miércoles, 24 de junio de 2009

La delgada línea roja.

Línea delgada. Quizá la misma que se pinta para separar lo sexy de lo vulgar. Lo público y lo privado, cuando de actores políticos se trata –actores es un término que define mayormente lo que en últimas fechas nuestros políticos han demostrado que saben hacer-, son términos tan volátiles como relativos, inconcientes casi. Son públicos aspectos de la vida privada como el nombre de la esposa y los hijos, la escuela en que estudian y las casas, terrenitos y camionetotas que poseen. Son privados los aspectos públicos como las cuentas bancarias, las amantes y la propensión al consumo de cualquier sustancia ilegal.
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Por eso es por lo que apostarle a una “guerra sucia” que vitupere a un candidato tomando como flanco débil su vida privada, es tan irreverente como peligrosa. Creer que tratar al opositor como estrella de la farándula, ventilando su intimidad y desafiando su privacidad, hará llover votos a favor, es creer que se vive aún en una época en que a la gente le escandalizaba el número de amantes, borracheras, materias reprobadas o gramos de cocaína que una persona cargara en su historial. Es intentar que Guadalajara retroceda a dónde ya no puede permitirse estar: el atraso en el criterio y el rezago en la libertad y la tolerancia.
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Extraordinaria la apuesta de la página editorial del diario Mural –les debo la fecha- de colocar a los dos candidatos que protagonizan actualmente respecto al tema el “fuego cruzado” más lamentable de los comicios electorales de este 2009, Jorge Aristóteles Sandoval, candidato del PRI a la presidencia municipal de Guadalajara, y Jorge Salinas Osornio, postulante del PAN al mismo puesto gubernamental. Extraordinaria y evidenciadora: Salinas Osornio, quien había pedido a Sandoval se sometieran ambos a estudios de antidoping para delatar cualquier posible consumo de sustancias sicotrópicas –me gusta esa palabra: sepárenla y queda una siqué muy tropical-, reiteró en su artículo editorial la necesidad de que la ciudadanía indague sobre la vida privada de los candidatos antes de decidir su voto. Sandoval, por su parte, hace ver que poco importa lo mucho o poco que el candidato sea un desastre en su vida privada, pues lo que realmente interesa al pueblo, y al gobierno, y al ejercicio de la política, es lo sana, honesta y fructífera que pueda ser su labor al ganar las elecciones. Salinas aboga por el acceso VIP de la ciudadanía al más íntimo detalle de la vida del candidato, según le resulte de interés; Sandoval pugna porque haya un reducto de intimidad para el candidato, que al final de cuentas, dice, es un ciudadano, con derechos y obligaciones como otros tantos, entre ellas, claro, la capacidad de resguardar de las miradas ajenas lo que posee y lo que es, y que no está relacionado con el bien común, ni lo afecta en mayor medida.
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Cierto un porcentaje el punto de ambos actores políticos, falso también en una medida. Hágame un favor y sométase conmigo en un ejercicio mental, imaginativo, lúdico si quiere: piense ahora en el presidente de México o el gobernador de su estado, al cual considere el más honesto, el más trabajador, el “más mejor”. Póngalo sobre la mesa y busque en los archivos de la historia y el chisme –internet es un gran recurso para ello hoy día-, asuntos relacionados con la vida privada del “ganón”. ¿Halló algo morrocotudo, doloso, “feo”? Seguro que sí. Ninguno de ellos puede escaparse: el que no golpeó a un compañerito en el kínder porque le quitó el color de crayón que buscaba para completar su paisaje surrealista, soltó una declaración ya estando en “la silla” que hizo cimbrar a la nación y comprometió sus intereses al interior y al exterior. Piense en el “Haiga sido como haiga sido”, de Alberto Ramírez Acuña, uno de los gobernadores más queridos de Jalisco, o en el “¿Por qué no te callas?”, del rey Juan Carlos a Hugo Chávez –no mexicano, pero para que vea que la historia se repite sin cesar en el resto del mundo-. El juego de la política lo hacen humanos: nadie está exento entonces de poseer errores y distracciones en su ejercicio público.
