lunes, 25 de mayo de 2009

Se solicita reportero... con experiencia.

Joel lleva encima sus 35 de periodista. No me mal entiendan: sus años de labor no se manifiestan en canas, arrugas o encorbamiento físico, cansancio, dificultad para caminar, dolores, molestias o complicaciones cardiorespiratorias. Por supuesto que padece alguna de éstas cosas, pero en un grado tan mínimo que, frente a su vitalidad, yo mismo, a mis 21, soy un absoluto anciano. Los 35 de periodista que carga Joel encima van más allá: está en su mirada fija, en la rapidez con que suele encontrar noticias dónde sólo un experto de más de tres décadas en la materia de hallar la nota podría hacerlo, en la prontitud con que rechaza alguna opinión personal para darle exclusivo lugar a la objetividad, en la facultad que posee para redactar, opinar, informar, editar y dirigir, a veces al mismo tiempo, a veces en la misma acción.
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No podría decir que es mi jefe. Si el destino y las ganas no me lo permiten, si no nos entendemos ni adaptamos bien, estaré apenas dos semanas laborando para su experimentado y refinado sentido periodístico, para su formación y su genialidad, por lo que a duras penas puedo considerarlo mi editor. Es mi maestro, sí, ya desde la semana pasada, desde que hablando por teléfono para contactar una cita para entrevista personal, me aclaró: "Me gusta tu trabajo, pero como todo, es mejorable", debilitando así una creencia personal ambivalente: por un lado, que yo no suelo equivocarme, y por la otra, que todo lo que hago tiene la peculiar atracción de estar mal.
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Y desde ahí Joel no ha dejado de enseñarme. Desde pequeños tips sobre cómo abordar a un diputado para arrancarle una declaración capciosa, hasta grandes consejos, sobre qué no hacer cuando el medio periodístico que te observa fijamente con la esperanza de encontrar en ti razones para contratarte, te tiende una mano y te da la oportunidad de demostrar en qué eres bueno, para qué sirves, en qué vale la pena te desarrolles y hagas tu fuente de sustento.
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Yo, por mi parte, lamento terriblemente que nuestro tiempo juntos sea tan reducido. Esperaría encontrar en el Semanario Crítica, para el cual labora y casi dirige Joel, un buen recurso didáctico y una buena fuente de directrices profesionales a más plazo que sólo catorce días. Si el tiempo nos lo permite, empero, espero, nos volveremos a encontrar, y quizá sea yo entonces quien tenga el honor de entrevistarlo, o de concederle un espacio en mi medio, o en lo que sea que yo haga. Nada deseo más, para retribuirle en parte lo que él ha puesto en mis manos en estas dos semanas, comenzando por librarme de un bache profesional y personal que me traía por la incertidumbre y el ocaso, y finalizando por mostrarme mucho más de cerca, sin temor al fuego, los bemoles de la pasión periodística.
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Cuando deje Crítica, al finalizar esta semana, me llevo un grupo más de entrevistas y contactos, miuy lejanos, hasta en genio y figura, ya no digamos en temática o profesión, que los que obtuve en dos años en Mujer Hoy. Les pido de todo corazón que esta semana, y la siguiente, si es que todo sale conforme a lo planeado, pongan sus mentes y sus corazones en sintonía en bien de mi estabilidad y madurez profesional y personal. No recuerdo haber pedido algo así por medio de este Baile. Después de todo, éste sigue siendo un buen recurso para la añoranza, para la comunicación y la información. Mentalícenme aprendiendo, al lado de Joel, y el resto será pan comido. Y compren Crítica, o róbenselo, donde lo hallen, y coméntenme qué les parecieron mis textos.
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Yo también espero que Joel siga creciendo. Ya no sé hasta dónde llegará, no me permito imaginarlo, si en la Cámara de diputados, los ayuntamientos, los sindicatos, las oficinas de gobierno y hasta los juzgados, conocen su nombre y su oficio. Guardo para mí la sensación de que si Joel levantara una bocina, y pidiera hablar con Felipe Calderón, o con Barack Obama, o con Fidel Castro, lo comunicarían de inmediato, con más rapidez que a un secretario de Estado, o al papa. Joel insiste en que su labor conmigo es la enseñanza, y yo no hago más que agradecer. Parece como si quisiera decirme que esos 35 sí le pesan, que es mentira que no los ve con algo de recelo, como la carga pesada que en alma todos traemos, y que a veces no nos deja andar, y que quisiera compartirme un poco de esos 35 "kilos" de más. Pero yo creo que no: lo que él hace al informar, al redactar, al editar, al enseñar incluso, no existiría, no sería el éxito que es, sin esos 35 años de carrera periodística íntegros. Que se los quede. Al enseñarme, al involucrarme, al obligarme incluso, no se libera de ellos, pero me regala tanto, nacido quién sabe de dónde, que yo no puedo más que recibir y agradecer.
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Buenas dos semanas. Mucho trabajo, mucho cansancio, maratónicas jornadas, aunadas a un semestre perdido que me ha tenido con el alma en un hilo, y el Baile abandonado. Pero todo pasa. Recuerdo ahora las palabras de Armando Fuentes Aguirre al respecto de los trances de la vida: "Esto también pasará". Sabia trilogía de vocablos. Bueno o malo, "esto también pasará". En la vida, tras Mujer Hoy lo entiendo, tras Crítica también, hay que estar pendientes para aprender de las malas y disfrutar las buenas, porque esto también pasará, porque además todo se va muy rápido. Los 35 años de Joel no, esos no pasan, porque ya estuvieron, y le dejaron grandes cosas, que ahora lega a quienes apenas vamos de ida. Habría don Armando Fuentes de recuperar su frase y parafrasearla: "Mientras no sean los 35 de Joel... esto también pasará".
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¡Salud!

domingo, 24 de mayo de 2009

Respete mi entrada.

