viernes, 31 de julio de 2009

Por volver.

Se lo dije. Se lo dije mil veces, pero él tiene una tendencia indescifrable a sabotearse las ideas felices. No lo culpo, lo han herido mucho, quizá el mismo número de incontables veces que le dije que volvería. Que volvería porque esa ciudad está hecha para él, y él para ella, y son tanto el uno para el otro que es difícil imaginarlos separados. Se lo dije cuando se deprimía cada fin de semana al no tener antro qué frecuentar, zona qué recorrer, monumento qué conocer, en esta típica ciudad del occidente mexicano. A él lo llamaba el centro. Su altura plana, sus terremotos, su caos vial, su contaminación, su gente diversa, su folklore de urbe azteca. Lo llamaban sus atardeceres naranjas y sus amaneceres violáceos. Su amor por el "gigantismo". Su pasión por los cambios estructurales y las marchas. Lo llamaba el caos.
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Ahora regresa. El mayor de mis hermanos, que en noviembre pasado no veía la suya por tener que abandonar la Urbe, ahora regresa a ella como si nunca hubiera salido. Será sólo un semestre, en principio, pero en un puesto que siempre soñó, en la ciudad que siempre ha amado, y eso le basta. La bendición no acaba ahí: por un semestre, tendremos alojamiento yo, mis ideas y mis complejos. A lo mejor regreso en septiembre próximo, rogándole al cielo que cada septiembre, como el pasado año, el viaje se repita. Yo no sé aún si viviría en el futuro en esa Ciudad de los Palacios, pero sé que visitarla me pone muy de buenas, porque además la ciudad me entiende, y me muestra su compleja faz al descubierto, sin pudores, lo que me hace amarla aún más.
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¿Qué puedo pedir para mi hermano, que inicia el martes otro de sus viajes, esta vez con un resultado más evidente, más trabajo, mejor logrado? Le deseo una ciudad de México radiante como siempre lo ha sido para él, que le dé una bienvenida de seis meses como nadie se ha la dado en su vida. Le deseo una sonrisa, un amanecer dichoso, una calle barrida y un Paseo de la Reforma histórico e inenarrable. ¿Para qué se lo deseo si sé que lo tendrá?
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Ahora sólo queda esperar. Como en noviembre pasado, cuando tuvo que dejarlo todo por la paz para reencontrar la tranquilidad y recuperar un poco, tan sólo un poco, las ganas de vivir. A él, a sus 30 y pico, le quedan todavía muchos pasos por andar. Muchos serán dolorosos, pero también habrá otros, como éste que da la próxima semana, que le depararán dicha y estabilidad. Yo espero que sepa entender que los buenos momentos se disfrutan mucho, porque casi no duran. Yo mismo no sé qué venga para mí mañana, pero sé que puedo esperar -y desear- lo mejor. Si lo mejor no llega, la cara pa'lante. Siempre habrá amaneceres rosáceos esperando para nosotros en la Región Más Transparente del Aire.
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¡Salud! (y con muchas ganas)

miércoles, 29 de julio de 2009

¿Te llamas Agustín?

Para Luz, por el buen chiste local.
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En el más común de los mundos, dónde la gente trabaja día con día para comer, y a excepción de quienes viven del presupuesto -o "con" el presupuesto-, la gente que consigue un trabajo, debe pasar primero por una entrevista de trabajo. Claro que también está el "otro" grupo, el raro y cada vez más esporádico conjunto de seres que han llegado a la silla empresarial que hoy ocupan porque conocían al hermano del amigo del cuñado del señor que jalaba la palanca y activaba la maquinaria empresarial. Los que no conocemos más que a un selecto grupo de personas, de las cuales a una todavía más reducida selección podríamos llamar sin altanerías "amistades", y peor aún, quienes dentro de nuestras amistades no tenemos un contacto directo y sin escalas con las "grandes ligas", tenemos que vivir entrevistas de trabajo.
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Yo fui a una antier. Al paso de los días, conforme examino mi actitud y mis respuestas, me doy cuenta que no me van a hablar. El mayor de mis hermanos, que también anduvo en esos merengues el lunes pasado, ha intentado lavarme el cerebro con la cantaleta de que "hay que tomarlo como una experiencia". Tiene razón, pero mi mente no deja de pensar que contesté de más, hablé de menos y omití muchas cosas que harían pensar al más ciego seleccionador de personal que soy "la" opción.
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Como experiencia, sí, sirvió, y de mucho. Por eso vengo a presentarles, con base en la experiencia misma, un par de consejos que podrían servirles, si ustedes también están en esto de pedir trabajo, o considerando que muy probablemente, y a como va el país, lo estarán próximamente (toquen madera todos menos los panistas), lean, apunten, observen y practiquen. Son los consejos de un recientemente entrevistado para ustedes, con cariño, con corazón, con el currículum vuelto a guardar en espera de mejores resultados.
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Ahora sé que cuando uno va a una entrevista de trabajo no debe -anoten bien- vestirse en un cuarto oscuro, a riesgo de llegar a la cita con un calcetín azul marino y uno negro ocote. Por suerte, el pantalón de mi traje llegaba al talón, así que la "fashionista" metida de pata pasó -creo- desapercibida. Tampoco hagan combinaciones de caja fuerte (atención: la corbata que en la oscuridad de la madrugada se ve roja, muy probablemente sea azul, o gris, o verde olivo, o con motitas barrocas a la Mauricio Garcés. Se recomienda prender una velita para verificar el tono, pero sin acercar mucho la prenda a la llama). Y mucho menos se dejen convencer por el tono informal que siempre tienen las llamadas de contacto de recursos humanos: lo más probable, dependiendo del puesto solicitado y la empresa solicitante, es que te quieran de traje, o chance camisa y corbata.
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Ley universal: los trabajadores de recursos humanos no tienen como meta ser personas agradables. No gustan de los chistes, las bromitas y los chascarrillos. Beto "el Boticario", que en paz me lo pongan a echar la siesta, no hubiera conseguido nunca una chamba en ese plan. De César Costa mejor ni hablemos. La sonrisa está permitida, pero su entrada, mantenimiento y salida, requieren inteligencia. No te ofusques mucho en encontrarles el lado amable a los entrevistadores: trabaja para que encuentren el tuyo.
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No des datos falsos. Ya he platicado con una veintena -y creciendo- de personas el hecho, y no pienso repetirlo aquí. Piensa tus respuestas. Si bien es cierto que los entrevistadores de selección de personal ve con malos ojos que te pienses mucho las contestaciones, también lo es que no meditar lo que dices podría hacerte caer en desvaríos, imprecisiones o mentiras. Respira. ¿Dime qué cosa en la vida puedes hacer libremente sin respirar durante mucho tiempo? Ni nadar. Respira. ¡Ey, respira!
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No creas que "ya la hiciste". Hay cientos peores que tú, cierto, pero también doscientos mejores. El éxito de una entrevista de trabajo no está en lo que hagas en ella, sino en que encajes en el puesto -¡ah, bruto, qué verdad más absoluta se acaba de aventar el poeta!- Si el trabajo no es para ti, aunque digas que eres militante activo de Greenpeace, Amnistía Internacional y National Geographic -he escuchado de todo-, no te lo darán. Asume el hecho -éste es consejo de mi hermano el mayor, que es el único que tenga porque los otros dos son niñas- de que hay trabajos hechos para ti, y trabajos que no lo son tanto. Si eres el indicado, quedarás. Si no... pues no.
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Sé tú mismo entonces. La mañana del lunes, el primer mensaje que recibí en mi celular no fue del periódico de importante circulación local al cual asistí a entrevista horas más tarde, sino de un nuevo amigo que conseguí en la lejana fabela en que ahora vivo: "Sólo sé tú mismo", decía, después de enumerar -con lujo de detalle- las cosas por las cuales valía la pena que yo fuera "yo mismo". Le hice caso, en parte, y temo que los errores que cometí en mi entrevista se debieron a que, a ratos, guiado por una buena oferta -buenísima, diría yo- dejé de ser yo mismo. No lo hagan. Apelen a lo que hay en ustedes que los hace ser inestimables -en el sentido de que es imposible ponerles valor-.
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Ya les dejo los consejos. Reflexionen. Es cierto que el asunto del empleo en nuestro país camina por la calle de la amargura, pero también es cierto que hay suerte para todos. Me faltó mencionar eso, la suerte. Hay suerte para todos, porque buscar un trabajo requiere también de suerte. Pidan, y recibirán, dice un antiguo proverbio. Pidan, y con suerte, mucha suerte, les van a dar hasta de más.
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¡Salud!

sábado, 25 de julio de 2009

Guerras perdidas.

