miércoles, 8 de abril de 2009

Una de vaqueros: Berlín II.

Miré Berlín por la ventana. El lejano resplandor del sol, oculto aún en el horizonte dada la temprana hora, las luces intermitentes, diminutas, regadas por la ciudad, también intermitente, diminuta, la voz inaudible llamando por las bocinas de la sala de abordaje, sílabas de alemán rondando en mi cabeza, el sabor acidulado del café en mi boca, el olor dulzón en mi piel del jabón del hotel, los aviones moviéndose a lo largo de toda la pista, los viajeros concentrados, leyendo, dormitando, mirando Berlín por la ventana, con el lejano resplandor del sol oculto aún en el horizonte dada la temprana hora, y las luces intermitentes, diminutas, y el cuento que se repite y se repite.
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Yo no siento estar en Berlín. Me pasa siempre que viajo. Cuando bajo del avión, cuando recojo mi equipaje, cuando tomo un taxi o camino a mi hotel, cuando me desvelo trabajando, cuando conozco nuevas personas, cuando participo en cenas de negocios o en presentaciones en otros países, cuando asiento o niego por compromiso. Yo no estoy en Berlín, ni en Roma, ni en Santiago de Chile. Yo estoy en México, y en media hora me desharé de todo, checaré tarjeta y volaré al sillón de mi sala, frente a la televisión, con el fregadero al tope de loza sucia, y en la ventana el Distrito con sus luces intermitentes, diminutas, regadas por la ciudad.
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Pero no falta un alemán que se acerca a preguntarme algo y me recuerda que eso no es México, ni Roma, ni Santiago, sino Berlín, y que seguiré en Berlín hasta que tome el avión, dé media vuelta y arribe a otro destino. El sabor acidulado del café en mi boca también me habla de otro México que no es México, dónde no tengo un pasado, ni una historia, ni redes sociales. Dónde soy uno más, como la joven que frente a mí lee una revista en italiano, o el anciano que en el mostrador solicita un trato especial. O el alemán que se ha acercado a mí y me ha preguntado la hora en mil idiomas posibles.
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-Nueve treinta-, le contesto en español, y es hasta que me mira asustado, con los ojos desorbitados, que entiendo que él habla alemán, ruso, polaco, italiano, francés, pero no español, y que esa sala de abordar no está en México, ni yo con ella. Le muestro mi celular y asiente, llenándome de "dankes". Yo sonrío, sonrío y descubro que hay músculos en mi cara que duelen. Puedo pensar que es el frío, o la desvelada, pero todo es porque no me atrevo a culpar a mi cada vez más arraigada incapacidad para sonreír con naturalidad.
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De pronto, una mujer gorda se sienta a mi lado, y sin quererlo me clava en el costado derecho la punta de su paraguas. Doy un brinco de dolor. Entonces, sólo entonces, regresa José, y su colon canceroso, y yo descubro que había logrado tenerlos fuera, a él y a su órgano mortal, más horas de las que imaginaba. La costumbre, me repito, es la costumbre, ésa que formé de tanto no hablar del tema, de tanto evadir su presencia en los pasillos, en el salón, en los medios mexicanos después, cuando me enteré por boca de otros compañeros que lo habían apresado en una manifestación afuera de San Lázaro, cuando exigía el seguimiento del caso de no sé qué desaparición de maestros huelguistas en Jalisco.
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Para entonces, yo tenía ya seis años sin saber de él. El último día que lo vi, cuando fui a firmar un trámite para la titulación, iba, por supuesto, con Elena. Tomados de la mano, caminaban directo hacia el escritorio dónde yo, intentando desviar la mirada, firmaba folios y folios que una secretaria bostezante alternaba bajo mi mano. De reojo, pude verlo a él entrar, preguntar algo a un joven en los primeros escritorios, y luego caminar hasta quedar todavía más cerca de mí. Elena se quedó en la entrada. Levanté la vista. Ella, detrás de sus gafas gruesas, las mismas de todos los semestres, se mordía las uñas, miraba al techo, fingía demencia.
