viernes, 28 de agosto de 2009

Los asquerosos nairis.

Los que crecimos cobijados por sus años, sabemos a la perfección, y sin necesidad de ponerlo por escrito, que los noventa no fueron una época caracterizada precisamente por una manifestación inestimable del avance en la mentalidad humana, la ilustración y el progreso de la ciencia. Fueron una época en que la moda renegó de los excesos de los orgiásticos ochenta, pero adquirió hasta el cansancio texturas metalizadas que terminaron por ser todavía más excesivas que los sacos con hombreras y los suéteres gigantes de los eighties. Pero más allá de un par de descubrimientos estilísticos y un abuso en los sintonizadores de voz, nadie podría recordar un bien hecho a la humanidad durante el periodo 1990-2000.
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Por eso es que revisar las canciones lanzadas a la fama durante los 90 es todo un agasajo. Y hacerlo con amigos que al igual que uno crecieron escuchándolas, es todavía mejor. Llega un punto en que uno encuentra tantas inconsistencias y estupideces en las letras, que termina cuestionándose cómo fue posible que grandes productores musicales cayeran en la aberración a la inteligencia humana que significó darle cabida a semejantes galimatías.
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Y como este baile anda muy nineties, cederá la voz por breve espacio de tiempo a tres de las frases más ridículas de canciones de los noventa. (Aplausos) Por supuesto que en español. Nuestro portentoso y numeroso equipo de redacción está seguro que en inglés también abundan las canciones con letras que deslumbran de tan inteligentes, pero andamos hispanis, y así, ni un vaso con soda.
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"Estoy como un flan en continuo temblor". Sonamos. Encontrar atisbos de inteligencia en una frase de esta naturaleza es más difícil que decir "fufurufu" comiendo mazapán... sin escupir. El de la voz (lo llamaremos "chiconairi"), no nomás está como un flan, lo cual es de por sí humillante y pegajoso, sino que además, como el flan, está en continuo temblor. No sé qué clase de flan tiembla tanto. Los que hace mi mamá son más bien duritos, y por eso son una delicia. Osea que aparte de humillante y pegajoso, el chiconairi es un flan de los más asquerosos, como los de cajita de Ya'stá o los Jello, que se dicen flanes pero... ya, pues. La canción es "Enamoradísimo", del siempre ilustrado y sabio grupo Mercurio (birip, birip).
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"Gatos en el balcón, si nos da el amor, todo puede pasar". A ver: ¿lo que puede pasar es que se conviertan en gatos, o estamos hablando de gatos a los cuales les da el amor y ya no sabemos qué les pasará? La canción de Fey, cantante que merecería toda una entrada por letras similares, no es sólo ridícula, sino hasta ilógica. Llega un momento en que uno se pierde: "Gatos en el balcón, ignorando la realidad, par de locos tú y yo". "Si la luz te impide ver cosas que en la oscuridad ves con el poder de la imaginación, pon los pies en el suelo ya". O sea: ¿le vas a pedir que despierte para que vea con la luz cosas que ve en la oscuridad mientras imagina... ¿quién se va a volver loco entonces? ¿Quién delira? Ahora entiendo por qué el mayor de mis hermanos hacía molestar a mis hermanas mientras veíamos Top Ten los sábados con aquello de "Oigan, qué fea es Fey".
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"Nunca te detengas no, que el verano ya está por llegar, y otro año pronto ha de pasar". Evidentemente esa chicanairis tiene un problema con su calendario. Si el verano está por llegar, estamos en primavera. ¿Hasta ahí todos me siguen? Tons, ¿cómo demonios va a pasar otro año pronto si apenas estamos empezándolo? Digo, porque imagino que es conocimiento común que la primavera es la primera de cuatro estaciones que se reparten entre los doce meses del año. La canción era "Gira que gira", de la bulímica y extinta Linda. Y luego por qué las vuelven vomitólogas.
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Y así podría uno seguir y seguir. No sé a ustedes, pero a mí la que más ñáñaras me dan es la del flan. Mis múltiples novias -?- me han puesto mal, pero como flan nunca. ¿No será que el chiconairis tiene un mal hepático, o hiperglucemia? Yo que él me checaba. No vaya a ser que en una de esas descubra que la diabetes fue, después de todo, el único diagnóstico inteligente que los noventas nos trajeron.
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¡Salud!

martes, 25 de agosto de 2009

Perder el celular.

