viernes, 7 de agosto de 2009

De Zara a Bertha.

Hace unos años, cuando la polémica se desató, yo estuve completamente de acuerdo en la conclusión a la que los expertos llegaron entonces: en las tallas de ropa, no existe ley ni orden. Gurús de la moda propusieron entonces la creación de tallas estándar, con medidas adecuadas al común de los mortales, y en una escala limitada y aceptable, real, para un prototipo de cuerpos sanos y felices. Ninguna talla menor a la 5, ninguna mayor a la 40.
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El debate comenzó cuando un conjunto de asociaciones en pro de la desaparición de los trastornos alimenticios, alzó la voz ante casos de jóvenes que habían caído en trastornos como la anorexia nerviosa al intentar entrar en una talla menor a la 4. Para los quejosos, que cadenas internacionales como Zara, Pull and Bear y Banana exigieran cuerpos esbeltos, esbeltísimos, para lucir sus prendas -lo que se dice lucir, porque una cosa es portar, otra vestir y otra muy distinta lucir-, era un detonador irrefrenable en los jóvenes de la pérdida del control hacia su peso, su alimentación y, en cierta medida, su autoestima.
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Hoy, tentando a la herencia Cruz que nos dejó -incluyo a mis hermanos, que también las padecen- soberanas caderotas, y también a las malas experiencias anteriores, me aventuré al interior de una tienda Zara, en un reconocido y glamouroso centro comercial de la ciudad, atraído por mi interés particular en un saco informal que desde hace ya varias semanas, cual cappuccino de Starbucks, se me viene antojando.
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Contrario a lo que esperaba, la experiencia fue todo un éxito. Comproblé que los años y su estresante paso han robado a mi torso un poco más de lo elemental, y que Zarita, sus tallas medianas y yo, ya estamos en proceso de reconciliación.
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Obviamente no compré nada. Si bien mi relación con las tallas zaristas -¡ja!- ya no es de absoluta lucha encarnizada, a muerte, no resulta tan alegre mi relación con sus precios, cosa desagradable que la moda suele traer consigo. Dejé las tallas 32 en los ganchos, y mis finanzas sanas. Santo remedio.
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Lo que precoupa es que tras tantos años, todavía no haya quien regule tallas y medidas. Lo digo porque antier compré dos pantalones en un mucho más barato complejo departamental, y uno fue talla 30 y el otro 34, en teoría. Entrar en una tienda de ropa sigue siendo un infierno para quienes no poseemos las piernas de Lindsay Lohan o los pectorales de David Beckham. Lo que uno sí tiene, apenas y lo defiende.
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¿Qué hace falta? Quizá exigir, como consumidores. Cadenas como Bershka y C&A, de moda entre los jóvenes, el grupo de edad más propenso a padecer baja autoestima y trastornos alimenticios, siguen elaborando prendas cuyas tallas mayores son las menores en otras cadenas. De nada sirven probadores con una iluminación tendenciosa, o baratas de descuentos. Si a la juventud se le defiende también a través de las tallas, quizá las cosas majorarían, o ya de plano, la ridiculez no bailaría en este baile que a veces, y sólo a veces, se permite deslices como el de hoy.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

He escuchado rumores confiables de que la ropa que se fabrica para Zara es desechable, así que no vale ni la pena que causa el no entrar en uno de sus pantaloncitos.
En efecto, no hay como probarse la ropa, si se te sientes bien con la prenda puesta, no importa cuánto peses ni que talla seas.