lunes, 6 de julio de 2009

Para vivir un proceso electoral

Estoy en el ojo del huracán, y no me la creo. Organizar una elección, aunque lo que se elija esté sólo a un nivel municipal o estatal, no debe ser cosa fácil. Me lo dice la gente que corre, la cantidad de personal que parece moverse en esta oficina, y la cantidad de rostros conocidos que veo. Hace un momento, por ejemplo, me animé a decirle a Rocío López Dueñas que es más guapa en persona, y a José Antonio Fernández que se ve mejor con bigote. Están también las autoridades electorales del estado, los representantes de los partidos, y muchos, pero muchos, lo que es más importante, ciudadanos.
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Imagínenselo bien: 17,700 urnas recibirán en todo el estado 10’755,564 boletas, en 8638 casillas, 2470 de ellas en zonas rurales, para un total de 5’133,870 votantes esperados –y con ansias-. Yo imagino que no debe ser fácil vigilar, precisar y controlar esa cantidad de presencias, ese número de personas, ese porcentaje de participación. El IFE y el IEPC –autoridades federal y estatal de los procesos electorales- estuvieron listos semanas atrás, y hoy vienen a comprobar, con pocos y no trascendentes sucesos funestos, que son instituciones cada vez más confiables y pertinentes.
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Yo lo que veo en todo esto con tristeza es la cantidad de gente que no participará. 70%, calcularon las autoridades desde semanas atrás, y yo mismo me encargué de hacerlos partícipe del dato. Un 70% muy doloroso, si se considera que el electo, los electos, presidentes municipales, diputados locales y federales, gobernarán representando a sólo un 30% de la población, descontando de ello a los votantes nulos. Un 70% doloroso para un proceso electoral que cuesta miles de millones de pesos, y que sin ese gasto difícilmente podría garantizar toda la ley y el respeto a la voluntad ciudadana –si de por sí…-
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Yo estoy aquí, y hoy puedo decirles que nuestra democracia camina. El cuerpo está formado por ciudadanos respetuosos y concientes, y a la cabeza hay gente enterada y sistemática. En las piernas estamos todos, jalando, corriendo, a veces, prudentemente, prendiendo los “stops”. Nuestros procesos van bien, pero siempre queda la posibilidad de que irían mejor. Irían mejor sin tanto gasto innecesario en un país de pobrezas, sin tanta “vista gorda” a los enfrascamientos de guerra sucia entre los candidatos, y sin tanta permisión para la pérdida de credibilidad y participación. Si votar fuera un deber, y el que no votara debiera experimentar una multa –quizá pequeña, equivalente a lo que cuesta esperarlo en las urnas, alrededor de 200 pesos por piocha-, las cosas marcharían mejor, o por lo menos podríamos decir “entiendo que no participar es molestar muchas cosas, incluso evitar el avance”. Si votar fuera un deber, yo sí votaría.
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Escribo esto en una sala de prensa de un IFE local lleno de gente, llamadas, cámaras, comunicados de prensa y comida. ¡Sí, comida! Ya les decía que esto no es cualquier cosa. Nuestra democracia tampoco. Con la esperanza rotunda de que hayan ido a votar, o de que estén por hacerlo –cerramos a las 6-, les dejo esta entrada de prisas e información, pero también de gozo. Gocemos que estamos sembrando, y que mañana, nosotros o nuestros hijos, cosecharán –cosecharemos, quimosabi- grandes cosas. El chiste está en sembrar hoy, y no esperar que otros lo hagan. La democracia también es tuya. O participas, o chitón.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No sé que comentar, definitivamente hay que ser partícipes, porque si bien no es un deber, es un derecho...