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Entonces, indagar sobre la vida de un candidato para saber hasta si se saca los mocos, o qué marca de papel del baño usa, resulta intrascendente cuando lo que importa es cómo gobierne. Los mejores presidentes del país, los mejores gobernadores, han tenido vidas privadas dolorosas o han comprometido en alguna medida su “buena moral”. Los que han firmado tratados de inversión extranjera han incriminado a sus hermanos; los que han levantado autopistas y promovido el turismo, han golpeado a sus esposas. ¿Está forzosamente relacionado entonces la capacidad gubernamental con una vida privada albea, casta, pura, en limpio? No, en definitiva, no.
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Si Jorge Aristóteles Sandoval fuma marihuana, consume anfetaminas o va a los table dance –esto es sólo un decir- la ciudadanía, sin temor a juzgarla, estaría cometiendo un grave error si basara su voto en esa clase de conducta del candidato. Conozco fumadores de cannabis –chiste local, luego les cuento- que redactan los mejores ensayos en mis clases, y fans del “tubo”, el alcohol y la nicotina, que poseen las mejores ideas y los mejores ánimos para sacarlas adelante. Votar por un “buen hombre” para no votar por un “buen político” es retrógrado, falso y poco fructífero.
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Jorge Salinas tiene razón cuando dice que las cuentas de los candidatos hacia la ciudadanía deben ser claras. Ya nos entendimos, mi “George”, claras y contundentes, precisas, porque el electorado sí espera, sin lugar a dudas, que al votar elegirá un gobernante que no le haga chanchuyo, que no le robe, no le haga dar vueltas, que no lo “chamaquee”. Pero no espera un hombre sin tacha: espera un excelente jefe al mando. Yo conozco políticos sonrientes y bonitos, guapos y excelentes padres de familia –ya no sé qué es más importante, porque en la “guerra” política parece primar la imagen sobre la actuación-, que llegando al poder roban, y pésimos hombres que se van sin un cinco al terminar su mandato. Repito mi idea: lo que el candidato haga en su vida íntima, no determina en mayor medida lo que haga al gobernar.
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El debate debería basarse en el cumplimiento de propuestas, y en la facilitación de un marco legal que obligue al candidato electo a cumplirlas. Que lo arrincone contra la pared y lo vigile, sometiéndolo a la advertencia ya famosa que pronunciara el mexicanísimo chino Zen Lui Ye Gong: o coopera, o cuello. No sobre si uno fuma o roba, o si miente, porque ésas son cosas que todos podemos vernos obligados a hacer en algún momento. Faltar a la responsabilidad que implica un cargo de elección popular, no es un lujo: es un imperdonable fracaso.
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Yo, este 5 de julio, no podré votar por Salinas ni por Sandoval, porque no vivo en el municipio a cuya presidencia aspiran, pero si pudiera, votaría por el que me ofreciera una línea personal a la cual llamar para regañarlo, arrinconarlo y, en su caso, pedirle la renuncia. Gane el que gane, será nuestro asalariado. Yo, como todo patrón, exijo mi derecho de reclamo y réplica. ¿Mantendría usted a un mal trabajador, sea marihuano, ratero o violador? No, porque sobre lo que el empleado haga con sus horas libres, está lo que haga en la oficina, para bien de la empresa. En el gobierno, la empresa es de todos, y los patrones somos los votantes. El resto, es pura guerra… y bien puerca.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Lo peor no es la guerra que se da entre ellos, lo malo es que los ciudadanos formamos parte de ella, aunque como espectadores, ni siquera para juzgarlos, porque como bien dices, son teóricamente nuestros empelados, y prácticamente también deberían serlo, eso es lo que los ciudadanos "responsables", que también fumamos cannabis -jajajajaja-, vamos al teibol y sacamos malas notas, no hemos entendido (me incluyo simbólicamente).