En la era de la "aldea global", estar comunicado e informado es la base ambivalente sin la cual difícilmente funcionaría el término "ser humano". Quien no tiene hoy la capacidad suficiente para recibir, procesar, interpretar y usar a su favor una cantidad "soberbia" de información, está fuera de todo, es un extraño, un extranjero.
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Entenderán que perder el teléfono celular en dicho panorama es no sólo terrible, sino angustiante. No ser localizable, no tener a la mano la posibilidad de hablar o mensajear, comunicar e informar, es impensable, casi un sacrilegio. Es no ser, y según Parménides, existe sólo el ser, porque el no ser es impensable, y lo que no es pensable, no puede existir.
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Brillante descubrimiento para alguien que pierde su teléfono celular un martes, alrededor de las 11 de la mañana. Brillante para un reportero, que no sólo requiere información, sino posibilidad de informar. Sin línea personal, un profesional de la información -me choca el término, pero no encuentro otro sinónimo que dé sonoridad requerida a la profesión al ser nombrada- es simplemente nada. Incomunicado, desinformado, incapacitado, un cero a la izquierda poseería más valor que mi simple libreta, mi pluma y mi grabadora de voz.
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La buena nota del día la dio la aparición casi milagrosa de El Gerber, un amigo de reciente adquisición que llena de profundo orgullo a la presente administración no sólo porque es doctor -no tengo amigos doctores... sobrios-, sino porque aumenta la lista personal de amigos que poseen nombres raros -su nombre no lo pronunciaré no sólo por respeto a su privacidad, sino porque luego preguntarían qué significa, y ni él sabe-.
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Fue tan proverbial su llegada, que me sentí como niño de Fátima cuando se le aparece la vírgen... pero sin virgen... y sin niñez. Con decirles que le invité Transvales, algo que yo considero más valioso que los abrazos, las invitaciones a comer y los carros del año. Llegó de pronto, cuando no lo esperaba, y se ofreció a acompañarme al lugar de los hechos -que es como la "escena del crimen", pero con menos sangre-, para intentar rastrear el aparato perdido.
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Yo para entonces tenía ganas de llorar como Magdalena. No, no es cierto. No de llorar, pero sí de salir corriendo a un planeta lejano dónde el celular fuera cosa del pasado... o de un futuro muy lejano. Su plática me relajó, y en pocos minutos pensé que perder un celular era nada comparado con tener que ir de lunes a sábado a la escuela, en horarios a partir de las 7 de la mañana, tiempo del día que yo considero inmoral, inhumano e inútil, porque a esa hora sólo los gallos, los voceadores y los estudiantes de medicina están despiertos.
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Llegamos al "lugar de los hechos" y se nos informó oportunamente que el celular no estaba ahí, ni la rueda de prensa a la cual había asistido. ¡Me quiero morirs! Sin celular, y haciéndome a la idea de que perderlo fue un gravísimo error que seguramente me costará horas de filas en Telcel, aunado a un sentimiento de culpa indescifrable por no haber previsto que dejarlo sobre una mesa, en el desamparo, era hacerlo sujeto propenso al "extravío", salí de ahí y El Gerber, que además tiene unos chinos que ya quisieran Jimmy Hendrix o Bárbara Mori, me dijo que lo mejor sería darle placer al estómago y levantar la Coca Cola por el celular perdido.
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Yo quiero a mis amigos, a todos, uno por uno y en lo individual, no sólo gracias a sus maravillosas personalidades, sino también a sus fabulosas historias y lo que por mí saben hacer. Pero una cosa es que uno quiera a sus amigos por su forma de mover el abanico, y otra muy distinta que éstos no se den a querer por proponer soluciones tan maravillosas a los pesares como un buen sentón en Mc Donalds.
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Partimos, pues, rumbo al restaurante del payaso idiota, y mientras degustábamos un par de hamburguesas insufribles -no ventanearé al Gerber diciendo que le agregó sal y pimienta transgénica extra a su platillo... ¡oops, demasiado tarde!-, platicamos otro tanto y llegué a la conclusión de que, además de chinos, tiene en la cabeza tantas ideas que volverían loco a un mortal común, pero con la ventaja de 19 años de experiencia en esto de vivir, lo que lo salva de ser herido hasta por la verdad.
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Saliendo de ahí, me acompañó a un centro de atención a clientes de Telcel, dónde todo iba bien hasta que nos dijeron que no teníamos nada qué hacer ahí, que lo que seguía -si el trámite hubiera sido gubernamental, nos hubieran dicho "lo que procede"- era reportar el celular... a un número telefónico.
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Brillante idea. El que la tuvo, seguro tenía dos celulares: uno para perderlo, y el otro para reportar el perdido. Por fortuna yo no tengo dos celulares, pero tengo un amigo. El Gerber me prestó su línea y marqué, sólo para recibir como información que mi número perdido no estaba a nombre mío. "¿Eso significa que yo no soy yo?", pregunté a un atolondrado chico de atención telefónica. "No coinciden los datos que nos ha proporcionado con los registrados, señor Madrigal".
Dos males, dos pesares: una cosa es perder el celular y quedar en una isla desierta, desinformado, y otra muy distinta es venir a enterarse que uno no es sino un usuario no registrado.
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Por suerte, El Gerber sólo tiene para sus amigos frases de aliento: "Velo por el lado amable. Al menos yo no perdí mi celular". Insisto: ¿cómo demonios se topa uno con esta clase de gente, y cómo 'ingados termina uno encariñándose y dándoles confianza, amistad y Transvales? No idea, pero seguramente quien idea los encuentros entre personas es el mismo sujeto que administra el *264.
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¡Salud!