Dicta un antiguo proverbio coloquial: "respete mi entrada, y yo respeto su coche". Sabio, como suele serlo, al margen de la lógica pura que utiliza para su edificación, el conocimiento popular no podía estar más conciente al momento de levantar una frase como la que acabo de citar. No porque en la vida haya siempre que tener en mente, como manifestación única del respeto, la debida justicia en torno al espacio de estacionamiento que es propiedad de los que por él pagan. No, no, la frasesita, que suele aparecer con frecuencia en los portones, rejas, puertas de garage y cocheras de todo México, trae consigo un apotegma mucho más funcional para la vida diaria: respeta mi modo de pensar, y yo respeto tu ser.
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Nada más simple. Una cosa por otra, en intercambio justo, a cada quien lo que le corresponde. Si yo decido creer que el azul es azul, y no rojo, o verde, o tricolor, tú tienes derecho a creer que no, que es rosa, o verde, o perredista, y el respeto será la clave para el mantenimiento del equilibrio de nuestras fuerzas, para que no nos "hagamos de palabras", o, más salvajemente incluso, de golpes.
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Todo esto viene a colación porque la semana pasada, el lunes 18 de mayo pasado, para ser más exactos, diversas asociaciones civiles celebraron el Día Internacional contra la Homofobia, tanto en Guadalajara como en el resto del mundo. Y es que al respecto las cifras son alarmantes: existen todavía, en pleno siglo XXI, países como Burundi, o Irán, o Yemen, o 77 países más, donde la homofobia no sólo es mal vista, sino hasta penada, oséase, castigada por la ley.
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Sí, leyeron bien. Según mis informantes, 80 países del orbe entienden una cuestión que no siempre tiene que ver con una decisión, como algo enfermo, antisocial y punible. Pero ya los vi, muy contentotes, pensando que es sólo en países de Asia meridional o África dónde el atraso y el globalifóbico rezago cultural provocan clasificación de delito para la preferencia sexual "antinatural" -¡qué feo término se inventaron para clasificar a algo que no siempre es cuestión de naturaleza!-. Dejen su nube feliz y accedan a la realidad de la mano de este Baile: en América, el último país en despenalizar las preferencias homosexuales fue Panamá... ¡en 2008!, sólo 6 años después de que Costa Rica hiciera lo propio, en 2002. ¿Es entonces la homofobia asunto sólo de ignorantes y fanáticos islamitas? Piénsenlo de nuevo, pero piénsenlo bien.
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Y el mexicano no canta mal las rancheras. Tendiente a la burla, como si no existiera para él otro modo más ético de entender la realidad, hasta ha catalogado al homosexual como sujeto de chiste, comidilla burlesca y personaje paródico. No es que no lo sea, pero eso es una verdad a medias. Lo correcto sería decir que hay de todo: homosexuales "amanerados" y "masculinos" -dos conceptos muy relativos-, gustosos por la ropa de mujer y más cómodos con la vestimenta masculina. Relacionar homosexualidad con cierto tipo de ropa o género de movimientos corporales, y todavía un grado más, hacer burla de ello, ¡eso sí debería ser punible!, o mejor aún, educable.
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Al niño mexicano se le enseña que no debe ser "mariquita". Ya facilitado el término, por demás denigrante y burlesco, ¿para qué nos sentamos a discutirlo? Pero a esa construcción lexicológica se suman criterios de evaluación tan lamentables como afianzados en nuestra sabiduría popular -que aquí sí flaquea-: el mariquita llora, siente, se acobarda ante lo que teme, habla delgadito y se permite expresar lo que hay en su corazón, hacer sus pensamientos obra, y ponerse del lado de los demás, sentir empatía. Entonces el niño, para ser "hombrecito", debe ser fuerte hasta la agresivilidad, duro e inconciente, macho y dominante, medible por los golpes que da y valioso según "chingue" sin ser "chingado". La concepción del hombre en México es un atraso, y ahí se va a quedar por mucho tiempo más.
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Pero el homosexual es otra cosa. Si en México no lo hemos entendido, lejos están los países del Medio Oriente de dejar atrás su fanatismo para acceder a la comprensión. No hay que ser sabios, ni herederos de algún conocimiento ancestral, para entender lo obvio: el ser humano está imposibilitado para vivir sin agruparse en sociedades, y las sociedades están imposibilitadas para existir sin agruparse en torno al respeto debidamente guardado entre sus miembros. Sin respeto no hay progreso. Sin el respeto a tus preferencias, sexuales, religiosas, partidistas o ideológicas en general, tú no vas a sentirte necesitado de darme respeto a mí, y no vamos a llegar a un mutuo consentimiento, a un equilibrio. La sociedad es equilibrio, y para llegar a ella tuvimos que curzar milenios enteros como especie, equivocándonos y replanteando el camino. ¿Qué tan correcto sería hoy día retroceder miles de años por no vencer el miedo a la nueva conciencia?
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Haga Patria, y comience ya a generar un cambio. Hay algunos mitos muy arraigados sobre los homosexuales. En la medida en que se descubra usted mismo pensando alguno de los datos de esta lista, esfúmece, enciérrese, dése de latigazos y cuénteselo a quien más confianza le tenga: contagian enfermedades de transmisión sexual, son todos degenerados sexuales, pervierten a los niños, padecen una enfermedad, su "enfermedad" es contagiosa, su "enfermedad" es curable, carecen de moral, atentan contra la naturaleza, no creen en Dios, sólo piensan en sexo, a la menor provocación se quitan la ropa y se visten de mujer. Pregunta recalcitrante: ¿acaso no hay mayor número de heterosexuales que hace este tipo de cosas, o que encaja en cada una de estas descripciones? Tons', ¿por qué la joda?
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No nos hacen falta muchas cosas. Como nación, como país, como especie. Nuestro genoma, desentrañado recientemente por la UNAM y sus hábiles científicos, revela que convergen en nosotros más razas de las que creíamos -españoles, indígenas mesoamericanos, africanos, y un pequeño etcétera-. Si ya estamos formados, y lo que somos nos define, ¿qué necesidad tenemos de ir en contra de nuestra habilidad para adaptarnos a los cambios duros, a las crisis, a las catástrofes, y negarnos como entes sociales la posibilidad del diálogo y la adaptación de las ideologías? El respeto también es un avance evolutivo que conseguimos tras muchos siglos de propiedad comunal y esclavitud. No está en el capitalismo, ni en el conjunto de movimientos que en favor de la cordialidad universal se organicen. Está en nosotros. Somos seres hechos para el respeto. Respete mi entrada, y yo respeto su coche. Respete mi preferencia sexual, y yo respeto la suya. Y santa paz.
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¡Salud!

