miércoles, 1 de julio de 2009

Un voto nulo.

No voy a llenarlos de artículos. Ya están, creo, todos y todas, lo suficientemente grandecitos como para venir y hablarles que existen en nuestro México leyes, y que entre las muchas leyes hay una que no es ley, sino Código, y que pretende regular los procesos democráticos oficiales llevados a cabo en nuestro país. Procesos democráticos. Así como hay una Ley de Comercio Exterior, una Ley Agraria y una Ley de Expropiación, que regulan los respectivos tópicos a que se refieren en sus nombres, que los hacen legales, existe una ley, un código, pues, el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe), que pretende regular las elecciones.
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Por eso no quiero llenarlos de artículos. ¿Para qué, si ni los van a revisar? Mejor será el momento de hablar de lo que soy, y lo que creo que somos, y ser tan francos, directos y sinceros como sea posible.
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El voto nulo existe. Es una realidad. Legal. Es decir: Cofipe lo ampara, en el entendido de que lo "menciona", y el Código Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Jalisco, la ley electoral más próxima a los que vivimos en esta entidad federativa, sugiere su existencia. Es pues, legal, porque si ustedes lo ejecutan, intencional o sin alevosía, no irán a la cárcel, ni sufrirán juicio alguno. Se vale anular el voto, porque la ley lo permite. Fin del caso.
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Que anular el voto traiga un beneficio a nuestra participación democrática, ahí está el detalle. ¿Un maleficio? El detalle sigue y sigue: nadie puede decirnos que anular el voto sea perjudicial, pero tampoco que hacerlo otorgue un beneficio. ¿A qué?, ¿a quiénes? Quizá a los grandes partidos les caiga bien, porque de todas formas ellos obtendrán la mayoría de los votos de ese reducidísimo 30% que pronostican las autoridades electorales mexicanas que irá a las urnas el próximo 5 de julio. A los pequeños, que muchos contemplan como sanguijuelillas mediocres, "chupadores" inútiles del presupuesto electoral, no les va a gustar nadita: si de diez votos posibles ahora sólo llegarán a las urnas 3, ¿cuántos les tocarán al PSD, PANAL, Convergencia o Verde, si son justamente tres, PAN, PRI y PRD los partidos mayoritarios? "¡Ouch!", diría Homero Simpson, sabio y coherente -por esta única ocasión-.
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Te hablo de chavo a chavo, joven a joven, al tú por tú, sin la vanagloria que siempre regalo al Baile, en tono de son y de broma, y sin el plural que suelo imprimir a las entradas para hacerme creer que hay más gente que escribe esto, y que la responsabilidad de tantos temas inútiles y tantos buenos ratos -hasta esa responsabilidad pretendo compartir- no es sólo mía: anular tu voto este 5 de julio será una apuesta de tu parte a la diferencia, a la participación quizá, pero no al cambio. El voto nulo no gobierna, ni sus promotores y realizadores generarán la diferencia.
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Voten nulos cuantos voten nulos, alguien -me refiero a un partido específico, a un candidato- ganará presidencias municipales y diputaciones locales y federales. Si de esos tres votos posibles que esquematizaba yo antes, uno se hará nulo, la decisión estará entre los dos sobrantes, que consistirán un cien por ciento. A los nulos, como su nombre lo indica, nadie los pelará. Si Aristóteles Sandoval, Jorge Salinas, Miguel Galán -ajá- o Carlos Orozco -ajá, ajá-, gana las elecciones del 5 de julio, el que entre en lugar de Alfonso Petersen Farah a gobernar Guadalajara, por poner un ejemplo, gobernará con o sin el consentimiento de la mayoría votante, porque la mayoría votante sólo se considera en función de los votos válidos, ignorando a los nulos. El ganador será el presidente municipal, el diputado, del 10% de la población, pero será el presidente municipal.
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El voto nulo cabe en nuestras leyes, pero sólo porque no se le considera ilegal. Ante su mayoría en las urnas ("Voto nulo gana las elecciones"), ¿el candidato ganador considerará que no es representativo de la mayoría y dimitirá? Nadie nos lo asegura. Es difícil que suceda. Las guerras entre partidos nos han demostrado en últimas fechas que, al menos hablando de los dos mayoritarios, PRI y PAN, la estrategia es que un partido asuma el gobierno, no un candidato. El que gane, de esos dos -descartemos a los otros, porque de todas formas nadie se acordará de ellos el 6 de julio, de mí se acuerdan-, llevará al poder no una propuesta, sino un partido. Representativo o ignominioso, amado u olvidado. Sólo un partido, que, oligárquico, se considera heredero divino, no ciudadano, del poder.
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Hace algunos días, en una plática de banqueta con un entusiasta congénere, realicé una observación sin más fundamentos que los comentarios de mi editor. Ahora le ofrezco públicamente una disculpa: no hay un artículo en ninguna de las leyes electorales que protegen y regulan los comicios en Jalisco, ni una sola, que regale los votos nulos al partido mayoritario. Pero eso no es ganancia, en ningún aspecto: el voto nulo se deja ser, pero no se ha establecido aún como estrategia institucional de inconformidad.
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Entonces, hasta que esto no suceda, es decir, hasta que el voto nulo no constituya un artículo en los Códigos electorales federal y estatal, un artículo que establezca que, de haber mayoría de nulidad en la votación, la votación se repetirá pero con otros candidatos, o que la mayoría de votos nulos determinará la apertura de encuentros, foros y diálogos con la ciudadanía para saber qué hace falta, a qué se debe quién comprometer, qué ley hay que reformar, qué congreso, oficina o mente burocrática hay que aperturar, hasta que este hecho utópico no acontezca, el voto nulo seguirá siendo un movimiento ciudadano en respuesta al cansancio y la falta de opciones políticas viables y elegibles, pero no un movimiento institucional. ¿Qué es un movimiento ciudadano en un país de instituciones? Pregúntenselo a Andrés Manuel López Obrador, que es líder de un movimiento ciudadano en un país de instituciones. Desgracia plena.
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Moraleja, de chavo a chavo: este 5 de julio salgan de sus casas y hagan a nuestra generación el gigantesco favor de votar. El IFE cuenta con ustedes, y alrededor de ustedes, nulificadores del voto o no, ha destinado mucho dinero -votar debería costarnos más de 250 pesos por persona, según datos de analistas hacendarios, y lo hacemos gratis-. Tirar a la basura tantos recursos, y tanto poder, huele y sabe mal. Si no hay opciones, y si lo creen conveniente, recurran al voto nulo, pero a sabiendas que sin una ley que le dé valía suficiente, un voto nulo es nulo, y nulo no tiene voz. No ahora, no ahorita. A futuro quizá. Valoren, midan, piensen. Me parece que hay opciones, institucionales. Los partidos pequeños sí ofrecen diferencias. Finalmente si no votas por ellos, si no te decides a darles la oportunidad, nunca lo sabrás. La cosa es buscarle.
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¡Salud!

1 comentario:

Nico dijo...

Aguanten los votos nulos!
jajajaja...


nah...
ta bueno el blog...
q andes shenial...
XD