La "hazaña" del secretario de gobernación, Fernando Gómez Mont, es la declaración oficial de las luchas perdidas. La opinión pública ha debatido tanto durante la semana al respecto, que ya a estas alturas queda poco qué decir. Por eso, yo me atrevo a asegurar que el secretario, cabeza de una de las dependencias gubernamentales más estratégicas para el mantenimiento del orden y la cordura en la relación Estado-ciudadanos, ha hecho la declaración del enfrentamiento abierto porque la diplomacia no sirve en una guerra que, de facto, está perdida antes de iniciar.
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No es un tono alarmista o negativo el que asumo al hablar así, creo. Es mi opinión, como ciudadano, como -aspirante a- periodista, como parte de la opinión pública. La decisión del presidente Felipe Calderón de abatir al narcotráfico en el país que gobierna, tiene a todas luces más visos de estrategia de reivindicación personal estética que de política gubernamental: producto de una elección reñida y tildada de "fraude", "espurizado", "estigmatizado" en un panorama económico internacional poco alentador para un "presidente del empleo", Calderón necesita a todas luces una estrategia de gobierno que levanta su imagen y le dé, si no credibilidad, por lo menos atisbos de institucionalidad. El narco es la lucha interminable. Ponerse contra él es defender la patria, sí, pero también iniciar la guerra sin fin. Es pelear contra la sombra, o lanzar granadas al vacío. Es pretender el salvamiento de la nación, a sabiendas de que no se puede conseguir el acabose del crimen organizado en un país dónde el crimen gobierna desde el empresariado -porque además de los narcos, Calderón ha tirado pedradas (mercadológicamente) a secuestradores, ladrones y embusteros-, y dónde la ley protege -o hace de la vista gorda- los monopolios, los arreglos "por debajo de la mesa", los acuerdos "en lo oscurito".
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Por eso es que la actitud de Gómez Mont ante los medios de comunicación el miércoles pasado, cuando a tono personal lanzó en el micrófono un "Señores, los estamos esperando: métanse con la autoridad y no con los ciudadanos", dirigido concretamente al grupo La Familia, pero extensivo a todos los "guerrilleros" -es un decir-, ilegales, que han llenado de sangre las páginas de los diarios de nuestro país, y no encuentran freno ni en la actitud defensiva -mercadotecnia pura, les digo y no me creen- de la autoridad, ni en el apoyo -con tintes de asedio- que otros países han manifestado para que el fin de la delincuencia organizada llegue con prontitud, la actitud del secretario Gómez Mont, decía, es la de la evidencia más que la de la diplomacia. Es la de la actuación por encima de la de la utilidad.
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Porque de nada sirve el reto aireado. La Familia -y asociados- saben a la perfección que la actitud del gobierno calderonista es la del reto, el puntapié, el golpe bajo y sin avisar, al menos frente a las cámaras y la observación extranjera. Que el secretario de gobernación rete públicamente a un enfrentamiento cara a cara, mano a mano, "con alguien de su tamaño", es innecesario para La Familia, pero básico para la estrategia de "institucionalización" de su mandato iniciada por Calderón desde los primeros meses de gobierno, cuando los gritos de "espurio" y "fraude" le dolían hasta fingir demencia.
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Hoy, Felipe Calderón haría bien en bajar los brazos y aceptar que el asunto del narcotráfico y el crimen organizado, no se va a solucionar en tres años de gobierno. Ni siquiera en dos sexenios más. La corrupción que abruma al sistema, que acaba con la capacidad motriz de la institución del Estado mexicano, no permitirá un cambio en la existencia de la ilegalidad ni en tres ni en doce años. Eso recuerda aquel viejo cuentecillo del hombre que todos los días aprieta el mismo botón esperando siempre un resultado distinto. México podrá apretar y apretar el botón de la lucha frontal, de la imagen del Súperestado, pleno de bondades, contra el Fortinarco, malo hasta los huesos. Pero no puede esperar una diferencia si el sistema entero no ha cambiado su modo de entender -y acoger- a la ilegalidad.
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Claro que el secretario Gómez Mont tiene todo el derecho de desabrocharse el saco y retar a los maleantes con el clásico "nos vemos a la salida". En ese tono, y en el que quiera. No es discusión que pueda hacerlo, o que lo haga utilizando una frase como "los estamos esperando, métanse con las autoridades", o una como "por favor, señores, compostura". Lo que es discusión es que lo haga a sabiendas de que esa lucha por la cual ha abogado públicamente, en medio del mayor operativo del sexenio en materia militar que inunda ya Michoacán, es una guerra perdida, aún antes de nacer. La guerra sin cuartel, la guerra sin horizonte ni fin. Los fantasmas del Estado fallido y el presidente "espurio" deben estarle robando el sueño a Calderón. Si no, algo anda mal con el presidente.
. ¡Salud!

jueves, 23 de julio de 2009

Ensalada para dos.

Lo impensable, me ha dicho hoy la tarde misma, puede siempre ocurrir. Por eso no resulta tan descabellada la teoría de los abuelos, según la cual uno debe guardar todos los regalos inservibles que le dan, los cacharros generados en casa, la comida que se hace vieja en el refrigerador, incluso la grasa de más en las caderas, "porque no sabes cuándo va a pasar algo que te va a hacer preguntarte por qué tiraste todo eso". Hoy, sin que yo me lo esperara, La Arandera, que es en mi vida como uno de esos aviones lanzados al viento, que van y vienen sin asomo de nostalgia, esa Arandera que algún día lejano ocupó los titulares de este blog, tuvo conmigo una de las más genuinas charlas que he sostenido con alguien en los últimos meses -y eso que entrevisto políticos y empresarios a lo baboso-.
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Después de una mañana demandante, en que casi pierdo la vida cubriendo una manifestación a las afueras del Palacio de Gobierno, empujado hacia sus paredes frontales por unos dos mil manifestantes en el cumplimiento de mi deber reporteril -La Gaviota, editora profesional y darketona, me debe una-, después de horas de ir y venir entre gritos, consignas y pliegos petitorios, La Arandera me recibió en un conocido centro comercial de Zapopan -¡todos los centros comerciales están en Zapopan, iluso inverbe!- con una sonrisa más cálida que un abrazo, y una ensalada más sabrosa que un caldo tlalpeño cualquiera.
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Después de tocar asuntos de relativa poca importancia durante la comida, La Arandera pasó hábilmente a los temas picos, en un hilado de conversación que de tan fino a mí me dejó perplejo. Y entonces, soltó lo impensable: "Quiero primero que nada pedirte perdón". A mí pueden hacerme muchas cosas, y muy feas. Pueden gritarme, jalonearme, violentarme, incluso pueden pedirme que vote por el Peje. Nada de eso me fatiga. Cierta vez, mientras recorría un tianguis, una señora me acusó de haberme robado una naranja de su puesto. Dijo cosas tan feas, sin siquiera atreverse a catearme, que a Doña Mago, mi adusta madre, seguro le dolieron los oídos. Incluso entonces, con medio centenar de gente juzgándome injustamente como un ladrón, no pude ponerme de malas cuando, tras revisarme, la señora tuvo que despedirme con un simple "usted dispense".
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Pero que alguien me ofrezca una disculpa, o me pida perdón, me pone mal. Sucede que, contrario a lo que me pasa con otras muchas situaciones lingüísticas, ante una petición de dispensa no sé qué contestar. Usualmente pido razones para la disculpa, pero no importa cuáles me den, termino pensando que no era necesario pedirla. "Es que tú perdonas sin que te ofendan", me dijo una vez una conocida cuyo nombre prefiero no recordar. Tiene razón, pero sólo en parte. La verdad es que hay veces que creo merecer una disculpa, pero como es muy raro que en esas circunstancias la reciba, no me hago ilusiones, y si luego la recibo, la recibo con sorpresa.
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El punto es que ante el ofrecimiento de La Arandera, cargado de una humildad que cada vez estoy menos acostumbrado a reconocer en los demás, arrancó de mi cara una sonrisa mezcla de "¿como aquí qué?" y "te has dado cuenta de muchas cosas". Obviamente le pedí justificara la petición del perdón, y La Arandera lo hizo en términos tan claros y específicos, que no pude hacer más que aceptar una parte de la petición, y reconocer inmediatamente después mi culpabilidad en otra. También reconocí que ella ha caído en cuenta de muchas cosas, o ha llegado al extremo de su lucha contra la verdad y ha decidido ceder parte de su natural -y a veces beneficiosa- obstinación, para ver las cosas con otros ojos.
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Lo que siguió fue un par de horas de la más sincera y amena charla que he tenido en mi vida. Reconoció muchas cosas, y a mí me dio gusto ver que lo hiciera. Ese mismo gusto que da cuando uno reconoce buenas decisiones en sus seres queridos, o veracidad. Yo, la veracidad, aunque me duela esporádicamente, la valoro mucho.
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Además me ofreció reactivar la amistad. Cuando hace unos meses me pidió una distancia favorable -de varios kilómetros a la redonda-, aunque le faltó argumentar que era para ella, yo lo tomé personal y se la di. Hay que aceptar que uno toma decisiones importantes y causales de jaqueca, únicamente cuando la decisión traerá un bien para sí o para los suyos. Yo, sobre La Arandera, no tenía nada qué reconsiderar con la distancia, más allá de afianzar el profundo respeto y el gran cariño que le guardo. Así que su petición de distancia fue tomada por mí pensando en su bien, y nada más que en su bien. La decisión de reactivar la relación que ahora ella ha tomado, para mí no implica más que un simple movimiento: pensar otra vez en ella como en alguien con quien puedo confiar para una buena plática, sin temor a represalias.
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Si me preguntan si no fue extraño aceptar la invitación y llevarla a cabo, mentiría si respondiera que en lo absoluto. Fue raro pensar qué tendría qué decirme esa mujer de ojos grandes, y más aún saber que, tras su manifestada necesidad de mantenerse lejos de mí, ahora pidiera "tiempo" y pusiera la mesa para un acercamiento. Pero lo raro no quita lo gracioso, ni lo afortunado. Esta fue una tarde afortunada. Fue como cerrar un ciclo, y nada agradezco más que la posibilidad de hacerlo y ver que otros también lo hace.
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Sin esperar a que termine, me adelanto a decir que estos primeros seis meses del 2009 han sido un mar de situaciones encontradas. Por un lado, ha habido alejamientos y distancias prolongadas, personas desaparecidas y manifestadas diferencias en mis tratos con otras tantas; por el otro, han llegado a mi camino seres desconocidos, extraños, multifacéticos, y lazos antiguamente cerrados se han reabierto. ¡Vaya año!
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Ahora, con la ventaja de una buena tarde, cierro un jueves de actividad importante. Me quedo con las horas anteriores a la caída del sol, que recuperaron para mí no a una ex novia, sino a una amiga, a una gran mujer. No estamos hechos, mi Arandera. Lo bonito de la vida en esta etapa es saber que, pese a todo, nos queda un largo camino para seguirla regando, o, en el mejor de los casos, para comer una ensalada juntos después de volver los pasos.
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¡Salud!

