domingo, 24 de mayo de 2009

Respete mi entrada.

Dicta un antiguo proverbio coloquial: "respete mi entrada, y yo respeto su coche". Sabio, como suele serlo, al margen de la lógica pura que utiliza para su edificación, el conocimiento popular no podía estar más conciente al momento de levantar una frase como la que acabo de citar. No porque en la vida haya siempre que tener en mente, como manifestación única del respeto, la debida justicia en torno al espacio de estacionamiento que es propiedad de los que por él pagan. No, no, la frasesita, que suele aparecer con frecuencia en los portones, rejas, puertas de garage y cocheras de todo México, trae consigo un apotegma mucho más funcional para la vida diaria: respeta mi modo de pensar, y yo respeto tu ser.
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Nada más simple. Una cosa por otra, en intercambio justo, a cada quien lo que le corresponde. Si yo decido creer que el azul es azul, y no rojo, o verde, o tricolor, tú tienes derecho a creer que no, que es rosa, o verde, o perredista, y el respeto será la clave para el mantenimiento del equilibrio de nuestras fuerzas, para que no nos "hagamos de palabras", o, más salvajemente incluso, de golpes.
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Todo esto viene a colación porque la semana pasada, el lunes 18 de mayo pasado, para ser más exactos, diversas asociaciones civiles celebraron el Día Internacional contra la Homofobia, tanto en Guadalajara como en el resto del mundo. Y es que al respecto las cifras son alarmantes: existen todavía, en pleno siglo XXI, países como Burundi, o Irán, o Yemen, o 77 países más, donde la homofobia no sólo es mal vista, sino hasta penada, oséase, castigada por la ley.
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Sí, leyeron bien. Según mis informantes, 80 países del orbe entienden una cuestión que no siempre tiene que ver con una decisión, como algo enfermo, antisocial y punible. Pero ya los vi, muy contentotes, pensando que es sólo en países de Asia meridional o África dónde el atraso y el globalifóbico rezago cultural provocan clasificación de delito para la preferencia sexual "antinatural" -¡qué feo término se inventaron para clasificar a algo que no siempre es cuestión de naturaleza!-. Dejen su nube feliz y accedan a la realidad de la mano de este Baile: en América, el último país en despenalizar las preferencias homosexuales fue Panamá... ¡en 2008!, sólo 6 años después de que Costa Rica hiciera lo propio, en 2002. ¿Es entonces la homofobia asunto sólo de ignorantes y fanáticos islamitas? Piénsenlo de nuevo, pero piénsenlo bien.
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Y el mexicano no canta mal las rancheras. Tendiente a la burla, como si no existiera para él otro modo más ético de entender la realidad, hasta ha catalogado al homosexual como sujeto de chiste, comidilla burlesca y personaje paródico. No es que no lo sea, pero eso es una verdad a medias. Lo correcto sería decir que hay de todo: homosexuales "amanerados" y "masculinos" -dos conceptos muy relativos-, gustosos por la ropa de mujer y más cómodos con la vestimenta masculina. Relacionar homosexualidad con cierto tipo de ropa o género de movimientos corporales, y todavía un grado más, hacer burla de ello, ¡eso sí debería ser punible!, o mejor aún, educable.
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Al niño mexicano se le enseña que no debe ser "mariquita". Ya facilitado el término, por demás denigrante y burlesco, ¿para qué nos sentamos a discutirlo? Pero a esa construcción lexicológica se suman criterios de evaluación tan lamentables como afianzados en nuestra sabiduría popular -que aquí sí flaquea-: el mariquita llora, siente, se acobarda ante lo que teme, habla delgadito y se permite expresar lo que hay en su corazón, hacer sus pensamientos obra, y ponerse del lado de los demás, sentir empatía. Entonces el niño, para ser "hombrecito", debe ser fuerte hasta la agresivilidad, duro e inconciente, macho y dominante, medible por los golpes que da y valioso según "chingue" sin ser "chingado". La concepción del hombre en México es un atraso, y ahí se va a quedar por mucho tiempo más.
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Pero el homosexual es otra cosa. Si en México no lo hemos entendido, lejos están los países del Medio Oriente de dejar atrás su fanatismo para acceder a la comprensión. No hay que ser sabios, ni herederos de algún conocimiento ancestral, para entender lo obvio: el ser humano está imposibilitado para vivir sin agruparse en sociedades, y las sociedades están imposibilitadas para existir sin agruparse en torno al respeto debidamente guardado entre sus miembros. Sin respeto no hay progreso. Sin el respeto a tus preferencias, sexuales, religiosas, partidistas o ideológicas en general, tú no vas a sentirte necesitado de darme respeto a mí, y no vamos a llegar a un mutuo consentimiento, a un equilibrio. La sociedad es equilibrio, y para llegar a ella tuvimos que curzar milenios enteros como especie, equivocándonos y replanteando el camino. ¿Qué tan correcto sería hoy día retroceder miles de años por no vencer el miedo a la nueva conciencia?
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Haga Patria, y comience ya a generar un cambio. Hay algunos mitos muy arraigados sobre los homosexuales. En la medida en que se descubra usted mismo pensando alguno de los datos de esta lista, esfúmece, enciérrese, dése de latigazos y cuénteselo a quien más confianza le tenga: contagian enfermedades de transmisión sexual, son todos degenerados sexuales, pervierten a los niños, padecen una enfermedad, su "enfermedad" es contagiosa, su "enfermedad" es curable, carecen de moral, atentan contra la naturaleza, no creen en Dios, sólo piensan en sexo, a la menor provocación se quitan la ropa y se visten de mujer. Pregunta recalcitrante: ¿acaso no hay mayor número de heterosexuales que hace este tipo de cosas, o que encaja en cada una de estas descripciones? Tons', ¿por qué la joda?
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No nos hacen falta muchas cosas. Como nación, como país, como especie. Nuestro genoma, desentrañado recientemente por la UNAM y sus hábiles científicos, revela que convergen en nosotros más razas de las que creíamos -españoles, indígenas mesoamericanos, africanos, y un pequeño etcétera-. Si ya estamos formados, y lo que somos nos define, ¿qué necesidad tenemos de ir en contra de nuestra habilidad para adaptarnos a los cambios duros, a las crisis, a las catástrofes, y negarnos como entes sociales la posibilidad del diálogo y la adaptación de las ideologías? El respeto también es un avance evolutivo que conseguimos tras muchos siglos de propiedad comunal y esclavitud. No está en el capitalismo, ni en el conjunto de movimientos que en favor de la cordialidad universal se organicen. Está en nosotros. Somos seres hechos para el respeto. Respete mi entrada, y yo respeto su coche. Respete mi preferencia sexual, y yo respeto la suya. Y santa paz.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Lo pero no es que esté penado, lo feo en realidad son las penas inhumanas, en especial en lo países de oriente, en el resto desconozco, pero allá los apedrean hasta matarlos...
Si nos preocupáramos más por cosas de veras iomportantes en vez de por quien coje con quien, esto no sería la basura que es...