domingo, 23 de agosto de 2009

Siete

A estas alturas, ustedes ya se habrán echado tres entradas como ésta. Volver a clases tras un periodo vacacional es un evento tan traumático que una entrada es lo mínimo que puede dedicársele. Yo no manejo una cifra exacta, y mis informantes están tan perdidos en la fiesta y el jet lag, que es imposible pedirles constancia alguna, pero casi estoy seguro que hay un porcentaje de población en los manicomios del mundo consistente en estudiantes que descubrieron un domingo cualquiera que al día siguiente tenían que volver a las aulas.
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El punto es que mañana ésta su pluma regresa a clases, y cursará, si todo sale conforme al plan, seis materias de un séptimo semestre que se avecina, como nube de tormenta redondita y jugosona, pesado, duro y tupido. Tanto que he considerado seriamente la idea de consumir uno de esos multivitamínimos que aparecen en la tele y causan disociación de la personalidad. Si pudiera dividirme en tres Agus, mandaría uno al trabajo, otro a la escuela, y uno más al súper.
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La observación que hace un par de segundos acaba de hacerme La Casicasi, no ayuda en mucho a contener mis ganas de quedarme en casa: "Vas al grado que nunca alcanzaste después de la primaria". Es cierto, totalmente cierto. Superar el sexto grado era lo más productivo que hasta ahora me había pasado. Séptimo no era un criterio que apareciera en mi currícula, y todavía me siento extraño de decir: "Voy a séptimo, de diez".
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Por eso, y porque ya no sé qué hacer con tanto consejo que traigo guardado, enlistaré a continuación las tres cosas que uno no debe olvidar cuando inicia un semestre escolar. Son sólo tres porque cuatro serían muchas, y dos muy pocas. Osea, son tres porque tres es el número exacto, por lo que si yo pasara a tercer semestre, esta entrada no existiría y no me andaría con tantos complejos.
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Duerme. Los científicos han comprobado que en gran medida el éxito escolar está relacionado con las horas de sueño que dormimos. Es una mentira que el chico que casa 90 y vive en el antro, no pueda sacar un 100 si duerme mejor. Es también falso que el sueño no adelgaza y aumenta la concentración: cuando dormimos, las células de nuestro cuerpo se renuevan, y el organismo se limpia, de modo que al despertar poseemos un metabolismo más capaz y un cerebro más dinámico. Si tu 80 te enorgullece, imagínate un 90 que tendrás tras 7 u 8 horas diarias de profundos ronquidos.
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Respira. Concentración e inteligencia son sólo conjuntos de procesos, que no se logran si no existe oxigenación regular en las células. Estudiar para un examen requiere tiempo, sí, pero también aire. Es mentira que encerrarte a leer y practicar te sacará adelante. Res-pi-ra. Respirar es bueno para tus pulmones, tu corazón y tu cerebro. Procura hacerlo metódicamente. Si fumas, intenta hacerlo sin meter humo en tus pulmones. Si no fumas, acerca tus dedos índice y cordial a tu boca como si llevaras entre ellos un cigarrillo, aspira, retén, piensa, medita, expira.
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Estírate. Los grandes estudiosos poseen piernas atolondradas, porque leer no es un ejercicio que facilite el correr de la sangre a través de tus venas. Entre hoja y hoja, abandona el estudio y sale a caminar un poco. Ve a los juegos del parque e intenta cruzar el pasamanos. Cuando regreses a chutarte las últimas 100 hojas de Guerra y Paz, o Principiae Matematicae, estarás tan relajado que Tolstoi o Newton van a ser tus cuates, y leerlos será como charlar con un amigo.
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Un consejo más, de pilón: no busques un número, sino un aprendizaje. Sé que es inútil, porque al final tu promedio será una cifra y no un comentario, pero intenta procurar algo más allá de la calificación, algo para ti. El sistema educativo nos ha vendido la falsa idea de que vamos a la escuela para figurar en un cuadro de honor o para obtener una calificación. Incluso ha construido todo el proceso del estudio en torno a los parámetros numéricos. Tu meta, más allá dle número, debe estar posicionada en el aprendizaje. Aprende, y luego duerme, respira, estírate. Buen semestre.
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¡Salud!

sábado, 22 de agosto de 2009

Un cuento tenebroso.

Les voy a contar un cuento. Hace mucho que no les cuento un cuento avisándoles que lo que sigue es pura, total, absoluta, rotunda y franca mentira. Normalmente ni les aviso, y luego vienen a preguntarme que si viví en Berlín, que si tengo un gato que se llama Filemón, que si en las noches chupo -sangre- y muerdo -cuellos-. Por eso aviso: esto que sigue es un cuento, y cualquier parecido con la realidad es total casualidad -ajá-.
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Hubo una vez un reino muy lejano que se llamó Tapatilandia. Era bonito hasta que una logia conocida como los PRIsidentes Municipalis le hicieron tantos arreglos que la dejaron como la Trigresa recién salida del quirófano del doctor Del Villar. Peor que moco tendido al sol. Peor que Beatríz Paredes acabada de levantar. Un día, cansados de que los PRIsidentes no hicieran más que escupir y violar su faz, los habitantes del reino se pusieron de acuerdo y en las urnas -que eran unas cajitas de plástico donde según eso uno votaba, y según eso se respetaba el voto- decidieron que ahora los PRIsidentes ya no tendrían derecho a gobernarlos, y mandaron llamar a otra logia, los PANegíricos, quienes andaban fregando camote desde muchos años atrás con que era necesario un cambio, y que ellos serían los fregones, los todasmías, los ayayay, que sabrían gobernar Tapatilandia y domar al toro por los cuernos.
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Pero los PANegíricos no tenían idea de cómo hacerle, así que se pusieron a leer libros de historia de Tapatilandia y decidieron que, para no errarle, lo mejor sería hacer exactamente lo mismo que los PRIsidentes, pero con menos claridad y desfachatez.
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Un día, un soberano PANegírico, "Poncho" Tercero Petersen Farah, decidió que la ciudad necesitaba ser foco de infecciones, digo, de atención, y se fue de viaje sin que nadie supiera a dónde. Cuando regresó, avisó con bombo y platillo que Tapatilandia sería la sede de unos jueguitos deportivos de los que nadie, ni sus organizadores, habían oído hablar. "¿Los Olímpicos?", preguntó una señora en la plaza. "No, los PANamericanos". Birip, birip...
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Nadie se entusiasmó como para echar la casa por la ventana y comenzar a remozar las calles. Poncho Tercero Petersen Farah, sorprendido por la poca visión de los tapatilándicos, comenzó a trabajar él mismo en conseguir dinero para que los PANamericanos, que eran su única ilusión, como de niño moribundo, pudieran tener lugar en Tapatilandia.
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El problema llegó cuando los directivos de los Juegos, otra logia llamada ODEPAnzaso, le hicieron ver a Poncho Tercero que no darían permiso a Tapatilandia de ser la sede si no se construían unas Villas PANamericanas para al-berga-r a los deportistas que asistirían a las justas. Poncho Tercero dijo: "Ay, pero si eso es re fácil. Buscamos un lugar, contratamos un par de albañiles, y en un mes o dos tenemos Villas nuevas".
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El problema fue que tuvo la brillante idea de matar dos pájaros de un tiro -masacrar dos zopilotes de un ramazo, diría yo-: poniendo las Villas en el centro de Tapatilandia, tendría sus ansiados PANamericanos y además reactivaría la imagen -eso dijo él para sus adentros- de una de las zonas más inseguras, feas, apestosas e intervenidas de aquel lejano reino.
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Obviamente los vecinos del céntrico punto donde Poncho Tercero puso la vista, aledaño a una fuente generadora de prostitución, digo, de oxígeno natural, llamada el Parque MORE-lelos, pusieron el grito en el cielo y dijeron que no venderían sus casas ni por las lágrimas vivas del niño Jesús. Poncho Tercero entró en desesperación y duró desesperado como dos años, en los que el proyecto de las Villas cambió tantas veces de figura que terminó siendo una L, con riesgo a pasar a M o a Z.
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Al final, de afuera vino una crisis económica que puso a Tapatilandia a comer ejotes. Si los tapatilándicos nunca vieron con entusiasmo los Juegos PANamericanos antes del hambre, con el hambre empezaron a odiarlos. "Nos van a quedar rechidos", repetía Poncho Tercero, y el pueblo nomás rumiaba. Entonces se cruzaron unas elecciones, y los tapatilándicos, muertos de hambre y de cansancio por tanto rezar -porque además eran bien crédulos, digo, creyentes-, decidieron que un mal conocido sería mejor que un pésimo en puesto, y regresaron a los PRIsidentes al poder. "Mejor una ciudad parchada que una panza comprometida", se dijeron.
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Poncho Tercero Petersen Farah se puso mal. Casi se desmaya, y eso que era doctor. Comenzó a apretar el paso, pero los regidores PRIsidentes, que eran un grupo medio latoso cuando podía y medio tonto cuando quería, sintiendo el poder correr de nuevo por sus venas, dijeron que no aprobarían que Tapatilandia se endeudara con los 500 millones de tapatipesos -que son como billetes de Monopoly- que Poncho Tercero pedía para poder construir las Villas.
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Votaron tantas veces que al final ya nadie sabía qué decidieron. Incluso un día de votaciones, nomás por nomás, una de las regidoras, Celia Fausta, dijo que retirarían mejor la noción para poder meditarla. Todos se tomaron dos semanas de vacaciones, se fueron a la playa y Poncho Tercero se quedó nomás papando moscas. Cuando regresaron, volvieron a votar y dijeron "nel". Poncho Tercero buscó entonces el apoyo de empresarios e industriales de Tapatilandia, pero al cierre de este cuento todavía no se sabía cómo es que un montón de señores con dinero y ganas de aparecer en los periódicos ayudarían a un proyecto que no emociona ni a sus organizadores.
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Aquí termina la triste y trémula historia del cándido Poncho Tercero Petersen Farah y su regidora desalmada. No, no es cierto. La historia sigue, pero seguir contándola, a estas alturas, sería nomás decir puro cuento. ¿Les gustó el cuentorete? Me importa muy poco. Notarán que soy PANdroso.
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¡Salud!