martes, 21 de julio de 2009

Sí, señor Presidente.

Hubo un tiempo en que la figura presidencial era intocable. Desde el despacho mayor, en Palacio de Gobierno, en Chapultepec o en Los Pinos, se decidían el conglomerado de actos que formulaban el destino de la nación, sus alianzas, fortalezas, debilidades, decisiones y enemistades. Como tras la silla gobernaba un grupo hegemónico, en una partidocracia institucional de organización laberíntica, gigantesca, monstruosa, ir tras el que desde la silla ejercía el poder, era ir contra el poder entero. Ni Sansón en sus mejores épocas capilares se hubiera puesto de pechito a una masacre de esa naturaleza. Si entre los "tripulantes" mismos del poder se quitaban la vida al menos disgusto, ¿qué no harían al extraño, al pedigüeño, al forastero?
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El grupo político -o su conjunto, incluidos asalariados, burócratas, empresarios, industriales y clero- estaba feliz de tener "al mando" a una "figura presidencial" que defendiera no sólo los intereses del grupo mismo, sino la imagen al exterior de que esto no era una dictadura -lo que nos hubiera cerrado puertas, trámites, créditos y alianzas estratégicas-, sino que el que estaba en el mando gozaba de autoridad conferida única e inviolablemente por las instituciones, como la Constitución. Y el país avanzaba, rodeado de deudas, incertidumbres, cerrazón, empoderamiento, negligencia, amiguismo y corporativismo. Pero avanzaba.
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La llegada al PAN al poder en 2000, supuso, al menos en la intención, un cambio en lo referente al modo anquilosado, "mexicanísimo", pensarían algunos, de hacer política. Lo confirmaron el apoyo presidencial indiscutible a la creación de organismos de transparencia, como el Ifai, y a rectores de los distintos asuntos de la vida pública, como el IFE. Pero eso sólo quedó en una intención, y el resultado fue lamentable.
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Al mando, a la par que permitió la libertad de expresión, Vicente Fox creyó que los periodistas del país entero no comenzarían a emitir sus primeras palabras en contra del "padre de la libertad del nuevo siglo". ¿Cómo darle la espalda -opinión mediante- al hombre que había abierto los micrófonos y dejado ladrar a los perros? Impensable. Tiro fallido: con asuntos dudosamente (mal)tratados durante su gobierno, como la política exterior -en concreto hacia Cuba y Washington-, la relación con su esposa, Martha Sahagún, y de los hijos de ésta con el enricrecimiento ilícito, así como los encontrones con el gobierno del Distrito Federal y su "jefe máximo", Andrés Manuel López Obrador, eso sumado a su caricaturezca -y en aumento tras cada año presidencial- imagen de presidente charro, con sus dichos varios y sus profundísimas metidas de pata, la prensa se dio el lujo no sólo de criticar hasta la muerte al "pobrechito" de Fox, sino de convertirlo en asunto de comidilla, en motivo de burla.
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"¿Qué le pasa? No impone respeto", me dijo, entre sorprendido y molesto, El Cejón, un compañero de la preparatoria, hijo de un alto mando de la Policía Federal, acostumbrado, quizá, a que las cosas se hicieran por la fuerza, o no se hicieran. "Es el presidente. Si alguien lo llama "chachalaca", y lo envía a callar, ¿no sería lo más natural que tomara cualquiera de los teléfonos a su alcance y pusiera "fin" al "problema"?", me dijo entonces mi compañero. A mí me dejó pensando. Tomar decisiones para regresar la orden de silencio a un candidato presidencial de izquierda, que ya era entonces, como lo es hoy cada vez menos, una piedrita en el zapato para el régimen. Eso, o perder aún más el posicionamiento como figura de autoridad, la imagen de "señor presidente", intachable, pulcro, rodeado quizá de sangre enemiga, pero "señor" y "presidente".
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La llegada de Felipe Calderón a la presidencia no podría haber salido peor en términos de imagen presidencial: rodeado de los cada vez más evidentes gritos de "fraude", una toma de posesión "express" en un Congreso tomado por la oposición, al que tuvo que entrar por la puerta trasera y sin hacer ruido, un país radicalizado entre "lopezobradoristas" y "calderonistas", con un PRI doblemente derrotado, y un panorama económico desalentador hacia el futuro, Calderón tuvo que hacer magia para que por lo menos la figura presidencial volviera a la cordura entre la marea de ruidos y distorsiones. Lo hizo sin echar a la cárcel a ningún lider corrupto del pasado, como Salinas hizo con "La Quina" y Zedillo con el otro Salinas. Lo hizo lanzándose, en aparente gravísimo error, contra todo el crimen organizado, una "corporación" que en México deja más ganancias y es más numerosa, que el empresariado y la clase pudiente "legal".
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Calderón subió los sueldos a los policías y militares, poniéndolos de buenas para que defendieran y avalaran su cruzada contra el narcotráfico. Mal plan: en su afán por demostrar que desde la silla en Palacio gobernaba un hombre de mano dura, que había una "cabeza al mando", descuidó el empleo, que era su principal lema de campaña, y el trato con los inversionistas, que hubiera podido hacer cumplirla, esto en un panorama de incertidumbre económica internacional. Con cabeza impuesta, a medias, el país comenzó a caminar tarde, hacia el segundo año de gobierno, y esto gracias a que misteriosamente los medios de comunicación dejaron de cubrir a AMLO y voltearon sus reflectores al trabajo de Ebrard, Manlio Fabio, los jueces de la Suprema Corte y los gobernadores de pacotilla que tapizan el territorio nacional -"Todo México es territorio ineptitud"-.
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El reciente golpe bajo dado por varios rostros panistas conocidos hacia la figura presidencial, al asegurar que no aceptarían que Calderón, desde Los Pinos, impusiera a César Nava en la dirigencia nacional del PAN, y amenazando incluso con boicotear la asamblea del partido programada para efectos de elección interna al 8 de agosto, ese golpe bajo, es la muestra fehaciente de que la figura presidencial ya no es lo que solía ser, y que el "señor presidente" es ahora más que nunca un ser humano, defecto gravísimo en un líder con el poder suficiente para manejar a su antojo telecomunicaciones, servicios, producción e inversiones.
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Calderón no ha dado respuesta a las advertencia del grupo integrado por Santiago Creel, Gerardo Priego, Ricardo García Cervantes, Rogelio Carvajal y Humberto Aguilar. Investido en la banda tricolor, seguramente preferirá no hacer comentarios sobre un asunto que raya más en los temas "del partido" que de "la nación". Como militante, Felipe Calderón no opinará en tanto permanezca en la "silla del águila". No conviene. Hoy más que nunca, ante la crisis interna del partido al que todavía pertenece -imaginamos que no muy orgullosamente-, aprovechará la tempestad para mantener la calma. Su calma. "Deja que los perros ladren", se dirá a sí mismo y se dormirá soñando que en 2006 ganó el PRD, y que el país entero vivió -que no necesariamente "sufrió"- en carne propia lo que significa un gobierno de la izquierda mexicana.
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Por lo pronto, el hecho de que una fracción del partido se rebele explícitamente hacia la figura presidencial, antes motivo de orgullo para toda la militancia, es un mal presagio. Al menos para la partidocracia, que ya no sabe qué tan violento tendrá que ser el golpe que en 2012 habrá que dar para devolverle al presidente su status señorial. Al frente se necesita un líder, y en México los líderes de primera línea no gobiernan con suavidad, porque "el pueblo no sabe ser gobernado así". La figura presidencial del pasado suspira. El PRI, que todavía se beneficia de los fracasos ajenos, ya fragua la estatua de Peña Nieto, o Montiel Rojas, o Mario Marín. Será de hierro, para que no la doblegue ni el aire, ni el agua, ni la opinión pública.
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¡Salud!

