domingo, 10 de mayo de 2009

Madres.

Hay cientos de madres famosas. A la mente me vienen en este momento al menos una docena. Pienso, por ejemplo, en la madre desde pequeña que era Susanita Chirusi, la célebre güerita de coupé entubado que a todos intentaba convencer de los beneficios sociales de traer hijos al mundo en las historietas de Mafalda, de Joaquín Lavado "Quino", o en Marge, la acongojada y recta matriarca del clan Simpson. De todas ellas, sin embargo, desearía ahora, que es la fecha escogida por la mercadotecnia moderna para celebrar a la madre, y regalarle muchas cosas, y gastar en ella el dinero que -en crisis- no se tiene, desearía hoy recordar a tres madres famosas -¿y por qué tres? porque sí- que forman parte del acervo cultural amplísimo -?- de este Baile.
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A estas alturas del partido la tenemos tan gastada que ni el presupuesto nacional podría comparársele en cuanto a erosión. Hemos provocado que se caliente, se rebele en contra nuestra y luego nos recuerde que, frente a su dimensión matriarcal de dominación infinita, nada somos, poco podemos hacer. Nuestra convivencia con la Madre Naturaleza ha definido y redefinido, por más que intentemos ignorarlo, nuestra constitución y destitución de sociedades, ciudades y formas de organización. Por la Madre Naturaleza hemos dejado los polos casi intactos y los desiertos llenos de fósiles, cosa de imposible ocasión en las regiones de clima agradable para nuestra avanzada -?- evolución, las cuales nos hemos dedicado a exprimir y agotar hasta el cansancio -ojalá nos cansáramos de eso-.
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Luego vienen los tsunamis -tsurimis, para Ninel Conde-, los deslaves, las erupciones volcánicas, los terremotos y las tormetas eléctricas, y la Madre Naturaleza, quizá la más sabia de las madres, nos obliga a reconstruir todo, a reorganizarlo, a reconsiderarlo. Nos causa pavor, nos martiriza, nos flagela y luego, en la primer primavera, renueva su pacto con la semilla que germina entre la oscuridad de la tierra, con el dulce del maíz y el helado fulgor del agua nacida del pozo, con el rojo del amanecer y el azul del cielo raso. Es una madre muy mexicana, la Madre Naturaleza: acaricia con la misma mano que da nalgadas, y aconseja severamente con el mismo gesto adusto con que prodiga cariño y ternura.
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Es quizá el ícono femenino más remembrado en la historia de occidente. Su presencia en altares, literatura religiosa y sacrílega, campañas políticas y hasta indumentaria propia de un determinado grupo contracultural, o más recientemente, incluso, en las calcomanías, playeras, bolsas y pulseras diseñadas y elaboradas -valientemente- por la empresa regiomontana Distroyer, hacen de ella, sin temor a errar, la madre más famosa. La Iglesia Católica votó a favor de su virginidad en el Concilio de Trento, y dicha decisión fomentaría un primer impulso al sigma más famoso de la historia de las religiones. Luego se decidió que su ascención al cielo, su concepción purísima -libre de pecado original- y su papel como apóstol femenino presente en la totalidad de la vida pública de Jesús de Nazareth, serían sólo cuestión de tradición, pero de inviolable dogma.
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Ahora, al paso de los milenios, María la madre de Jesús es una figura obligada en todo listado sobre madres ejemplares. Imaginen el caso: mujer menor de edad en una sociedad patriarcal y no sólo machista, sino hasta misógina, llena de temores y sobresaltos ante la dominación del Imperio Romano, aparece embarazada y, a riesgo de ser apedreada con toda justicia y legalidad -justicia y legalidad son conceptos temporales y variables, como el humor del hombre que las define-, enfrenta la situación y se la plantea a su prometido, un hombre muchos años más grande que ella, José de Nazareth. Entonces José se hace cargo y la toma por esposa.
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A lo largo de las escrituras, al menos de las consideradas como efectivas por la Iglesia Católica, María es madre, consejera, amiga y confidente. Obliga a Jesús a realizar su primer milagro, en las concurridas bodas de Caná, y luego, frente a la cruz, observa agonizar al retoño de sus entrañas, quien la encomienda a su discípulo más joven, Juan. Viaja encinta -con los peligros y sobresaltos que incluía un viaje como ése en aquellos tiempos-, y pare un hijo en un pesebre, entre animales y paja. Se espanta al descubrir que ha perdido a su pequeño en cierto viaje a la populosa capital, Jerusalén, y luego recupera el alma al regresar y encontrarlo en el templo, rodeado de sabios.
