martes, 7 de abril de 2009

Una de vaqueros: Berlín.

Esto es un cuento. O algo aún mucho peor: es el resultado de un sueño.
Tardé días en digerirlo, y así como lo soñé lo hice cuento,
eliminando únicamente los rastros de desvirtuación propias del subconciente.
Lamento relaciones que se hagan con la realidad. No existen. Son sueños también.
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A José, el cáncer acabó por matarlo en agosto. Los dolores, sin embargo, lo habían tenido en cama desde marzo. Yo, me enteré de todo hasta septiembre. Me lo dijo Carolina, cuando yo intentaba con poco éxito atender a su conversación en el messenger, entre el alboroto propio de una semana plena de presentaciones en la Feria del Libro de Berlín y una conexión wifi intermitente en el cuarto del hotel. Ahora estaba, ahora no, y vuelta a empezar.
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Me dijo que era una mala noticia, y me dejó en la disyuntiva entre echarme al drama fingido, propio del sentimiento que uno cree debe manifestar ante las "malas noticias", o hacerle ver, de la manera más atenta y veloz posible -yo tenía que entregar al día siguiente tres reportes de actividades, y ni siquiera había arreglado mis anotaciones- que la "mala noticia" me venía igual, por lo que conmigo podía ahorrarse su tiempo, saludarme y finalizar la conversación.
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Opté por regalarle uno de esos emoticones que se utilizan cuando no hay nada qué decir, o cuando lo que uno quisiera expresar es impronunciable, o cuando el silencio no es opción diplomática, pero sí auténtica, real.
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-Cuando regreses, por favor, búscanos. Sobre todo a Elena. Está muy mal, la pobre.
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Su solo nombre me sacó de balance. Hacía muchos años, a fuerza de trabajo y negación forzosa, después de lágrimas y gripas insaciables, yo había ido olvidando a Elena. Que Carolina me la mencionara así, de pronto, a tantos kilómetros de distancia, con tanto trabajo encima, con una conexión a internet tan inconstante, a través de un medio tan frío como el chat, con el sueño acumulado del jet lag y la maleta a medio desempacar, pero sobre todo que me la mencionara así, ahí, con tanto olvido forzado tapando la entrada a la memoria de su nombre, arrancó de mí un extraño suspiro, no de ésos que provocan descanso, sino de los que liberan malestar.
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-Cuando regrese-, me limité a responderle, y luego ya no pude decir más. El wifi falló, y un cansancio profundo cayó sobre mis párpados, impidiéndome abrirlos hasta el día siguiente.
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Desperté con el sol entrando a pausas por entre las persianas del cuarto, y el tono del celular sonando sin descanso. Norma, al otro lado de la línea, intentaba explicarme insistentemente que yo tendría que haber estado en el stand de la Feria hacía media hora, y que mi tardanza, "si no mueves de ya tu traserote", me habría de costar más que una quincena.
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-Pero ya todo está arreglado. Godínez Izquizar estará hasta las once con los de El País, y no hay entrevista alguna sino hasta las cuatro, cuando...
-Cariño-soltó con los dientes apretados, tensa la quijada, con ese gesto tan suyo de jefa con cronograma recalcitrante-¿ya viste qué horas son?
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No quise mirar. Le creí ciegamente que era tarde, y que lo que yo tenía que hacer de inmediato no era seguir hablando, agotándome el crédito de la editorial, sino moverme, bañarme ni pensarlo, arreglarme el pelo y la ropa eso sí, y cruzar de volada las cinco calles que separaban al hotel del centro de exposiciones. No quise mirar tampoco al atravesar las calles, al sentir el aire frío de octubre en Berlín aletargando mis manos, pinchando como agujas por entre los tejidos de mi pantalón. No quise mirar, como siempre, pero esta vez no lo pagué tan caro.
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Cuando llegué a la Feria, Godínez Izquizar ya se marchaba, y yo no encontraba las palabras exactas para prolongar mi disculpa, para alargar aún más mi retrazo de hora y media. Me explicó, en el más puro acento colombiano, que él era un hombre grande, y "diabético, ¿cree usted que puede un diabético pasarse el desayuno, ¿cómo así?" En mi vocabulario de departamento de prensa ya no había más palabras para regalarle al escritor, Nobel, de "me lo cuidas sin reclamos, Alejandrito, porque es importantísima su firma para la editorial".