Inventario.

Progresivamente, me resta un mes de vacaciones -y contando-. Eso significa, en el mejor de los casos, que podré dormir cinco domingos a mis anchas, planear algún viaje no muy lejano y, cuando mucho, terminar dos o tres libros más. Mala cifra si la comparo con años anteriores, cuando yo dormía a mis anchas los días que se me antojaban, iba a dónde quería y si quería volvía -y si no, pues no-, y leía bibliotecas enteras sin levantar mi cada día más abundante trasero del sillón por horas y horas.
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Pero no me puedo quejar. No al nivel de queja expresa que yo quisiera manifestar: las vacaciones han servido terminantemente para poner en orden terminante muchas cosas indeterminadas que rondaban mi cabeza. Hoy, si gran parte de mis amigos o interesados se acercaran a hacerme preguntas que hasta junio pasado yo respondía con un "no sé", podría brindarles, sólo un mes después, absolutas y válidas contestaciones -válidas para mí, para ellos no sé qué tanto-. Hoy ya sé qué siento hacia amores del pasado, amores del presente e incluso hacia mí mismo. Estoy de acuerdo: no es información que merezca aparecer en las páginas del Ifai, pero es mía, y eso le otorga el valor que debe tener ante mis ojos.
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Tras muchos días de plática interior, he llegado a la conclusión de que Dios puso el sol ardiente en el verano porque pensar durante las vacaciones de invierno sería un acabose. Así, a mitad de la canícula, uno puede detenerse un poco, cuando trabajo, escuela y hasta familia se toman unos días libres, y poner en orden las telarañas del coco.
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Yo, tras mis ejercicios anuales de auditoría y acomodo interno-no siempre recurro a ellos, como en esta ocasión lo hice-, llego a la conclusión de que le debo un aplauso a El Apapachoquealivia, que ha roto muchos esquemas, un abrazo cariñoso a La Zucaritas, que se aventó por tercera vez -no consecutiva- y tras un fracaso amoroso sonoro y lamentable, a tener novio, un beso fraternal a mis dos hermanas, que ya salieron este año -del clóset no, de la soltería-, y un "gracias totales" a una larga lista de otros amigos y personas VIP, que incluye a La Traviata, El Meromerosaborranchero y otros muchos, porque ellos, en cierta medida, con cierto rigor, me permitieron durante los primeros seis meses del año reconsiderar las cosas y reconsiderarme.
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Le debo una charla de café a La Arandera, que ya me la ha pedido, y la charla habrá que sumarlo a las muchas cosas que ya le debo, como el espacio y el respeto que me pidió, y que yo no sólo no he podido negarle, sino que le he dado a manos llenas. Le debo una sincera escucha a La Wendy, que ya hoy por la mañana me avisó que hoy puede decir que está feliz con una sinceridad que no vio en sí misma desde mucho tiempo atrás, y quizá el mismo día le dé un acompañador y revitalizante apapacho a La Casicasi, que atraviesa actualmente junto a toda su familia por un trago amargo, del que sólo puedo desearle pronta recuperación.
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Les debo como dos idas a las luchas a La Jirafa y La Anaconda, que ya de plano dejaron de insistirme, y una ojeada de tres días -cuando mucho, porque la chamba no deja tiempo para más- a La Ciudad de los Palacios, que en el altiplano central me está esperando ya con avenidas, calles y segundos pisos abiertos. A ver si se me hace.
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Tengo otra deuda, pero ésa es con Dios. Es una deuda de peticiones. Pedir por las dos tías demandantes de mi madre, esta Doña Mago que no se raja. Pedir que pronto encuentren luz -que no es lo mismo que pedir que caminen "hacia" la luz-, y que del cielo les caiga el entendimiento. Sé que es difícil, porque en cabezas cerradas, el Señor no hace milagros. Pero la esperanza, que es lo que quedó al final en la caja de Pandora cuando salieron todos los males a invadir el mundo, muere al último.
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El fin de semana último trajo para mí una noticia triste, pero no inesperada. La Kenya, que en algún punto de mi vida trajo felicidad y mucho amor, está pasando un mal rato por causas de otra persona, a quien Sergio Andrade, con su posesión, su escándalo y su abuso, le queda corto. Lo lamento por ella, y hoy sólo pido para mí pronto entendimiento. Ignoro por qué los seres humanos renegamos de la felicidad, o no la creemos cuando nos llega, o la dejamos pensando que vendrá algo mejor. Lo ignoro y esa ignorancia, más que el dolor de La Kenya, me cala hondo. Aquí entra entonces un suspiro.
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Las deudas arrojadas por la reciente auditoría son bastas, y claman por una solución más pronta que lo que uno tardaría en decir "el PAN perdió en Jalisco". Habrá que numerarlas y darles prioridad. Por lo pronto, inicia una semana de friegas y sobresaltos. Las elecciones son crueles, como la democracia: al traer la ley, precipitan la noticia. Fin del tema.
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¡Salud!

viernes, 17 de julio de 2009

Esto sí es personal.

Yo a Santiago Baeza lo conozco al menos en tres formas: como funcionario público, como artista y como escritor. Las últimas dos de estas fascetas han sido de mi conocimiento por mi trabajo en el tristemente extinto en lo físico, vivo en lo virtual, semanario -o algo así- Mujer Hoy. Santiago pertenece para mí todavía a ese conglomerado de recuerdos dichosos que forman en mi memoria mi paso por el único medio con enfoque de equidad de género que valdría la pena rescatar en un recopilado sobre la materia. Su papel como funcionario público, sin embargo, lo he vivido como tapatío amante de la cultura, que busca eventos, acercamientos y encuentros. Ahora, con el trabajo en el Semanario Crítica, vaya controversias de la vida, me he acercado a Santiago Baeza como funcionario público también a través de la entrevista.
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Sobre la primera vez que entrevisté a Santiago Baeza, corren en mí muchos rumores mentales. Hay al menos dos corrientes generales: una dice que fue una barbaridad, que el encuentro fue un intento fallido por entrevistar a un escultor, que acabó mal porque yo no supe qué preguntar ante un hombre desmañanado, evidentemente levantado de la cama no gracias a lo impostergable de la cita, sino a la presión de mi llamada telefónica, impulsada por su tardanza de más de media hora.
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La otra corriente de pensamiento en mis recuerdos dice que no estuvo tan mal, que desde esa vez que yo tuve que esperarlo cuarenta y cinco minutos para hacerle una entrevista de cinco minutos -no tengo la culpa de que Santiago hable rápido-, yo lo veo con con una sonrisa y él adivina en mi cara una suerte de burla. Nada de eso: lo respeto, como entrevistado, y lo haré así hasta el final, porque hacia mis entrevistados nada puedo experimentar que no sea respeto y gratitud -por eso no entrevisto ni al Cardenal ni a Emilio González Márquez-.
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Efectivamente, llegó tarde a la primera entrevista que tuvimos. Eso, aunque esto pareciera para muchos ventilar una inconformidad, para mí es representación de algo que, todavía hoy, me hace falta ver en mi cuestionado al momento de soltarle una pregunta: Santiago Baeza Sánchez es un ser humano, y como tal, tiene derecho a llegar tarde. Ante su tardanza de media hora, aquel sábado en la Alianza Francesa de Guadalajara, pasadas las 8 y media de la mañana, yo, presionado por la fotógrafa de Mujer Hoy, le marqué. Fueron tres intentos para que una voz desarticulada al otro lado de la línea respondiera, a duras penas, un casi inaudible "bueno". "¡Malo!", pensé para mis adentros. "Santiago, soy Agustín, de Mujer Hoy". Silencio al otro lado. Podía imaginar sus pensamientos: "¡Son las #$%& ocho de la #$% mañana de un "#$% sábado, cabrón!", así que me adelanté con la estocada: "Te estoy esperando en la Alianza Francesa, como quedamos..." Estocada surte efecto. Apresurado, tras un corto silencio, Santiago contestó, en lo que fue para mí un chispazo neuronal: "Ah, sí, sí, ya voy para allá".
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Para mí es evidente que el sueño le robó las buenas intenciones a la cita. Llegó quince minutos después, acompañado por sus hijas -¿dos, tres?-, quienes no pararon de acercarse a él en los cinco minutos que duró la charla. Una buena charla, una mala entrevista: cinco preguntas, mal hechas, levantadas al paso en los dos únicos días que tuve para prepararla. Cuando acabé, Santiago, ya despierto, me miraba con intenciones de seguir respondiendo. "¿Eso fue todo?", preguntó él, y luego una de sus hijas, una niña de cinco o seis años, rubia, chula la chamaca, mirándome con esa cara que ponen los niños cuando no entienden por qué los adultos somos tan feos, le dijo al oído algo que yo alcancé a escuchar: "¿No que iba a durar media hora tu entrevista?" Además de hermosa, inteligente.
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Santiago salió de ahí y yo me quedé unos minutos más contemplando su obra. Ya no recuerdo el título de la exposición, pero me maravilló desde que la vi, en su inaguración, el hecho de que la madera, un material al que yo considero todavía duro como la piedra, pudiera ser trabajada con esmero hasta convertirla en esferas, burbujas, falos incandescentes, "formas que suben al infinito a punto de estallar en astillas de interminable rigor", puse, o algo así, en mi artículo de semblanza. El artículo, me congratulo, salió mejor que la entrevista. Desde entonces, yo sé que Santiago Baeza no necesariamente está despierto un sábado a las 8 de la mañana, y que yo debo planear mis entrevistas en horarios más decentes.
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Me cuesta trabajo entender el problema que Santiago Baeza está viviendo hoy, esto ya no como artista, sino como funcionario público. La segunda entrevista que le hecho en mi vida, ya no fue en un cómo sillón, rodeado de su obra, sino en su "chamba", en la Dirección de Actividades Culturales de la Secretaría de Cultura. Su problema con Alejandro Cavrioto, que he tenido que documentar para Crítica -sí, "tenido" es la palabra, porque yo ni quiero, ni me intereso, ni me congratulo en hacerlo-, quiero pensar, es el que puede manifestarse entre todo "jefe" y su "dirigido". Me resisto a pensar que de alguna de las dos partes existan juicios tendenciosos, basados en una ideología partidista -o interpartidista- específica. Me resisto también por la cultura en mi ciudad, y mi estado, que sé que necesitadas están de manos fuertes y presupuestos consistentes, indiferentes a las controversias personales entre sus administradores.
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Hoy, desde esta oficina de información, le envío a Santiago Baeza el recuerdo de nuestra primer entrevista, y de las que hemos tenido después, con o sin el problema con Cavrioto. También le envío al secretario un atento llamado: escuche. Escúchense. Es un buen momento de hablar, de aclarar las cosas. Esperanzadoramente, les quedarán todavía tres años de trabajo conjunto. Y Jalisco, su gente, necesita todavía muchas actividades que lo acerquen a la cultura. No se dejen llevar. El partido al que pertenecen, noble y discreto en esencia, necesita hombres que en su trabajo noble y discreto hablen bien de él. Predicar con el ejemplo. Manos a la obra.
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¡Salud!

