesitamos esperanza, buscamos el perfil de cantante de jazz que tiene el presidente más carismático de la tierra, y, curiosamente, con él buscamos también a la nación más temida, más odiada, la más vilipendiada, pero sin la cual ninguno de nosotros quisiéramos vivir.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

...todo esto quiere decir que sobreviviste...
Jajajajaja, bien por ti y porque no te confundieron con un altermundista.

Victor H. Vizcaino dijo...

¿Qué demonios tiene Barack Obama que lo hace tan querido?
Tu mismo respondiste la pregunta, yo le agregaría una sonrisa sincera, lo que sea de cada quien la envidio, yo se sonreír, nótese “se”, mas no me nace, bueno, aveces, y eso mi estimado, es de admirase y tomar dato.

Saludos.