lunes, 13 de julio de 2009

La otra esquina.

A mí, lo que me es evidente, es que el paraíso no está en la otra esquina. No en Guadalajara, dónde todas las esquinas se vuelven cada vez menos utópicas y más antipáticas. Tenemos la peor planeación urbana de las capitales mexicanas, el peor gobierno estatal y la peor estrategia de cambio para todos nuestros males. Peor aún: adentro, en nuestras cabezas, las cosas parecen funcionar con una lentitud tan angustiante, que yo todavía me pregunto si algún día será posible que digamos: "Ah, ahí está, el paraíso en la otra esquina".
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Ése es el título del último libro que estoy bebiendo a una velocidad que me es alarmante. Yo, que usualmente no salgo de las veinte páginas diarias, y que prolongo inestablemente la finalización de mis lecturas a los tiempos de lluvias, los viajes o las salas de espera, me he tragado -casi literalmente- El paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa -cuyo apodo, en el vago mundo de letras que es el grupo de mis amigos de Letras, es tan altisonante y enrojecedor que prefiero no decirlo-, me he chutado sus 525 páginas en unos cuantos días. Estoy como a tres capítulos del final, y sin poder dejarlo, vuelvo a él repetidas veces mientras escribo esta entrada.
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Pero el paraíso que en la otra esquina propone Vargas Llosa, es distinto al que yo propongo para Guadalajara. Aquí, si los esfuerzos se coordinaran, si las mentalidades se abrieran y si el futuro se nos manifestara como un vasto campo para construir la diferencia, lo máximo que podríamos ver serían árboles de zapote y agave azul, porque nuestras autoridades no atinarían a sembrar cosas poco "típicas", como si en México no se dieran también las guayabas, las tunas, las papayas, los mangos, los plátanos y las sandías. Fin del caso.
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El paraíso en la otra esquina es una excelente novela. Esto es poco: es una novela bien hecha, con todo en su lugar, dónde quizá los únicos dos ingredientes que sobran, que a Vargas Llosa -sigo pensando en su apodo... pero no se los diré- se le van de las manos, se le pasan de tostado, son las biografías de sus dos personajes principales (Flora Tristán, activista de los derechos obreros y femeninos en el siglo XIX, y Paul Gauguin, impresionista francés, abuela y nieto respectivamente), a cuyos datos verídicos dedica mucho más tiempo que a la construcción imaginaria, y también la exhuberancia de los paisajes y las vidas descritas. Nadie en El paraíso en la otra esquina vive tranquilamente sus días; ningún paraje carece de barroquismo destemplado.
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Imposible pensar en una Guadalajara dónde esta clase de exhuberancias se manifiesten. Lo más exhuberante que tenemos es Jackie Bracamontes, y últimamente la anorexia le ha pegado tan "gacho" que se ve bien "gacha". Aquí viene la ilación que yo tenía pensada desde que, leyendo El paraíso... tuve que ir a cubrir una manifestación silenciosa, pero ingeniosa, en el sur de la ciudad, y que me trajo a colación la no despreciable idea de que Guadalajara no es un paraíso, y no conforme con ello, está lejos de serlo.
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Una ciudad para todos no es el nombre de un libro de Vargas Llosa. Ni siquiera es el nombre de un libro. Es una organización ciudadana cuya única intención es motivar a las autoridades, y a los ciudadanos, porque está integrada por ciudadanos nada más, a buscar mejores posibilidades de vida en Guadalajara. Más calidad, más razocinio en los proyectos públicos, y tan-tán.
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El sábado pasado, Una ciudad para todos transformó ingeiosamente el camellón del crucero de López Mateos y Lázaro Cárdenas, de todavía verde y agradable imagen, en una necrópolis de cruces blancas y mantas regañonas: "La tala de árboles más cara de Gdl... aquí", "Cultivemos árboles, no autos", y otras por igual.
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Los automovilistas, aunque groseros e insultantes, no pudieron dejar de voltear. La intención del grupo, en el cual yo no participo, pero con cuyas ideas sí comulgo, quedó más que satisfecha: crear una diferencia tan, pero tan grande, sin alterar en modo visible la calidad del aire, ni obstruir el tráfico, ni fabricar contaminación auditiva, una diferencia tan consistente, que los ciudadanos pudieran mirar, leer, pensar y luego ejercer su derecho de réplica. Eeeeeso: opinar. Informarnos y opinar. Los que ejercemos el periodismo -o cuando menos lo intentamos-, no podemos más que quedarnos en la primera mitad de la cadena. La segunda, le toca a otra clase de periodistas, pero sobre todo a la ciudadanía. Y falta, falta mucho al respecto.
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La manifestación de cruces blancas de Una ciudad para todos, fue una idea en oposición a la construcción de un puente atirantado que pretende construirse con nuestros impuestos en el punto señalado. El grupo, que es de oposición, más no ciego, no se opone a que se implementen formas desafiantes y proyectos inusuales de mejoramiento en el tráfico y la imagen urbana, proyectos que incluso atraigan turismo, miradas para una caída Guadalajara. Se opone a la tala de árboles que tendrá lugar en el levantamiento del puente, acabando con más de 800 ejemplares de diversas especies. 800 árboles menos en una ciudad que los va perdiendo todos, a la par de su inmejorable clima: dicen los mayores que no hace mucho, antes de los macropasos a desnivel, los macrolibramientos, los macrobuses, Guadalajara poseía todo el año 18° centígrados, de norte a sur. Hoy, en Tesistán nos congelamos con 5°, mientras en el centro de Guadalajara, mismo día, misma hora, sudan con 30 ó 35°.
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La propuesta de las cruces blancas es buena no sólo porque atrae las miradas, porque precipita las conciencias. Es buena también porque confronta, opina, crea una diferencia que luego origina otras tantas. Un paraíso en la otra esquina no es un imposible para Guadalajara, si se considera que otros muchos lugares del mundo, como Londres o París, hoy indudables centros turísticos y capitales culturales, económicas, políticas de impecable apariencia, tuvieron también en ciertos momentos negros de su historia prietitos del arroz. Hoy es posible, y Una ciudad para todos, con su silencio que habla, y otros grupos similares, podrían marcar una diferencia no sólo en la Guadalajara que tenemos, sino en nuestro modo de manifestar la que queremos.
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Por lo pronto, tienen una cita obligada con El paraíso en la otra esquina. Léanlo, y si aceptan sugerencia alterna, tengan a la mano abierto Google Images para descargar los cuadros que Vargas Llosa describe en todo el libro, y que en mucho apoyan la visión del personaje de Gauguin que hábilmente fabrica el prenobel peruano -ése es un adelanto del cual no me hago responsable-. Lean, y luego hablamos. Ah, y de paso, siembren un árbol.
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¡Salud!

2 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

Ok, aun sigo tomado dato.

Salu2.

Wendy Piede Bello dijo...

No pienso leer esta entrada hasta que me prestes este libro, solamente te comento que Enrique Krauze le presento el libro a Vargas Llosa en la FIL, hace muchisimos a;os, creo que en la primera FIL que disfrute -no estoy segura si la primera a qe asisti-. Krauze le se;alaba a Vargas Llosa las situaciones que mas le gustaron de El paraiso en al otra esquina, como una conversacion que sostiene Flora Tristan con Marx, ente otras cosas, llamaban la atencion porque Krauze no podia imaginar como es que Vargas Llosa se habia enterado de ello -Flora Tristan es un personaje historico, segun entendi-, la respuesta del escritor que detonaba la risa del publico era: "Eso yo me lo invente".
Enrique no deberia dejar que su condicion de historiador mermara el establecimiento del pacto con la ficcion.