lunes, 13 de julio de 2009

La otra esquina.

A mí, lo que me es evidente, es que el paraíso no está en la otra esquina. No en Guadalajara, dónde todas las esquinas se vuelven cada vez menos utópicas y más antipáticas. Tenemos la peor planeación urbana de las capitales mexicanas, el peor gobierno estatal y la peor estrategia de cambio para todos nuestros males. Peor aún: adentro, en nuestras cabezas, las cosas parecen funcionar con una lentitud tan angustiante, que yo todavía me pregunto si algún día será posible que digamos: "Ah, ahí está, el paraíso en la otra esquina".
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Ése es el título del último libro que estoy bebiendo a una velocidad que me es alarmante. Yo, que usualmente no salgo de las veinte páginas diarias, y que prolongo inestablemente la finalización de mis lecturas a los tiempos de lluvias, los viajes o las salas de espera, me he tragado -casi literalmente- El paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa -cuyo apodo, en el vago mundo de letras que es el grupo de mis amigos de Letras, es tan altisonante y enrojecedor que prefiero no decirlo-, me he chutado sus 525 páginas en unos cuantos días. Estoy como a tres capítulos del final, y sin poder dejarlo, vuelvo a él repetidas veces mientras escribo esta entrada.
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Pero el paraíso que en la otra esquina propone Vargas Llosa, es distinto al que yo propongo para Guadalajara. Aquí, si los esfuerzos se coordinaran, si las mentalidades se abrieran y si el futuro se nos manifestara como un vasto campo para construir la diferencia, lo máximo que podríamos ver serían árboles de zapote y agave azul, porque nuestras autoridades no atinarían a sembrar cosas poco "típicas", como si en México no se dieran también las guayabas, las tunas, las papayas, los mangos, los plátanos y las sandías. Fin del caso.
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El paraíso en la otra esquina es una excelente novela. Esto es poco: es una novela bien hecha, con todo en su lugar, dónde quizá los únicos dos ingredientes que sobran, que a Vargas Llosa -sigo pensando en su apodo... pero no se los diré- se le van de las manos, se le pasan de tostado, son las biografías de sus dos personajes principales (Flora Tristán, activista de los derechos obreros y femeninos en el siglo XIX, y Paul Gauguin, impresionista francés, abuela y nieto respectivamente), a cuyos datos verídicos dedica mucho más tiempo que a la construcción imaginaria, y también la exhuberancia de los paisajes y las vidas descritas. Nadie en El paraíso en la otra esquina vive tranquilamente sus días; ningún paraje carece de barroquismo destemplado.
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Imposible pensar en una Guadalajara dónde esta clase de exhuberancias se manifiesten. Lo más exhuberante que tenemos es Jackie Bracamontes, y últimamente la anorexia le ha pegado tan "gacho" que se ve bien "gacha". Aquí viene la ilación que yo tenía pensada desde que, leyendo El paraíso... tuve que ir a cubrir una manifestación silenciosa, pero ingeniosa, en el sur de la ciudad, y que me trajo a colación la no despreciable idea de que Guadalajara no es un paraíso, y no conforme con ello, está lejos de serlo.
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Una ciudad para todos no es el nombre de un libro de Vargas Llosa. Ni siquiera es el nombre de un libro. Es una organización ciudadana cuya única intención es motivar a las autoridades, y a los ciudadanos, porque está integrada por ciudadanos nada más, a buscar mejores posibilidades de vida en Guadalajara. Más calidad, más razocinio en los proyectos públicos, y tan-tán.
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El sábado pasado, Una ciudad para todos transformó ingeiosamente el camellón del crucero de López Mateos y Lázaro Cárdenas, de todavía verde y agradable imagen, en una necrópolis de cruces blancas y mantas regañonas: "La tala de árboles más cara de Gdl... aquí", "Cultivemos árboles, no autos", y otras por igual.
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Los automovilistas, aunque groseros e insultantes, no pudieron dejar de voltear. La intención del grupo, en el cual yo no participo, pero con cuyas ideas sí comulgo, quedó más que satisfecha: crear una diferencia tan, pero tan grande, sin alterar en modo visible la calidad del aire, ni obstruir el tráfico, ni fabricar contaminación auditiva, una diferencia tan consistente, que los ciudadanos pudieran mirar, leer, pensar y luego ejercer su derecho de réplica. Eeeeeso: opinar. Informarnos y opinar. Los que ejercemos el periodismo -o cuando menos lo intentamos-, no podemos más que quedarnos en la primera mitad de la cadena. La segunda, le toca a otra clase de periodistas, pero sobre todo a la ciudadanía. Y falta, falta mucho al respecto.
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La manifestación de cruces blancas de Una ciudad para todos, fue una idea en oposición a la construcción de un puente atirantado que pretende construirse con nuestros impuestos en el punto señalado. El grupo, que es de oposición, más no ciego, no se opone a que se implementen formas desafiantes y proyectos inusuales de mejoramiento en el tráfico y la imagen urbana, proyectos que incluso atraigan turismo, miradas para una caída Guadalajara. Se opone a la tala de árboles que tendrá lugar en el levantamiento del puente, acabando con más de 800 ejemplares de diversas especies. 800 árboles menos en una ciudad que los va perdiendo todos, a la par de su inmejorable clima: dicen los mayores que no hace mucho, antes de los macropasos a desnivel, los macrolibramientos, los macrobuses, Guadalajara poseía todo el año 18° centígrados, de norte a sur. Hoy, en Tesistán nos congelamos con 5°, mientras en el centro de Guadalajara, mismo día, misma hora, sudan con 30 ó 35°.
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La propuesta de las cruces blancas es buena no sólo porque atrae las miradas, porque precipita las conciencias. Es buena también porque confronta, opina, crea una diferencia que luego origina otras tantas. Un paraíso en la otra esquina no es un imposible para Guadalajara, si se considera que otros muchos lugares del mundo, como Londres o París, hoy indudables centros turísticos y capitales culturales, económicas, políticas de impecable apariencia, tuvieron también en ciertos momentos negros de su historia prietitos del arroz. Hoy es posible, y Una ciudad para todos, con su silencio que habla, y otros grupos similares, podrían marcar una diferencia no sólo en la Guadalajara que tenemos, sino en nuestro modo de manifestar la que queremos.
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Por lo pronto, tienen una cita obligada con El paraíso en la otra esquina. Léanlo, y si aceptan sugerencia alterna, tengan a la mano abierto Google Images para descargar los cuadros que Vargas Llosa describe en todo el libro, y que en mucho apoyan la visión del personaje de Gauguin que hábilmente fabrica el prenobel peruano -ése es un adelanto del cual no me hago responsable-. Lean, y luego hablamos. Ah, y de paso, siembren un árbol.
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¡Salud!

viernes, 10 de julio de 2009

Cómeme porque me muero.