jueves, 14 de mayo de 2009

Desdecirse.

"Errar es humano; reconsiderar es de dioses".
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Reconsiderar lo dicho es un recurso recurrente en nuestros políticos mexicanos. En muchos de ellos, parece operar un mecanismo de diarrea verbal emergente: hablo, luego pienso –y eso si bien le va a la opinión pública, porque si no, se quedan en lo dicho y ni quien los regrese-. El expresidente Vicente Fox Quezada es el ejemplo más evidente, más tristemente luminoso, más acaparador de titulares: declaraciones como la de que los mexicanos cruzan la frontera norte para hacer los trabajos que “ni los negros” quieren hacer en los Estados Unidos, o aquella no muy difundida del “yo ahorita digo cualquier tontería, total, ya me voy”, escribieron el nombre del mandatario guanajuatense, con letras doradas, en la historia de los políticos mexicanos más criticados de nuestra historia nacional. Declaraciones dolorosas a las cuales su vocero presidencial, Rubén Aguilar, luego tenía que hacer refuerzos, convirtiéndose en asunto de comidilla su también famosa frase "lo que el señor presidente quiso decir..."
. Ahora es otro expresidentes el que se ha unido a la lista. Miguel de la Madrid Hurtado, con su declaración acerca de otro expresidente –algo se traen-, Carlos Salinas de Gortari, ha demostrado que padece el tan conocido mal del político mexicano: la presencia del micrófono los emociona, los ilumina, y luego extrae de ellos lo peor y les arranca declaraciones turbulentas, comprometedoras, jugosas para los medios de comunicación, pero nefastas para su currículum personal, lamentables para la integridad de sus carreras políticas.
. Sobre Salinas de Gortari, de la Madrid Hurtado ha dicho de más: lo acusó, junto con sus hermanos Raúl y Enrique, de nexos con el narcotráfico y lavado de dinero, y, a decir del periódico Mural en su edición de hoy (jueves 14 de mayo de 2009), incluso lo ha calificado de inmoral y se ha dicho arrepentido de haberlo elegido como su sucesor, todo esto en una entrevista concedida a Carmen Aristegui hace casi un mes, y transmitida apenas ayer en el programa de radio que la periodista conduce para la cadena MVS.
. Y tras la declaración inflamada, viene la clásica, la políticamente mexicana reacción de desdecirse. Ahí es dónde Miguel de la Madrid tiene poco a su favor: su voz ha quedado grabada, y no tiene forma de recurrir a la ya tristemente famosa expresión “me chamaquearon”. Sus palabras no son creación digital, ni otro las ha dicho en su lugar: son suyas, y si buscara la muy política –en más de un sentido- opción del regreso sobre lo ya dicho, no le quedaría de otra que declararse culpable… o incompetente. El expresidentes de la Madrid lo sabe, y lo ha puesto en práctica. El titular hoy día no es lo dicho, sino lo desdicho, no lo afirmado, sino lo aclarado: estado de salud inconveniente. Ante la caída en cuenta de una declaración lamentable, ha llegado para él la hora del susto, la pena y hasta el “autovituperio”: estoy mal, ahí disculpen, no me hagan caso.
. Desdecirse, qué curioso, es, a decir de la Real Academia de la Lengua Española, sinónimo no sólo de volver sobre lo dicho para retractarse de ello, sino también de decaer, de venir a menos. Qué curioso, venir a menos, como parece que lo hacen nuestros políticos cada vez que abren la boca. Venir a menos, como nuestra economía, nuestra salud, nuestro panorama electoral. Qué curioso.
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¡Salud!

miércoles, 13 de mayo de 2009

Cerrar la puerta.