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Por suerte, los chicos de El País llegaron aún más tarde, con los ojos bien abiertos, lampareados, asombrados de tanta Feria. Muy a su estilo, ni "con permiso" dijeron, y se pasaron directo a entrevistar a Godínez, quien ya era asediado por una veintena de fanáticos en pro de su firma. Entonces corrí a buscar a Norma en los salones de eventos, y luego a la bodega, a traer ejemplares de prensa, y luego otra vez al stand, a guiar a Godínez Izquizar a su presentación. Cuando todo el vaivén matutino terminó, Norma me sonrió desde el otro extremo del salón.
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-No me darás nunca el placer de regañarte a gusto. Hace media hora estabas tendido en la cama, y ahorita ya hasta dejaste contentote a Godínez Izquizar, nuestro mero mero becerrote de oro.
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Me limité a sonreir. Quise salir corriendo de inmediato para buscarme otro quehacer, pero Norma me detuvo tomándome por el brazo.
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-Vete a comer y tómate el resto del día. Yo me encargo de las de la tarde. Te la has ganado.
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Me negué. No porque no sintiera que mi labor de tranquilización para con Godínez merecía un descanso, sino porque no quería estar sin hacer algo. Sabía que una mínima baja en mi adrenalina me llevaría a pensar en cosas ajenas a libros, escritores, agendas y novedades editoriales, y que Elena sería entonces el único centro de todo mi trabajo intelectual. Elena en el humo del café, Elena en el rojo del semáforo berlinés, Elena en las columnas de la puerta de Brademburgo, Elena en el aire acondicionado del hotel, Elena en mi cartera, Elena en las escalinatas de la catedral de Santa Eduviges, Elena en los rostros angelicales de las berlinesas, en los semblantes adustos de los berlineses.
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Norma insistió. Cuando Norma insiste, hay que tomar la palabra y callar. Con el tiempo, uno aprende a hacer con los jefes lo que aprende a hacer con el resto de las cosas en la vida: bajar la cabeza o lanzar una feroz mordida, según es el caso. Yo, con el paso de los años, descubro que sé tirar buenas mordidas y bajar bien la cabeza, pero nunca según es el caso.
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Contrario a lo que creía, Elena no apareció ni en el parqué de la alberca, ni en el resumidero de la regadera, ni en mi plato de huevo. En su lugar, José invadió las gotas de la regadera, los azulejos el baño, las toallas, las chanclas, la alfombra del cuarto y todos los canales de televisión. José rescatando a niños del hambre en África, José dictando un feroz discurso desde su tribuna en la ONU, José dando la bendición desde su ventana en el Vaticano, José enseñando a Jack Costeau a guiar un bote de vela por el Índico, José de guerrilla en Guatemala, José lanzando discursos terroristas desde su guarida subterránea en Qatar. José de futbolista, dibujante, anarquista, soldado, líder de Estado, prostituta. José de mártir.
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Pensé en su dolor. Por primera vez en seis años, desde aquella tarde en que Carolina me pasó el dato de que le habían diagnosticado un nivel avanzado de cáncer en el colon, pensé en el dolor de José. Pensé en sus entrañas retorciéndose, en sus billones de neuronas vueltas locas de tanto transmitir chispas de punzadas y cortocircuitos de quejidos. Pensé en el colon de José pudriéndose poco a poco, en su sangre plagada de células cancerígenas, en su demacrado rostro de José quimioterapia.
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Y entonces, sólo entonces, pensé en Elena. Elena decidida a apoyarlo, a negar sus culpas, sus eternas culpas, para darle la mano y despedirlo con un último y gélido beso. Elena tomándole el pulso, aguantándole sus desplantes de machito rabioso intensificados por el dolor, aceptando una por una sus frases hirientes, convenciéndose a sí misma de que "así es él, y así lo quiero, así me satisface". Elena en el colon de José, pudriéndose, llenándose de quistes, haciendo suyo el dolor de un imbécil que si algo hizo en tantos años, fue sólo convencerla de que nadie más que él podría hacer de ella una mujer completa, una obra de arte acabada y perfecta. Un ciego inseguro guiando a una adicta a la inseguridad.
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Me despertó el ruido de un taladro eléctrico en la televisión. En manos de un hombre que a duras penas podía sostenerlo, raía sin cesar el asfalto de Nueva York. José en el asfalto.
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¡Salud!

2 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

Esta entrada es mas para ti que para otros, la note, a mi perspectiva como un diario tuyo, o como un desprendimiento de recuerdo, plasmado en tu baile, para ti.

Saludos.

anna dijo...

es padrisimo como plasmas los sentimientos que vas teniendo, se siente como si los estuviera viviendo uno mismo.