jueves, 23 de abril de 2009

Una rosa.

No leo para saber más, sino para ignorar menos.
Sor Juana Inés de la Cruz.
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La lectura de un buen libro
es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta.
André Maurois.
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Gutenberg debe estar contento. Mis informantes no saben decirme a ciencia cierta la ubicación de su tumba, pero sé que en su entierro debe estar regocijándose. El invento que le dio la inmortalidad a su nombre, y que constituiría uno de los más grandes artífices del cambio en la historia de la humanidad, celebra hoy a su más inmediata, perfecta y acabada creación: el libro.
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Un día como hoy, pero de 1616, Miguel de Cervantes Saavedra, el "Manco de Lepanto", el padre "adoptivo" del Quijote, el Cide Amete Benengeli de carne y hueso, el genio, el sabio, el escritor, dejó de ver la luz -o se acercó demasíado a ella al final del túnel-. El mismo día, pero titulado "3 de mayo" por las diferencias entre los calendarios juliano y gregoriano -¡ni en eso nos podíamos poner de acuerdo!- a cientos de kilómetros de distancia, William Shakespeare, el dramaturgo, el actor, el director, el genio, el romántico -ajá, con todo y su renacentismo-, el escritor, también dejó de ver la luz. Ambos, al apagarse, fundaron leyendas, crearon mitos, constituyeron literaturas que nunca más dejarían de influenciar ni al teatro, ni a la prosa, ni a la poesía.
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Por todo eso es que hoy la UNESCO ha decidido instituir la celebración del Día Internacional del Libro. Por eso y porque la festividad ha cobrado un tinte particularmente festivo desde que la comunidad catalana, con Barcelona como capital y el libro como sustancia económica elemental, unió la Fiesta de Saint Jordi -san Jorge, el del dragón, patrono de Cataluña- a la amable y gentil tradición de regalar una rosa -y roja, lo que hace el gesto todavía más pasional- a todo aquel que compre un libro en esta fecha. Flor por libro. Vida por vida.
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Hoy, Guadalajara se unió a la celebración mundial, y el mayor de mis hermanos y yo con ella le cantamos un bonito son al libro. ¿Cómo sería eso si no leyéndolo? Leímos, cada uno cierto fragmentito de dos minutos, Cuentos de amor, de locura y de muerte, del uruguayo-argentino Horacio Quiroga. Noté una copiosa asistencia de personas, y mi notación fue corroborada por el cansado rostro de La Martha, encargada de Eventos Especiales de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara -mi querida FIL, con Nubia "Todoterreno" incluída, organiza la lectura del 23 de abril año con año-. Al acercarme a saludarla, se llevó la mano a la cara y con gesto de hartazgo me confesó que había sido un día tremendo. La FIL no ha dado números oficiales, pero calculando lector cada dos minutos, por catorce horas de lectura... saquen ustedes sus conclusiones.
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A mí, ya lo imaginarán, me da gusto. Gusto haber leído a Quiroga -que ha sido, en lo particular, un agradable descubrimiento literario-, gusto haberlo leído con mi hermano -que sacó carcajadas al público asistente a la Rambla Cataluña al leer con matices vocales específicos según cada personaje-. Gusto ver que una ciudad como Guadalajara, de gustos culturales tan inexplicables como volubles, celebre al libro y la lectura en un ambiente de total apertura y trabajo conjunto. Gusto ver que el más práctico de los inventos culturales -más incluso que el disco compacto, el reproductor de mp3 o el proyector de cinematógrafo- recibe una honrosa, justa y merecida celebración.
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Gusto también poder desearles a ustedes una pronta y buena lectura. Si todos deséaramos un buen libro cada vez que nos despedimos, en lugar de gastar neuronas en recordar un amistoso "ciao", en poco tiempo habría un gran número de lectores generosos de libros bienvenidos. Lamentablemente, vivo en un país dónde leer como Dios manda sigue siendo una actividad de lujo, y dónde el libro es tanto sinónimo de status como de ocio -ocio no bien visto, cabe señalar, porque es un ocio inteligente, en nada comparado a chutarse tres horas sabatinas de Maribel Guardia en apretados y vulgares atuendos, lo que la mayoría de los mexicanos considera "sana diversión"-.
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Yo no leo por ocio. Si así fuera, me vería obligado a declarar que mi carrera, y algo de mi profesión, son derroches de tiempo libre -y "libre" es lo que menos puede asegurarse que es mi tiempo-. Yo leo por convicción, y porque si no lo hiciera me vería lamentablemente reducido a un cúmulo de carne y huesos sin más derecho para vivir que haber nacido. No, la vida yo me la gano, y me la gano leyendo, porque en los libros está la cultura -no sólo en ellos, pero en ellos uno la puede encontrar más prácticamente-, y en la cultura está la clave del considerarnos "humanos".
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Les deseo, pues, a todos ustedes, una próxima y sabrosa lectura. Este 23 de abril, mientras las librerías del mundo venden libros y regalan rosas, yo tengo para ustedes la más plena de las flores: una tarde lluviosa, un sillón acogedor, una lámpara cálida, un mamotreto de deleitosas páginas. Eso sí es un regalo y no fregaderas.
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¡Salud!

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