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En los Hechos, María recibe al Espíritu Santo, peregrina junto a los apóstoles y participa en la fundación -underground- de las primeras comunidades cristianas. El filme de Mel Gibson, La Pasión (The Passion of the Christ, E. U. A., 2005), la baja del altar y la humaniza, el jerarca católico Juan Pablo II nombró a una representación suya, Guadalupe, patrona de América Latina -que es como llamarla mamá del continente entero-, y se ha aparecido tantas veces que hoy día la curia pontificia duda de su presencia en un comal, una tortilla o un pedazo de loza del metro capitalino.
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Sucede que, como lo hacemos con cada una de nuestras madres, María se aparece en todas partes porque siempre la tenemos presente. Con su tezón, su fortaleza, su decisión y su proactividad a prueba de todo -incluso del rezago cultural que la Palestina de su época cargaba a cuestas-, María es una madre a todo dar, un considerable ejemplo de mujer y figura femenina. Un buen recurso para una sociedad que se afana en creer que los ídolos del pasado son caducos e insufribles, involucionados reflejos de nuestra búsqueda del sentido.
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Acabo con Naborita. Ya escucho llegar hasta la redacción de este Baile los agravios y las desconsideradas ofensas. Inspirado andabas, tentador de poeta, y ahora caes a los más gravosos abismos de la infidelidad literaria. Pasar de la concepción druida de la Naturaleza como Madre a la Madre de Cristo, ¿para luego venir a parar en un personaje cómico de la televisión mexicana de los setentas? No tienes vergüenza. Es cierto, no la tengo, pero eso no es novedad.
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Sí lo es, sin embargo, que Eduardo Manzano, hombre al fin y al cabo, haya sido poseedor del talento suficiente para darle vida a la representación más digna -y fidedigna- de la sufrida y acongojada madre mexicana del siglo XX, que todavía hoy persiste en las actitudes de ciertas progenitoras nuestras, coetáneas de Naborita. Con su jorobita, su jorongo y su cabello blanco bien peinado, con todo y chongo en la nuca, Naborita pasó a la historia -de la televisión, de las madres-, y no conforme con eso se cristalizó en la cultura popular de nuestro pueblo. Hoy, frases como "hijazo de mi vidaza" o "cómase su manzanota para que cuide ese cuerpezote que Dios le dio", se repiten día con día en todos los hogares mexicanos, proferidas o no por las "cabecitas blancas" de cada uno de ellos.
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Y doña Naborita, como toda típica madre mexicana, cargaba encima no nada más con el peso de sus años y faenas, sino con su poco agraciado hijo, Gordolfo Gelatino, también magistralmente interpretado por Enrique Cuenca. Asediada por los años, la incertidumbre económica y hasta las penas morales, doña Naborita se resiste a pensar en la idea de que su flojonazo retoño trabaje, siquiera mueva un dedo para algo distinto a asolearse o tragar. Es además típicamente celosa, como clásica madre mexica: nomás de pensar que una mujer llegará a arrancárselo de los brazos, se pone de malas y amenaza con agarrarse a golpes, como si quinceañera fuera, con la curvilínea que se apunte. Su hijo es suyo porque ella lo parió y lo sacó adelante. El que quiera hacer cuentas contra eso, inevitablemente saldrá perdiendo.
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Ya no sigo. Felicítenme a sus madres, si las tienen, y mándenles decir que son mujeres benditas. Una mujer está completa tenga o no un hijo, pero la bendición que una creatura significa indudablemente, las crece como seres humanos y las magnifica. Que sea hoy, en el día que otros han señalado como financieramente propio para conmemorarlas, un buen día para abrazarlas, felicitarlas y desearles lo mejor. Ya dije. ¡Ahí, madre!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Te olvidaste de la Madre Teresa de Calcuta y de la puta madre que parió a Emilio -eso se me ocurrio porque estoy escuchando un anuncio de "no bajemos la guardia, bla bla bla..."-.