Fausta.

Me importa realmente muy poco que "Poncho" Petersen Farah venga y me suspenda el alcantarillado -de todas formas, ni vivo en Guadalajara-: en el debate sobre las Villas Panamericanas, yo le voy a Celia Fausto. Entonces llega la confesión incómoda: no tiene mi aprecio porque resulten justas o inteligentes sus razones para negar la posibilidad del endeudamiento para la construcción del complejo -no hay palabra que lo defina mejor que "complejo"- arquitectónico. Ni siquiera tiene mi voto a favor porque sea la única perredista, y la única mujer en la mesa del cabildo que hace algo más que lucir un bolso Prada y un par de Jimmy Choos. Yo le voy a Celia Fausto porque sabe señalar culpables, y eso se agradece en una administración panista que si algo tiene, además de ganas de hacer obras inútiles, es la indecifrable tendencia a tirar la piedra y esconder la mano -o, peor aún, mandarla tirar y repetir sin cansancio "yo no sé nada"-.
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Quienes tuvimos la maravillosa -es un decir- oportunidad -es otro decir- de ser testigos de la última reunión del cabildo tapatío, en que Celia y los otros 20 regidores discutirían las alternativas para hacerse de recursos suficientes -financiamiento, le llamaron- para construir las Villas Panamericanas, requisito ineludible para que Guadalajara sea sede de los Juegos Panamericanos 2011, quienes pudimos estar ahí, en ese salón de pleno atestado de gente con pancartas y medios de comunicación, no podemos mentirnos ni mentir a los demás: es evidente que Celia Fausto es la única de las regidoras que desata bajas pasiones entre los habitantes de esta occidental ciudad.
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Cosa que Celia decía, cosa que el público entero le aplaudía. La Luna, compañera de W Radio que siempre que me ve hace fiestas y baila la Zandunga, me hizo notar que yo estaba saliéndome de control cuando, sin pensarlo, me sorprendió aplaudiéndole a Celia un muy directo "no tiene nombre el daño que están intentando crear a Guadalajara, regidores". No porque creyera en lo personal que merecía el aplauso un comentario tan visceral y extremo. El aplauso nació en mí porque Celia Fausto posee el timbre de voz exacto, muy perredista, que hace imposible dejar de celebrarle todas sus ocurrencias. Y el resto de la tarde transcurrió de la misma manera: Celia habría la boca, y la gente aplaudía.
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El colmo llegó cuando la Fausto tuvo el tino de decir, tras media hora de disertar por qué razones endeudar al ayuntamiento con 500 millones de pesos era una "barbaridad, una inmoralidad", que esa había sido, larga y lo que ustedes quieran, "nada más la primera de mis tres intervenciones preparadas, porque quiero decirles que vengo preparada para decirlo todo". "Decirlo todo". Ni Borges, que soñaba con una biblioteca total, tuvo tal atrevimiento alephórico.
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"Deja de aplaudirle y comienza a pensar cómo le vas a hacer para que tu nota no gire en torno a Celia", me sugirió La Luna cuando yo estaba a punto de ponerme de pie, como algunos lo hicieron, y lanzarle flores al ruedo a la Fausto. Pero tenía razón: la perredista andaba alzada, y se defendía como buena izquierdista de los asuntos tratados por la oposición -mayoría absoluta-. La mitad de los puntos que Celia Fausto puso sobre la mesa, y la forma en que lo hizo, no hablan sino de lo alterado que anda el PRD tras los últimos comicios, y lo ardido que han quedado sus partidarios desde la pérdida de AMLO en el 2006.
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"Aquí se va a poner feo si alguien no le trae unos hielos a Celia", dijo otra compañera, la de Mural, cuyo nombre ni sé ni quiero saber, y con toda razón. "Mejor un hueso, para que tenga algo que roer", apuntó un fotógrafo de La Jornada -yo no sé por qué los fotógrafos siempre tienen los mejores comentarios, y eso que no escriben-. También con razón. La Fausto será una diosa del arranque, una mujer con los cojones suficientes como para no dejar escapar oportunidades de oro para arribar al poder. Será una política de grandes zancas, como la dibujó Falcón. Será lo que quieran, pero es la Fausto, y a ella, como a los de la AAA, "en su casa y con su gente, se le respeta". Pura política cutre -pleonasmo que me eché-.
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¡Salud!

