martes, 21 de julio de 2009

Sí, señor Presidente.

Hubo un tiempo en que la figura presidencial era intocable. Desde el despacho mayor, en Palacio de Gobierno, en Chapultepec o en Los Pinos, se decidían el conglomerado de actos que formulaban el destino de la nación, sus alianzas, fortalezas, debilidades, decisiones y enemistades. Como tras la silla gobernaba un grupo hegemónico, en una partidocracia institucional de organización laberíntica, gigantesca, monstruosa, ir tras el que desde la silla ejercía el poder, era ir contra el poder entero. Ni Sansón en sus mejores épocas capilares se hubiera puesto de pechito a una masacre de esa naturaleza. Si entre los "tripulantes" mismos del poder se quitaban la vida al menos disgusto, ¿qué no harían al extraño, al pedigüeño, al forastero?
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El grupo político -o su conjunto, incluidos asalariados, burócratas, empresarios, industriales y clero- estaba feliz de tener "al mando" a una "figura presidencial" que defendiera no sólo los intereses del grupo mismo, sino la imagen al exterior de que esto no era una dictadura -lo que nos hubiera cerrado puertas, trámites, créditos y alianzas estratégicas-, sino que el que estaba en el mando gozaba de autoridad conferida única e inviolablemente por las instituciones, como la Constitución. Y el país avanzaba, rodeado de deudas, incertidumbres, cerrazón, empoderamiento, negligencia, amiguismo y corporativismo. Pero avanzaba.
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La llegada al PAN al poder en 2000, supuso, al menos en la intención, un cambio en lo referente al modo anquilosado, "mexicanísimo", pensarían algunos, de hacer política. Lo confirmaron el apoyo presidencial indiscutible a la creación de organismos de transparencia, como el Ifai, y a rectores de los distintos asuntos de la vida pública, como el IFE. Pero eso sólo quedó en una intención, y el resultado fue lamentable.
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Al mando, a la par que permitió la libertad de expresión, Vicente Fox creyó que los periodistas del país entero no comenzarían a emitir sus primeras palabras en contra del "padre de la libertad del nuevo siglo". ¿Cómo darle la espalda -opinión mediante- al hombre que había abierto los micrófonos y dejado ladrar a los perros? Impensable. Tiro fallido: con asuntos dudosamente (mal)tratados durante su gobierno, como la política exterior -en concreto hacia Cuba y Washington-, la relación con su esposa, Martha Sahagún, y de los hijos de ésta con el enricrecimiento ilícito, así como los encontrones con el gobierno del Distrito Federal y su "jefe máximo", Andrés Manuel López Obrador, eso sumado a su caricaturezca -y en aumento tras cada año presidencial- imagen de presidente charro, con sus dichos varios y sus profundísimas metidas de pata, la prensa se dio el lujo no sólo de criticar hasta la muerte al "pobrechito" de Fox, sino de convertirlo en asunto de comidilla, en motivo de burla.
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"¿Qué le pasa? No impone respeto", me dijo, entre sorprendido y molesto, El Cejón, un compañero de la preparatoria, hijo de un alto mando de la Policía Federal, acostumbrado, quizá, a que las cosas se hicieran por la fuerza, o no se hicieran. "Es el presidente. Si alguien lo llama "chachalaca", y lo envía a callar, ¿no sería lo más natural que tomara cualquiera de los teléfonos a su alcance y pusiera "fin" al "problema"?", me dijo entonces mi compañero. A mí me dejó pensando. Tomar decisiones para regresar la orden de silencio a un candidato presidencial de izquierda, que ya era entonces, como lo es hoy cada vez menos, una piedrita en el zapato para el régimen. Eso, o perder aún más el posicionamiento como figura de autoridad, la imagen de "señor presidente", intachable, pulcro, rodeado quizá de sangre enemiga, pero "señor" y "presidente".
