miércoles, 1 de julio de 2009

Tegucigalpa.

La entrada 350, que es ésta que ustedes leen, no se celebrará sino hasta el último párrafo, cuando se haya tratado, con el respeto que dicho tema sugiere, el asunto del golpe de estado en Honduras, y la dura realidad a la que no sólo el pueblo hondureño, sino el continente americano todo, y el resto de los países del orbe, se enfrentan, justo cuando creían haber dejado muy en el pasado los intentos de derrocamiento y el fortalecimiento de los sistemas dictatoriales.
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Tegucigalpa es la capital. A mí, aprenderme el nombrecito me tomó muchas tardes en primero de secundaria. Puse en el esfuerzo todas las estrategias nemotécnicas posibles: encontrar una palabra que rimara, incluso imaginar un objeto al que Tegucigalpa me recordara. Nada, con tegucigalpa no rima manzana, ni palapa, ni Tapalpa, no al grado de ejercer sobre el sustantivo propio un verdadero efecto recordatorio. El último de mis esfuerzos consistió en memorizarme el nombre de la capital hondureña sílaba por sílaba: Te-gu-ci-gal-pa. Así, el resto de la tarde previa al examen de geografía: Te-gu-ci-gal-pa. Llegó un punto, como a eso de las 19 horas, en que Te-gu-ci-gal-pa ya no se me olvidaba porque le había encontrado ritmo. Díganlo durante cuatro horas, y Te-gu-ci-gal-pa comienza, a eso de la hora y media, a tomar cierta cadencia de son caribeño.
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Por eso hoy cuesta trabajo creer que Tegucigalpa, Yuscarán, Florida, Catamacas y el resto de las ciudades y poblados de Honduras, están tomados por un régimen militar que ha derrocado al presidente electo, Manuel Zelaya, para imponer al presidente de la Cámara -Congreso-, Roberto Micheletti Bain, en su lugar. Hoy cuesta trabajo creer que el son de Tegucigalpa, que el resto de las cosas que hacen amorosa a Honduras -a mi mente sólo viene Te-gu-ci-gal-pa, pero seguro debe tener Honduras cosas más bonitas que el son de su capital-, se hallan subyugadas por un poder militar abrasador y mortificador.
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Zelaya cometió, es cierto, un grave error: en miras a su reelección, buscó la realización de una consulta popular para medir el nivel de aceptación de una reforma a la Carta Magna hondureña que permitiera al presidente mantenerse en el poder de forma indefinida. Para los altos mandos del ejército, el poder ejecutivo y el poder judicial, el intento de Zelaya consistió en un atentado contra los intereses de libertad, igualdad, justicia y democracia, propios de toda nación que adopte el sistema de poder representativo.
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Entonces Zelaya cometió otro gravísimo error: lejos de ceder al diálogo, amenazó con destituir, derecho supremo del ejecutivo nacional, a los altos mandos de los cuerpos militares. Grave resulta la cerrazón al acuerdo entre hombres: cuando las puertas del arreglo verbal se cierran, gana por de fault el que posee el puño más fuerte. Presidente con ansias de dictador versus ejército y fuerzas armadas. ¿A quién le van?
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Para no hacer el cuento más largo, que seguro ya lo deben conocer, Manuel Zelaya fue sacado del país el domingo por la madrugada, y "depositado" -casi literalmente, pues ni la pijama le permitieron vestir- en Costa Rica, en calidad de "asilado político". La junta militar pidió al congreso hondureño el nombramiento de un nuevo presidente, y el congreso, que ya había visto cercano el fin de sus funciones -en una dictadura, el congreso no está, o si está no hace otra cosa que asentir-, aplaudió y nombró a Micheletti, quien gobernará hasta 2012... si todo sale bien.
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Lo que realmente sorprende es la reacción de la comunidad internacional. Poralizados, los gobiernos de los distintos estados de América, la Unión Europea y un largo -y multinacional- etcétera, se debaten todavía entre apoyar el gobierno de Micheletti o brindar sus consideraciones a Zelaya. Más descaradamente: establecer relaciones con un ejecutivo nombrado a vil y antidemocrático zarpazo, en pleno siglo XXI, o negar dichas relaciones y abrazar a un expresidente, a un destituido, para colmo de males ilegal -de regresar a su país, Zelaya tendría que enfrentar juicio por delitos contra el Estado-. El impostor -el impuesto-, o el derrocado. Peor aún: el recién electo, o el que pretendía reelegirse.
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La polarización de posibilidades genera escándalos circenses. Ahí tienen entonces ustedes a Hugo Chávez, dictador venezolano, megalómano y poeta -?-, emitiendo un dictamen de total rechazo al golpe militar en Honduras, y declarando, el afincado en la silla, una posible intervención militar en el país centroamericano de no restituirse a Zelaya como presidente. En la misma actitud están México, Panamá, Chile incluso. El presidente Calderón, temiendo que su decisión sea tomada por Washington -fino y decisivo observador desde el norte de la torre- como un apoyo a la ingobernabilidad y la antidemocracia, ya dijo que no se puede apoyar a un presidente -Micheletti- que ha tomado el poder por la fuerza, y no por el concenso ciudadano. No en una democracia, no en América, dónde no se permite decisivamente otra forma de gobierno -a excepción de Chávez y Castro, cuya verborrea resulta más fácil escuchar que atacar-.
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Obama descarta acción militar, pero asegura que no se tolerará la ausencia de sistemas democráticos eficientes en el territorio americano. La Unión Europea no dice nada, pero con su silencio otorga. Lo que queda es entonces un gigantesco signo de interrogación, que engloba varias cuestiones: ¿es permisible tratar como "apestoso" a un presidente nombrado por un Congreso -representativo, esperamos-, en ausencia de uno destituido por posibilidades monárquicas?, ¿es permisible interceder en las políticas de un país que tiene el soberano derecho de gobernarse como se le dé la gana?, ¿son el toque de queda y el anuncio de juicio posible a Zelaya, evidencias suficientes de que lo que hay en Honduras es, pese a todo, una dictadura, aunque de carácter militar-careta presidencial?
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Lo lamentable es que el pueblo hondureño esté pasando por gajes democráticos que nosotros creímos haber superado. Quienes crean que estamos lejos de un caso como el Zelaya-Micheletti, vuelvan al 2 de julio de 2006 y pregúntense si los procesos electorales aquéllos no fueron verdaderos atentados a la razón y la ley democrática. O corran al 1° de diciembre del mismo año, con la Cámara de Diputados tomada por perredistas, y un nada atolondrado Felipe Calderón Hinojosa abriéndose paso entre la muchedumbre para tomar protesta como presidente de México, entrando y saliendo a la carrera, y por la puerta de atrás. ¿Dictadura? ¿Su fantasma al acecho? Quién sabe. Hoy, Honduras sufre. Te-gu-ci-gal-pa también.
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Entrada 350. Una celebración por favor: ¡hip, hip, hurra!
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¡Salud!

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