domingo, 16 de agosto de 2009

Hijos del maíz.

Tesistán es un pueblo sin chiste. Si conoce usted cualquiera de los pueblos que tapizan la república mexicana, plaza, iglesia, edificio municipal y tienda, a excepción de los de Michoacán, que además de lo mencionado tienen árboles, usted conoce Tesistán. Lo que quiero decir es que ni su plaza, ni su iglesia, ni su edificio municipal ni su tienda aportan a la ciencia, la arqueología o el turismo, algo más que nada. No hay nada qué estudiar en Tesistán. Su pan es malo, su gente osca y sus precios caros. Además no hay nadie. Diez de los doce meses del año, su población no sobrepasa los mil habitantes. Cuando en noviembre llegan todos los paisanos que estaban haciendo su agosto, Tesistán a duras penas cuenta 3 mil pringaos'.
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El 90% de su economía gira en torno a las divisas. El otro 10%, lo llevan al pueblo los agricultores locales, que principalmente siembran maíz. Por eso es raro que Tesistán deje de ser un pueblo sin chiste por sólo cuatro días al año, cuando celebra lo que ha dado en llamar La Feria del Elote. Entonces el pequeño pueblo de calles de tierra y casas irregulares, que no vive del maíz sino de los braseros, deja de ser el patito feo apartado del resto del municipio -Zapopan, uno de los más ricos de la federación con un presupuesto anual de 4 mil millones de pesos-, y se convierte en el orgullo, el hijo pródigo, el hizo del maíz.
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Por eso doña Mago, que tampoco es muy fan de Tesistán que digamos, se puso contentísima cuando se enteró que este fin de semana La Feria del Elote tendría lugar, juntó sus ahorritos y sacó a este su más chulo hijo, para irse a dar vueltas a la plaza con todo y su vestido "de lucir". Guardábamos una leve idea de lo que era la Feria. El Vicent, que tiene nombre de pintor impresionista y viste como personaje de un cuadro ídem, y que además es mi vecino, ya me había comentado que en la Feria del Elote uno encuentra eso, elote, pero en mil y un formas. "Hay hasta elote de elote", me dijo emocionado, cuando lo interrogué sobre el tema.
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El Vicent, que tiende a igualar en su look al colorido y británico -rara combinación- de Mika, no podía estar más en lo cierto. La Feria del Elote es el único evento que le da a Tesistán categoría de algo más que pueblo típico mexicano, y lo eleva al nivel de folklórico, casi bonito.
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Durante más de una hora, doña Mago y ésta su pluma recorrimos stands, tiendas y carpas, y esto para degustar tal cantidad de cosas echas con elote, que al final del recorrido imitábamos la forma de un grano de ídem. Con decirles que doña Mago ya traía pelos de mazorca cuando regresamos a la camioneta.
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El primer pecado fue la nieve. Sí, nieve de elote. No me pregunten a qué sabe, porque les diré que a elote. En otras palabras, es como nieve, pero sabor elote. Doña Mago, no es por ventilarla, se tomó dos vasotes, y ya iba por el tercero cuando le dije que además había pan, flan, pay, gelatina y hasta pastel de elote. A doña Mago, que es fiel admiradora del maíz -con decirles que cuando niños sufríamos quemaduras, en lugar de aloe vera, la hija del Santísimo Sacramento nos embadurnaba fécula de maíz... ¡y funcionaba!-, y que para prueba de ello se aventó cuatro hijos que en su estatura imitan el tamaño de una mazorca mutante, se le iluminaron los ojitos y ya no hallé yo excusa para detenerla. Golosa como es, probó de todo, y de todo repitió.
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El colmo fue cuando en un puesto nos presentaron una panela con elote. Doña Mago, que para entonces estaba elotizada, ya no pudo ni moverse para sacar su monederito y pedir dos para llevar. Si no hubiera sido porque los paramédicos estaban muy mamones vestidos de mazorcas, hubiera pedido que la llevaran en camilla a la camioneta, o en ambulancia hasta la casa. Lo bueno fue que hoy por la mañana se desayunó su té de pelos de elote, ni santo remedio.
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Yo les recomiendo la nieve y el pozolillo. Éste último es una especie de pozole que en lugar de grano de maíz, tiene grano de elote -que es el maíz tierno, acabado de cultivar-. Muy buenos ambos. Y los esquites, los tamales, la tortilla y, claro está, el elote asado. Pienso en todo a lo que doña Mago le entró, santa beata en proceso de canonización ad vitam, y hasta ñáñaras me dan. Si por ahí el resto del año alguien les ofrece nieve de elote, acéptenla y bésenle los pies al ofertor. No vaya a ser que se les ofenda y luego ya no les quiera dar, y ustedes tengan que esperar hasta la próxima Feria del Elote para ver realizado su sueño de probarla. Eso sí será castigo, y no polladas.
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¡Salud!

sábado, 15 de agosto de 2009

Los becarios.