A Margarita, por el esfuerzo, por compartir el sueño.
A La Tía Trini, por el mar que le estoy debiendo.
A ti, y tú, y tú, y tú, por enseñarme tanto.
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Quisiera pensar que no es así. Quisiera pensar que la influenza no nos ha quitado ni el sueño, pero cada minuto que pasa descubro con asombro -y susto- que mi parte realista es día con día más fuerte, y que me es difícil, inimaginablemente difícil, ver las cosas con algo más que lo que la realidad me da para procesar. Ahora, el méndigo virus A/H1N1, nos ha quitado algo más que la tranquilidad. Nos ha robado a Mujer Hoy, y eso, eso, señores secretarios de Salud, Educación y Gobierno, señor Gobernador González Márquez, señores todos, eso no nos lo va a recuperar el regreso a clases, o el ahorro de energía en estos días de asueto.
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Pérdida irreparable. Si durante dos años La Márgara aguantó vara, no fue para tenderse al sol en tiempos de sequía y decir "me rindo". La conozco bien: si el periódico levantó y salió adelante, fue porque durante muchos meses ignoró las malas finanzas, la falta de apoyos, las puertas cerradas, la ignorancia y la cerrazón de un público tan escéptico como el tapatío. Yo, como reportero de la hoy extinta fuente, también tuve que aguantar portazos, preguntas sin respuesta y mucha, pero mucha desinformación. "¿Un periódico de equidad de género? ¿Y eso para qué?", preguntaban los más airosos, los creyentes en la supuesta igualdad de oportunidades existentes, hombres y -sorprendentemente- mujeres, desacreditados observadores del entorno, convenencieros retrógradas incivilizados.
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Y aguantamos duro, lo frío y lo airoso. Yo y La Paupau, La Wendy, La Casicasi, La Lía, La Natalización y otros tantos. Aguantamos con fortaleza, esperando encontrar en Mujer Hoy una mina de experiencia, como durante muchos meses lo fue, y un buen recurso laboral ante una licenciatura de la que muchos dicen mata de hambre. Aguantamos la mentalidad cerrada propia del tapatío común -con perdón de los presentes-, y la tendencia irrenunciable de los habitantes de estas tierras, de todo el país, a juzgar a la mujer, más que como ser humano o ciudadano, como target mercantil o artículo de consumo.
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Ahora, la crisis financiera ha debilitado el negocio, y sin negocio no hay periodismo. Los que laboramos ahí hasta el final, no tendremos otra cosa qué hacer que tomar bajo el brazo nuestros meses de experiencia, nuestros artículos, nuestros conocimientos y nuestros sinsabores, para salir a buscar otra opción, otra dadivosa fuente de información que reciba nuestra veracidad, nuestra fortaleza y nuestro profesionalismo. "La influenza nos mató", ha declarado en su "comunicado de prensa" final La Márgara. Tiene razón: un noventa por ciento de los clientes publicitarios de Mujer Hoy eran escuelas y restaurantes, dos de los grupos comerciales más vulnerables ante la influenza, que, vía gubernamental, los ha obligado a cerrar. Sin consumo y sin alumnos no hay dinero, y sin dinero no funciona nada en este mundo.
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Lo lamento por las mujeres de Jalisco, a quienes todavía podía yo, hace unas horas, jurarles que tenían en mi semanario -bueno, mío y de los que compartíamos los gastos- un estandarte de su valía y un defensor de sus esfuerzos. Lo lamento por Jalisco, que hoy día tiene tan pocos espacios periodísticos dignos, y tan pocos buenos lectores informativos. Lo lamento por La Márgara, que ahora tendrá que refugiarse a contar heridas, y por todos los que estuvimos esperando una última carta de salvación. Para todos, cierro con la última frase, nacida de los labios de mi madre esta mañana, cuando le he comunicado la mala nueva, y me ha refugiado en sus brazos, que nunca dejan de dar calor, de resolver la tristeza y hacerla templanza: "Ánimo. A una puerta cerrada, se abre siempre una ventana". Yo quiero mirar el sol por la mía. ¿Tú?
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¡Salud!

lunes, 11 de mayo de 2009

Plantar.

