jueves, 23 de julio de 2009

Ensalada para dos.

Lo impensable, me ha dicho hoy la tarde misma, puede siempre ocurrir. Por eso no resulta tan descabellada la teoría de los abuelos, según la cual uno debe guardar todos los regalos inservibles que le dan, los cacharros generados en casa, la comida que se hace vieja en el refrigerador, incluso la grasa de más en las caderas, "porque no sabes cuándo va a pasar algo que te va a hacer preguntarte por qué tiraste todo eso". Hoy, sin que yo me lo esperara, La Arandera, que es en mi vida como uno de esos aviones lanzados al viento, que van y vienen sin asomo de nostalgia, esa Arandera que algún día lejano ocupó los titulares de este blog, tuvo conmigo una de las más genuinas charlas que he sostenido con alguien en los últimos meses -y eso que entrevisto políticos y empresarios a lo baboso-.
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Después de una mañana demandante, en que casi pierdo la vida cubriendo una manifestación a las afueras del Palacio de Gobierno, empujado hacia sus paredes frontales por unos dos mil manifestantes en el cumplimiento de mi deber reporteril -La Gaviota, editora profesional y darketona, me debe una-, después de horas de ir y venir entre gritos, consignas y pliegos petitorios, La Arandera me recibió en un conocido centro comercial de Zapopan -¡todos los centros comerciales están en Zapopan, iluso inverbe!- con una sonrisa más cálida que un abrazo, y una ensalada más sabrosa que un caldo tlalpeño cualquiera.
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Después de tocar asuntos de relativa poca importancia durante la comida, La Arandera pasó hábilmente a los temas picos, en un hilado de conversación que de tan fino a mí me dejó perplejo. Y entonces, soltó lo impensable: "Quiero primero que nada pedirte perdón". A mí pueden hacerme muchas cosas, y muy feas. Pueden gritarme, jalonearme, violentarme, incluso pueden pedirme que vote por el Peje. Nada de eso me fatiga. Cierta vez, mientras recorría un tianguis, una señora me acusó de haberme robado una naranja de su puesto. Dijo cosas tan feas, sin siquiera atreverse a catearme, que a Doña Mago, mi adusta madre, seguro le dolieron los oídos. Incluso entonces, con medio centenar de gente juzgándome injustamente como un ladrón, no pude ponerme de malas cuando, tras revisarme, la señora tuvo que despedirme con un simple "usted dispense".
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Pero que alguien me ofrezca una disculpa, o me pida perdón, me pone mal. Sucede que, contrario a lo que me pasa con otras muchas situaciones lingüísticas, ante una petición de dispensa no sé qué contestar. Usualmente pido razones para la disculpa, pero no importa cuáles me den, termino pensando que no era necesario pedirla. "Es que tú perdonas sin que te ofendan", me dijo una vez una conocida cuyo nombre prefiero no recordar. Tiene razón, pero sólo en parte. La verdad es que hay veces que creo merecer una disculpa, pero como es muy raro que en esas circunstancias la reciba, no me hago ilusiones, y si luego la recibo, la recibo con sorpresa.
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El punto es que ante el ofrecimiento de La Arandera, cargado de una humildad que cada vez estoy menos acostumbrado a reconocer en los demás, arrancó de mi cara una sonrisa mezcla de "¿como aquí qué?" y "te has dado cuenta de muchas cosas". Obviamente le pedí justificara la petición del perdón, y La Arandera lo hizo en términos tan claros y específicos, que no pude hacer más que aceptar una parte de la petición, y reconocer inmediatamente después mi culpabilidad en otra. También reconocí que ella ha caído en cuenta de muchas cosas, o ha llegado al extremo de su lucha contra la verdad y ha decidido ceder parte de su natural -y a veces beneficiosa- obstinación, para ver las cosas con otros ojos.
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Lo que siguió fue un par de horas de la más sincera y amena charla que he tenido en mi vida. Reconoció muchas cosas, y a mí me dio gusto ver que lo hiciera. Ese mismo gusto que da cuando uno reconoce buenas decisiones en sus seres queridos, o veracidad. Yo, la veracidad, aunque me duela esporádicamente, la valoro mucho.
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Además me ofreció reactivar la amistad. Cuando hace unos meses me pidió una distancia favorable -de varios kilómetros a la redonda-, aunque le faltó argumentar que era para ella, yo lo tomé personal y se la di. Hay que aceptar que uno toma decisiones importantes y causales de jaqueca, únicamente cuando la decisión traerá un bien para sí o para los suyos. Yo, sobre La Arandera, no tenía nada qué reconsiderar con la distancia, más allá de afianzar el profundo respeto y el gran cariño que le guardo. Así que su petición de distancia fue tomada por mí pensando en su bien, y nada más que en su bien. La decisión de reactivar la relación que ahora ella ha tomado, para mí no implica más que un simple movimiento: pensar otra vez en ella como en alguien con quien puedo confiar para una buena plática, sin temor a represalias.
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Si me preguntan si no fue extraño aceptar la invitación y llevarla a cabo, mentiría si respondiera que en lo absoluto. Fue raro pensar qué tendría qué decirme esa mujer de ojos grandes, y más aún saber que, tras su manifestada necesidad de mantenerse lejos de mí, ahora pidiera "tiempo" y pusiera la mesa para un acercamiento. Pero lo raro no quita lo gracioso, ni lo afortunado. Esta fue una tarde afortunada. Fue como cerrar un ciclo, y nada agradezco más que la posibilidad de hacerlo y ver que otros también lo hace.
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Sin esperar a que termine, me adelanto a decir que estos primeros seis meses del 2009 han sido un mar de situaciones encontradas. Por un lado, ha habido alejamientos y distancias prolongadas, personas desaparecidas y manifestadas diferencias en mis tratos con otras tantas; por el otro, han llegado a mi camino seres desconocidos, extraños, multifacéticos, y lazos antiguamente cerrados se han reabierto. ¡Vaya año!
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Ahora, con la ventaja de una buena tarde, cierro un jueves de actividad importante. Me quedo con las horas anteriores a la caída del sol, que recuperaron para mí no a una ex novia, sino a una amiga, a una gran mujer. No estamos hechos, mi Arandera. Lo bonito de la vida en esta etapa es saber que, pese a todo, nos queda un largo camino para seguirla regando, o, en el mejor de los casos, para comer una ensalada juntos después de volver los pasos.
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¡Salud!

2 comentarios:

Alejandro Bercini dijo...

Mi estimado amigo de letras:

Sólo pasando por aquí para saludarlo y reitirar que le sigo leyendo casi a diario, bueno, cada vez que hay una nueva entrada.
Felicidades por el aprendizaje que espero haya obtenido de los 6 meses de situaciones encontradas, segura madurez emocional como resultado.

Saludos desde wonderland.

Wendy Piede Bello dijo...

Por eso hay que hacer inventario de manera periódica, para reconsiderar lo que antes no se incluía. Parece que todo se acomoda, y ahora me parece, te tocó estar del otro lado.