A mí todo ese asunto de las becas me es todavía mentalmente inaccesible. No sé bien a bien cómo funcionan, y cuando pienso en ellas no puedo evitar perderme en papeleos y trabas burocráticas tras escritorios y archiveros color caqui de aluminio, comprados en los años setenta. Por supuesto que todo eso no es más que una mera traba mental: yo no participo en becas, todavía, porque pienso ineludiblemente que no las ganaré, así que prefiero evitarme la fatiga.
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Por eso el reciente anuncio que hiciera La Casicasi de que ella y su grupo mágicomusical conocido como La Palomilla han ganado una beca del Fondo Nacional de Creadores Artísticos (FONCA) que le otorgará un viaje a Jamaica, muchas entrevistas y una buena cantidad de dinero en efectivo, además de la posibilidad de ver en la radio nacional el proyecto de audio que con motivo de los Centenarios armaron, todo ese triunfo, me viene muy a bien, a mí, que tiendo a tomar los triunfos ajenos como propios, y a alegrarme con ellos como si estuviera saboreando en persona el sabor del triunfo.
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La Palomilla se lleva algo más que un premio, me parece a mí. Se lleva la profunda satisfacción de haber realizado un trabajo en equipo bien hecho, cosa rara en un México que tiende a la independencia ideológica entre sus pobladores, a la no cooperación, a la segregación y la diferencia. Se lleva también el éxito, la posibilidad de buscar algo más, la confianza recobrada y la seguridad de que siempre es posible, con un poco de esfuerzo y otro mucho de solidaridad, construir los sueños en terrenos reales.
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Yo les envío a todos, incluida, por supuesto, mi entrañable Casicasi, que esta semana llegó a sus 21 veranos y ya consiguió la oficialidad de cancha reglamentaria en todo el mundo, un abrazo sincero y el deseo supremo de que este sea el inicio de una serie de otros muchos triunfos y avances. No estoy muy seguro, pero me parece que La Wendy también laboró con dedicación en la construcción del sueño para La Palomilla. Si es así, hasta ella va también desde este baile sonoro una cálida felicitación y un deseo de prontas otras.
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Sobra decir que me siento profundamente orgulloso de ellos y de todo el resto de mis amigos. Entiendo que son gente que trabaja, que se esfuerza por hacer algo productivo con sus carreras, sus vidas, incluso sus talentos y hasta sus completos, en entornos poco favorables y a contracorriente. Entiendo que caminan porque ponen sus pies en movimiento, sin temor a nada. Bien por ellos. Bien por mí, que los elijo como calzados con la misma regla. Bendiciones para todos.
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¡Salud!

lunes, 10 de agosto de 2009

Encumbrados.