En tiempos de crisis, plante un árbol. Olvídese usted de ahorrar, dejar de salir a restaurantes o consultar a un sicólogo -por aquello de la crisis moral, que también está pegando duro-. Plante un árbol y déjese de cosas. Los beneficios de plantar un árbol en la crisis son tantos, que este Baile se ha asustado, ha decidido cerrar sus puertas y sólo darle espacio a tres. ¿Y por qué tres? Ya les dije en la entrada pasada que porque sí, y fin del cuento.
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Plantar un árbol no contamina. Está comprobado: la emanación que hace uno al echar el bofe entre palada y palada, y la saliva que gasta en proferir insultos contra el pico que no cede, o la tierra suelta que ataca el lagrimal, no contribuyen a elevar significativamente los niveles de dióxido de carbono y otros materiales contaminantes en la estratósfera. Es más: los árboles son tan eficientes, que apenas está uno contaminando al plantarlos cuando ellos ya están convirtiendo nuestras emanaciones en importante y funcional oxígeno. A eso súmenle que en las ciudades nos hacen falta convertidores de CO2, y ya acabamos.
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Plantar un árbol es la manera más sana de contribuir con algo a la humanidad. No libros, no niños: los unos gastan mucho papel y tinta, y además sobra gente que esté animada a escribirlos, editarlos, publicarlos, imprimirlos y leerlos -súmenme a mí entre esa gente-; los otros nada más crean sobrepoblación y se quedan con la herencia -dicen-, consumen mucho dinero del patrimonio familiar y luego sacan canas verdes -dicen, también-. No me malinterpreten: los libros son, bien elaborados, verdaderos tesoros; los niños, bien educados, se convierten en excelentes ciudadanos, pero los árboles son otra cosa: uno ni siquiera tiene qué preocuparse por qué comerán, dónde vivirán, quién los leerá y a dónde pararán si no son vendidos. Se plantan -nunca más literalmente- y ya. Luego, al crecer, dan sombra, refrescan, procuran bienestar. Si nuestros diputados fueran árboles, ni usted ni yo padeceríamos miseras.
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Plantar un árbol es relajante. Dice La Mago, hasta ahora mi jefaza periodística, que si uno está muy triste, colmado de sinsabores, ennegrecido del panorama, recorriendo ida y vuelta la calle de la amargura -no sé a ciencia cierta dónde queda, ni mis informantes tampoco, pero sé que es muy concurrida por las madres mexicanas-, basta abrazar a un árbol para recuperar el equilibrio. Ella lo dijo, y yo no me he animado a acercarme a uno para comprobarlo. Tendría que ser mucha mi necesidá... o mi falta de pudor. Además, sobra decir que en la ciudad abrazar a un árbol es equivalente a pescar garrapatas, ratas de alcantarilla, cucarachas y hasta chinches pulqueras que suelen vivir entre sus ramas. Ni maiz. Yo me quedo con la sensación que deja dar palazos, mover tierra, alzar troncos y abonar. Nada mejor que el trabajo exhaustivo para bajar los ánimos y contener los ímpetus. Nada mejor que la actividad para mandar a volar la tristeza.
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Todo esto viene a colación porque yo ya planté el mío. Firme en la banqueta, lo miro desde la ventana de mi cocina. Tacho una más de las cosas por hacer que figuraban hasta hace poco en mi lista de cosas por hacer -no me negarán que el título de la lista es muy original e ilustrativo-. Ahora me siento un poco más humano, un poco más civilizado, un poco más feliz. Ahora dejen de leer esta entrada inútil y vayan a hacer algo por sus hijos, y también por los libros del futuro, y planten su arbolito. Es el momento. La crisis nos obliga a realizar menos actividades laborales y más actividades ociosas. Plantar un árbol es ocioso, en el sentido de que es placentero y proviene del tiempo libre. Inviértanlo. Es el momento, dije.
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¡Salud!

domingo, 10 de mayo de 2009

Madres.

