martes, 14 de abril de 2009

Todos los nombres del rey.

Los trajes están hechos para poder ver absolutamente todo, y no enseñar absolutamente nada. Honorato de Balzac. .
Evo Morales, el presidente de Bolivia, se fue a huelga de hambre. Yo abrí el periódico un día después de anunciado el régimen alimenticio forzoso, por lo que cuando me enteré, el asunto era ya noticia. La imagen que Mural publicaba acompañando al artículo en la última plana de su sección Internacional, con fecha del jueves 9 de abril de 2009, me provocó una mezcla tan bizarra de sentimientos que todavía estoy en proceso de separarlos, ponerles nombre, clasificarlos y vivirlos.
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Encuéntrase en la foto el señor presidente tendido en el suelo, con la espalda recargada en la pared de su despacho. A sus lados se ven parte de su escritorio, madera bien tallada, pulida con garigoles en las patas; también un tapete casi estilo persa -sé poco de estilos, pero de estilo sudamericano no me da idea-, y una bolsa con hojas de coca. Se alcanza a ver el brazo de un médico que le toma la presión, y su zarape -imagino que en bolivia tendrán otro nombre para ese tipo de indumentarias típicas, pero mis ayudantes no me ayudan hoy- tendido sobre sus piernas, guareciéndolo del frío. Junto a él se alcanza a divisar el brazo de otra persona. A huelga, se fueron Evo y un aproximado de veinticinco colaboradores.
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La imagen es por demás insufrible. Insufrible y no: en Guadalajara, en México, en cualquier país de América Latina, incluso en Estados Unidos y en cualquier ciudad de Europa, la particular figura de los mendigos nos es familiar. Lo que la hace una foto irritante es pensar que ese señor moreno, con ojos pequeños y sonrisa cautivadora, ese hombre de poca estatura y cabello abundante que sobre el suelo yace, es un jefe de estado.
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"¡Uy, qué miedo! Un Señor Presidente de la República mal vestido y dispuesto a morir de hambre sobre el suelo de su despacho", pensarán, y tienen razón. Exagero, o me ganan mis creencias. Ésas creencias guajiras que dicen que un jefe de estado debe estar sobre una silla carísima, de caoba y oro, tras un escritorio de roble de una pieza, discutiendo con pingüinos bien trajeados frente a él, o acudiendo a citas para comer con la Reina Isabel en Buckingham, o viajando en primera clase, o contrayendo nupcias con una súpermodelo de bien vestidas carnes. No así, no en esas condiciones, tirado sobre el suelo, lanzando amenazas contra los legisladores de su país.
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El problema está precisamente en que la actitud de Evo Morales es la de un hombre preocupado, en el sentido estricto del término. No la de un Señor Mandatario preocupado. Morales llegó al Palacio Quemado de La Paz en 2006 con la transparente imagen de hombre de raíces indígenas, trabajador y preocupado por el bienestar de los bolivianos, y se ha esforzado por mantener esa imagen que es él, y que le dio el triunfo electoral por el 54% de los sufragios, aún a pesar de las consideraciones que pudiera guardar la opinión pública, o el cambio de imagen de hombres esforzados y estilizados que el común de los dirigentes mundiales suelen adoptar al tomar el poder.
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Evo Morales estaba dispuesto, y lo dijo, a permanecer mascando sólo hojas de coca el tiempo que fuera necesario, hasta que los legisladores de la Cámara Alta aceptaran las propuestas de la reciente reforma electoral que le permitirían a él renovarse en el cargo, y a los comicios electorales fluir. Sí, como sucede con frecuencia aquí en México, la raíz del mal estaba en la falta de diálogo -y la incluída escucha- entre los distintos poderes. El punto está en que Morales cuenta con mayoría partidaria en la Cámara, pero el pequeño porcentaje que no le va a las ideas del mandatario ejerce una fuerte presión sobre el resto.
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Morales pide reformas, y los representantes dicen "no del todo". Morales pone claros sus puntos, y los representantes tardan demasíado en negociar -de enero a abril, cuando el plazo es de máximo 12 semanas-. Morales se sienta en su palacio, secundado por una veintena de compañeros, y otros tantos en distintas regiones del país andino que gobierna, y anuncia huelga de hambre, las fracciones contrarias señalan reelección e intenciones monárquicas. En la cortina de fondo, el pueblo boliviano se debate entre las opiniones de los distintos bandos, y no acaba todavía de decidir quién es culpable y quién es víctima. América Latina, expectante, contempla al presidente con su bolsa de coca y su zarape boliviano, y se asusta de la reacción de un hombre, como si a diario no hicieran muchas personas huelga de hambre alrededor del mundo por motivos más fáciles de solucionar que una reforma electoral.
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La huelga terminó cuando los representantes de la Cámara Baja aprobaron las reformas y le dieron así luz verde a Morales para iniciar una campaña electoral. Según comicios elaborados antes de las propuestas de reforma a la ley, una mayoría significativa -entre el 60 y 70%- deseaba ya desde diciembre pasado para Evo la posibilidad de la reelección. El pensamiento marco es sencillo y pleno de justicia, si se cumple al margen de lo establecido: Morales es un candidato más a la presidencia, como cualquier otro que los partidos de oposición eligan para contender en la jornada electoral. Evo Morales, el que hace la protesta para exigir su posibilidad de ser contendiente, es el mismo hombre que deja el cargo para ser candidato. No es el presidente: es el hombre.
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Difícil resulta, en un mundo tan acostumbrado a guiarse por la imagen pública, entender la separación entre el personaje y la persona. Por eso nos duelen los huesos cuando un todavía Presidente de México Vicente Fox Quezada dice frente a una cámara: "Yo ahorita digo cualquier tontería y listo. Total, ya me voy", o cuando nos enteramos que Sarkozy le aprieta el trasero a su reciente nueva esposa Carla Bruni en público, en pleno acto protocolario. Todos son hombres, hombres que han elegido guiar las vidas de sus países esperando hacer algo por ellos, o quizá sólo en afán egoísta, partidista, romántico. Hombres, al fin y al cabo, que tienen derecho a exigir en la misma medida en que el país y la opinión pública les exigen a ellos. El problema está en que hacerlo en público implica mezclar personaje y persona, ridiculizar a uno, del que se espera solemnidad, y evidenciar al otro, del que no se espera aparición. Crudo, pero cierto.
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¡Salud!

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