¿Qué demonios tiene Barack Obama que lo hace tan querido? Resulta increíble el grado de aceptación que despierta, incluso entre quienes no tienen mucho interés por los asuntos de política, relaciones internacionales, agenda bilateral y demás tópicos que la reciente Cumbre de Líderes de América del Norte ha puesto sobre la mesa. Incluso entre quienes dicen odiar a tope a los Estados Unidos, una de las naciones más destrozadas en el discurso, en la imaginación, incluso en el séptimo arte. Un país hacia el cual el derrotero en general es el deseo de la caída, la derrota, tiene como presidente a uno de los hombres más carismáticos y llamativos del planeta.
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Ayer justo me preguntaba todo esto mientras esperaba su llegada en las inmediaciones del Instituto Cultural Cabañas, aquí en Guadalajara, sede de la Cumbre. Como las acreditaciones las agandalló mi editor, yo tuve que resignarme a cubrir el manejo de seguridad en los alrededores, lo cual rompió un tanto con la fantasía: Barack Obama es el hombre más admirado, más en boga, pero no deja de ser el presidente de una de las naciones más odiadas del mundo, y de correr peligro por el simple hecho de serlo.
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Una multitud se agolpaba en la Plaza Tapatía, puerta de entrada al Cabañas, esperando divisar, a casi un kilómetro de distancia, al afroamericano presidente bajar de su limousina. Incluso había quien imaginaba que llegaría en helicóptero, rodeado de la faramalla del héroe propia de las películas holliwoodenses. Bastaría un segundo, sólo un segundo, quizá una mirada distraída, ya no digamos un saludo franco, para que la gente se diera por bien servida y partiera a seguir disfrutando de su domingo tras haber conocido "en persona" al presidente demócrata.
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Era obvio que nadie esperaba ver a Felipe Calderón Hinojosa. Ya no digamos al primer ministro canadiense, también presente en el evento, que tiene nombre de marca de plumas caras, Stephen Harper. Incluso a la entrada de la plaza, y en la manifestación llevada a cabo en las primeras horas de la mañana del mismo domingo, el común de las consignas globalifóbicas de los connacionales iban dirigidas hacia Felipe Calderón. Un presidente rodeado de la tristemente mala fama de ser producto del fraude electoral más costoso -económica y moralmente- de la historia de la democracia mexicana. Un presidente rodeado del empleo que no ha podido generar, y la crisis de escala mundial que, claro está, no ha estado en sus manos superar, pero a quien todo mexicano sabe culpar. Si las cosas buenas las debe hacer el gobierno, piensa el mexicano, las malas también.
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Obama era recibido con aplausos y expectación. ¿Vendría con su esposa? ¿Traería a las niñas, la suegra, alguna de sus "mujeres" que aparecen mencionadas en el más reciente número de la revista Quién, como Hillary Clinton, su secretaria de estado? ¿Se vería tan guapo en persona como en las miles de fotos que de él circulan por la red? ¿Haría alguna recomendación al Estado mexicano sobre el asunto del narcotráfico, la migración, el comercio exterior? ¿Qué opinaría de los murales de Orozco, que observaría sobre su cabeza y a su alrededor durante largas horas?
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De Felipe Calderón, el pueblo no se preguntaba nada. No hay expectativas hacia un presidente que ha puesto al país en un estado de sitio, amenazando al narcotráfico, una hidra incorregible que siempre que pierda una cabeza, ganará dos más. No hay expectativas hacia un presidente que tampoco ha podido asumir los crímenes del pasado, la represión policíaca e ideológica, el fuerte papel del clero en la opinión pública y la dañina presencia de la izquierda reaccionaria. No hay expectativas hacia un presidente que siempre hace la misma declaración, que siempre repite el mismo sonsonete cansado. No hay expectativas hacia un presidente que no detiene los monopolios, que no frena a Televisa ni a Tv Azteca en sus fatuos intentos por dominar el espacio satelital -y mental- de la nación. No hay expecativas hacia un presidente que no promueve iniciativas de ley que generen acuerdos, que integren las partes políticas. No hay expectativas hacia un presidente al que, chin, le tocó la crisis, pero también, chin, no ha podido sortearla con iniciativa.
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La foto que aparece hoy en el periódico Mural, al menos en su versión en línea, es fabulosa: cautivado, Barack Obama observa al desafiante Hombre de fuego ascender al infinito desde la cúpula de la capilla mayor del Cabañas. En sus ojos se contempla ese mismo afán infantil de descubrimiento que todos hemos vivido cuando observamos por primera vez los trazos del muralista jalisciense, José Clemente Orozco.
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Y se contempla también la esperanza, porque Barack Obama, contario a Calderón, ha sabido vender a su pueblo, a las naciones del mundo, la política de la esperanza. Ha entendido que los tiempos de crisis no son tiempos de lucha contra el narcotráfico, sino de construcción de la esperanza. Por eso el tema del narcotráfico se toca poco y mal durante la cumbre. Se prefiere hablar de acuerdos en materia de salud, migración, comercio. No entra la guerra en el vocabulario de Obama, quien incluso ha anunciado el retiro total de las tropas norteamericanas en Irak. El discurso de Calderón es otra cosa, y nos tiene tan cansados que ya nadie lo busca en la cumbre. Ahora, que necesitamos esperanza, buscamos el perfil de cantante de jazz que tiene el presidente más carismático de la tierra, y, curiosamente, con él buscamos también a la nación más temida, más odiada, la más vilipendiada, pero sin la cual ninguno de nosotros quisiéramos vivir.
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¡Salud!

viernes, 7 de agosto de 2009

De Zara a Bertha.

Hace unos años, cuando la polémica se desató, yo estuve completamente de acuerdo en la conclusión a la que los expertos llegaron entonces: en las tallas de ropa, no existe ley ni orden. Gurús de la moda propusieron entonces la creación de tallas estándar, con medidas adecuadas al común de los mortales, y en una escala limitada y aceptable, real, para un prototipo de cuerpos sanos y felices. Ninguna talla menor a la 5, ninguna mayor a la 40.
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El debate comenzó cuando un conjunto de asociaciones en pro de la desaparición de los trastornos alimenticios, alzó la voz ante casos de jóvenes que habían caído en trastornos como la anorexia nerviosa al intentar entrar en una talla menor a la 4. Para los quejosos, que cadenas internacionales como Zara, Pull and Bear y Banana exigieran cuerpos esbeltos, esbeltísimos, para lucir sus prendas -lo que se dice lucir, porque una cosa es portar, otra vestir y otra muy distinta lucir-, era un detonador irrefrenable en los jóvenes de la pérdida del control hacia su peso, su alimentación y, en cierta medida, su autoestima.
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Hoy, tentando a la herencia Cruz que nos dejó -incluyo a mis hermanos, que también las padecen- soberanas caderotas, y también a las malas experiencias anteriores, me aventuré al interior de una tienda Zara, en un reconocido y glamouroso centro comercial de la ciudad, atraído por mi interés particular en un saco informal que desde hace ya varias semanas, cual cappuccino de Starbucks, se me viene antojando.
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Contrario a lo que esperaba, la experiencia fue todo un éxito. Comproblé que los años y su estresante paso han robado a mi torso un poco más de lo elemental, y que Zarita, sus tallas medianas y yo, ya estamos en proceso de reconciliación.
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Obviamente no compré nada. Si bien mi relación con las tallas zaristas -¡ja!- ya no es de absoluta lucha encarnizada, a muerte, no resulta tan alegre mi relación con sus precios, cosa desagradable que la moda suele traer consigo. Dejé las tallas 32 en los ganchos, y mis finanzas sanas. Santo remedio.
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Lo que precoupa es que tras tantos años, todavía no haya quien regule tallas y medidas. Lo digo porque antier compré dos pantalones en un mucho más barato complejo departamental, y uno fue talla 30 y el otro 34, en teoría. Entrar en una tienda de ropa sigue siendo un infierno para quienes no poseemos las piernas de Lindsay Lohan o los pectorales de David Beckham. Lo que uno sí tiene, apenas y lo defiende.
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¿Qué hace falta? Quizá exigir, como consumidores. Cadenas como Bershka y C&A, de moda entre los jóvenes, el grupo de edad más propenso a padecer baja autoestima y trastornos alimenticios, siguen elaborando prendas cuyas tallas mayores son las menores en otras cadenas. De nada sirven probadores con una iluminación tendenciosa, o baratas de descuentos. Si a la juventud se le defiende también a través de las tallas, quizá las cosas majorarían, o ya de plano, la ridiculez no bailaría en este baile que a veces, y sólo a veces, se permite deslices como el de hoy.
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¡Salud!

miércoles, 5 de agosto de 2009

Irrumpir.

