lunes, 11 de mayo de 2009

Plantar.

En tiempos de crisis, plante un árbol. Olvídese usted de ahorrar, dejar de salir a restaurantes o consultar a un sicólogo -por aquello de la crisis moral, que también está pegando duro-. Plante un árbol y déjese de cosas. Los beneficios de plantar un árbol en la crisis son tantos, que este Baile se ha asustado, ha decidido cerrar sus puertas y sólo darle espacio a tres. ¿Y por qué tres? Ya les dije en la entrada pasada que porque sí, y fin del cuento.
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Plantar un árbol no contamina. Está comprobado: la emanación que hace uno al echar el bofe entre palada y palada, y la saliva que gasta en proferir insultos contra el pico que no cede, o la tierra suelta que ataca el lagrimal, no contribuyen a elevar significativamente los niveles de dióxido de carbono y otros materiales contaminantes en la estratósfera. Es más: los árboles son tan eficientes, que apenas está uno contaminando al plantarlos cuando ellos ya están convirtiendo nuestras emanaciones en importante y funcional oxígeno. A eso súmenle que en las ciudades nos hacen falta convertidores de CO2, y ya acabamos.
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Plantar un árbol es la manera más sana de contribuir con algo a la humanidad. No libros, no niños: los unos gastan mucho papel y tinta, y además sobra gente que esté animada a escribirlos, editarlos, publicarlos, imprimirlos y leerlos -súmenme a mí entre esa gente-; los otros nada más crean sobrepoblación y se quedan con la herencia -dicen-, consumen mucho dinero del patrimonio familiar y luego sacan canas verdes -dicen, también-. No me malinterpreten: los libros son, bien elaborados, verdaderos tesoros; los niños, bien educados, se convierten en excelentes ciudadanos, pero los árboles son otra cosa: uno ni siquiera tiene qué preocuparse por qué comerán, dónde vivirán, quién los leerá y a dónde pararán si no son vendidos. Se plantan -nunca más literalmente- y ya. Luego, al crecer, dan sombra, refrescan, procuran bienestar. Si nuestros diputados fueran árboles, ni usted ni yo padeceríamos miseras.
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Plantar un árbol es relajante. Dice La Mago, hasta ahora mi jefaza periodística, que si uno está muy triste, colmado de sinsabores, ennegrecido del panorama, recorriendo ida y vuelta la calle de la amargura -no sé a ciencia cierta dónde queda, ni mis informantes tampoco, pero sé que es muy concurrida por las madres mexicanas-, basta abrazar a un árbol para recuperar el equilibrio. Ella lo dijo, y yo no me he animado a acercarme a uno para comprobarlo. Tendría que ser mucha mi necesidá... o mi falta de pudor. Además, sobra decir que en la ciudad abrazar a un árbol es equivalente a pescar garrapatas, ratas de alcantarilla, cucarachas y hasta chinches pulqueras que suelen vivir entre sus ramas. Ni maiz. Yo me quedo con la sensación que deja dar palazos, mover tierra, alzar troncos y abonar. Nada mejor que el trabajo exhaustivo para bajar los ánimos y contener los ímpetus. Nada mejor que la actividad para mandar a volar la tristeza.
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Todo esto viene a colación porque yo ya planté el mío. Firme en la banqueta, lo miro desde la ventana de mi cocina. Tacho una más de las cosas por hacer que figuraban hasta hace poco en mi lista de cosas por hacer -no me negarán que el título de la lista es muy original e ilustrativo-. Ahora me siento un poco más humano, un poco más civilizado, un poco más feliz. Ahora dejen de leer esta entrada inútil y vayan a hacer algo por sus hijos, y también por los libros del futuro, y planten su arbolito. Es el momento. La crisis nos obliga a realizar menos actividades laborales y más actividades ociosas. Plantar un árbol es ocioso, en el sentido de que es placentero y proviene del tiempo libre. Inviértanlo. Es el momento, dije.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

...además, para hacer un liubro se sacrifican áboles...
Felicidades por tu obra, yo suño con tener un castaño en el jardín de mi casa, pero si con trabajos tengo casa, pues imagínate al jardín y ya no digamso el castaño, aparte no vivo en Macondo.