El reciente regaño de El Apapachoquealivia lo deja más que claro: le he estado dedicando demasiada cabeza a los asuntos políticos tras las recientes elecciones, y el público ya empezó a cansarse. Al ídem hay que darle lo que pida, dicen los que saben -o dicen que saben-. Por eso es por lo que no tocaré temas políticos en este Baile... hasta que se me antoje. Además debo considerar que la opinión del Apapacho... viene de un hombre que recientemente ha visto incrementado geométricamente su sex appeal, al grado de que ya hasta se da el lujo de largarce la sierra mazamitleca en pleno verano, mientras en la capital del estado estamos todos a oleadas de sol y agua -y a veces, de ambas cosas-.
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Pero no ahondaré más en las potentes feromonas de El Apapachoquealivia, que además últimamente ha perdido el tono rubio característico de su vello capilar -que no "bello capilar"-, y, dicen, ha tenido que recurrir al tinte Miss Clairol para seguir haciéndonos creer que es güero "de a debis". Voy ahora a tocar temas literarios (¡'uta!), porque entre entrevistas, ruedas de prensa, investigaciones, declaraciones, notas y manifestaciones, me he dado tiempo de leer lo que se me antoja, que es para los que estudiamos Letras lo mismo que estar de vacaciones.
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Así que les traigo la primera recomendación literaria del verano 2009. Las del 2008, estoy seguro, ni las leyeron, así que lo que haga a continuación no será un análisis exhaustivo, dedicado, esperanzado con la idea de que, apenas terminen con mi entrada, se lanzarán a la Gonvill más cercana a hacer lo que les toca, a contribuir al fortalecimiento económico de la industria editorial en español. Lo que haga a continuación va a ser un retruécano de cómo no debe analizar un aspirante a licenciado en Letras una obra literaria cualquiera, y, sobre todo, una explicación de lo que no es una buena obra literaria.
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Yo compré el año pasado en la FIL La hija del caníbal, no inspirado, como debía, en un conocimiento profundo de la narrativa española contemporánea, sino guiado por lo que lleva a la compra de material literario en últimos años: saber que de ese libro que uno quiere comprar, se ha realizado una película. ¿Es esto malo? ¿Debe la cadena del libro completita, desde el productor del papel hasta el reciclador, cambiar su modus operando y buscar otras fuentes de inspiración para escribir, comprar y vender material bibliográfico? No, en absoluto. El que no está acostumbrado a comprar libros guiado por la industria del marketing cinematográfico soy yo, ustedes pueden comprar los libros que quieran guiados por la inspiración freudeana o kantiana que les nazca.
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En la película, me dicen mis informantes, sale Kuno Bécker, al que el papel de postadolescente nueva generación sin planes en la vida ni metas a corto plazo, que en el libro se hace llamar Adrián, le debe quedar como anillo al dedo. También Cecilia Roth, que aunque actúe mal merece mis respetos -juzgue usted por qué-, y otros cuya mención no acarrearía sorpresa de su parte, así que no la haré. El libro lo escribió Rosa Montero, y vendió tan pronto los derechos para su realización cinematográfica, que comienzo a pensar si no fue escrito destinado a la pantalla.
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Eso arreglaría un poco las cosas. Arreglaría la trama sin pies ni cabeza, de un argumento que aspira a thriller sin llegar a folletín de intriga telenovelera. La trama se aleja tanto de la verosimilitud, que uno siente estar leyendo Holliwood: Lucía Romero vive una vida mediocre, porque ella es mediocre. Cuarentona -mediana edad-, escritora -mediano éxito-, a duras penas vive con lo que su "funesto" personaje infantil -que lleva por trágico nombre La Patita Lolita- le da para comer -mediana economía-. El único punto interesante de todo el asunto es que ella no sabe que es mediocre hasta que su mediocre esposo, Ramón, empleado de Hacienda -burócrata, mediocre-, desaparece sin dejar rastro al ir al baño en el aeropuerto.
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Entonces Lucía, sin saber por qué ni para qué, se lanza a la aventura de buscar a su marido, sólo para descubrir que lo tienen secuestrado -viviendo a medias-, y que alrededor de su nombre se teje la figura de un grupo terrorista, Orgullo Obrero -mediocre revolucionario-. En su búsqueda, que no tiene pies ni encuentra nunca cabeza, se unen Adrián, un joven veinteañero que sólo quiere ser balaceado -¡pido primis!- y Félix, un anciano vecino de Lucía, ex anarquista, venido a esposo decente -mediano revoltoso-. Entonces la trama se pone tan apetitosa, que uno se pregunta si cuando se le queden las llaves en la casa no encontrará en el departamento de enfrente a un vecino cerrajero, que además de todo sepa hacer duplicados con los dientes y haya peleado en el Golfo Pérsico -¿para qué?, nomás, por si las dudas-.
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La novela de Rosa Montero es entonces una mala apuesta a la razón lectora. A la mitad dan ganas de abandonarla, no nada más porque la narradora es mala mala, pésima, diría, de tan mediocre, constructora de lugares comunes y falsas intrigas, sino porque uno ya adivina el final gracias a la elocuente -?- descripción de los personajes, muy al estilo Disney, en que el malo es feo y los buenos son... son tontos. Entonces los puntos suspensivos, los capítulos en que la narración acaba en suspense, las elipsis, los olvidos incluso, llegan a parecer más bien faltas de ilación que partes importantes de una novela de intriga.
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La cereza en el helado es la autoinclusión de Montero como personaje ausente en la novela. Es una literata que se hace personaje literario -en la figura de una literata igualmente-, y que hace suponer -¡oh!, ¿cómo no lo adiviné antes?- que Lucía en realidad se llama Rosa, y es más tonta y mediocre de lo que parece.
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Mis respetos para Rosa Montero. Yo la conocí en una FIL y me pareció una persona muy agradable. Yo tengo la esperanza de algún día leer de ella algo que valga la pena. Por lo pronto, La Hija del Caníbal sólo merece que yo le recuerde a ella que la respeto mucho. Como obra literaria, como intento de ídem, cual maceta, no pasa del corredor.
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Moraleja, mis pequeños entusiastas: no pierdan su tiempo y vayan a ver la película. Si el tráiler de Youtube no miente, ésta será otra de esas honrosas excepciones en que la película está mejor hecha que la versión literaria de la misma trama. Además sale Cecilia Roth, ¿ya les dije que sale Cecilia Roth? A esa mujer, los directores cinematográficos y televisivos insisten en mostrarla asustada y temerosa. ¡Benditos sean! Con adrenalina a raz de piel, es notoriamente más guapa.
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¡Salud!

lunes, 6 de julio de 2009

Ganársela.

