jueves, 16 de abril de 2009

Ssh.

" A veces, el silencio es la peor mentira".
Miguel de Unamuno.
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Hasta hoy, tenía la idea de que pedir disculpas era similar a pedir un favor: hacía falta solicitarlo por cualquier medio para esperar casi inmediata resolución y producto. Hoy, tras viajar más de 30 kilómetros en transporte urbano, pagar casi quince pesos en ese concepto, aguantar calor, olores ajenos, ideas propias insistentes y desesperadas, tendientes a hacerme retornar a la comodidad de mi casa, mi Roja y mis conceptos anquilosados, descubrí que para pedir disculpas no hace falta sólo pedir: hace falta dar, y luchar también, emprender una pelea irresoluta contra el que es quizá el peor enemigo de uno mismo: uno mismo.
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Yo descubrí que las disculpas eran el próximo paso desde hace varias semanas, cuando una noche de desvelos con La Traviata me puso en sintonía con la que era única vía para que lo que he dado en llamar equilibradamente "el asunto", tuviera un progreso más allá del silencio. La Traviata, que es fanática de sacar la verdad a fuerza de múltiples cuestiones al aire lanzadas, nacidas no de otro interés que el suyo propio por enterarse del estado que guardan las cosas que la rodean, me aprisionó, me esclavizó, me torturó y luego, en medio de frenéticos arrumacos, me hizo entender: "¿No será que traes herido el ego, y no lo quieres aceptar, Agus?"
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Y entonces comencé un viaje que ya antes de que ella mencionara el ego herido me guiñaba el ojo: un viaje por las más cruentas esteras de mi interior, por las más insondables cuestiones de mi personalidad, por mis más irreverentes decisiones, y mis más significativas derrotas. Fue un viaje todo pagado: inició en los oídos, con las punzantes -y verídicas- palabras de La Traviata, caminó a la cabeza, y me estuvo punzando ahí un rato, para luego pasar a la boca y hacerme prometer en voz alta que pensaría la cuestión del ego. Luego el viaje regresó a mi cabeza, y se estuvo ahí un rato, hasta que avanzó, sin que yo lo sospechara, al más temible de los órganos invadibles: el corazón.
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Y en el corazón, encontré la verdad: no sólo era ego. Mi silencio, el silencio que hacia ella guardaba desde que le advertí en enero pasaso que guardaría distancias, era producto inefable del miedo. Un miedo audaz, manifestado en múltiples pensamientos, que venía tomando parte importante de mis decisiones en los últimos tres meses. Un miedo para cautivarlo todo, surgido del inconciente para derrotar al conciente. Un miedo contra la razón -como todo miedo interesante que se precie de serlo-, contra la verdad y contra la amistad.
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Fue eso, que fuera justo en contra de la amistad, lo que me asustó más que nada. Podría tolerar en mí o en otros un miedo que fuera contra el medio ambiente, o contra el control natal, la música rock y el color amarillo -"xantofobia", según mis informantes-. Pero contra la amistad no: por la forma en que agrupa a dos o más personas, por la capacidad que posee -y que yo he comprobado en carne propia- de sacar adelante al hundido y refrendar el amor en todas sus posibilidades máximas, la amistad es intocable. Un miedo que la agrede, por tanto, merece belicosa reacción contra él.
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Y la emprendí. Me dispuse a luchar contra el miedo, lo que era luchar contra mí mismo, y a defender así la amistad. Por supuesto que mi silencio en contra de ella, mi amiga, había clavado muy dentro de ella, y de muchos otros que no tendrían por qué salir heridos con todo esto según mis planes -que nunca fueron tan organizados ni tan valientes como para presentarse como "planes"-, un profundo dolor de caudaloso silencio. El silencio es cruel porque implica incomprensión y engendra frustración. En el silencio nacen los malentendidos, los distanciamientos, las discriminaciones. En el silencio se engendra el delito, encuentra cama tibia el dolor, y crece el odio.
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Por eso el silencio no se lo merecen ni los enemigos. Cuando entre dos personas hay un silencio, evidentemente no hay comunicación; pero cuando dos personas no se hablan porque una de ellas ha decidido -llena de miedo- que así sea, la incomunicación se convierte en áspera ausencia y en apático mazo que todo lo destruye. Si el silencio provocado -y provocativo- no se detiene, las cosas se pierden en un vertiginoso remolino de dudas y frustraciones, rencores y agravios. Las ideas no se aclaran, los complejos no se reconsideran, las heridas no se sanan. El silencio sólo lo derrota todo, y no es justo. No al grado de pervertir una amistad.
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Yo llegué, la vi, y no sentí miedo. Por primera vez en tres meses, no sentí nada más que unas tremendas ganas de suplicar disculpas, de repetir las veces necesarias "la regué", y de escucharla. Escucharla sobre todo, porque en la buena escucha está la base del buen diálogo. Ella puso sus puntos sobre la mesa, y me parecieron tan acertados como temibles. Yo recuperé lo que ya había pensado: que mi silencio fue grosero y excesivo, aniquilador.
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El proceso de recuperar los restos tras el naufragio -provocado-, llevará para mí más tiempo del que pensaba. Hay cosas que la tormenta hizo brillar, y cosas que dejó inútiles. Pero hoy, y eso me alivia, rompí el silencio y emprendí la escucha. Una escucha sin tregua, sin consideraciones ni miramientos. Una escucha para una amiga, pero sobre todo para un corazón, el mío, que necesita saber que no sigue matando lentamente a través de la ausencia de palabras corteses y sinceras nacidas de la boca.
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No soy perfecto. Cuando La Traviata mencionó el ego, y algo en mi interior digo "sí, ego, y también miedo", temblé, caí en cama, padecí fiebres y descomposiciones estomacales, y luego me levanté. Me levanté para reconsiderarla a ella y reconsiderarme a mí. Cuando de niños hacíamos berrinche, mi beatísima madre nos miraba a los ojos y se limitaba a decirnos: "recapacita, papacito, recapacita". Yo recapacité, lo que significa, según la RAE, que pensé en mis propios actos. Pensé en mi propio silencio, y decidí darle a la palabra una segunda oportunidad.
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Hoy ya no los tengo. Ni el silencio, ni el miedo. El ego es otra cosa. Me ha llevado a buenos lugares y sé que con inteligencia puede producir grandes frutos. Recapacito: con inteligencia. Suelto, desordenado, aferrado además, no puede generar más que tormentos. La inteligencia es el siguiente paso.
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Hoy le agradezco a ella el que hubiera aceptado mis disculpas, y el que hubiera abierto su corazón. Yo necesitaba escucharla, y darle mis palabras. Las cosas no serán iguales, me lo ha repetido en mil y un formas, y yo no puedo pedir que lo sean: antes no éramos lo que hoy somos, y pedir que actuemos, pensemos y distingamos de la misma manera que ayer, es hoy una utopía. Distinto, todo es distinto, y las nuevas relaciones así tienen que serlo. Pero hay palabras ya de por medio, y eso es un avance. Un avance no urgentemente hacia la recuperación de la amistad, pero sí ante una nueva definición de ambos como personas, un nuevo rumbo basado en un nuevo reconocimiento. La palabra ya empezó. El silencio se fue. Nos queda el tiempo.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

En efecto, tiempo es lo que tenemos, lo que sobra y lo necesario; no es para menos que la gente hable del tiempo como alguien superpodoroso, los griegos hasta le dieron una deidad, Cronos, que también es una peli de Del Toro, jajajaja.