La "Tuta" no apareció. Lo andaban buscando más de 200 efectivos, y ni rastro de él en la iglesita del Perpetuo Socorro en Apatzingán, Michoacán, dónde se tenía noticia que Servando Gómez Martínez, alias "La Tuta", supuesto líder del grupo delictivo "La Familia de Michoacán", fungiría como padrino de 15 años de la hija de Miguel Ángel Beraza, alias "La Troca" -si en eso de los alias, se la rifan solitos-. El comando armado entró, amagó a los presentes, detuvo a una treintena de "feligreses", y mandó al hospital al pobre sacerdote octagenario que oficiaba, un delicado cardiópata isquémico.
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Hasta ahí, la cosa es sorprendente. En un hecho sin precedentes, la línea del tabú que separa a la Iglesia del Estado Mexicano es rota con lujo de violencia y faramalla policíaca. Una iglesia, territorio episcopal, sacro -para algunos cuantos-, pero también federal, es "invadida" por miembros armados de la Secretaría de Seguridad Pública, auspiciados por la información otorgada a la dependencia por la DEA, lo que tiene a los católicos y patriotas trinando de indignación.
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El resto ya se lo saben: la Iglesia condena las acciones emprendidas por los elementos de seguridad, y la SSP se ve obligada, con todo y que se siente orgullosa por haber logrado la detención de "La Troca" y algunos de sus secuaces, a pedir una disculpa, con una de sus ya célebres frasesitas: "Usted dispense". Para colmo, ya recibida la solicitud de perdón, la Iglesia se pone muy digna -al decir "la Iglesia" me refiero a la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), que tomó la voz para declararse indignadísima-, y atina a aclarar que ellos están totalmente a favor de la "paz y la justicia", y que lo que critica no son los porqués sino los cómos.
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Bonito cuento. Ahora resulta que la SSP tiene que explicar por qué demonios no se esperó a que la misa, el acto religioso más importante del catolicismo, se acabara, para detener a una treintena de hombres armados. ¡Sí, hombres armados, en un recinto religioso, y además portando pastillas para la elaboración de sustancias sicotrópicas! -imagínense la fiestesota que le iban a dar a Leslie, la quinceañera, niña con síndrome de Down, un punto a la información que, aunque algo inútil, los medios nacionales han reproducido hasta el cansancio, apelando por contraste a la inocencia, la pureza, pero también al trastorno y la incertidumbre de la pérdida del padre-.
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Ahora resulta que la SSP tiene que rendir cuentas de un acto realizado conforme a derecho, con una orden de cateo y con el absoluto conocimiento de que esperar a que terminara un oficio religioso no acarrearía otro resultado que la probable fuga de los narcos y la aparición en escena de balas y pistolas, cosa que no hubo en el operativo real, realizado sin la necesidad de disparar una sola arma de fuego, sin heridos -más que el padre, cuyo susto le acarreó hospitalización sin mayores consecuencias-, sin derechos humanos violentados.
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Ahora resulta que la SSP tiene que avisar que detendrá, dar tiempo, esperar. ¿De cuándo acá en una "guerra", como la que la administración calderonista ha pretendido vender a la población, se puede "esperar" a que termine una misa para realizar una detención? ¿De cuándo acá debe la SSP "respetar" un espacio sólo porque es religioso? Las declaraciones de la CEM lo dejan más que claro: el problema no es que se haya realizado una detención, sino que se realizó violentando las sacrosantas puertas de la institución? "No estamos contra la justicia y la legalidad", aclara luego, cuando es obvio que tampoco están a favor de catear a los feligreses, aumentar las medidas de seguridad, ¡evitar contacto y relación con narcotraficantes!
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O los obispos mexicanos viven con miedo, o los tienen bien comprados. ¿No sabía la diócesis de Apatzingán que los padres de esa quinceañera son narcotraficantes? ¿No lo sabía el sacerdote oficiante? ¿No se lo dijeron los camionetones, los guaruras empistolados, la faramalla mesiánica de asistentes al "banquete del Señor"? Habría que ser tonto para no saberlo... o ciego... o bien pagado.
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¿Cuándo la Iglesia dejará el papel de víctima y asumirá con todo lo que ello implica su responsabilidad como portadora de un mensaje efectivo de verdad, amor y paz? ¿Cuándo abandonará el escenario para abrazar al necesitado? ¿Cuándo abogará por el marginado, y siendo ética, cacheteará al poderoso?
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La SSP no le debe explicación a nadie. Actuó legalmente, y parézcale a quien le parezca, las razones que da son más que aceptables: si esperábamos un segundo más, a que por lo menos acabara la comunión, hubieramos tenido capturas perdidas, balas incrustadas, mucha sangre y mucho estrés. Entonces la Iglesia se hubiera quejado el doble, argumentando que convirtieron la explanada de la Casa del Señor en un campo de guerra. Obispos, despierten: ¡México es un campo de guerra! ¿Esperarían ustedes el final de la comida si se enteraran que junto a su silla hay un secuestrador, un ladrón, un pederasta, para dejar entrar a la autoridad y realizar la captura? Bueno, después de todo, cuando invitan a políticos y líderes sindicales, a veces sientan junto a ustedes a secuestradores, ladrones y pederastas. Amén.
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¡Salud!