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-Ahorita que termine el joven te sientas y firmas, mijo-, le dijo la secretaria, y luego lo miró a los ojos y estuvo lisonjeándoselos como por diez minutos. "Me recuerdan a los de un amigo que tuve cuando trabajé en la CFE", remató, y yo me apresuré a estampar mi rúbrica en los últimos tres papeles para salir volando. José intentó seguirle la conversación, cohibido, cohibido como siempre, pero decidí no escuchar más de la plática con ligeros tintes de coqueteo, y caminé hacia la puerta. Al pasar junto a Elena, me sorprendió no sentir ese aire denso, casi intransitable, que siempre me detenía a actuar estando junto a ella. Nada, ni una micra de pesadez. La sensación de normalidad en mi cuerpo arrancó de mi rostro una sonrisa estúpida, tonta manifestación de placer que seguí manteniendo en mi cara dos, tres, cuatro días más, hasta que llegó el correo de mi hermano avisándome que los de El Universal habían hablado sobre mi entrevista, y que lo mejor sería apresurar los trámites y tomar el primer avión posible, o dejarlo todo por la buena.
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La vida es así, difícil. Difícil y no: fácil cuando la decisión está marcada desde un principio, y uno no puede postergar más tiempo el sí o el no. Difícil cuando la decisión pesa por completo sobre los hombros, y se vislumbran tantas decisiones como vidas posibles. La vida consiste en su mayoría en tomas de decisiones como las segundas, las que contemplan más responsabilidad, más riesgo, más posibilidad de pérdida. La vida es así, difícil.
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Yo decido no pedirle a la señora gorda que quite su paraguas. Me trago un grito de repentino punzón, y no es sino hasta que la señora se levanta del asiento para tomar su vuelo, que mi costado derecho deja de doler. Recupero la sensación de normalidad en mis músculos, y hasta puedo sentir cómo complejos nudos de nervios en mi alta espalda se deshacen. Un repentino golpe de sangre azota mis sienes, y alcanzo incluso a percibir un ligero dejo de olor a hierro que sacude mi nariz. Estoy vivo. José está muerto. Fin de las decisiones posibles.
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A Elena, dejé de dirigirle la palabra en quinto, cuando yo llevaba cuatro semestres aguantándome la respiración y disfrazando de bromas pesadas mis pensamientos celotípicos sobre José. Pude decírselo desde primero, o segundo, pero no lo tuve claro hasta que Eva me lo dijo:
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-Estás enamorado-, así, de zopetón, y yo que no creía encontrar las palabras para describir el conjunto de síntomas: las palpitaciones aceleradas cuando la abrazaba cada tarde, el miedo insondable que sentía cuando toda la conversación apuntaba a que me hablaría de José, de la familia de José, de los ojos de José, de las bromas de José, las palabras trabadas por intentar manifestarle mi cariño sin evidenciar excesos. Las horas perdidas intentando solucionar un sentimiento que hacía años gritaba el camino de dos vías: el silencio y la lejanía.
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Del "estás enamorado" a la toma de decisiones -difícil, todas difíciles, de las de alta responsabilidad-, pasaron dos semestres. A Elena le confesé todo, a medias nada más, y acordamos aguantar un poco más la respiración y ver qué pasaba. Pasó que yo me puse morado, y luego de mil colores, y luego me cansé. Me cansé de lavarme el coco y repetirme hasta el cansancio "ella no duele, ella no duele, ella no duele". Me cansé de fingir alegría de verla junto a José, y de frenar los comentarios que tenía respecto a él por medio a hablar de más, o a decir algo sólo inspirado en mis sentimientos hacia ella. Me cansé de forzarme a entender que su vida no es la mía, ni sus decisiones las tomo yo. Me cansé de dividirme en dos: un Alejandro para abrazar a su amiga, para apoyarla y aconsejarla en todo; otro Alejandro para dejar de enamorarse. Me cansé de usar dos lenguajes, dos pensamientos, dos personalidades. Me cansé de decir tantas cosas para no decir nada. Me cansé de no ser auténtico, ni buscarme un lugar en lo que yo creo que es la felicidad. Me cansé de no vivir.
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Para el inicio de quinto semestre, temblando frente al teclado -yo soy un cobarde para comunicar ese tipo de decisiones en vivo, como soy un cobarde para muchas otras cosas- le hice ver que todo sería silencio hasta nuevo aviso, "por ti, por mí, por nuestra amistad, porque es lo mejor para todos". El nuevo aviso se hizo viejo, y yo ya no pude detener el silencio. Cuando uno decide callar, se hace vicio. El silencio es adictivo, pero lo es porque las palabras son valiosas, y ahorrarlas puede convertirse en un placer de tiempo indefinido.
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A José, el cáncer lo mató en agosto. Sin embargo, yo tomé un avión a otra parte desde tres años atrás.
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¡Salud!

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