Hay cientos de madres famosas. A la mente me vienen en este momento al menos una docena. Pienso, por ejemplo, en la madre desde pequeña que era Susanita Chirusi, la célebre güerita de coupé entubado que a todos intentaba convencer de los beneficios sociales de traer hijos al mundo en las historietas de Mafalda, de Joaquín Lavado "Quino", o en Marge, la acongojada y recta matriarca del clan Simpson. De todas ellas, sin embargo, desearía ahora, que es la fecha escogida por la mercadotecnia moderna para celebrar a la madre, y regalarle muchas cosas, y gastar en ella el dinero que -en crisis- no se tiene, desearía hoy recordar a tres madres famosas -¿y por qué tres? porque sí- que forman parte del acervo cultural amplísimo -?- de este Baile.
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A estas alturas del partido la tenemos tan gastada que ni el presupuesto nacional podría comparársele en cuanto a erosión. Hemos provocado que se caliente, se rebele en contra nuestra y luego nos recuerde que, frente a su dimensión matriarcal de dominación infinita, nada somos, poco podemos hacer. Nuestra convivencia con la Madre Naturaleza ha definido y redefinido, por más que intentemos ignorarlo, nuestra constitución y destitución de sociedades, ciudades y formas de organización. Por la Madre Naturaleza hemos dejado los polos casi intactos y los desiertos llenos de fósiles, cosa de imposible ocasión en las regiones de clima agradable para nuestra avanzada -?- evolución, las cuales nos hemos dedicado a exprimir y agotar hasta el cansancio -ojalá nos cansáramos de eso-.
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Luego vienen los tsunamis -tsurimis, para Ninel Conde-, los deslaves, las erupciones volcánicas, los terremotos y las tormetas eléctricas, y la Madre Naturaleza, quizá la más sabia de las madres, nos obliga a reconstruir todo, a reorganizarlo, a reconsiderarlo. Nos causa pavor, nos martiriza, nos flagela y luego, en la primer primavera, renueva su pacto con la semilla que germina entre la oscuridad de la tierra, con el dulce del maíz y el helado fulgor del agua nacida del pozo, con el rojo del amanecer y el azul del cielo raso. Es una madre muy mexicana, la Madre Naturaleza: acaricia con la misma mano que da nalgadas, y aconseja severamente con el mismo gesto adusto con que prodiga cariño y ternura.
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Es quizá el ícono femenino más remembrado en la historia de occidente. Su presencia en altares, literatura religiosa y sacrílega, campañas políticas y hasta indumentaria propia de un determinado grupo contracultural, o más recientemente, incluso, en las calcomanías, playeras, bolsas y pulseras diseñadas y elaboradas -valientemente- por la empresa regiomontana Distroyer, hacen de ella, sin temor a errar, la madre más famosa. La Iglesia Católica votó a favor de su virginidad en el Concilio de Trento, y dicha decisión fomentaría un primer impulso al sigma más famoso de la historia de las religiones. Luego se decidió que su ascención al cielo, su concepción purísima -libre de pecado original- y su papel como apóstol femenino presente en la totalidad de la vida pública de Jesús de Nazareth, serían sólo cuestión de tradición, pero de inviolable dogma.
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Ahora, al paso de los milenios, María la madre de Jesús es una figura obligada en todo listado sobre madres ejemplares. Imaginen el caso: mujer menor de edad en una sociedad patriarcal y no sólo machista, sino hasta misógina, llena de temores y sobresaltos ante la dominación del Imperio Romano, aparece embarazada y, a riesgo de ser apedreada con toda justicia y legalidad -justicia y legalidad son conceptos temporales y variables, como el humor del hombre que las define-, enfrenta la situación y se la plantea a su prometido, un hombre muchos años más grande que ella, José de Nazareth. Entonces José se hace cargo y la toma por esposa.
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A lo largo de las escrituras, al menos de las consideradas como efectivas por la Iglesia Católica, María es madre, consejera, amiga y confidente. Obliga a Jesús a realizar su primer milagro, en las concurridas bodas de Caná, y luego, frente a la cruz, observa agonizar al retoño de sus entrañas, quien la encomienda a su discípulo más joven, Juan. Viaja encinta -con los peligros y sobresaltos que incluía un viaje como ése en aquellos tiempos-, y pare un hijo en un pesebre, entre animales y paja. Se espanta al descubrir que ha perdido a su pequeño en cierto viaje a la populosa capital, Jerusalén, y luego recupera el alma al regresar y encontrarlo en el templo, rodeado de sabios.
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En los Hechos, María recibe al Espíritu Santo, peregrina junto a los apóstoles y participa en la fundación -underground- de las primeras comunidades cristianas. El filme de Mel Gibson, La Pasión (The Passion of the Christ, E. U. A., 2005), la baja del altar y la humaniza, el jerarca católico Juan Pablo II nombró a una representación suya, Guadalupe, patrona de América Latina -que es como llamarla mamá del continente entero-, y se ha aparecido tantas veces que hoy día la curia pontificia duda de su presencia en un comal, una tortilla o un pedazo de loza del metro capitalino.
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Sucede que, como lo hacemos con cada una de nuestras madres, María se aparece en todas partes porque siempre la tenemos presente. Con su tezón, su fortaleza, su decisión y su proactividad a prueba de todo -incluso del rezago cultural que la Palestina de su época cargaba a cuestas-, María es una madre a todo dar, un considerable ejemplo de mujer y figura femenina. Un buen recurso para una sociedad que se afana en creer que los ídolos del pasado son caducos e insufribles, involucionados reflejos de nuestra búsqueda del sentido.
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Acabo con Naborita. Ya escucho llegar hasta la redacción de este Baile los agravios y las desconsideradas ofensas. Inspirado andabas, tentador de poeta, y ahora caes a los más gravosos abismos de la infidelidad literaria. Pasar de la concepción druida de la Naturaleza como Madre a la Madre de Cristo, ¿para luego venir a parar en un personaje cómico de la televisión mexicana de los setentas? No tienes vergüenza. Es cierto, no la tengo, pero eso no es novedad.
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Sí lo es, sin embargo, que Eduardo Manzano, hombre al fin y al cabo, haya sido poseedor del talento suficiente para darle vida a la representación más digna -y fidedigna- de la sufrida y acongojada madre mexicana del siglo XX, que todavía hoy persiste en las actitudes de ciertas progenitoras nuestras, coetáneas de Naborita. Con su jorobita, su jorongo y su cabello blanco bien peinado, con todo y chongo en la nuca, Naborita pasó a la historia -de la televisión, de las madres-, y no conforme con eso se cristalizó en la cultura popular de nuestro pueblo. Hoy, frases como "hijazo de mi vidaza" o "cómase su manzanota para que cuide ese cuerpezote que Dios le dio", se repiten día con día en todos los hogares mexicanos, proferidas o no por las "cabecitas blancas" de cada uno de ellos.
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Y doña Naborita, como toda típica madre mexicana, cargaba encima no nada más con el peso de sus años y faenas, sino con su poco agraciado hijo, Gordolfo Gelatino, también magistralmente interpretado por Enrique Cuenca. Asediada por los años, la incertidumbre económica y hasta las penas morales, doña Naborita se resiste a pensar en la idea de que su flojonazo retoño trabaje, siquiera mueva un dedo para algo distinto a asolearse o tragar. Es además típicamente celosa, como clásica madre mexica: nomás de pensar que una mujer llegará a arrancárselo de los brazos, se pone de malas y amenaza con agarrarse a golpes, como si quinceañera fuera, con la curvilínea que se apunte. Su hijo es suyo porque ella lo parió y lo sacó adelante. El que quiera hacer cuentas contra eso, inevitablemente saldrá perdiendo.
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Ya no sigo. Felicítenme a sus madres, si las tienen, y mándenles decir que son mujeres benditas. Una mujer está completa tenga o no un hijo, pero la bendición que una creatura significa indudablemente, las crece como seres humanos y las magnifica. Que sea hoy, en el día que otros han señalado como financieramente propio para conmemorarlas, un buen día para abrazarlas, felicitarlas y desearles lo mejor. Ya dije. ¡Ahí, madre!
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¡Salud!