En el argot popular, el verbo "ganar" puede tener al menos dos distintos usos, de contrario significado. Uno "gana" una elección, un conjunto de distritos, bancadas, municipios, incluso puede "ganar" votantes. Pero también uno puede "ganársela", como cuando la madre, harta ya de tantos abusos infantiles, acusa: "Síguele, te la estás 'ganando'". La paliza, la derrota, la caída y el agravio. El regreso del PRI a muchos de los distritos electorales de Jalisco que antes estaban en manos del PAN, es una ganancia que no es sólo producto del Revolucionario Institucional y su afán por reiterar -hasta le hartazgo- una imagen novedosa, un "nuevo" PRI, lejano en estrategias y candidatos a la figura típica del dinosaurio. El PRI "ganó" la elección del 2009 también gracias al PAN.
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El PAN "se la ganó", y de eso a la ciudadanía, que lo manifestó en las urnas, no le queda la menor duda. Se la ganó con la mentada de madre del (seudo)gobernador González Márquez, la macrolimosna, la macronovela, el fracaso de la feria de la torta, el macrobús y las embestidas gravosas desde Casa Jalisco para frenar el debate ciudadano en torno a la apertura de temas como el aborto o la legalización de las drogas. El PAN "se la ganó" con sus Villas Panamericanas, su Puerta Guadalajara, sus remodelaciones de centros históricos, su cerrazón a invertir en proyectos estructurales y funcionales de movilidad urbana, su guerra sucia, su parque Morelos y su parque Liberación, el niño Miguel Ángel, muerto tras caer en el Río Santiago, sus desproporcionados aumentos de sueldo, su prepotencia, su despotismo, sus manos cruzadas y sus quince años -¡sí, quince!- de seguir al priísmo en la carrera por el hueso, en la demagogia, el populismo ilimitado, el corporativismo, el derroche y los arreglos por debajo de la mesa.
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El PAN "se la ganó". Con creces, regaló a la oposición las presidencias municipales de la Zona Metropolitana de Guadalajara, incluida, claro está, la capital del estado. Con aplausos y porras, pintó él mismo los municipios del estado de tonos tricolor, por encima de la ya muy percudida escala blanquiazul. Con todas las de la ley, en la boca, el PAN entregó gubernaturas en otros estados, participación en la Cámara de Diputados, bancadas en el Congreso local. La geografía electoral de Jalisco se modificó drásticamente, y con la misma facilidad en que regaló su presencia en el estado, el PAN "se ganó" la derrota, el fracaso y la estrepitosa caída.
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Atrás queda una campaña electoral dónde la guerra sucia que presuntamente el PAN intentó emprender contra candidatos priístas como Aristóteles Sandoval y Héctor Vielma, enturbió en mucho la posibilidad de que la ciudadanía sintiera estar efectivamente ante políticos "diferentes", jóvenes, ante nuevas formas, civilizadas por fin, de hacer proselitismo y ganar votos. Atrás queda Jorge Salinas, que lo único que hizo bien hasta ahora fue reconocer el triunfo de Aristóteles, la víctima por el PAN mismo fabricada en una estrategia detestable y completamente salvaje, y con ello dar certidumbre a un proceso limpio y a un conjunto de instituciones chambeadoras, persistentes y objetivas.
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El PRI gana todo lo que el PAN sobre la mesa le deja, pero también un paquetote -no, no, nada qué ver con el paquete electoral-. El paquete de una ciudadanía cansada, que quiere, ruega, sufraga un cambio. El paquete de una ciudadanía que ha participado activamente (por arriba del 50%, muy contrario al 25 que las autoridades electorales del estado esperaban), y que exije a la autoridad menos discurso y más administración. El paquete de una capital del estado en vías de colapsarse, estructural y moralmente en manos de mafias, de grupos de poder que no han hecho otra cosa que convertirla en su rinconcito del ocio, en su mina personal. El paquete de un Jalisco con la actividad hotelera reducida tras la influenza, la ciudadanía desconfiada, el narco asechante -Tonalá es el aviso más cercano, más evidente, menos negable- y los municipios esperando respuestas contundentes a la falta de recursos.
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Lo que queda claro es que ni Aristóteles, ni Vielma, ni Castro ni Mateos, la tienen fácil. Lo que ellos y el resto de los "neopriístas" hagan de aquí al 2012, será fundamental para certificar un nuevo cambio en el panorama estatal y nacional en materia de representación partidista. Para el PRI, queda la posibilidad de la falla, el fracaso, una caída más estrepitoza aún que la sufrida en 2000 con Labastida y luego, aún más estridente, en 2006 con Madrazo. De no hacer bien las cosas, de cometer el mínimo error, el PAN o el PRD podrían recuperar terreno, y cambiar por completo la ley y el orden. Tres años decisivos, hacia una elección presidencial que ya se presume difícil, cerrada, larga y competida. Desde este 6 de julio, lo ha dicho Carmen Aristegui, el juego se llama "presidencia de la república", y las fuerzas políticas delatan ya sus movimientos finos, certeros, observados y planificados. Será cuestión de esperar. Los ciudadanos -el voto nulo incluido- no están dispuesto a que los errores de 2006 se repitan, ni a dar su voto a candidatos y partidos que no cambien radicalmente sus formas de hacer política, que no evidencien su dedicación a la ciudadanía y no a los presupuestos. La ciudadanía pide ya una presidencia, una política nacional entera diferente, y va a exigirla de facto. Primero muerta, vuelve a votar por lo mismo.
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¡Salud!

Para vivir un proceso electoral

Estoy en el ojo del huracán, y no me la creo. Organizar una elección, aunque lo que se elija esté sólo a un nivel municipal o estatal, no debe ser cosa fácil. Me lo dice la gente que corre, la cantidad de personal que parece moverse en esta oficina, y la cantidad de rostros conocidos que veo. Hace un momento, por ejemplo, me animé a decirle a Rocío López Dueñas que es más guapa en persona, y a José Antonio Fernández que se ve mejor con bigote. Están también las autoridades electorales del estado, los representantes de los partidos, y muchos, pero muchos, lo que es más importante, ciudadanos.
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Imagínenselo bien: 17,700 urnas recibirán en todo el estado 10’755,564 boletas, en 8638 casillas, 2470 de ellas en zonas rurales, para un total de 5’133,870 votantes esperados –y con ansias-. Yo imagino que no debe ser fácil vigilar, precisar y controlar esa cantidad de presencias, ese número de personas, ese porcentaje de participación. El IFE y el IEPC –autoridades federal y estatal de los procesos electorales- estuvieron listos semanas atrás, y hoy vienen a comprobar, con pocos y no trascendentes sucesos funestos, que son instituciones cada vez más confiables y pertinentes.
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Yo lo que veo en todo esto con tristeza es la cantidad de gente que no participará. 70%, calcularon las autoridades desde semanas atrás, y yo mismo me encargué de hacerlos partícipe del dato. Un 70% muy doloroso, si se considera que el electo, los electos, presidentes municipales, diputados locales y federales, gobernarán representando a sólo un 30% de la población, descontando de ello a los votantes nulos. Un 70% doloroso para un proceso electoral que cuesta miles de millones de pesos, y que sin ese gasto difícilmente podría garantizar toda la ley y el respeto a la voluntad ciudadana –si de por sí…-
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Yo estoy aquí, y hoy puedo decirles que nuestra democracia camina. El cuerpo está formado por ciudadanos respetuosos y concientes, y a la cabeza hay gente enterada y sistemática. En las piernas estamos todos, jalando, corriendo, a veces, prudentemente, prendiendo los “stops”. Nuestros procesos van bien, pero siempre queda la posibilidad de que irían mejor. Irían mejor sin tanto gasto innecesario en un país de pobrezas, sin tanta “vista gorda” a los enfrascamientos de guerra sucia entre los candidatos, y sin tanta permisión para la pérdida de credibilidad y participación. Si votar fuera un deber, y el que no votara debiera experimentar una multa –quizá pequeña, equivalente a lo que cuesta esperarlo en las urnas, alrededor de 200 pesos por piocha-, las cosas marcharían mejor, o por lo menos podríamos decir “entiendo que no participar es molestar muchas cosas, incluso evitar el avance”. Si votar fuera un deber, yo sí votaría.
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Escribo esto en una sala de prensa de un IFE local lleno de gente, llamadas, cámaras, comunicados de prensa y comida. ¡Sí, comida! Ya les decía que esto no es cualquier cosa. Nuestra democracia tampoco. Con la esperanza rotunda de que hayan ido a votar, o de que estén por hacerlo –cerramos a las 6-, les dejo esta entrada de prisas e información, pero también de gozo. Gocemos que estamos sembrando, y que mañana, nosotros o nuestros hijos, cosecharán –cosecharemos, quimosabi- grandes cosas. El chiste está en sembrar hoy, y no esperar que otros lo hagan. La democracia también es tuya. O participas, o chitón.
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¡Salud!

viernes, 3 de julio de 2009

Por favorcito.