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La llegada de Felipe Calderón a la presidencia no podría haber salido peor en términos de imagen presidencial: rodeado de los cada vez más evidentes gritos de "fraude", una toma de posesión "express" en un Congreso tomado por la oposición, al que tuvo que entrar por la puerta trasera y sin hacer ruido, un país radicalizado entre "lopezobradoristas" y "calderonistas", con un PRI doblemente derrotado, y un panorama económico desalentador hacia el futuro, Calderón tuvo que hacer magia para que por lo menos la figura presidencial volviera a la cordura entre la marea de ruidos y distorsiones. Lo hizo sin echar a la cárcel a ningún lider corrupto del pasado, como Salinas hizo con "La Quina" y Zedillo con el otro Salinas. Lo hizo lanzándose, en aparente gravísimo error, contra todo el crimen organizado, una "corporación" que en México deja más ganancias y es más numerosa, que el empresariado y la clase pudiente "legal".
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Calderón subió los sueldos a los policías y militares, poniéndolos de buenas para que defendieran y avalaran su cruzada contra el narcotráfico. Mal plan: en su afán por demostrar que desde la silla en Palacio gobernaba un hombre de mano dura, que había una "cabeza al mando", descuidó el empleo, que era su principal lema de campaña, y el trato con los inversionistas, que hubiera podido hacer cumplirla, esto en un panorama de incertidumbre económica internacional. Con cabeza impuesta, a medias, el país comenzó a caminar tarde, hacia el segundo año de gobierno, y esto gracias a que misteriosamente los medios de comunicación dejaron de cubrir a AMLO y voltearon sus reflectores al trabajo de Ebrard, Manlio Fabio, los jueces de la Suprema Corte y los gobernadores de pacotilla que tapizan el territorio nacional -"Todo México es territorio ineptitud"-.
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El reciente golpe bajo dado por varios rostros panistas conocidos hacia la figura presidencial, al asegurar que no aceptarían que Calderón, desde Los Pinos, impusiera a César Nava en la dirigencia nacional del PAN, y amenazando incluso con boicotear la asamblea del partido programada para efectos de elección interna al 8 de agosto, ese golpe bajo, es la muestra fehaciente de que la figura presidencial ya no es lo que solía ser, y que el "señor presidente" es ahora más que nunca un ser humano, defecto gravísimo en un líder con el poder suficiente para manejar a su antojo telecomunicaciones, servicios, producción e inversiones.
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Calderón no ha dado respuesta a las advertencia del grupo integrado por Santiago Creel, Gerardo Priego, Ricardo García Cervantes, Rogelio Carvajal y Humberto Aguilar. Investido en la banda tricolor, seguramente preferirá no hacer comentarios sobre un asunto que raya más en los temas "del partido" que de "la nación". Como militante, Felipe Calderón no opinará en tanto permanezca en la "silla del águila". No conviene. Hoy más que nunca, ante la crisis interna del partido al que todavía pertenece -imaginamos que no muy orgullosamente-, aprovechará la tempestad para mantener la calma. Su calma. "Deja que los perros ladren", se dirá a sí mismo y se dormirá soñando que en 2006 ganó el PRD, y que el país entero vivió -que no necesariamente "sufrió"- en carne propia lo que significa un gobierno de la izquierda mexicana.
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Por lo pronto, el hecho de que una fracción del partido se rebele explícitamente hacia la figura presidencial, antes motivo de orgullo para toda la militancia, es un mal presagio. Al menos para la partidocracia, que ya no sabe qué tan violento tendrá que ser el golpe que en 2012 habrá que dar para devolverle al presidente su status señorial. Al frente se necesita un líder, y en México los líderes de primera línea no gobiernan con suavidad, porque "el pueblo no sabe ser gobernado así". La figura presidencial del pasado suspira. El PRI, que todavía se beneficia de los fracasos ajenos, ya fragua la estatua de Peña Nieto, o Montiel Rojas, o Mario Marín. Será de hierro, para que no la doblegue ni el aire, ni el agua, ni la opinión pública.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Este sistema, este sistema político mexicano que como nos pone a pensar, lo malo es que los que conforman el sistema no se toman la molestia de hacerlo.