miércoles, 6 de mayo de 2009

Tránsito.

Transamerica (E.U., 2005) ha sido mal promocionada. Holliwood, como suele sucederle con frecuencia, se ha atontado en bien de la venta y la consecuente ganancia. La fábrica de ilusiones americana ha entendido mal su función en la difusión del filme, dirigido por Duncan Tucker. Transamerica no es la historia de un transexual. A duras penas se trata del seguimiento del caso de un homosexual cualquiera que no está conforme con su naturaleza. Transamerica es una visión del ser humano en su perpetua búsqueda del sentido, en el proceso de abrazar su felicidad. Y punto.
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Lo que el guión -también de Tucker- construye alrededor del caso particular de dicho hombre homosexual, Stanley Schupak, es otra cosa, no propiamente el eje central del filme. Stanley ha decidido cambiar de sexo, inconforme desde su nacimiento con el que le ha tocado por mero azar cromosómico. Todo va bien: ha tomado hormonas para completar el proceso de cambio, ha modificado evidentemente su fisionomía, su arreglo, sus gustos y sus maneras, incluso ha recurrido a apoyo sicológico para soportar el golpe sicológico del cambio. Incluso ha adoptado un nuevo nombre, Sabrina (Bree) Osbourne. Todo viento en popa para él, hasta que, en espera de irse a Los Ángeles para completar el proceso de cambio con una vaginoplastía, recibe una llamada de un jovencito de 17 años, Toby Wilkins, quien clama por su padre.
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Se cae el teatro. Stanley Schupak descubre que tiene un hijo, y que éste pide su presencia ante su culpabilidad en actos delictivos que lo tienen recluido en cierto centro de readaptación social en Nueva York. Stanley tendrá que ir hasta la ciudad más famosa de la Unión Americana para ayudar a su hijo, convenciéndolo con engaños de que lo acompañe, ocultándole su verdadera identidad y vendiéndole la imagen de la dulce y caritativa Bree, quien ni de lejos es su madre, todavía menos su padre.
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Y padre -en proceso de ser madre- e hijo comienzan entonces un viaje a través de los Estados Unidos, uno con la idea de reencontrar al otro con su pasado y hacerle saber la verdad -el ingenuo de Toby cree que su padre fue mitad cherokee-, y el otro con la idea de finiquitar su identidad y darle un nuevo brío. Ya imaginarán que el choque entre los personajes atrae el caos: Bree que quiere ser Bree, y un adolescente que no sabe ni para dónde va. Bree que ha dejado inconclusas siete carreras profesionales, y un adolescente que se droga, se prostituye, reniega de todo y se evade. Un hombre, que no desea serlo, y su hijo, que busca desaparecer a toda costa, salir huyendo.
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Transamerica tampoco es una road movie. Aunque gran parte de la cinta y las mejores escenas suceden en el proceso de viaje de ambos personajes, el filme, protagonizado por Felicity Huffman y Kevin Zegers, está lejos de pertenecer al género de las películas de carretera: es la historia de un viaje, sí, pero como dije antes, un viaje del ser humano en el proceso de alcanzar su estabilidad, su seguridad personal y su dicha. La carretera, junto con la operación de sexo de Sabrina Osbourne, pasa a segundo plano.
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En el primer plano está la magistral actuación de Felicity. El personaje de Bree parece haber sido creado ex profeso para ella, y prueba de ello es que la Academia le regaló a la actriz de Esposas Desesperadas una nominación al Óscar por éste que es su primer trabajo cinematográfico. Huffman se luce, se hace en su personaje y uno ni siquiera tiene que hacer el esfuerzo de evitar pensar que ese hombre que aparece en el filme vestido de mujer, es en realidad una mujer -otra vuelta de tuerca-. El talento actoral de Felicity, su maravilloso dominio del arte escénico, además de la naturalidad con la que aparenta ser un hombre que desea ser una mujer, hacen de su paso por la cinta una delicia, un rotundo recordatorio a todo el cuerpo actoral holliwoodense de que los aplausos se ganan con talento, y el talento con vocación y entrega.
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En primer plano también está la buena dirección de Tucker, quien hace acopio de toda clase de elementos contextuales para mantener al espectador al margen de la privacidad de Stanley-Sabrina, dejando al personaje protegido, antes, durante y tras su cambio de sexo: la presentación de los padres de Stanley, y el énfasis en la personalidad de su problemática madre; la escenificación del proceso de degradación al que ha llegado Toby, el hijo del transexual, en su afán por conseguir más drogas, por volatilizarse más rápidamente; la incapacidad que posee un ser al margen de lo social como Stanley-Bree para encontrar el amor, para vivir plenamente en un mundo que censura lo que no pertenece a cualquiera de los dos extremos que ha creado: hombre o mujer, heterosexual u homosexual.
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En primer plano, una cinta bien elaborada, pero mal vendida. Si el slogan fuera: "Un hombre en busca del sentido", en lugar de "hay secretos inconfesables", Belladonna Productions, encargada de la distribución del filme, cometería un acierto en pro de la verdad. Transamerica es una historia que nos recuerda, antes que cualquier cuestión en torno al sexo y sus órganos implicados -"todos", diría Anabel Ochoa, "porque también se coge con el corazón"-, que la vida es un viaje, y el proceso de encontrarnos, reconocernos y aprender a amarnos, una de las más difíciles jornadas de ese viaje. La influenza se va. Transamerica no. Chéquenla. No pasa de que descubran algo de ustedes en la vida de un hombre cualquiera con ganas de cambio.
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¡Salud!