Van a decir que ya chole, que sus paciencias en torno a temas electorales tienen límites, y yo ya los sobrepasé con tanta habladera en torno al voto. Pero no se preocupen: en cuanto a hartazgo, yo estoy igual. Nunca, sin embargo, debe cesar el impulso y la decisión de búsqueda de mejores y más repetidos esfuerzos en favor del sufragio. Éste es un blog abierto, diverso y participativo, y con el afán teórico perpetuo de que las elecciones en el mundo entero deben ser así, abiertas, diversas y participativas, El Baile de la Coma no dejará jamás de hacer proselitismo a favor de procesos electorales de esta utópica índole.
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Hay muchas razones para no hacerlo. Yo convivo con prácticamente todas ellas. Acabo de decir "convivo". Gancho al hígado. Me he vendido. Convivo, en el sentido de que, como mexicano, jalisciense, tapatío -adoptado-, vivo y por ende siento y entiendo a la perfección, las dolencias que quieran adjudicarle al Estado mexicano: corrupción, ingobernabilidad, falta de cumplimiento en las promesas, gasto público excesivo, prepotencia, abuso de la autoridad, ausencia de acuerdos entre opositores, y un largo etcétera.
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Lo que quieran y manden, lo entiendo y me hago partícipe. Yo también he tenido que hacer trámites inmensos, en oficinas de gobierno dónde uno se pregunta para qué y quién trabaja tanta y tanta gente. Yo también he sufrido la ausencia de servicios municipales eficientes, y las líneas de atención ciudadana ocupadas o inútiles. Yo también he visto a diputados dormidos en sus laureles, y hasta aprovar reformar a leyes que no tienen ni pies ni cabeza. Yo, lo que es todavía más vidente y vivencial, he acompañado a aspirantes en campaña, y he sido testigo de la forma inmoral en que venden sus propuestas al mejor postor, atentando incluso contra la posibilidad de construir el inexistente Estado de Derecho (si la ciudadanía pidiera bombas, con tal de ganar, los candidatos prometerían bombas).
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Hay muchas razones para no votar. Pero eso no quiere decir, en ningún caso, que valga la pena abstenerse este 5 de julio. Piénsenlo. Este es un mensaje para ti, y tú, y también ése de allá, que votan por primera o segunda ocasión, con una credencial de elector nuevesita, albea y pura. Esmi caso, y el caso de por lo menos tres millones de votantes, según mis informantes. Este es un mensaje para ti, que apenas superas los 18 y los 20, y que, perteneciente a la multifragmentada Generación Next, no crees en nada que no sean los gadgets, Facebook, la música y la tele. Este es un mensaje de alguien que convive contigo -aquí sí, en toda la extensión de la palabra-, y que sabe y entiende por completo lo que crees. Si me lees, si nos escuchamos, vamos a hacer grandes cosas.
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Yo tampoco creo en mis gobernantes. Me han fallado, como a ti, y considero que la política, que en teoría debe ser una actividad que enaltezca al ser humano, no hace más que irritar más las cosas. Veo con malos ojos a los candidatos de cuello alzado, que prometen y prometen, sin escuchar ni entender. Veo con malos ojos a los diputados que se suben el sueldo y luego no trabajan, mientras mi familia tiene que levantarse tempranito cada mañana para dar la cara en sus labores. Veo con malos ojos los macroproyectos que terminan en macrofracasos, la palabrería, la "guerra sucia", que no hace más que fastidiarme más y más, invitándome a nunca participar de eso que veo con malos ojos, de toda esa faramalla circense que rechazo por completo.
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Todo eso está bien, es excelente, porque es una respuesta natural, sensible, propia de seres humanos, a la ineficiencia y la estupidez de los que nos gobiernan, entre quienes las buenas conciencias y las manos desinteresadas, poco sobresalen y poco pueden hacer. Pero el enojo y la molestia deben quedarse ahí, en la negación a hacer política. La clase política mexicana es así, y si nadie la va a cambiar, nosotros no estamos obligados, por fortuna, a ser parte de ella. Pero votar es otro asunto.
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Somos la generación de la capacidad. A nuestro alcance, tenemos acceso al mundo entero, gracias a medios electrónicos e interactivos de diversa índole, costo y beneficio. Hoy, cosa que jamás imaginaron nuestros padres y abuelos, podemos tener amigos en China, Estados Unidos y Argentina, y chatear con los tres al mismo tiempo. Hoy, podemos hablar por teléfono con tres personas a la vez, mientras en otro celular mandamos mensajes, fuertes y claros, a otras diez. Tenemos chat, comunidades en línea, Msn, flick, I pod y Nokia. Hoy, las universidades y agencias de viajes nos dan la posibilidad de llegar de Nueva York a Londres en tres horas. Hoy podemos tener en nuestros bolsillos la colección entera de Los Beatles, Mozart, Gardel y Lara. Hoy, que todo hay a nuestro alcance para comunicarnos efectivamente, poco hacemos para informarnos y participar.
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Lamentable. Imposible. Inimaginable. Aunque nuestra melancólica generación intenta no pensar mucho en ello, lo cierto es que todo indica que tú y yo vamos a vivir muchos años más en este planeta, incluso más de los que vivieron nuestros antepasados, gracias a la acción progresista de la medicina. Te quedan, por lo menos, otros sesenta o setenta años de vida. Divídelo entre tres, que es el periodo entre decisiones electorales en nuestra nación. Unas 25 elecciones, todavía. Si te estás rajando en ésta, ¿qué harás en las otras 24? ¿Tampoco participarás?
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El mundo es un continuo fluir de hechos y actos, pero ninguno de ellos pasa "porque sí". Todo es decidir. Incluso las acciones de la naturaleza, que no siempre pueden controlarse, requieren decisiones emergentes para su supervivencia. Decidir es vivir. El mundo que le tocará a nuestros hijos, porque todo indica que pocos, pero tendremos, será el resultado de las decisiones que tomemos hoy en día. Si tu incapacidad para saber qué quieres de la vida y decidirte a sentar cabeza, propia de la Generación Next -multigeneración diría yo, porque nuestro grupo generacional es tan diverso como clases políticas hay en el país-, te impide ver a futuro, reduce el panorama a un punto más pequeño: lo que decidas este domingo 5 de julio, PAN, PRI, PRD, PSD, anulación, o incluso decidir no decidir, hará diferente, para bien o para mal, para arriba o para abajo, tu 2010. ¿No te parece una fecha próxima lo que ocurra dentro de seis meses? Entonces imagina que tras el 5 de julio los diputados comenzarán a robar arcas para levantar la legislatura. Quizás desde el 6, se vislumbren ya muestras decisivas de quedarse con el presupuesto del resto del año en los bolsillos. Eso es el próximo lunes. ¿Más cerca, no?
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Yo puedo decidir no decidir. Levantarme este domingo y sentir la flojera -pereza, dicen mis amigos, temerosos de que se malentienda el término y los tachen de diarréicos- en las piernas, en las manos, en la credencial de elector. Levantarme este domingo y decirme: "¿para qué?, el que llegue hará lo mismo que el anterior, porque todo está perdido, porque ya no hay esperanza". Y entonces, tras decidir, volver a arroparme y guardar cama el resto del día. Bien. Pero también puedo escoger votar, que es hacer algo distinto a lo que harán otros -algo que nos encanta a los de la Generación, tan dados a marcar la diferencia... comprando las mismas marcas, y comiendo en los mismos lugares, o jurando que somos distintos cuando todos juran que son distintos-. Puedo escoger tachar mi boleta, manchar mi dedo y picar mi IFE. Puedo decidir que, si por el que voto no hará nada de provecho y se quedará con mis impuestos -sí, tú también los pagas, hasta en la bolsa de Doritos Nachos que compras en el Seven-, yo soy el ciudadano que tiene la decisión, y yo puedo presionar a cambios legales que quiten de las manos el poder al ineficaz. Yo decido, porque este 5 de julio participaré, y mi voz tendrá la audición y valor suficiente porque la puse en práctica.
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Escúchame, y escúchame bien. Lo que escojas, por menos que quieras verlo, por más que te niegues a entenderlo, repercutirá decisivamente en tu futuro, esa nube gigantesca que no te animas a encarar. Lo que decidas, incluso, como ya te dije, decidir no decidir, hará diferente el resto de tus días. La diferencia está en que si no votas, cuando te vaya mal en el futuro no tendrás derecho a quejarte, porque finalmente no participaste. No votar no es hacer las cosas diferentes: un 70% de los mexicanos tampoco votarán, y no lo han hecho cantidades similares de mexicanos desde que tenemos "democracia". No votar no es hacer ver al gobierno que estás inconforme, porque tú mismo reconoces a un gobierno miope, cuando no ciego. Si no ve tu inconformidad, ¿cómo va a ver tu silencio?
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En buen plan, entre amigos: vota. México no es perfecto, pero tus tres votos este 5 de julio te darán la capacidad, a ti y a tus hijos, de exijir que sea mejor. Exijir una cámara de diputados dónde haya menos propuestas tiradas a la basura, menos curules inútiles, más acción y responsabilidad, más búsquedas en pro de la ciudadanía, o exijir un sistema de justicia limpio y expedito, un sistema educativo y laboral eficiente, con sindicatos que protejan a los trabajadores en lugar de hacer política, o exijir gobiernos más tolerantes, mejores administradores, será tu derecho, cuando votes. Si te quedas callado ahora, hazlo por favor el resto del trienio.
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Tengo una buena noticia: generar diferencias a través de las urnas sí es posible. Si en México no ha pasado, pasará. Pero la clave es votar. Abstenerse no es posible. No en una democracia como la nuestra, que a duras penas, y con traspiés gravísimos, supera los 9 años de vida. ¿Tú dejarías de alimentar a un niño de 9 años que en el futuro te dará grandes satisfacciones? Ni en sueños. No lo hagas tampoco con tu país. No ahorques las esperanzas más de lo que ya están. Además, velo por el lado económico: ¿qué harías tú con 200 pesos? Dos idas al cine, muchas rentas de películas, un pantalón, una camisa, un par de guaraches... ¡el enganche para un I pod nano en mensualidades! Pues eso justamente, 200 pesos, es lo que ya invirtió, con recortes insufribles, el Instituto Electoral esperándote en las casillas. Cree en ti, y te está tendiendo la mano. Sabe que ha cometido errores, pero no lo dejarán fallar, ni los miles de observadores que estarán al pendiente de todas sus acciones, ni los ciudadanos. Todo está preparado. Ya puedes empezar. Inicia por buscar tu casilla, preparar tu credencial y revisar las propuestas. Hazte el favor. Vota.
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¡Salud!