lunes, 4 de mayo de 2009

Go, Susan!

Es la prueba fehaciente de que los seres humanos somos muchas cosas, menos imparciales. Nuestros juicios son tan asquerosos e improductivos, que se basan las más de las ocasiones en lo que captamos en un primer vistazo, sin ahondar más ni buscarle por otro lado. La prueba de todo, más que comprobada, está en que en nuestras manos, la justicia -con todo y su rollo de gratuita, pronta y expedita- es un cuento de hadas -muy malo- que no pasa de la teoría en los libros.
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Es también, al menos, si no ella, el conjunto de su caso, el resultado de una serie de procesos sociales que han dejado al márgen de lo imaginable todo lo que no lleva una etiqueta que dicte "vendible". Con sus 47, sus kilos extra en las caderas, su pésima ortodoncia y su leve retrazo mental, difícilmente a ella le queda esa etiqueta, una plasta de oropel diseñada para encajar en los cuerpos de mujeres menores de treinta, con abdómenes planos y brazos esbeltos, sonrisas perfectas y, si bien no una punzante agilidad mental, sí por lo menos una capacidad demoníaca -no hay mejor término aplicable- para desnudarse a la menor provocación.
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Sin etiqueta, sin justicia humana, Susan Boyle nació para ser un fracaso. Así lo demostró la primera reacción del público presente en el casting del reality Britain's Got Talent del 19 de abril pasado, cuando Boyle, la hermana menor proveniente de una familia de diez hermanos, se plantó en el escenario. Rechifas, algunas risas malintencionadas, se alcanzan a escuchar entre la audiencia. La burla hace su aparición entonces cada segundo que pasa con saña más evidente: le chiflan cuando declara su edad, y peor le va cuando, segura de sí misma, afirma querer pisarle los talones a Elain Page, la máxima voz del teatro musical a escala internacional.
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Peor hay un error en el fracaso de Boyle. Algo con lo que nadie cuenta: su talento. Su fracaso cae convertido en triunfo cuando la tetragenaria toma el micrófono y comienza a hacer, en cadena nacional inglesa, lo que mejor sabe hacer: cantar. De por sí la melodía elegida por Susan es un halago y una delicia: "I dreamed a dream," de la puesta en escena Los Miserables. A eso habrá que sumarle una voz maravillosa, fuera de toda noción musical posible, y una personalidad envidiable: ni su sobrepeso, ni su edad, ni mucho menos su falta de cuidado capilar, amilanaron el gigantesco espíritu de esa mujer en el momento de pisar el escenario. Ante su voz, ante su disposición, ante sus ganas de triunfar, ni las rechiflas, ni las falsas concepciones, ni las risas burlonas, aguantaron el trajín.
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Ahora Susan, quien estaba desempleada antes de su aparición en el show, tiene que lidiar con la prensa -¡terrible batalla!-, los fanáticos y los críticos, quienes por más que se afanan no pueden encontrarle un defecto a la voz, la interpretación y la personalidad de Boyle. No hay vuelta de hoja: es una mujer fea que tiene talento, y por sobre de ello es un ser humano con estrella. Como Michael Jackson, Madonna, Amy Winehouse, y las otras tantas "bellezas raras" talentosas de la historia.
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El producto con que Susan Boyle se ha vendido hasta ahora es la sorpresa. Con sorpresa ha derrotado los paradigmas que su público primario estableció hacia su particular fealdad, y con sorpresa también obligó al mundo entero a reconsiderar sus procesos de juicio interpersonal: "Esta es la más grande lección de humildad que alguien nos ha dado hasta ahora", aseguró en su calificación a Boyle la juez Amanda Holden de Britain's Got Talent. A ella, a los otros dos jueces, a la audiencia del reality, y a todos, una gigantesca, insospechable lección de humildad: sobre la apariencia física, el talento; sobre la belleza externa, la capacidad de evidenciar la lindura del alma; sobre el primer juicio, la observación medida y consistente, clara, transparente. Sobre Susan, sólo sí misma.
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¡Salud!